El muro de cristal invisible
Aquel tormentón de hace diez años
Esa tarde el cielo de Madrid lucía plomizo, igualito que la cara de Doña Teresa Alonso.
¡En esta casa solo vive quien respeta mis normas! su voz, forjada a fuerza de imponerse en los pasillos del instituto, retumbó por todo el piso.
¡Tus normas son una soga, mamá! protestó con rabia Javier, veinte años recién cumplidos, tirando su bolsa de deporte al suelo. No me dejas respirar. No quiero ser tu borrador para que me reescribas a tu antojo.
¡Pues búscate otro aire entonces! le señaló la puerta sin que le temblara el pulso. Márchate. Y no vuelvas hasta que no sepas valorar todo lo que se ha hecho por ti.
Javier la miró, con una llama fría en la mirada. Sin decir más, recogió la bolsa y cruzó el umbral, echándose a la calle bajo el aguacero. Teresa Alonso se quedó asomada a la ventana, convencida de que en una hora con suerte, al amanecer él volvería. Calado, hambriento, avergonzado.
Pero Javier no regresó esa noche ni a la semana, ni al cabo de diez años.
Javier Ortega llegó a ser lo que siempre soñó: arquitecto. Sus edificios tenían algo de él: cristal, hormigón y acero. Bellos, funcionales y absolutamente fríos.
Tenía un piso espectacular en el piso 18 de la Gran Vía, un coche de lujo y la costumbre de no mirar nunca atrás. Pero en su perfecto universo había un agujero negro: el viejo piso de Carabanchel al que trataba de borrar de la memoria.
Don Javier, mañana entregamos el proyecto avisó su secretaria, Inés. Ah, y el sábado… lo marcó en el calendario. El cumpleaños de su madre.
Javier se quedó un instante contemplando la ciudad tras el ventanal. Diez años. Jamás llamó. Ella tampoco le buscó. Cada año, compraba un regalo que quedaba olvidado en el maletero hasta acabar donado a Caritas. Pero esta vez se rompió algo en su interior. Quizá fuera entender que el hormigón no es refugio contra la soledad.
Sábado. El patio familiar le recibió con olor a jazmines en flor y el crujido de los columpios. El todoterreno parecía un ovni entre los Seat centenarios y los bloques de pisos desconchados.
Bajó del coche. Le pesaban las piernas, como si arrastrara grilletes. Un paso. Luego otro. El portal olía a humedad y a cebolla frita. Segunda planta. Puerta número 4.
Levantó la mano para llamar. Los nudillos titubeaban a un centímetro de la desvencijada puerta forrada de polipiel.
¿Y ahora qué digo? ¿Hola, he venido después de diez años? ¿O perdona, por no volver al amanecer? Los pensamientos se apelotonaban, ahogándole.
En ese exacto momento, Doña Teresa estaba al otro lado de la puerta. Le había visto llegar desde la ventana. El corazón, ese al que creía de piedra, latía alocadamente. Contenía el aliento, con las manos apretadas contra los labios para no gritar.
A través de la mirilla veía la silueta distorsionada: Su chico. Ya un hombre hecho y derecho. Abrigo caro, rostro endurecido.
Ábrele, solo tienes que girar el pomo. Dile que la tetera ya pita. Dile que le has esperado cada noche… Pero la mano no subía. El orgullo, que se alimenta de años de soledad, susurraba: ¿A qué viene? ¿A compadecerte o a ver si sigues viva? Diez años de silencio, ¿por qué deberías ser tú quien ceda primero?
Así estuvieron cinco minutos. Parecieron siglos. Javier sentía el calor de la puerta: sabía que ella estaba ahí. Escuchaba sus jadeos nerviosos.
Mamá… susurró, apoyando la frente sobre el polipiel frío.
Teresa Alonso se estremeció. La voz de su hijo, al otro lado, fue como un eco de otra vida.
No sé pedir perdón continuó Javier, hablando a la puerta cerrada. Así me enseñaste: a ser fuerte, inquebrantable, orgulloso. He construido cientos de casas, mamá. Pero en la tuya aún no tengo sitio.
Teresa cerró los ojos. Una lágrima rodó por su mejilla.
Este muro lo he levantado yo murmuró sabiendo que él no la oiría. Te eché esperando que volvieras. Y aprendiste a volar. Ahora me asusta que veas lo pequeñita y frágil que soy sin mi enfado.
Javier volvió a alzar la mano. Esta vez rozó el picaporte. Desde el otro lado, Teresa ya había posado la suya. Solo tres centímetros de metal y madera les separaban.
Un giro y se vendría abajo ese muro. Un gesto y la larga helada terminaría.
Pero Javier soltó el pomo.
No abre. Sigue enfadada. No quiere verme, pensó.
Teresa sintió cómo el picaporte se detenía.
Se va. Ni ha llamado. Le da igual, se dijo.
Javier se giró despacio. Del bolsillo del abrigo sacó una cajita: un broche de oro, con forma de ramita de jazmín. Desde los veintidós había querido regalárselo con su primer sueldo.
Lo dejó suavemente en el felpudo.
Feliz cumpleaños, mamá alzó la voz. Perdona por haberme convertido en lo que querías.
Empezó a bajar la escalera. Sus pasos resonaron huecos en el portal vacío.
Teresa ya no aguantó más. Tiró de la cerradura, las llaves repicaron al suelo. Abrió la puerta de golpe.
¡Javier! gritó al vacío del descansillo.
Javier se detuvo a mitad de escalera. Se volvió. Ella estaba en el umbral, envuelta en la luz cálida de la entrada: pequeña, con el pelo ya blanco, frágil como una porcelana antigua. Apretaba entre las manos la caja del broche.
Se miraron de punta a punta de la escalera.
¿Te vas? la voz se le quebró. ¿Otra vez sin esperar respuesta?
No abrías contestó Javier, subiendo un peldaño.
Y tú no llamaste Teresa salió tímida al rellano. Te quedaste quieto, como un poste. Creí que solo venías a comprobar si seguía viva de puro orgullo.
Javier subió tres peldaños más. Solo les separaban unos pasos.
Tenía miedo de oír: ¿A qué has venido?
Y yo de que dijeras: He venido a decirte que ya no te necesito.
Se quedaron callados. El aire del portal perdió su pesadez.
El broche es precioso dijo Teresa en voz baja. Pero huele mejor el jazmín del patio. He vuelto a poner el agua a hervir, Javier. Hace diez años el té se consumió hasta el fondo… pero ahora lo he llenado otra vez.
Javier se acercó. Imponente y seguro de sí, pero de repente se volvió el niño con su bolsa al hombro. La abrazó despacio. Ella olía a medicinas y a ese jazmín del barrio.
Mamá, no quiero entrar si tú no…
Calla ella se apoyó en su hombro. Basta ya de muros. Ven, vamos a tomar un té.
Entraron juntos. La puerta número 4 se cerró suave, no con portazo, sino salvándoles por fin del frío de fuera.
Nunca aprendieron a decirse cosas bonitas. Seguían siendo duros, complicados. Pero esa noche Javier entendió: el proyecto más difícil de su vida, al fin, estaba terminado. Había reconstruido la casa que nació de cimientos rotos. Y esta vez, no hubo cristales invisibles. Solo luz.







