— ¿¡Pero por qué me gritas a mí?! — protestó el hombre. — ¡Si yo estoy cuidando y alimentando a tu mujer, y tú me levantas la voz! ¡Esto sí que es el colmo! Estuvieron discutiendo a gritos durante media hora, hasta que el pájaro se quedó afónico y el hombre agotado…

¿Pero tú por qué me gritas a mí? protestó el hombre. ¡Que estoy cuidando y dando de comer a tu mujer y encima me levantas la voz! ¡Esto ya es lo que faltaba! Y se tiraron media hora gritándose el uno al otro, hasta que el cuervo se quedó afónico y el hombre agotado…

El hombre volvía a casa después del primer turno en la fábrica. Se acercaba el fin de semana, y solo con pensarlo ya se animaba. Aunque, siendo sinceros, no era solo por el descanso. El sábado por la noche tenía una cita largamente esperada con una mujer a la que había conocido en Internet.

Llevaban un mes chateando: que si el trabajo, que si los hobbies, compartiendo pensamientos sobre la vida… Vamos, lo típico en estos casos. Y por fin, llega el día. Solo faltaba llamar a un restaurante bonito, reservar mesa y elegir la ropa adecuada.

Sumido en pensamientos casi románticos, estaba ya a punto de llegar a su bloque en la periferia de Madrid, típico de ladrillo visto, donde vivía en un pisito en la cuarta planta. Solo le faltaban cincuenta metros. A veces la vida parece que puede cambiar en un paso, pero…

Ay, ese pero.

Justo en la entrada, de un plátano de sombra que nunca se había parado a mirar, se le cayó a los pies una corneja. El animal aleteaba desesperada, croando con voz desgarrada, mientras en las ramas de arriba, una bandada montaba un escándalo como si se acabara el mundo.

Lo que me faltaba murmuró.

La corneja intentó levantarse, pero se vino abajo en seguida. Tenía clara la pata derecha rota.

¿Y ahora qué hago contigo? dijo en voz alta.

Lo de pasar de largo no funcionó. Se quitó la cazadora, la tapó delicadamente para que no escapara, la recogió y se metió en el portal, entre los chillidos casi trágicos de la bandada.

En casa, sacó con mucho cuidado a la corneja para echar un vistazo a la fractura. Y, acto seguido, la pájara le enterró el pico en el dedo.

¡Maldita seas! maldijo aguantando el envite. Le envolvió el pico con un trapo viejo. Así no hay quien te ayude…

Llamar a las clínicas veterinarias fue perder el tiempo: las aves no eran su especialidad. Tampoco los amigos sabían qué hacer. Así que, aplicando su ingenio de mecánico, se le iluminó la bombilla: si arreglo motores, podré con un ave.

Primero preparó una caja de zapatos, la llenó de toallas, la puso al sol de la ventana y enseguida le puso nombre: Clara.

Se pasó un par de horas fabricando una férula: cuchillo en mano, dos palitos y cinta aislante. Cuando acabó, liberó el pico.

Clara, en cuanto pudo, intentó clavarle el pico otra vez.

Tranquila, mujer, que quiero ayudarte. Pero así no vamos a ninguna parte. Hay que alimentarte y darte agua…

San Google le llevó a la tienda de pesca y a la farmacia. En la primera compró gusanos y larvas; en la segunda, unas pinzas y una jeringuilla. De vuelta a casa, empezó la operación engorde.

Tenía que abrirle el pico a las malas e ir metiéndole bichitos; el agua, con jeringuilla. La corneja, más digna que don Quijote, lo rechazaba todo, croaba escandalizada y le intentaba picar de nuevo. Él protestaba, pero no cejaba.

Acabaron agotados los dos. Clara, saciada y derrotada, cayó dormida. Él también, muerto de sueño.

Al día siguiente, más de lo mismo: desayuno forzoso, protestas croantes, intransigencia mutua. Y en esto, por el rabillo del ojo, vio que en la terraza estaba posado un enorme cuervo que no quitaba ojo.

Sin pensarlo, abrió la ventana:

¿Tú eres el marido de Clara? Pasa, mira tú mismo. Yo solo quiero ayudarla.

El cuervo, con pausa solemne, le oyó y giró la cabeza hacia la caja de Clara. Después entró despacio.

Clara chirrió quedamente. El cuervo se volvió hacia el hombre, extendió las alas y soltó un croar poderoso.

¡Pero bueno! replicó él. ¡Que la estoy curando y encima me vacilas! ¡Esto es el colmo!

Y se pusieron a croar y gritarse los dos, hombre y ave, media hora larga, hasta que el cuervo quedó afónico y el hombre, sin aliento.

Al final, el hombre fue pragmático: le acercó sendas cajas una de larvas y otra de gusanos.

El cuervo examinó las viandas con gesto de chef y, con todo el descaro, se puso a zampar.

Hombre, claro, aprovecha, ya que parece que he ido a comprar solo para ti… rió el hombre.

Cuando terminó, el cuervo fue directo con Clara, revolviéndole las plumas con ternura.

Mira tú por dónde… se enterneció el hombre. Hasta muestras de cariño y todo. Que no os preocupéis, que saco adelante a tu Clara. Pero convéncela de que no me pique…

Por la noche, el cuervo voló, pero a la mañana siguiente ahí estaba, picando el cristal hasta que le abrieron. Entró, revisó a Clara y desayunó en paz.

Buenos días le saludó el hombre. Parece que empezamos a entendernos…

Mientras alimentaba a Clara y la convencía de no morder, el cuervo observaba, sin intervenir.

De pronto, el hombre se paralizó en seco.

Madre mía… se quejó llevándose una mano a la cabeza. ¡Si tenía que llamar y reservar mesa…!

Cogió el móvil y marcó.

Perdona, de verdad… empezó a explicar, contándolo todo, desde la corneja hasta el jaleo con el cuervo.

¿O sea que una corneja es más importante que quedar conmigo? le cortó ella, incisiva.

No, no es eso… es importante para mí, pero…

Pues ala, vive con tu corneja cortó ella, colgando de golpe.

Ya está suspiró él, mirando al cuervo. Fin de la cita antes de empezarla.

En ese momento, el gran ave dio un salto y se plantó orgulloso en la mesa delante de él, pecho hinchado, alas abiertas como un matón de barrio.

El hombre no pudo evitar sonreír:

No sé si me entiendes, pero se agradece el apoyo. ¿Me sugieres que no me deprima? ¿Que palante?

Justo entonces sonó el timbre. En la puerta estaba la vecina del quinto, una mujer simpática que le sonreía en el ascensor.

Perdona… empezó ella, algo apurada. Llevan días las cornejas revoloteando tus ventanas. ¿Estás bien?

Eso hay que verlo para entenderlo, entra y verás.

Entró, se quedó boquiabierta.

¡Madre mía…! ¿Estás curando una corneja?

Clara aclaró él.

Entonces el cuervo es Carlos rió ella.

Su risa sonó como campanillas de plata y él sintió que no había escuchado nada más bonito en mucho tiempo. Miró a la vecina y pensó, pues mira, que le den al ligue frustrado.

Carlos desplegó las alas, presumió de pecho y la vecina volvió a reír.

Desde entonces, todo fluyó mejor. Carlos le cogió afición a la vecina: cada vez que venía, se acicalaba y buscaba cómo arrimarse. Ella reía y se sonrojaba.

Clara, por fin, entendió que no había mala intención, dejó de resistirse y aprendió a comer sola. Mejoró deprisa. El hombre hasta le dejó una copia de la llave a la vecina, para que cuidara de las aves en su ausencia.

Cada vez le gustaba más la vecina y al fin se decidió a invitarla a salir. Justo entonces, la vida le tenía reservada una última vuelta.

Una noche, saliendo del turno de tarde, regresaba a casa. Ese día era especial: en la pausa había corrido a comprar un detalle a la vecina, una cadenita de plata con un corazón rojo.

Se relamía imaginando la escena, pero bajo las farolas le salieron al paso dos tíos.

Venga, la cartera, el móvil y el reloj le espetó uno, sacando una navaja.

Y la cazadora, quítatela añadió el otro.

Ni siquiera le dio tiempo a asustarse.

De pronto, una nube negra cayó en picado. Gritos, aullidos, dentelladas. La bandada de cornejas los atacó como si defendieran el oro del Banco de España.

Él salió corriendo y se encerró en casa. Por la mañana…

Apareció la vecina, pálida y temblando.

¡Dios mío! exclamó abrazándole. ¡Estás bien! Creí que te había pasado algo…

¿Qué tal? le preguntó, acariciándole el pelo.

Anoche una bandada de cornejas atacó a dos tipos. Casi los dejan para el arrastre; están en el hospital, fatal.

Él sonrió y recordó:

Te he traído un regalo.

Ay, pero si no hacía falta… balbuceó ella.

Pero al enseñarle la cadenita, ella le sonrió y le dio un beso en la mejilla.

Qué detalle más bonito, gracias dijo, alargando la mano, pero…

Ay, ese pero.

Carlos, negro como la noche, pasó volando, cogió la cadenita de un picotazo y la dejó junto a Clara, ya casi recuperada.

Ambos rompieron a reír.

Te compraré otra prometió él.

Carlos se irguió y, con aire triunfal, gritó: «¡Craaa!». Clara cogió la cadenita y la escondió en su caja, como tesoro.

Y el hombre y la vecina se besaron en el umbral.

¿Y qué más da?

Al fin y al cabo, esto es asunto de familia.

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MagistrUm
— ¿¡Pero por qué me gritas a mí?! — protestó el hombre. — ¡Si yo estoy cuidando y alimentando a tu mujer, y tú me levantas la voz! ¡Esto sí que es el colmo! Estuvieron discutiendo a gritos durante media hora, hasta que el pájaro se quedó afónico y el hombre agotado…