Diario de Salvador Pérez, 2018-2023
En el año 2018, yo, Salvador Pérez, un hombre de 34 años de Valladolid, llevaba en la cabeza la idea de salir de la pobreza a base de criar cerdos. Decidí alquilar una ladera abandonada de la sierra, cerca de Riaza, con la esperanza de convertirla en una pequeña granja porcina.
Me gasté hasta la última moneda de mis ahorros. Incluso pedí un préstamo en el Banco Santander, construí corrales, instalé un pozo y compré treinta lechones.
El día que subí con los primeros cerdos a la montaña, le dije a mi mujer, Eulalia, de 31 años:
“Espérame. En un año, podremos hacernos nuestra propia casa.”
Pero la vida es terca y nada que ver con esos cuentos de éxito que salen en la tele.
No habían pasado ni tres meses cuando entró la peste porcina africana por Castilla y León. Una tras otra, las granjas cercanas fueron cayendo. Algunos vecinos tuvieron que quemar sus instalaciones enteras para evitar el contagio. Durante semanas, el humo se instaló entre los pinos y los robles de la sierra.
Eulalia se asustó.
“Vendámoslosantes de que se nos mueran todos,” me rogaba.
Pero yo, empeñado:
“Esto pasará. Solo hay que aguantar un poco más.”
Las noches en vela y la preocupación constante me dejaron hecho polvo. Acabé ingresado en el hospital de Segovia, agotado y al borde del colapso. Pasé más de un mes a reposo en el pueblo de mis suegros.
Al volver a la sierra, la mitad de los cerdos ya se habían esfumado. El precio del pienso estaba por las nubes. Los del banco empezaron a llamar para exigir la devolución del préstamo.
Cada noche, mientras la lluvia repiqueteaba sobre el tejado de chapa, tenía la sensación de que, gota a gota, todo lo que había construido se iba desmoronando.
Hasta que, una noche, tras otra llamada de los acreedores, me senté en el suelo y susurré:
“He terminado.”
A la mañana siguiente, cerré la granja. Le entregué la llave al dueño del terrenodon Ciprianoy bajé la montaña. No quería ser testigo del naufragio total de mi sueño. En mi cabeza, ya lo había dado todo por perdido.
Durante cinco años, no volví a subir.
Eulalia y yo nos mudamos a Madrid para trabajar en una fábrica. La vida era sencillasin lujos, pero tranquila.
Si salía el tema de criar cerdos, solo esbozaba una sonrisa amarga.
“Al final, eché mi dinero al monte”, solía decir.
Pero a principios de este año, don Cipriano me llamó de repente. Su voz temblaba.
“Salvador… tienes que venir. A tu antigua granja… ha pasado algo gordo.”
Al día siguiente, recorrí más de cuarenta kilómetros hasta la sierra. El camino de tierra casi había desaparecido bajo la maleza y los arbustos, como si llevara abandonado décadas.
A medida que subía, el estómago se me encogía de nervios.
¿Se habría caído el corral?
¿O no quedaría ni rastro de mi sueño?
Al girar la última curva, me detuve en seco.
El lugar que abandoné… parecía vivo.
No era en absoluto la granja que recordaba. La techumbre oxidada estaba cubierta de hiedra y plantas salvajes. Los corrales de barro se habían fundido con el bosque de enebros y abedules. Los árboles habían crecido tanto que tapaban casi todo el paso.
Pero no fue eso lo que me dejó helado.
Escuché ruidos.
“Rronc, rronc”
Me quedé clavado.
Me acerqué poco a poco a la valla, casi sepultada por la hierba. Al asomarme al viejo corral, di un paso atrás, boquiabierto.
Había cerdos.
No uno o dossino muchos.
Ejemplares enormes, robustos, junto a varios lechones pequeños correteando entre las ramas.
Los treinta lechones que dejé hacía cinco años se habían convertido en una piara entera.
“No puede ser” murmuraba, incrédulo.
Don Cipriano, que venía tras de mí, se acercó.
“Eso intentaba decirte no desaparecieron.”
“Pero ¿cómo han sobrevivido?” pregunté, aún sin creérmelo.
Don Cipriano se sentó en una roca.
“Cuando te fuiste, algunos quedaron en el corral. Rompieron la valla y se escaparon. Pensé que no durarían en el bosque. Pero me equivoqué.”
Miré alrededor.
Detrás del corral había un arroyito que nunca había visto. Brotaban plataneras y matas de batata silvestre. Había nogales y un sinfín de plantas salvajes.
“Aprendieron a sobrevivir en la sierra,” me dijo don Cipriano. “Y siguieron creciendo en número.”
Me fijé en la piara. Algunos levantaron la cabeza, como si recordaran mi sombra después de tanto tiempo.
Uno de los más grandes se acercó. Tenía la piel rojiza y una cicatriz en la orejala misma marca con la que señalé uno de los primeros lechones.
“Ése” susurré.
“Fue el primer cerdo que crié.”
Sentí un nudo en la garganta.
Todo lo que creí perdido estaba allí.
No solo vivosino florecido.
“¿Y ahora qué vas a hacer?” me preguntó don Cipriano.
Me quedé callado.
Miré la montaña, el corral, los cerdos campando serenos entre la hierba, como si aquellos cinco años solo hubieran sido un suspiro.
Poco a poco, me salió una sonrisala primera en años.
“Quizá,” dije en voz baja,
“mi sueño no terminó.”
En ese momento, comprendí algo que pensé que se había perdido.
A veces, aunque abandonemos un sueño
Hay ocasiones en que sigue esperándonos para que volvamos.







