Amiga imaginaria
Alrededor de Elena llevaba ya tres días revoloteando una marabunta de alumnos. La chica se había ganado la fama en todo el colegio de ser vidente y psicóloga de verdad. Todos querían una pizca de su sabiduría. La abordaban en la puerta del baño, se le pegaban en el comedor, le traían caramelos, cuadernos llenos de deberes y otras ofrendas que, misteriosamente, siempre rechazaba.
Me gusta Nacho, el de 5º B suspiraba de ensueño su compañera Lucía. ¿Tú crees que podríamos formar una familia?
No te lo recomiendo respondía Elena con un sorbo de ColaCao y mordisqueando una rosquilla. Ese Nacho sólo parece majo, pero luego se hurga la nariz y se come los mocos. Vamos, no pasarás hambre, pero ahí se quedará la cosa. Toda la vida rascando y hurgando, menuda perspectiva.
¡Puaj, qué asco! ¿Y Sergio? Saca nueves y está aprendiendo a tocar la guitarra… Lucía volvía a sonreír, ya rosa de ilusión.
Ese Sergio maltrata gatos. Le ata una lata al rabo y los persigue por los patios. Va para cruel, y encima le veo futuro de borrachín.
¿Y eso por qué lo dices?
¿Acaso has visto un guitarrista en sus cabales? Y tú tampoco te comas la cabeza con eso, que para líos amorosos ya tendrás tiempo. Mejora mates y deja de morderte las uñas, que al final te saldrán gusanos.
No tengo amigos. Todos me están llamando gordo y nadie me invita a nada Pablo, de 4ºC, empujó a Lucía con tal ímpetu que la mandó rodando al otro extremo del banco.
El miércoles abren inscripciones para judo. Puedes apuntarte en el despacho del profe de gimnasia. No vas a adelgazar, pero fijo que te dejan en paz Elena cogió aire antes de añadir. Y, por cierto, no vuelvas a lanzar así a tu futura esposa.
Elena se levantó y llevó la bandeja a la pila.
Elena, ¿tú crees que debería apuntarme este año a la autoescuela o el próximo? preguntó la profe de geografía, fingiendo hablar por casualidad mientras fregaba su taza.
Señorita Carmen, para sacarse el carnet hace falta tener coche, y usted sólo tiene el Ibiza prestado de su padre. ¿Capta la diferencia?
Eh… creo… balbuceó la profe, algo confusa.
Elena puso los ojos en blanco, se lavó las manos y siguió:
Véndalo y cómprese una bici y unos shorts, que en dos meses la llevan en moto a clase. Y mire, mejor métase en una hipoteca, que ahora los intereses están de rebajas, y con sus padres viviendo a los treinta y cinco una ya no queda muy bien sentenció con una seriedad cómica.
Carmen la miró alucinada mientras Elena se marchaba a clase de Tecnología.
En los cuarenta minutos que sus compañeras aprendían a enhebrar la aguja y a tomar medidas, Elena zurció el pantalón que había traído de casa, estrechó una falda y tejió a ganchillo unos calcetines que regaló a la profe de Tecnología diciendo que las embarazadas necesitan pies calentitos. La profe pidió permiso y salió volando a por un test de embarazo. Al día siguiente, toda la clase desayunó una tarta de chocolate espectacular gracias a Elena.
En casa, la niña también andaba peculiar. Regañó a su madre por comprar hamburguesa industrial y prefirió hacer ella misma empanadillas. Por la tarde, en vez de ver TikTok, se puso a leer Los tres mosqueteros y a murmurar cosas con alguien invisible. El padre la observaba desde su portátil, aunque ella no tardó en decirle que se estaba encorvando y que bien podría sacudir la alfombra en vez de perder el tiempo en webs poco recomendables.
Por el colegio circulaban rumores. Los profesores estaban de los nervios y pidieron cita urgente con la orientadora. Convocaron a todo el comité docente (incluyendo a la directora) en horario lectivo.
Elena, cariño, dime, ¿alguien te hace bullying en el cole? empezó con voz suave el psicólogo, con barba muy hipster y gafas de pasta.
Lo que me fastidia es que al cole le soltaron varios millones y en el gimnasio sólo cambiaron la espaldera y nos compraron dos míseras cuerdas contestó Elena.
Todos se volvieron hacia la directora, quien súbitamente recordó que tenía una reunión y saltó por la ventana (afortunadamente, estaba en la planta baja).
¿No tienes amigos? insistió el orientador.
La amistad es algo muy relativo suspiró Elena jugando con sus trenzas. Hoy juegas al escondite en el patio y mañana tu amiga frega tus platos mientras tú declaras la Renta.
¿La Renta? ¿Qué platos? ¿Quién te mete esas ideas?
Mi amiga.
¡Ajá! ¡Aquí está la raíz del asunto! ¿Puedes invitarla a pasar?
Si está aquí dijo Elena, tan tranquila, mientras el claustro entero se quedaba de piedra.
No la vemos. ¿Cómo se llama?
María del Carmen.
Madre mía… ¿Cuántos años tiene?
Setenta.
¿Y qué más te cuenta?
Que los dientes se lavan de arriba abajo, que el perro de mi barrio no es malo, solo asustado y hambriento, y que a la familia nunca hay que dejarla olvidada. También dice que al profe de mates le están calculando mal el IBI desde hace cinco años, que se pase por el Catastro para que se lo recalculen, que se lo han hecho por valor catastral y no por el de mercado.
La psicóloga tomó nota, subrayando dos veces la parte del IBI.
Llamaron por megafonía a los padres, que andaban en la oficina.
¡Esperad, esperad! gritó el padre por el manos libres. ¡Así se llamaba mi madre! Murió hace diez años.
Entre suspiros y algún Ave María, el aula se llenó de murmullos.
Pues eso, que en diez años nadie ha ido a visitarla. Todo lleno de hierbajos y la lápida torcida protestó Elena cruzándose de brazos.
Es que… quería, pero nunca encuentro el momento… musitó él por el altavoz, como si su hija le hubiera pillado empanado en la siesta.
La sesión acabó.
Al día siguiente, toda la familia rumbo al cementerio. Elena nunca conoció a su abuela, sólo oía retales de historias que contaba el padre. Tardaron en encontrar la tumba: ese campo de mármol había engullido el viejo pinar. Elena llevó un ramo de tulipanes amarillos y los puso en una botella cortada. El padre arregló la verja, la madre quitó las malas hierbas.
Papá, dice la abuela que eres buena persona, pero que te pierdes demasiado en el curro y el internet, y así no tienes tiempo ni para mí soltó Elena con media sonrisa.
El padre, rojo como un tomate, asintió en silencio.
Di que vas a cambiar le pidió ella, sin mirar atrás. Él la acarició y pasó la mano por la foto gastada de la abuela.
Ahora sí está tranquila y no volverá a aparecerse, aunque yo la echaré de menos porque era muy buena, divertida y lista.
Tenía razón. La abuela lo veía todo claro dijo él. ¿Te ha dicho alguna cosa más?
Sí: que tu dieta del pepino es un timo, si quieres adelgazar te apuntes al polideportivo. Y que eso de abrir cuenta en francos suizos fue una locura, que la próxima vez lo consultes bien. Y sobre ese cemento barato que pediste para el garaje…







