Almudena llevaba varios días en la cama, sin fuerzas para levantarse. No sentía dolor, pero la cabeza le daba vueltas y ni siquiera le apetecía abrir los ojos.
¿Para qué? pensaba Almudena. Ya he hecho todo lo que me correspondía en esta vida: a mis hijos los crié, a mis padres les di el último adiós… Ahora estoy, como quien dice, de sobra. Los años han pasado volando, casi sin darme cuenta.
No le apetecía hacer nada. Observó su habitación: algunas telas de araña colgaban ya de las esquinas del techo. Miró hacia la ventana, donde se veía su huerta, ahora invadida de malas hierbas. Empezaba a amanecer cuando cerró los ojos y el sueño la venció.
Soñó con su madre. Le sorprendió muchísimo, pues sólo la había visto una vez en sueños, justo después del entierro tres años atrás. Su madre la miraba con ternura, intentaba extenderle los brazos, como queriendo abrazarla y acariciarla la cabeza como solía, pero una especie de muralla invisible lo impedía.
Hija mía dijo su madre suavemente, mañana será tu último día…
El sobresalto fue tal, que Almudena despertó agitada y temblorosa.
¿El último? ¿Tan pronto? ¿Por qué ahora? gritó al vacío.
Imaginó la escena: ella en esa misma cama, ya sin vida; llegando los hijos, familiares, conocidos… La casa un desastre, la huerta tomada por las hierbas, ni comida de la que ofrecer. Almudena, movida de repente por una extraña energía, empezó a correr de un lado para otro sin saber por dónde empezar.
En la cocina mezcló harina, aceite y huevos deprisa: Para la tarde habrá levado la masa; haré unas empanadas… Si llego a tiempo.
Cogió un cubo, llenó de agua y se puso a limpiar por todos los rincones. Recogió lo que había tirado, barrió el suelo.
Ya está, ¡en casa hay orden! suspiró con alivio.
Le tocaba la huerta. Almudena cortaba hierbas sin importarle el cansancio ni el hambre; una idea le martilleaba la cabeza: “¡El último día! ¡El último día!”
Sólo cuando terminó con el último bancal, se percató del dolor de piernas.
Un descanso… No, después, aún queda.
Recordó la masa y corrió dentro. Pronto, ya tenía las empanadas en la mesa.
Mañana vendrán los chicos, tomarán té con empanada y recordarán a su madre dijo con lágrimas en la voz. A ver, ¿cómo han salido? ¡Bien, cómo esponjan!
Almudena se sentó y pensó: ¡Qué bonito es vivir en este mundo! Pero en fin, debo prepararme para la despedida.
Rebuscó entre sus pertenencias, preguntándose qué ponerse. Finalmente eligió un vestido nuevo, reservado para una ocasión especial.
Se peinó, se arregló un poco la cara y se puso el vestido. Se miró al espejo, sin poder evitar una sonrisa:
¡Hermosa! Más que al entierro, a una boda debería ir con este vestido…
Pero todo tiene un final. Se tumbó en la cama, lista para morir. No tuvo tiempo. Fuera, el ruido de un coche que paraba delante de su casa la distrajo. Tocaron el claxon.
Serán para los vecinos pensó. Siempre venía gente a su casa.
Poco después, llamaron a la puerta, una vez, otra.
¿Serán mis hijos? pensó, al asomarse a la ventana. No, el coche no lo conocía.
¡Vaya coche! se le escapó en voz baja. ¿Quién será?
Se acercó a la puerta y abrió. Delante de ella, un hombre de aspecto elegante, cuidado y bastante apuesto.
¿Es usted Almudena? preguntó él.
Sí…
Vengo a verla a usted. Disculpe la hora, me he retrasado por el camino…
¿Le ocurre algo? preguntó Almudena, confusa.
Verá… dudó él, temeroso. No, no se equivoca usted, es a usted a quien busco. Perdón por este imprevisto.
Es muy tarde para visitas… le escucho.
Sí, lo sé, lo siento. Vengo de lejos y me desvié…
Viendo que ella no comprendía, añadió:
Me llamo Sergio. Quería conocerla.
¡Con la de planes que tenía yo para hoy! pensó Almudena.
¿Y cómo sabe usted quién soy? le interrogó.
Intenté añadirla como amiga en Skype, pero usted apenas entra… La encontré, mejor no me pregunte cómo, algún día se lo explicaré.
¿Y qué hago yo ahora contigo…? pensó Almudena.
Sergio, discúlpeme, pero no estoy para novedades. No quiero cambiar ya mi vida. Mejor vuelva usted a casa.
Seguramente tiene razón. Debí llamarla antes. Adiós, Almudena.
El hombre se giró, fue al coche y a medio camino le tendió a Almudena una caja de bombones.
Discúlpeme.
Y volvió sobre sus pasos.
A Almudena le dio pena. ¿Y si tenía hambre tras tanto viaje?
¡Espere, Sergio! Pase, al menos le invito a un café.
Él sonrió agradecido y entró con ella.
Lávese las manos, la toalla está ahí.
Almudena sirvió té, puso las empanadas en la mesa.
¿Tiene hambre? le preguntó.
La verdad, sí.
Pues coma, siéntase como en casa.
Ella también notaba el estómago vacío. Rápido sirvió la mesa, para algo había cocinado de sobra.
¡Que aproveche! se desearon al unísono y rieron.
Por primera vez en mucho tiempo, Almudena disfrutó cenando con agrado. Con ese hombre desconocido se sentía bien y en calma. Sergio resultó ser muy buen conversador. Al cabo de una hora ya sentía como si fuese un viejo amigo.
Almudena, si necesita algo, sólo tiene que decirlo.
Ella lo miró, sonriente.
¿Ayudarme? Pues claro, hace falta: el cobertizo está torcido, la valla del patio se cae
Sergio reflexionó:
Almudena, yo te ayudo, haré lo que pueda.
Se levantó a recoger.
Gracias por todo… Bueno, no me quedo a dormir, sé que no es lo correcto. Adiós, Almudena.
Adiós, Sergio, que tengas buen viaje.
Almudena limpió la mesa, se sentó un rato y se fue a dormir, o más bien, a esperar el final.
El sueño vino rápido, agotada como estaba.
Hija, te fuiste sin terminar de escucharme anoche la esperaba su madre. Hoy sí era tu último día… pero el último de la soledad. Sabemos que no es fácil vivir sola, por eso hemos decidido enviarte un ángel. Cuídalo bien, como él te cuidará a ti.
¿A quién, mamá? Si tu ángel se ha ido, se asustó al ver tanto trabajo…
Su madre la bendijo y desapareció en la luz.
A la mañana siguiente, muy temprano, el ruido de camiones la despertó. Desde la ventana vio uno cargado de materiales de construcción parar delante de su casa y después otro, de donde bajaron hombres a descargar tablones.
¿Esto qué es? Yo no he pedido nada…
Pensó en echarlos, pero reconoció a Sergio indicando dónde descargar cada cosa.
Cuando terminaron, se fue todo el mundo.
Almudena salió con asombro:
¡Madre mía! ¡Con esto se puede levantar una casa nueva!
Al poco, otro camión trajo planchas de hierro.
¡Eso es para la valla! entendió Almudena; recordaba cuando se la pusieron a su vecina.
Los hombres se pusieron a trabajar enseguida. Entre ellos vio a Sergio, que comandaba pero también trabajaba con destreza.
Sergio, ¿por qué todo esto? intentó protestar, sin mucha convicción.
No se preocupe, Almudena, todo irá bien. Entre en casa, hoy hace fresco.
Estaba completamente descolocada. La vida la había enseñado a no fiarse de los hombres (ya tuvo dos, pero nunca le cuidaron). Siempre tomó sola sus decisiones, nadie se preocupaba de ella. No sabía cómo afrontar tanto cambio.
Las obras avanzaron con rapidez. En pocos días hubo valla nueva, cobertizo, suelo cambiado, la chimenea arreglada. Pero Almudena aún sospechaba de Sergio.
¿Qué querrá? ¿Debería pagarle por el trabajo?
Pero apenas tenía ahorros.
Le daré lo que pueda; lo demás, ya veremos…
Cuando Sergio, sudoroso pero satisfecho, entró en casa, ella dijo:
Sergio, gracias de veras, no sé qué le he hecho para merecer tanto…
No diga eso, Almudena…
Almudena sacó el poco dinero que tenía.
Por favor, tome al menos esto. Es poco, pero le devolveré el resto.
¿Pero qué hace, mujer? ¿Por qué?
Cógelo, el trabajo hay que pagarlo.
Sergio salió. Al poco, el sonido del motor indicaba que se iba.
Almudena salió corriendo. Sergio se había marchado y, ni al día siguiente, ni días después, volvió.
Ella no sabía qué hacer. Algo la apretaba el pecho, no podía pensar en otra cosa: se había enamorado, como una adolescente.
¿Por qué le rechacé? ¿Y ahora, cómo sigo sin él? suspiraba, como si le conociera de toda la vida.
Caminaba sin rumbo por el pueblo. La detuvo la vecina, que estaba al tanto de todo lo que allí ocurría.
Almudena, no dejes escapar a ese hombre; mira cómo ha trabajado por ti. No hay muchos así.
Se ha ido para siempre… dijo Almudena, apesadumbrada.
¿A quién quieres engañar? Su coche está en la entrada del pueblo toda la noche.
¿Dónde? ¿Estás segura?
En el cruce, hija…
Pero Almudena ya no escuchaba. Salió corriendo, con esperanza de verle. Pero ni coche ni Sergio había ya.
Me estaba tomando el pelo… decidió Almudena, regresando a casa, cada vez más triste.
Por la noche, no podía dormir. Se echó un chal a los hombros y salió al porche. Hacía fresco, se sentó en el escalón, arropándose.
¿Por qué soy tan desgraciada… y tan boba? decía en voz alta.
Y, desbordada, rompió a llorar.
En ese momento, Sergio apareció, se agachó, la levantó en brazos y la colmó de besos en la cara todavía húmeda de lágrimas.
Almudena, no llores, vida mía…
¿Dónde has estado, Sergio? ¿Por qué te fuiste?
Nunca me fui, no pude irme, porque te quiero.
Y yo a ti. Más que a mi vida…
Almudena se aferró a su ángel, aquel que el destino le había enviado.
Gracias, mamá… susurró Almudena, llorando ahora de pura felicidad.
En la vida, a veces cuando creemos que ya no nos queda nada, nos espera lo mejor. Nunca es tarde para volver a abrir el corazón y empezar de nuevo.





