Diario personal, 17 de marzo
Siempre he escuchado el refrán: Más tonto es el que presta que el que roba. De niña me sonaba exagerado, pero últimamente la vida se ha encargado de demostrarme el significado real que hay detrás de estos dichos populares.
Hace unos seis meses se mudó frente a mi piso una nueva vecina. Una mujer de unos cuarenta años, siempre arreglada, pelo bien recogido, sonrisa amplia. Solo nos cruzábamos de vez en cuando en el ascensor, intercambiando buenos días o buenas tardes de pura cortesía.
La primera vez que llamó a mi puerta fue un par de semanas después de instalarse. Recuerdo que eran ya cerca de las nueve de la noche. Al abrir, me encontré a Carmen, con cara de disculpa y una taza vacía en la mano.
Perdona que moleste tan tarde dijo. Mira, que me ha entrado un antojo de tortitas y cuando ya lo tenía todo listo, ¡zas!, que no me quedaba sal. ¿Me podrías dejar un poco? Mañana te lo traigo sin falta.
¿Quién puede negarse a semejante favor? Le llené la taza hasta la mitad, me dio las gracias y se marchó.
Pero la siguiente vez no tardó en llegar. Una tarde, con frío y lluvia, llamó para pedirme azúcar.
Es que me apetecía un té y ya ves, nada de azúcar en casa ¿Me dejas una tacita? Otra vez de verdad que te lo devuelvo con creces, te traigo un paquete entero…
No me molestó, pero empecé a sospechar. Llevaba casi un mes viviendo aquí y, ¿no podía haberse hecho con lo básico? Sal, azúcar, aceite, cerillas lo que todos tenemos. Pero tampoco quise parecer quisquillosa.
A la semana, necesitó huevos. Luego un poco de aceite de oliva, después cebolla, medio limón, una bolsita de té, una pastilla para el dolor de cabeza, incluso un rollo de papel higiénico.
La historia se repetía con una precisión casi matemática: tarde, mirada de culpa, excusa de que se le había olvidado comprarlo y promesa de devolverlo mañana. Nada volvía. Su memoria era, digamos, selectiva. Recordaba que yo casi siempre estaba en casa, pero lo de las deudas lo debía borrar al cruzar el umbral de su piso.
Hasta que un día yo misma necesitaba una zanahoria para el caldo. Sabía que Carmen estaba, así que fui y le pedí una.
Ay, justo tengo, pero son contadas, que voy a preparar un puré… no puedo dejarte. Lo siento.
Y me cerró la puerta.
Me sentí fatal. Entonces, ¿mis cosas son de libre acceso, pero su zanahoria es sagrada e intocable? Ahí decidí que hasta aquí habíamos llegado.
Abrí una libreta y, echando memoria, fui apuntando todo lo que Carmen se había llevado: azúcar, huevos, café, aceite, cebolla, pastilla, limón, detergente Calculé el valor aproximado y salía unos 20 euros.
Dejé la lista a mano en la entrada, presintiendo que pronto la necesitaría. Y así fue.
El sábado, mientras me preparaba para hornear una tarta, llaman al timbre. Miro por la mirilla: Carmen, bol en mano.
Inspiro hondo, sonrío con frialdad y abro la puerta.
¡Hola, guapa! me suelta, dicharachera. ¿Te salva que me dejes un poco de harina? Trescientos gramos nada más, que la necesito para hacer unas tortitas. Te lo devuelvo seguro…
¿Harina? Sí, tengo.
¡Genial! Ya sabes que te lo devuelvo…
Le dije:
Claro, Carmen, pero si no te importa, antes vamos a repasar una cosilla.
Le di la hoja con la lista. Se quedó mirando, sin entender, porque hasta entonces yo le llevaba las cosas sin rechistar y, ahora, le pido cuentas.
Mira le dije señalando, he apuntado todo lo que me has ido pidiendo en estos últimos dos meses. Vamos a repasar. Huevos: quince. ¿Cierto?
Eh… No sé, no los he contado balbuceó, perdiendo la sonrisa.
Yo sí. Azúcar, cuatro veces por taza. Aceite, café, detergente, limón, cebolla… ¿Todo correcto?
Se quedó callada, y la expresión de extrañeza se convirtió en fastidio. ¿Cómo se me ocurre? ¡Si esto es entre vecinas!
He calculado con precios medios del súper, incluso te he rebajado. En total son veinte euros.
Le extendí la mano.
En cuanto liquides, te doy la harina, incluso te la tamizo si quieres.
¿Hablas en serio? ¿Una factura por la sal y las cerillas? ¿Estás de broma?
Más seria que nunca. Si coges algo y no lo devuelves, pues has hecho una compra. Solo te pido que lo pagues.
¡Menuda tiquismiquis estás hecha! Yo creía que, vamos, como personas… ¡Qué ruindad!
Ruindad es tener dinero para sushi y pedir el papel higiénico al vecino le respondí tranquila.
Se puso roja como un tomate.
¡Pues asfixia con tu harina! gritó. ¡No pienso pedirte nada más!
Me dio con la puerta en las narices. Me quedé allí con la lista en la mano, sin cabreo, sinceramente aliviada.
Ya han pasado dos semanas. Carmen ni me saluda, en el ascensor finge un repentino interés en su móvil. Sé por el portero que va diciendo que los que aquí vivimos somos tacaños y raros.
¿Y yo? ¿Debería haber sido más paciente? No lo creo. ¿Tú qué harías?





