A mi mujer nunca le gustaba que la pillaran en situaciones ridículas, porque claro, ella siempre tenía que ser la seria y resuelta. Por eso, esa tarde me acerqué a hurtadillas al baño, dispuesto a no perder detalle de la escena. Asomé la cabeza por la puerta apenas entornada, disfruté de lo que vi, me escondí tras la pared y estoy seguro de que me saldrán arrugas de tanto reírme.
Si eres gato bueno, di miau,
Si eres gato genial, di miau,
Si eres el gato más querido, di miau
Almudena cantaba bajito mientras lavaba a nuestro gato, Don Quijote. Normalmente, ese felino era una fiera: arañaba, bufaba, mordisqueaba y montaba espectáculos dignos de la Gran Vía, pero en ese momento quién sabe si era el efecto de la voz cálida de Almudena o simplemente estaba en shock.
Vamos a lavarte la espalda, di miau
Vamos a lavarte las patitas, di miau
Vamos a lavarte la colita, di miau
Miau musitó Don Quijote, apenas audible.
Me tuve que sujetar a la pared para no morirme de risa ahí mismo. Todavía me arrepiento de no haber grabado ese momento, aunque probablemente no habría vivido para contarlo si ese comprometedor vídeo hubiera visto la luz.
¿No te gusta? Venga, te canto otra cosa, Don Quijote.
Miau.
Almudena se quedó unos segundos en silencio, enjabonando con cariño, y luego empezó a entonar en voz queda:
Nuestro amor fue una historia de Sevilla a Madrid,
Un destino de vientos, mi Dulcinea
Las lágrimas me corrían por las mejillas de pura risa. Y mientras tanto, caí en la cuenta de que Almudena, que no es especialmente romántica más de refranes y tortillas de patatas, la verdad, jamás me había cantado una canción. Serenatas, ni una. Pero a Don Quijote le dedicaba verdaderas romanzas. Hubiera podido mosquearme si no fuera porque era demasiado gracioso.
Al tiempo la Dulcinea el pobre gato volvió a soltar un maullido apagado, y Almudena, ni corta ni perezosa, cambió de repertorio y empezó con Resistiré del Dúo Dinámico.
Yo ya no podía más. Sentí que, como decimos aquí, en cualquier momento me pillaban. Era cuestión de segundos que el baño terminara y mi señora empezase a secar a Don Quijote con la toalla.
Intenté recuperar la compostura, pero de repente escuché:
Un, dos, tres, televisor,
Un, dos, tres, televisor,
Un, dos, tres, televisor
Y no pude resistirme y añadí en voz alta, acompañando la canción:
¡Y dos simpáticos duendecillos dentro!
Mientras gateaba a la carrera hacia el salón y el sofá, me partía la caja. No sé si cantaron algo más después, porque estaba exhausto de tanta risa, con hipo incluido.
Dos minutos después aparecieron por el pasillo dos seres más dignos que nunca: mi mujer y el gato, ambos con cara de pocos amigos. Me miraron con esa mezcla de ofensa y sospecha tan castiza, como si acabara de pedir pizza en vez de fabada.
Elegí enterrar la cabeza en el cojín, para reírme en silencio, como buen cobarde.
Almudena y Don Quijote se lanzaron una mirada altanera y se marcharon con solemnidad a la cocina aún les oigo mascullando entre dientes.
Al final, comprendí que en cada casa española, por dura que parezca la fachada, siempre hay un momento para el ridículo y el cariño sincero. Aprendí que el sentido del humor y una buena canción hacen cualquier baño menos dramático y que, aunque no te canten serenatas, siempre habrá un gato o una Almudena a quienes dedicarles una.





