La jubilada Carmela (aunque todo el mundo la llamaba Carmela) suspiró con esfuerzo y, entre dolores, consiguió darse la vuelta en la cama. Le dolían las articulaciones y tenía las piernas tremendamente hinchadas. Estaba agotada de ir de consulta en consulta, harta de tratamientos y diagnósticos.
Vivía sola, jamás se había casado, y su hijo nació hace muchos años, fruto de su primer amor. De pronto sonó el timbre. Carmela, con pasos pesados, llegó a la puerta y abrió.
En el umbral estaban su hijo, Santiago, y su nuera, Beatriz. Junto a ellos, el pequeño nieto Martín, de cuatro años, agarraba un cochecito entre manos. Y un perro enorme.
Mamá, apenas tardaremos. Nos tenemos que marchar de vuelta enseguida. Martín y Chistorra se quedan contigo. En cinco días, si todo va bien, volvemos y los recogemos dijo su hijo Santiago.
Pero Estoy enferma, apenas puedo andar, yo balbuceó Carmela, sosteniéndose con una mano en el marco.
No queríamos molestarte pero tampoco podemos llevarnos al niño y al perro en el coche tantas horas hasta Barcelona. Mi madre Ya no está respondió Beatriz, su nuera, rompiendo a llorar.
El niño se puso a llorar también y el perro soltó un suspiro lastimoso. Carmela sintió en ese instante que debía hacer algo.
La enfermedad llegó seis meses atrás.
Carmela apenas había cumplido los 60. Pero, mires donde mires, la mayoría de los mayores en Madrid van apoyados en bastón. La salud, a veces, se apaga de golpe.
A Carmela le venía en mente que su consuegra, Mercedes, había enfermado de gravedad. El padre de su nuera, Ramón, hacía años que falleció. Ahora, también la suegra… El mal se la llevó por sorpresa, y era incluso más joven que Carmela.
Santiago y Beatriz ya se habían marchado. Carmela, sintiendo punzadas en el hombro y en las piernas, miró a los dos: nieto y perro.
El niño rodeaba al perro gigante, quien le daba lametones cariñosos.
Martín ¿Y ese perro muerde? ¿Por qué es tan imponente? Podríais haber traído, no sé ¡un caniche al menos! ¿De qué raza es? logró decir Carmela, abrumada.
Abuela, es un bulldog inglés. Es bueno. Se llama Chistorra. Es muy manso respondió el niño, acariciando al perro.
¿Y hay que sacarle a pasear, verdad? A Carmela le dio un vuelco el corazón.
Ella nunca había tenido un perro, solo gatos Y hacía años que ningún animal la acompañaba.
El corazón le dolía por Mercedes, la consuegra, que se fue demasiado pronto.
Pero tampoco tenía ni idea de cómo iba a manejarse, con tantas dolencias, ante un niño tan vivo y un mastín británico.
Hay que darle de comer. Le gusta la carne. Y purés. ¡Vamos a salir, abuela! ¡Ya toca! dijo Martín, autónomo, suspirando mientras se ponía las botas él solito.
Carmela ni recordaba qué se puso para salir a la calle. El niño le metió la correa en la mano y él se colgó de otra. Así salieron.
Hacía una semana que Carmela no bajaba del piso, el malestar era continuo. Pero ahora salía. Con dolor, lágrimas y fe, imploraba mentalmente por fuerzas. Nadie más podía ayudar. El niño y el perro dependían de ella.
Chistorra caminaba tranquilo. Durante el paseo no tiró ni una vez de la correa, ignoró a todos los perros que ladraban o corrían alrededor.
Carmela empezó a sentir respeto por el perro. De hecho, se enderezó orgullosa al pasar ante el corro de vecinas sentadas en el banco, cotilleando como cada tarde.
¿Tienes visita o qué? ¡No decías que estabas mala! Ay, cómo vas a apañarte tú sola con el niño y con ese perro, ¡si apenas andas! Niño, ¿por qué has venido a casa de la abuela? ¡La pobre no puede con su alma! Y aún encima ¡con el perro! Tus padres no tienen vergüenza, dejarte con la enferma mientras ellos se van por ahí gritó desde el quinto piso la vecina Encarnación.
Carmela notó la manita de Martín temblar. Incluso el bulldog, tan inglés, movió la cabeza en gesto reprobatorio.
¡Ya está bien! Lo traje yo, a Martín, porque quise. Y no estoy tan mal, dejen ya de decir tonterías ¡Y el perro es de pedigrí, campeón de exposiciones! Y a ustedes sus nietos ni les visitan, por eso cotillean. ¡A ver si la próxima vez se atreven a decir una palabra así delante de mi nieto! Mi hijo ha ido con su mujer a despedir a su suegra, no de vacaciones, por si les interesa largó Carmela, echando a andar con la poca energía que le quedaba.
No les hagas caso, Martín. ¡A tu abuela le encanta estar contigo! le dijo, abrazando al niño ya en el ascensor.
Abuela, ¿tú no te irás también al cielo como la yaya Mercedes? Papá y mamá me han dicho que ella vivirá allí para siempre pero ya está el abuelo, ahora la yaya y sólo te quedas tú, abuela ¿no te irás? ¿No me dejes, abuela querida, te quiero tanto! gimió Martín, aferrado a las rodillas de Carmela.
Pero bebé tranquilo, mi niño No llores, chiquitín. La abuela estará aquí mucho, mucho tiempo. Pero tanto que te hartarás de mí. Te llevaré al cole, luego a la universidad Te esperaré de la mili, ¡si hace falta! Siempre contigo, Martín dijo Carmela mientras lo abrazaba fuerte.
A pesar de su malestar, preparó la cena. Otra vez, de alguna forma, se arrastró hasta el supermercado. Por la noche, otro paseo con Chistorra. El perro caminaba como si nada le afectara.
Cuando el niño y el perro se durmieron, fue a por sus medicamentos. Todo el cuerpo le dolía, como si hubiese cavado zanjas toda la noche. Pero Carmela sabía que nadie más podía con aquello. Le resonaban aún los sollozos de Martín; el miedo del niño a quedarse sin ella.
Señor, por favor dame algo de alivio, que el dolor me dé una tregua, si no es por mí, por mi nieto murmuró Carmela.
Al día siguiente jugaron con los cochecitos. De pronto, Carmela se dio cuenta de que estaba gateando por el suelo con Martín, algo que hacía años que no hacía. Prepararon un puré juntos. Luego bañaron a Chistorra, que se había revolcado en los charcos de primavera.
De repente, Carmela no pudo evitar besar al perro.
¿Por qué pensé yo que eras peligroso? ¡Si eres un tesoro, un prodigio de perro! decía, secándole con cariño.
Martín, ¿por qué se llama Chistorra? le preguntó entre risas.
El niño se echó a reír.
Porque le encantan las chistorras, abuela. Pero su nombre empieza por «C», uno muy difícil, pero Chistorra le pega más, ¿a que sí? rió el niño.
Los días volaban. Leyeron cuentos y Martín hasta enseñó a su abuela a ver dibujos en la tablet.
Repasaron el alfabeto, y el chaval ya formaba sus primeras palabras. Chistorra era feliz tumbado en el sillón, mendigando queso o un poco de helado.
¡Mamá! ¿Cómo vas? Perdóname, no tuvimos elección. Tendremos que quedarnos un par de días más. No sabemos cómo te las habrás apañado, enferma, con Martín y el perro. No teníamos a quién dejárselos preguntaba Santiago por teléfono.
¡Fenomenal! No digas tonterías. Soy una abuela, puedo con todo. Quédate lo que necesitéis. Apoya a Beatriz; ahora tiene que afrontar todo esto sin su madre. Y no te preocupes por mi salud; para problemas, soluciones. ¡Ya no somos jovencitos, pero se puede con todo! respondió Carmela, con una energía nueva.
Al volver, Santiago y Beatriz imaginaban lo peor. Carmela apenas podía moverse; ¿cómo habrían sobrevivido los tres?
¡Santi! Mira allí ¡Es tu madre! susurró Beatriz.
¡Es ella! ¡Increíble! murmuró Santiago, boquiabierto.
Cruzando el jardín, Carmela corría tras una pelota, torpe pero con vida. Sentía como si llevase cien años sin correr. Tras ella Martín chillaba de alegría, Chistorra a la zaga.
Al marcharse, el niño se colgó del cuello de la abuela, sollozando.
¡Martín! Que en dos semanas la abuela va para tu casa, ¡iremos a la heladería y al parque de atracciones! Espérame, ¿eh? le dijo Carmela, levantándole en brazos, fuerza que no creía tener.
¡Mamá, que es muy pesado! se alarmó Santiago.
¡Nada, nada! Espérame, Martín, ¡vas a ver! Hasta pronto, Chistorra, en nada salimos de paseo otra vez rió Carmela.
Ella es mi vecina. Me contó todo esto. Es cierto que apenas andaba, estaba muy enferma. Y de pronto, cambió. En el barrio todavía no dan crédito.
A mí me curaron Martín y Chistorra. Los achaques siguen, pero eso no importa. No hay que quedarse tumbada, porque entonces no te vuelves a levantar. No te compadezcas siempre, porque a veces empeora todo.
A veces ni hospitales ni medicinas obran milagros. Pero el amor, sí. Pensé: ¿y si me quedo en la cama, qué harían el niño y el perro? Así que me levanté. Y ahora hasta camino con brío. Porque me necesitan.
Tengo por quién vivir. Así que, aunque duela y cueste, levantaos. Andad, por esas manitas chiquititas que confían en vosotros, por los nietos, que eso es lo más maravilloso que hay.
Por los hijos, las parejas. Por vuestros perros y gatos, que también os reclaman.
Pedidle a Dios, agarraos a la esperanza y al coraje. No hay nada que una persona no pueda soportar. En las situaciones difíciles, el cuerpo despierta reservas que ni imaginabas.
¡Y disfrutad de cada nuevo día, saboreando la vida! aconseja Carmela a todo el mundo.
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