La Casa de Campo de Papá El hecho de que ella y su padre habían vendido la casa de campo, Olga lo s…

Mira, te quiero contar una historia que me recordó un poco a esos veranos de infancia en la casa de campo de mi padre, cerca de Valladolid. Resulta que todo lo de vender la casa de campo, mi padre lo hizo sin avisar a nadie, y yo, Rocío, me enteré de chiripa, casi como en una película. Fue por teléfono, llamando desde la oficina de telégrafos a mi madre que estaba en Barcelona. De repente, el operador se equivocó y me enganchó a una conversación de dos personas: mi madre y mi tía Julia, hablando de lo importante que era la venta porque ahora todo era más fácil, hasta me podrían echar una mano con dinero si lo necesitaba. Dos ciudades separadas, dos voces tan nuestras, atravesando cables y kilómetros, y yo escuchando por accidente como si el universo me quisiera abrir los ojos.

Te confieso que nunca entendí bien la física, mi padre siempre me presionaba para que la estudiara. Me acuerdo de aquel septiembre en la casa de campo, cuando le pregunté:

¿Por qué el sol en septiembre brilla diferente?
¿Diferente cómo, Rocío?
No sé más suave, más dorado No como en agosto.
Eso es la física, hija, los astros están de otra manera. ¡Atrapa la manzana! y me tiró una manzana enorme, rojiza, que olía a miel.

No era una reineta, como pensaba yo, sino una mata asada. Mordí la manzana y sentí el crujido llenando mi boca de espuma dulce, como si los veranos y la tierra misma se metieran en mi pecho. ¡Qué poco sabía de manzanas y de física! El problema de ese curso era que yo, Rocío Valdés, llevada dos años colada por mi profesor de física: universo paralelo y leyes de Newton, pero yo sólo quería que me mirara. Mi padre, sin decir mucho, lo intuía: veía mis ojos ausentes y mi falta de hambre. Me desahogué con él, lloré toda la noche en sus brazos. Mi madre no estaba, se había ido a un balneario y mi hermana Julia, doce años mayor, estudiaba en Valencia.

En la casa de campo mi padre era feliz, se pasaba el día tarareando boleros, cosa que nunca hacía en casa. Allí mandaba la abuela y Julia cuando venía. Mi madre era una belleza de las que hacen girar cabezas, alta, fuerte, pelo rizado teñido de henna que olía a lluvia y campo; trabajaba como directora en la biblioteca militar. Se envolvía el pelo en un turbante después de teñírselo y salía del baño oliendo a hierba. Mi madre tenía manos preciosas, largas uñas siempre pintadas. Mi padre, algo más bajito y diez años mayor, pasaba desapercibido. Vicente no llama la atención, pero el hombre debe ser discreto, así le contaba a Julia, y yo de niña me enfadé.

Era gris junto a las llamaradas pelirrojas de mamá, sus arrebatos y su pasión por el orden. Toleraba soldados que, acabados de salir del ejército, dormían en nuestra salita cuando venían a buscar ayuda. Mi padre, en el año 1960, cayó víctima de la gran reducción de efectivos militares franquistas, despedido siendo comandante, luego se buscó la vida como encargado en el telégrafo de Valladolid. Aquellos soldados luego le ayudaron a construir la casa: gratis, cruzando turnos y cavando tierra virgen. La casita tenía apenas una habitación y un porche, donde yo leía en verano y él me pasaba cuencos de grosellas, cerezas y fresas. Mi madre no soportaba la casa, iba poco, cuidaba sus manos y su imagen, pero mi padre las besaba y decía riendo:

Con esas manos, mejor repartir libros que plantar tomates.

Los primeros goterones de lluvia de septiembre sonaban alegres en el porche. Guardé el libro y mi padre me llamó:

Rocío, baja que mamá llega con Julia, hay que preparar la comida. Su voz en la casa sonaba distinta, como si la felicidad le abriera la garganta.

Me quedé un rato más, mirando el cielo encapotado pero sin tormenta, el agua fría mojándome la cara. Me sentía cerca de todo y lejos de nada, allí arriba en el tejado, como si me cobijara del mundo. Pronto me fui a estudiar a Madrid, me dieron cama en una residencia. La primera semana viví en una pensión con la casera y otros estudiantes, todo era literatura y lengua, los profesores fascinaban a todo el grupo con sus historias y carisma, pero después de clase se me helaba el ánimo, echaba de menos mi casa y la comida de mi madre.

Comía rápido en la cafetería de la Universidad Complutense y recorría calles con prisa, sintiéndome pequeña entre las plazas y los edificios. Cuando por la noche bajaba la cuesta de la calle Granados, sentía que no pertenecía a ese sitio. La comida olía siempre a las manzanas de mi padre que llevó en cajas para la casera, por agradecimiento, y ese olor dulzón me traía lágrimas y una nostalgia extraña. Mis compañeras de habitación eran tres chicas alemanas: Viola, Magda y Marion, y entre su acento y mi cabeza agotada de tanto alemán, salía a tomar el aire. Ellas fumaban en las escaleras, me pedían cigarrillos y siempre devolvían el dinero, nos sorprendía. Les encantaban los encurtidos de mi madre, especialmente los tomates que devoraban con patatas fritas, pero cuando se acababan sólo sacaban sus embutidos, nada de compartir. Al final de curso, en mayo, se iban a Berlín y dejaban sus botas de invierno junto al cubo de basura para que las españolas las cogieran a escondidas.

Rocío, pica la col mientras yo saco zanahorias, el caldo ya está.
La cocina se llenaba de vapor, la col casi parecía un encaje de hojas verdes. Arranqué una hoja y me la comí, todo sabe mejor cuando viene de la tierra. Picaba la col alegremente, abrí la ventana y entró olor de hojas mojadas y madera quemada. Veía a mi padre desde atrás, clavando la azada en la tierra a duras penas. Sabía que le dolía la espalda. Solté el cuchillo y corrí a abrazarlo por detrás; él se volvió y me besó en la cabeza, sin decir palabra.

Aquella tarde sólo llegó Julia, mamá se quedó en casa con migraña.

Después de la universidad, vino el matrimonio de estudiante, mi primer trabajo en el periódico El Avance de la fábrica de aviones, el primer infarto de mi padre, el nacimiento de mi hija María y hasta el divorcio Todo en cinco años. Mi marido se fue con otra y yo me quedé con María de dos años y alquilando piso. Papá venía cada dos semanas a traer comida y jugar con su nieta.

Rocío, no te enfades con mamá porque no viene tanto, la carretera se le hace pesada Además, creo que tiene un amigo especial.
¡Papá, por favor! ¿A tu edad hablar de eso?
Se rió triste, se calló y me pareció verlo más canoso y cabizbajo que nunca.

Papá, ¿por qué no cogemos unos días de vacaciones y nos vamos a la casa de campo con María antes de que llegue el frío?
La casa estaba llena de hojas, últimas semanas cálidas de octubre y ese veranillo de San Martín. Encendimos la chimenea, té de hojas de grosella, yo hacía tortitas, papá recogía hojas con María, que las lanzaba por todos lados riendo. El aceite chisporroteaba. Escuchaba el silbido de mi padre desde el fondo del huerto. Por la noche, hicimos una fogata, las casas vecinas vacías, papá ensartaba dados de pan en ramitas de cerezo para ayudarnos a tostar. Yo acercaba las manos al fuego, perdiéndome en su luz.

Me acordé de mi primera brigada universitaria en Extremadura: guitarras, noches de estrellas, ese vértigo de estar enamorada de la vida sin siquiera saber de quién. Los rostros al fuego parecen otros, todos guardan secretos, como el de aquel chico con el que me casé. Ese año en el periódico querían admitirme al partido comunista, la noche antes me estudié los estatutos y luego me preguntaron sobre el divorcio. Balbuceé, casi llorando; un compañero me defendió y gritó:
¡Esto es una reunión de cotillas, no de comunistas!
Años después me acordaré y me echaré a reír sola

Al anochecer, apagamos la fogata. Mamá llegó en coche, elegante, con un abrigo rojo; la trajo un compañero de trabajo. María corrió a abrazarla, papá se puso serio y la saludó con un beso incómodo.
¿Quién es ese compañero?
Vicente, no lo conoces, sólo me acercó, no importa
Durante la cena todo fue tenso, mamá preguntaba de trabajo pero se la veía ausente, papá callaba, casi hundido en la silla. María se puso caprichosa. Aquella noche se estropeó todo.

Un año después, papá murió. Infarto fulminante, se fue en dos días a principios de octubre, cuando aún hacía sol. Después del entierro me tomé unos días y me fui sola a la casa de campo. María se quedó con su otra abuela.

No conseguía hacer nada. La cosecha de manzanas era la mejor de todos los años. Repartía por cubos a los vecinos, hacía mermelada con menta y canela como le gustaba a papá. Vino a ayudarme su amigo Tomás, antiguo compañero que siempre nos llevaba a Ávila a por esquejes de frutales.
Me quedo unos días, Rocío, te ayudo con el huerto y podo los árboles si quieres.
¡Tomás, no, de verdad, gracias!
Que él me llamara Rocío como mi padre me hizo llorar, de golpe me inundó un sentimiento de orfandad, como si todo hasta entonces hubiera sido un mal sueño y por fin entendiera que papá no volvería. Al despertar, los primeros días, me costaba entender por qué me dolía tanto el alma; entonces me golpeaba el pensamiento y me ahogaba la culpa por no haberlo protegido más.

No vendas la casa, Rocío, que yo vendré siempre a ayudarte. ¿Ves esa manzana golden? La escogimos juntos cuando eras niña. De camino a Ávila, Vicente siempre hablaba de ti más que de Julia Decía que los árboles vivirían más que él. Miraba bien cada esqueje, yo siempre metía prisa y él se enojaba.

Tomás se quedó tres días, cavó el huerto, podó los manzanos, puso abono y plantó tres matas de crisantemos amarillos bajo el porche. Debían plantarse antes, pero con este otoño tan templado seguro agarran, me dijo. En memoria de Vicente, hay que cubrir las rosas, pero eso lo haré en mi próxima visita.

Nos abrazamos. Empezaba a llover. Viéndolo marchar, la lluvia se hizo intensa, cerró la verja de golpe y el porche quedó alfombrado de pétalos amarillos. Todo era de mi padre y siempre lo sería: la lluvia, los árboles y el olor otoñal, la tierra misma. Él seguiría aquí, yo lo sabía. Vendría con María, dos horas en autobús. En primavera, cuando el hielo se fuera, ojalá pudiera poner calefacción, tendría que empezar a ahorrar euros poco a poco. Y con Tomás iría a Ávila por la grosella blanca que papá siempre quería plantar.

Medio año después, en abril, justo cuando el último hielo cubría el suelo, la casa de campo fue vendida. Lo supe por casualidad, llamando por teléfono desde la oficina de telégrafos mientras volvía de Ávila, en una cabina de esas de entonces y con el esqueje de grosella blanca envuelto en una camiseta de niña, esperando para ser plantado.

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