La niña vino al mundo justo a medianoche. En el preciso instante en que el reloj digital de la sala de partos, tras un último parpadeo verde, saltó de las 23:59 a las 00:00. El médico y la matrona se cruzaron una mirada de esas que lo dicen todo, mientras el neonatólogo de guardia se apresuraba a recoger el frágil cuerpecito azulado y, llevándolo a la mesa de reanimación, se lanzaba a la tarea de aspirar aquel minúsculo y silencioso pecho. La pequeña no respiraba. La parturienta, medio girando la cabeza, contemplaba la escena con el ánimo de quien acaba de salir del túnel de un AVE a 300 km por hora: pura indiferencia.
¿Será que está muerta? No llora rebotaba en sus pensamientos, aún aturdidos por un dolor que horas atrás lo ocupaba todo. Por fin, el recién nacida emitió un gemido débil, apenas audible, que fue creciendo hasta convertirse en un llanto claro y potente, resonando por los silenciosos pasillos del hospital como si fueran las campanas del primer jueves de Corpus en Sevilla. Mientras, el médico, la matrona y el neonatólogo rodeaban a la niña y la observaban en absoluto silencio, como si esperaran que pasara algo milagroso.
Era diferente, aquella criatura Su columna vertebral, al llegar al nivel de los omóplatos, se curvaba formando dos protuberancias casi simétricas, sobresaliendo y descendiendo por el torso hasta rozar el centro del pecho.
¿Pero esto qué es? murmuraba el neonatólogo, ojiplático. Jamás he visto algo así ¡Pero si es imposible! No me lo creo
Cuando por la mañana el doctor vino a explicarle a María las peculiaridades de su recién nacida, ella frunció el ceño con desagrado, como si la acabase de llamar para revisar una factura de la luz.
¿Encima me ha salido defectuosa? Pero será posible Menuda faena.
Mire, hágame el favor: llévensela, que yo no quiero una hija así. Bastante que no quería quedármela sana, y ahora me vienen con esto Váyanme buscando un papel que les firmo el rechazo en un pispás. Se marchó a su debido tiempo, liviana y despreocupada cual turista extranjera en la Gran Vía, dejando allí a su hija, quien, por supuesto, nunca supo que su propia madre había salido por la puerta sin mirar atrás.
En la Casa de Acogida la llamaron Lucía, ni más ni menos. Las cuidadoras le ponían camisetas amplias, de esas heredadas de hermanos mayores, para disimular su diferencia lo mejor posible. Pero ni aún teniendo el cuerpo de la Venus de Velázquez hubiera pasado desapercibida: había en sus grandes ojos azules, enmarcados por largas y negrísimas pestañas, una seriedad impropia de una criatura tan pequeña.
A menudo, asomada a la ventana, Lucía se distraía escuchando esa voz interna que todavía no era capaz de entender del todo, como quien trata de recordar el estribillo de una copla antigua que le baila en la memoria.
Un buen día, mientras las columnas de pequeños de dos años intentaban desplazarse a trompicones y tomados de la mano hacia alguna actividad mitad desfile, mitad maratón improvisado, Lucía escuchó ESO. Procedía del despacho de la directora, cuya puerta entornada no lograba retener la melodía. Aquello no era la típica canción infantil con la que les enseñaban a marchar “como soldaditos”, levantando los pies con más entusiasmo que acierto… Aquella música era otra cosa: era viento. Viento cálido que te levantaba suavemente, tecía una cuna invisible y te mecía, envolviéndote como sólo saben las abuelas cuando te tapan con la manta y te dicen a dormir, hija.
No tenía palabras, pero tenía alma; alma viva que abrazaba a Lucía y le contaba cosas que no necesitaba saber nadie más excepto ella. Se detuvo en mitad del pasillo, armando el lío padre, ajena a los empujones de los otros y a los intentos de las cuidadoras de devolverle al redil.
En su cabeza todo empezó a encajar. Aquello que venía escuchando asomar entre los gritos de sus compañeros, en el susurro del viento o el retumbe de los radiadores del baño eso era Su Música.
Carmen y Alberto llevaban meses de peregrinaje por las Casas de Acogida de Toledo y alrededores. Carmen, por un asunto de salud de nacimiento, no podía ser madre biológica. Se lanzaron a la paternidad por la vía administrativa, cursillos aprobados, papeles en regla solo que ahora se les presentaba el Dilema: ¿cómo sería SU hija? Porque los hijos no se eligen, llegan y punto, pero aquí…
De la mano llegaron hasta el jardín de la Casa de Acogida. En el arenero, niñas empujaban carritos con muñecas, bullía el jaleo típico, risas y voces altas como si estuvieran en una verbena. Solo una niña destacaba: con su chaquetón largo, fijo que de otro niño más grande, prestaba una atención absoluta al gorjeo de un gorrión que chillaba en la acacia. Fue justo entonces cuando sonó el móvil de Carmen
Mozart. Carmen tenía debilidad por la clásica. Y la niña la niña se estremeció, los ojos brillando como si le hubieran encendido las luces de la Puerta del Sol en Navidad. Empezó a balancearse suavemente, marcando el compás y el ritmo con una perfección de prodigio. Carmen y Alberto se quedaron clavados, el móvil berreando ya por quinta vez, pero ellos ni se inmutaban.
Allí es cuando la vieron. A SU hija. A su alma gemela, esa que desde el principio estaba destinada a aparecer en aquellos ojos chispeantes.
Sí, entiendo que tiene una patología, una discapacidad le insistía Carmen a la directora, que parecía empeñada en que eligieran otra niña más normalita. ¿Rehabilitación? Por supuesto. Los hijos no se eligen, señora; se quieren. Y a la mía me la llevo yo, cueste lo que cueste.
Mamá Lucía dejó el piano y apoyó la cabecita sobre la mano de Carmen. ¿Por qué soy así? ¿Por qué no soy como las demás?
Carmen la acarició con ternura en la espalda encorvada Mira, hija, todos somos diferentes. Por dentro y por fuera. Tú, yo, papá tu espalda no es más que el lugar donde se te están formando las alas, como los ángeles, solo que aún no las has desplegado. Pero lo harás, ya verás.
Y mientras ella la abrazaba y le daba un beso en la coronilla, se sentó junto a Lucía en el piano. Tocaban juntas, y Lucía lo hacía de un modo tan especial que ni los adultos más serios hubieran conseguido. Y, aunque nadie más lo veía, sí: allí le salían alas, brillantes y abiertas, que sólo reconocían mamá, papá y el ángel de la guarda de Lucía ese que mira desde atrás y sonríe mientras la música fluye como el Guadalquivir, meciendo a Lucía sobre sus olas de felicidad.
