Matrimonio de conveniencia.

Matrimonio de conveniencia.

En aquellos tiempos, mantenía con Alejandro un matrimonio de conveniencia. Así sucedió, porque a Alejandro el matrimonio le era indispensable para escalar en su carrera profesional: trabajaba en una prestigiosa empresa encabezada por Don Eduardo Benedicto, un ferviente defensor de los valores familiares y jefe de un sólido linaje. Era padre de cinco hijas adultas, consecuentemente suegro de cinco yernos y abuelo de nueve nietos y nietas, y se mostraba sumamente orgulloso de su extensa familia. Para él, la palabra soltero era casi un insulto. Un empleado sin esposa no era siquiera de segunda categoría, sino más bien un paria, por muy excelente que fuera su labor o su carácter.

Al darse cuenta de tal realidad, comprendió Alejandro que necesitaba, con urgencia, casarse oficialmente si quería alcanzar el puesto acorde a su talento y ambición. Tras analizar pros y contras, me propuso este matrimonio ficticio. No arriesgaba nada, pues me conocía desde el parvulario: nuestras madres siempre habían sido grandes amigas, incluso hasta hoy. Durante todos los años escolares, compartimos pupitre; él me auxiliaba con las matemáticas y yo le ponía los signos de puntuación en sus redacciones. Podía decirse que me conocía como a la palma de su mano: sabía bien que yo carecía por completo de intenciones aviesas y que nunca aspiraría, llegado el divorcio, a su piso, su dinero ni otro bien.

Por mi parte, acepté sin mucho pensarlo; entonces sufría el desconsuelo de una reciente ruptura tras tres años de relación. Me urgía cambiar de aires y encontrar una distracción que me alejara de esa melancolía que amenazaba con atraparme. Además, quería darle en las narices a mi exnovio: me he casado con un hombre interesante, con futuro, un coche flamante y piso en el centro, ¡no como tú! Y, claro, también quería lucirme ante mis amigas: ¡Estoy fenomenal!.

Así, nuestros intereses y deseos convergieron perfectamente, y Alejandro y yo registramos nuestro simulacro de matrimonio sin alharacas, un día cualquiera de diario, en el registro civil del barrio, sin grandes testigos, ni limusinas blancas, ni palomas sueltas en el cielo, ni vestido de novia ni velo ni esmoquin negro. Simplemente, pedimos la tarde libre en el trabajo, fuimos al registro y dejamos nuestras firmas en el libro oficial de matrimonios. Eso sí, nos pusimos los anillos en los dedos.

Hasta me animé a cambiar mi apellido al menos durante un tiempo a Turrillo, sonaba más interesante que mi simple Díez.

Debo decir que nuestras expectativas se cumplieron de sobra. No había pasado un mes cuando Alejandro fue nombrado director de departamento en la empresa, y con todo merecimiento. Mi estatus de casada, a los ojos de amigas y familiares, me elevó de forma increíble. Sentí especial satisfacción al recibir varios mensajes de mi ex en el móvil, en los que decía algo como: Te deseo lo mejor, pero esperaba que aún pudiéramos estar juntos. Así es la vida: no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos

En suma, nuestras esperanzas respecto al matrimonio se vieron colmadas, y aún más.

Por cierto, durante una temporada me mudé a la casa de Alejandro; fue idea suya, para dar mayor credibilidad a la historia.

Recuerdo una mañana de sábado de aquella época: preparaba en la cocina el desayuno, una tortilla francesa, tortitas de requesón, café con leche. A Alejandro le gustaba desayunar con fundamento. Miraba por la ventana: el día de abril, radiante, apenas daba sus primeros pasos. La primavera qué estación favorita la mía. El día prometía ajetreo: tenía que visitar a mis padres, limpiar la casa, hacer la colada, cocinar para la comida del sábado (quizá filetes empanados, un guiso de cocido, una empanada, ensalada César). Como cualquier buena ama de casa, la cabeza me bullía de obligaciones.

Ya llevábamos trece años en ese matrimonio de conveniencia. Nuestra hija Carmela entraría ese año en primero de Primaria, y nuestro hijo Juanito terminaba quinto, siempre sobresaliente, igualito que su padre, el más listo y auténtico de todos.

No como yo: con un marido ficticio.

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