Caminaba tambaleándose por las calles de la ciudad en plena noche, tras haberse tomado una buena cantidad de copas. ¿Dónde acabaría? Poco le importaba. Era su ciudad, y confiaba en que los pies lo llevarían a casa. Iba ocupado en algo mucho más importante: filosofar, en voz alta.

Caminaba por las calles de Madrid bajo la fría brisa nocturna, tambaleándose visiblemente tras haberse tomado unas copas de más. ¿Hacia dónde iba? No le importaba demasiado. Madrid era su hogar y la costumbre guiaba sus pasos. Estaba más ocupado en sus propias cavilaciones filosóficas, que murmuraba en voz alta.

¿Por qué, por qué me ha tocado esta vida? Treinta años ya, y mientras mis amigos llevan a sus hijos al colegio, a mí toda mujer que conozco me deja antes del mes, si llega. ¿Bruto yo? No sé si bruto, o quizás sí. Pero así debe ser un hombre, se supone esbozó una sonrisa amarga Álvaro. Lo único que de verdad me ha salido bien es el negocio. Todavía no soy millonario, pero para vivir a gusto me sobra.

De repente se detuvo, se tapó la cara con las manos y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

¡Cuánto dinero me gasté en ese médico para que al final solo me dé una dirección de un famoso especialista en Barcelona, y para decirme que tampoco podrá ayudarme! Pues ¿sabes qué? Mañana mismo me voy y le planto cara a ese genio.

Sin saber cómo, sus pasos le llevaron a un puente sobre el Manzanares. Contempló el reflejo de las farolas en el agua oscura:

¿Me tiro? Es profundo, sería rápido volvió a mirar al río y negó con la cabeza. No, hace mucho frío además, y Sócrates aún no ha cenado. Mejor a casa.

Al cruzar el puente, vio a una mujer, joven, con un bebé en un portabebés pegado al pecho. Ella miraba el agua y, de pronto, trepó a la barandilla, abriendo los brazos Álvaro corrió, logró agarrarla por la cintura y la bajó bruscamente, cayendo ambos al suelo. El niño rompió a llorar.

¡Pero, tía, estás loca o qué! gritó, de pronto sobrio.

¿Qué quieres? ¡Déjame en paz! sollozó la joven.

No sé, me ha dado por pensar que aún no era tu hora, y menos la de él señalando al bebé. Venga, levántate y vete a casa, con tu pareja o con tu madre. ¿Dónde tienes a alguien?

No tengo casa, ni pareja, ni madre. No tengo a nadie.

Encima tú aquí, menuda noche me has dado la ayudó a ponerse en pie junto con el pequeño. Anda, ven conmigo.

No pienso ir contigo. Y si eres un maníaco, ¿eh?

Mira, tirarse al río puedes hacerlo cuando quieras. Pero si tan valiente eres, ¿te da miedo un maníaco? tiró de ella con decisión. Vamos.

***

Anduvieron bajo la noche madrileña acompañados por el llanto del niño. Por fin Álvaro no pudo más:

¿Por qué llora tanto tu hijo?

Tiene hambre, claro lo acurrucó contra el pecho.

Pues dale leche.

No tengo leche ni dinero.

Y se nota que tampoco cabeza gruñó él, mirando alrededor. Mira, ahí hay un supermercado 24 horas. Vamos a por leche.

***

El cajero y el guardia les miraron de reojo. Álvaro cogió una cesta y le hizo un gesto a su acompañante:

Venga, ¿dónde está la leche? preguntó al cajero.

Allí, al fondo respondió con frialdad.

Frente a la nevera:

Coge lo que necesites.

Este brick, gracias eligió ella el más pequeño.

Coge más, lo que te haga falta esperó a que cargara la cesta. ¿Algo más?

Pañales.

¿Qué son?

Están allí le sonrió por primera vez la joven.

Coge.

¿Puede ser también toallitas húmedas?

Claro.

En la caja, Álvaro sacó su tarjeta.

Solo aceptamos efectivo dijo el cajero.

Desplegó un billete de cincuenta euros; se lo dio.

No tengo cambio contestó el cajero.

Pues dame el resto en chocolate Álvaro señaló molesto una tableta sobre el mostrador.

***

Entraron en el piso. La joven miró a su alrededor, sin dar crédito. Álvaro se descalzó y fue directo a la nevera; sacó una caballa y la lanzó a Sócrates, el gato, que maullaba demandando atención. Se sirvió un zumo, bebió a grandes tragos. Se acercó a la chica:

Vas a dormir aquí señaló la habitación. Cocina, baño, aseo, lo que necesites. Yo me voy a la otra.

Antes de irse, se giró:

¿Cómo te llamas?

Marisol.

Yo, Álvaro.

***

«Creo que no es un loco» pensó Marisol al entrar en la cocina. Encendió la placa de gas y puso agua a hervir. «Madre mía, pero por poco salto al río. Si no fuera por este insensato ¿Qué haríamos Rusel y yo a estas horas en la calle? Mañana seguro que nos echa. Al menos hoy dormimos bajo techo».

Cuando el agua hirvió, se apresuró a la habitación, puso al pequeño sobre la cama, localizó el biberón. Volvió a la cocina, lo limpió, llenó de leche, templó el agua. Rusel bebió con avidez y, calmado, se quedó dormido. Lo adecentó con toallitas, pañal limpio, y le arropó.

Con el hambre olvidada hasta entonces, Marisol abrió la nevera y la mano se lanzó sola a por el fuet y un trozo de pan. Entre bocado y bocado añadió queso y más embutido. Cuando la ansiedad cedió, sintió cierta vergüenza, dio igual, se tumbó junto a su hijo y cayó rendida.

***

Por la mañana, Marisol se levantó sigilosamente para no despertar al bebé. Dos o tres veces esa noche alimentó a Rusel, que tenía ocho meses y un apetito insaciable. Escuchó moverse Álvaro en la cocina. Se aseó rápido y entró.

Siéntate indicó él. Hoy la tortilla la hago yo.

No, mejor tú siéntate sonrió ella y lo apartó con ternura de la sartén.

Cogió eneldo fresco, picó y espolvoreó sobre los huevos, lavó bien los vasos. Sirvió el café. Álvaro, siempre al teléfono, encajando órdenes y broncas, ni parecía darse cuenta de su presencia. Comió, café, y se levantó.

Marisol se tensó, esperando el momento:

«Ya está, ahora nos suelta».

Marisol, escucha: Me voy una semana fuera. Lo más importante: animal al gato, se llama Sócrates. No le des esa porquería industrial, dame comida fresca. Al despacho, ni se te ocurra; el resto de la casa es tuya.

El llanto de Rusel los interrumpió. Marisol le miró pidiendo permiso, Álvaro asintió. Regresó al poco con el niño. Sobre la mesa, varios billetes de cincuenta euros.

Supongo que te llega para una semana hizo un gesto a los billetes. Me voy.

Dio un paso hacia la puerta. De pronto, el pequeño extendió sus brazos y balbuceó un «pa-pa» que sólo a Álvaro pudieron parecerle esas sílabas. Pero su corazón dio un vuelco. Porque él sabía que nunca sería padre.

Marisol, ¿me dejas cogerle en brazos? preguntó, sorprendiéndose de sus propias palabras.

Claro se lo entregó con una pequeña sonrisa. ¿Nunca has tenido niños en brazos?

No.

Así, mira.

El niño gritaba, reía y agitaba los bracitos. Álvaro miraba fascinado.

«Nunca tendré un hijo», pensó sombrío, devolviendo el bebé a su madre.

Y se fue.

***

Volviendo del viaje, el famoso doctor de Barcelona le repitió que no podría tener hijos. Un vacío amargo lo devoraba:

«¿Para qué tanto dinero, tanto piso enorme aquí en Madrid, ese todoterreno último modelo? Un hombre gana dinero para su familia. ¿Y para qué lo quiero si mi casa siempre está hecha un desastre y el coche parece de mudanzas?»

Entró en casa y todo estaba limpio y ordenado. Marisol le sonreía tímida desde la cocina. Unas manitas saludaron, «¡pa-pa!», gritó Rusel.

La maleta cayó al suelo y, sin pensarlo, sus brazos volaron hacia el niño.

A veces, la prosperidad más valiosa llega cuando abrimos el corazón, aunque solo sea por un instante de compasión. Y esa riqueza, al final, puede llenar vacíos que ni el mayor de los éxitos es capaz de colmar.

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MagistrUm
Caminaba tambaleándose por las calles de la ciudad en plena noche, tras haberse tomado una buena cantidad de copas. ¿Dónde acabaría? Poco le importaba. Era su ciudad, y confiaba en que los pies lo llevarían a casa. Iba ocupado en algo mucho más importante: filosofar, en voz alta.