Encontrar al culpable resultó complicado. Los niños, al correr al río, se olvidaron de cerrar al loro en la jaula. La abuela, al volver del mercado, abrió de par en par la ventana.

Encontrar al culpable resultó complicado. Los niños, al salir corriendo hacia el río, se olvidaron de cerrar la jaula del loro. La abuela, de regreso del mercado, abrió de par en par la ventana. Al caer la tarde, cuando fueron a buscar a Fermín, se dieron cuenta de que nuestro precioso loro amazónico había desaparecido sin dejar rastro. Durante tres días y tres noches, abandonando cualquier otra tarea, recorrimos la urbanización de la sierra en busca del perdido. Todo fue en vano. Nadie había visto a Fermín. Los niños no paraban de secarse las lágrimas con las mangas, la abuela suspiraba desolada «¡ay, ay, ay!», y mi marido y yo echábamos la bronca alternativamente a los mayores y a los pequeños.

Sin embargo, ni pensar en echarle la culpa a nuestra perra, una airedale preciosa que llamamos Micaela. En esos días, Micaela estaba sumida en una tristeza profunda. Solo daba señales de vida cuando llamaban al timbre. Entonces salía disparada al pasillo ladrando con fuerza, pero a los pocos segundos se quedaba quieta, entendiendo que su voz retumbaba sola, miraba a su alrededor y volvía cabizbaja a su alfombra. Durante cuatro años, cada vez que llegaba una visita, nuestra casa retumbaba con el jaleo perruno. Fermín ladraba como un auténtico profesional, a veces incluso parecía que lo hacía mejor que la propia Micaela.

El ladrido fue el primer «lorismo» que Fermín aprendió en su vida. Cuando aún era un polluelo (verde en todos los sentidos), se entretenía en molestar así al gato, Trini. Se acercaba sigilosamente a la Trini, hecha una bola sobre el sofá, y le ladraba con todas sus fuerzas al oído. La gata daba un salto soltando un «¡miau!» agudísimo, y enseguida acudía Micaela, también ladrando. Se armaba una escandalera en la casa que ni en las fiestas del pueblo.

Trini toleraba bastante bien a Fermín, aunque a veces parecía que lo soportaba por obligación. En cambio, Micaela quería al ave con auténtica devoción. El granuja a menudo se sentaba sobre su cabeza (tanto en sentido literal como figurado). Muchas veces Fermín le soltaba a Micaela auténticos sermones, imitando tan bien la entonación de la abuela, que resultaba cómico:

¿Y quién se va a terminar la sopa?
Y tras la pausa más teatral, la regañina:
¡Aquí cerdos no tenemos!

La perra respondía a los discursos del loro igual que los niños lo hacían ante los de la abuela: es decir, con indiferencia absoluta. Si Fermín se ponía demasiado pesado, ella le apartaba de un lengüetazo burlón bajo la cola.

Así que la desaparición de Fermín fue para todos en casa, salvo para Trini, un drama. Pasaron un par de semanas y, cuando ya nos habíamos resignado a no ver nunca más a nuestro charlatán, empezaron a circular rumores por la urbanización: en la bandada de grajos que invadía los huertos había aparecido uno nuevo, de un verde chillón y con la cara roja. El recién llegado era el más atrevido. No solo graznaba fuerte, sino que hasta ladraba y solía decir palabrotas con la voz más humana del mundo. Este último detalle casi apagó la esperanza que había brotado en nuestro pecho: en casa podemos conocer ciertas palabras, pero jamás las usamos sin necesidad. Sin embargo, pensamos que nuestro prodigio, al vivir libre, había podido aprender lenguaje poco adecuado, como la Trini las pulgas, y volvimos a buscar sin descanso a nuestro pájaro errante.

La suerte nos sonrió unos diez días después. Mientras me agachaba a cuidar los tomates, escuché algo familiar:
¿Qué pasa?
Allí, en el guindo, rodeado de varias cornejas que devoraban cerezas con descaro, estaba mi niño.

¡Fermín! Ven, cariño, ven que te voy a dar unas pipas riquísimas…
Fermín ladeó la cabeza, indeciso.
Todos te echamos muchísimo de menos, hijo mío, la abuela, tu padre, Inés, Mateo y Micaela. Ven conmigo, pequeño…
Acercando la mano muy despacio al árbol, casi llegué a la rama, pero
Vaya, ¡estos niños de ahora! exclamó Fermín con toda la sorna del presidente de la junta de vecinos, y voló junto a los demás pájaros de la banda.

La vida bohemia de Fermín siguió hasta que empezaron los fríos. Se acercó a casa en varias ocasiones, pero era imposible convencerlo de volver. A nuestros ruegos respondía filosofando con un graznido y desaparecía entre los árboles.

Con la llegada del invierno, la gente comenzó a ver a Fermín solo cada vez más seguido. Empezó a aparecer mucho en el patio, mustio y con las plumas erizadas, sentado en la valla o en las ramas, pero sin dejarse coger. Fue entonces cuando recurrimos a la artillería pesada: Micaela. No sé qué le diría la perra a su amigo, pero entró en casa con la cabeza bien alta, montado a lomos de la perra pelirroja, como un pequeño conquistador.

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MagistrUm
Encontrar al culpable resultó complicado. Los niños, al correr al río, se olvidaron de cerrar al loro en la jaula. La abuela, al volver del mercado, abrió de par en par la ventana.