He leído muchas historias de mujeres que han sido infieles, y aunque siempre intento no juzgar a nadie, hay algo que sinceramente no llego a comprender. No porque me considere mejor que nadie, sino porque para mí, la infidelidad jamás ha sido una tentación.
Ahora, al mirar atrás, recuerdo cuando tenía treinta y cuatro años, estaba casada y llevaba una vida completamente normal. Iba al gimnasio cinco veces por semana, cuidaba lo que comía y me gustaba mantenerme en forma. Llevaba el pelo largo y liso, disfrutaba preocupándome por mi aspecto y era consciente de mi atractivo. La gente me lo comentaba y yo lo notaba en las miradas ajenas.
En aquel gimnasio en Madrid, por ejemplo, no era raro que algún hombre intentara entablar conversación conmigo. Unos preguntaban sobre algún ejercicio, otros hacían comentarios disfrazados de cumplido, y algunos eran bastante directos. Lo mismo pasaba al salir a tomar algo con mis amigas; se acercaban, insistían, preguntaban si estaba sola. Nunca fingí que no me daba cuenta. Al contrario, lo veía claramente. Sin embargo, jamás crucé esa línea. No era por miedo, sino porque simplemente no lo deseaba.
Mi marido era médico, cardiólogo de profesión, y su trabajo le ocupaba muchas horas. Había días en que salía de casa antes del amanecer y regresaba cuando ya estábamos mi hija y yo cenando, o incluso más tarde. Durante la mayor parte del tiempo estaba sola en casa casi todo el día. Cuidaba de nuestra hija, me ocupaba del hogar y de mi rutina. La verdad es que tenía los espacios para hacer lo que me diera la gana sin que nadie se enterase. Y pese a ello, nunca se me pasó por la cabeza aprovechar ese tiempo para serle infiel.
Cuando estaba sola, siempre buscaba entretener mi mente. Hacía ejercicio, leía novelas, ordenaba la casa, veía alguna serie, cocinaba algo rico, o salía a pasear por el barrio. No me quedaba sentada pensando en carencias ni sintiendo necesidad de validación ajena. No diré que mi matrimonio era perfecto, porque no lo era. Discutíamos, chocábamos a veces, sentíamos el cansancio acumulado. Pero había algo fundamental: mi honestidad.
Tampoco vivía con sospechas hacia mi marido. Confiaba en él. Sabía cómo era, conocía su rutina, su manera de pensar, su carácter. No perdía el tiempo revisando su móvil ni imaginando historias. Esa tranquilidad también influye. Cuando una no busca motivos para escapar, no necesita puertas abiertas todo el tiempo.
Por eso, cuando recuerdo todas esas historias sobre la infidelidad no con juicio, sino con desconcierto pienso que no siempre se trata de tentaciones, belleza, tiempo libre o atenciones ajenas. En mi caso, sencillamente, nunca fue una opción. No porque no pudiera, sino porque no quería ser ese tipo de persona. Y eso me deja en paz.
¿Vosotros qué pensáis sobre este tema?







