Cuando lo encontraron, todos apartaron la vista. Pero dos años después, hablaban de él en América y Japón.
Hace muchos años, recuerdo que Carmen salió al huerto a recoger un poco de perejil para el almuerzo y, de repente, se quedó paralizada. Junto al montón de compost, tan juntos que casi se confundían, dos diminutos gatitos maullaban lastimeramente. Uno de ellos era robusto, de pelo brillante, y el otro… Carmen se agachó y, con la mayor suavidad del mundo, tomó al más débil entre sus brazos.
Virgen Santa, ¿qué te ha pasado, mi pobre criatura?
Los ojos del pequeño estaban casi cerrados por las legañas y tan juntos que parecían dos farolillos atrapados en la misma esquina. Temblaba de patas, y el pelo se le había hecho nudos y pegotes. Su hermana, a su lado, resplandecía por sanota y bien formada: gordita, limpia, casi una pequeña reina.
En silencio, Carmen fue a por los remedios, mojó un disco de algodón en agua templada y comenzó a limpiar, pacientemente, aquel cuerpecillo.
Saldrás adelante, lo sé. No pienso dejarte.
Las primeras semanas se sucedieron en un ir y venir constante a las clínicas veterinarias de Toledo. Una alergia al pienso, falta total de equilibrio, articulaciones débiles… parecía que la lista no se acabaría nunca. Decidió llamarlo Simón. Y Simón luchaba, cada nuevo día con el coraje de los que no tienen nada garantizado.
¡Mira qué payasete eres! sonreía Carmen viendo cómo Simón, al intentar lavarse la cara, acababa caído de lado, derrotado por esas patas torpes. Simón, eres un milagro.
La hermanita, tan bonita y perfecta, encontró familia casi de inmediato. A Simón nadie lo quería salvo Carmen, y jamás dudó ni un instante en su elección.
Medio año después, ya más fuerte, Carmen se detuvo a observarlo de verdad. Aquellos ojillos raros, al principio una tara, ahora le daban a Simón una expresión de admiración perpetua, como quien no sale de su asombro ante el mundo.
Simón, pareces un señor que ha dejado la plancha encendida rió Carmen, sacándole una foto más.
El móvil se le iba llenando de imágenes: Simón tumbado en posturas delirantes en el sofá, Simón con su carita de pasmo eterno, Simón intentando (y fallando) una vez más el salto al alféizar… porque la coordinación nunca llegó.
Un día se presentó en casa su amiga Maruja. Nada más ver a Simón, le entró la risa floja y casi se atragantó con el café.
¡Pero Carmen! ¿Y este bicho?
Es Simón, mi querido gato.
¿Pero siempre pone esa cara?
Siempre. Como si acabara de descubrir que Castilla no tiene mar.
Maruja le hizo un par de fotos rapidísimas.
¡Preséntalo al concurso de El Rabo Más Largo! sugirió. Hay uno este sábado en el barrio.
Carmen se encogió de hombros. El rabo de Simón impresionaba, sí, pero récord seguro que no era. Pero ¿por qué no? Así paseaban y se daban el gusto de ver a otros tantos bichitos.
En el concurso los jueces no dejaban de estudiarlo, cruzaban miradas y cuchicheaban. Carmen pensó que se sorprendían de su aspecto tan poco corriente.
Mire se le acercó una chica con camiseta de la organización, su gato es único. Debería enseñarlo por Internet. Súbale un vídeo, le van a adorar.
¿Y crees que a alguien le importará?
Se lo aseguro.
Aquella tarde, Carmen se quedó mirando el móvil, dudando, Simón la contemplaba en su pose clásica: ladeado, ojos abiertos como platos, como si viese lo más inaudito de La Mancha.
Venga Simón, ¿te hacemos famoso?
El primer vídeo apenas logró trescientas vistas. El segundo, mil quinientas. Pero el tercero
El tercer vídeo lo cambió todo.
¡Carmen, ven a ver esto! su marido irrumpió en el salón, tableta en mano. ¡A tu Simón ya lo siguen setenta mil personas!
Carmen no pudo creerlo. Las notificaciones reventaban la pantalla; los comentarios no cesaban:
“¡El animal más tierno del mundo!”
“Su cara es como la mía los lunes por la mañana.”
“¿Dónde adoptaron a ese gato? ¡Lo quiero!”
“Parece no entender cómo ha acabado en este cuerpecillo…”
La decisión fue inevitable. Le creó a Simón una cuenta propia y empezó a subir no solo fotos, sino relatos breves: Simón persiguiendo destellos y estampándose contra la pared, dormido con los ojos entreabiertos porque ni los párpados sabía cerrar bien, posando en la ventana como un filósofo meditabundo.
Los seguidores crecían a diario. Quince mil, veinte mil, treinta mil… Las cifras subían como la espuma, y Carmen apenas podía asimilarlo.
No tardaron en llegar mensajes de periodistas. Primero de la prensa provincial de Castilla-La Mancha, luego diarios nacionales. Después, todo fue a más.
Carmen, mira: te escribe un americano dijo su marido, tendiéndole el móvil. Algo de una entrevista.
El famoso diario estadounidense The Mirror quería contar la historia de un gato inusual de España. Tras ellos, una revista alemana, otra australiana, un diario japonés…
Simón, eres una leyenda internacional le dijo Carmen, quedándose sin palabras mientras el gato estiraba la tripa y bostezaba como si tal cosa.
Un día, llegaron a Toledo periodistas alemanes a grabar un documental. Carmen se había temido que Simón, aturdido por las cámaras, se pusiera nervioso. Pero no: el gato permaneció fiel a sí mismo, sentado en su postura torcida, esos ojos de susto eterno, e intentando de nuevo sin suerte subirse a un sofá.
¡Fantástico! exclamaba el cámara. ¡Es tan auténtico!
Al marchar, el director le dio la mano con fuerza.
Gracias por salvarlo. El mundo necesita más gente como usted.
Carmen los despidió conteniendo la emoción. ¿Era posible que todo aquello fuese real? ¿Que aquel gatito enfermo que rescató junto al compost llegase a ser tan querido?
Esa noche, Simón dormía en su regazo, mientras la lluvia salpicaba la ventana y una lámpara llenaba el salón de luz amarilla y acogedora.
¿Sabes, Simón? susurró Carmen acariciándole, muchos decían que no tenías futuro. Que gastar dinero y cariño en ti era inútil. Pero ahora hablan de ti hasta en el otro hemisferio. Hay quien dice que al verte sonríe cuando nada parece tener remedio.
Simón ronroneó y la miró como quien acaba de descubrir el gran secreto de la vida.
Eres la prueba de que cada ser merece una oportunidad. Que aquello que unos llaman defecto puede transformarse en virtud. Que el cariño, cuando es de verdad, obra milagros.
El móvil volvió a vibrar: ahora periodistas de Lituania.
Carmen sonrió. Jamás pensó que hablaría con la prensa del mundo ni que la historia de un gatito enfermo del huerto viajaría tan lejos. Pero eso era lo de menos. Lo importante era que Simón vivía y era feliz, tanto como le dejaban sus rarezas. No sabría subirse a los almendros como otros gatos, pero sabía alegrar el corazón de miles con su peculiar aspecto. Y eso valía mucho más.
Gracias, Simón musitó Carmen. Por existir, por luchar, por recordarnos que nunca hay casos perdidos, sino falta de amor y paciencia.
Simón cerró los ojos, ronroneando. Hasta en sueños, mantenía esa expresión de asombro, como si aún no creyese su milagrosa historia.
Y, muy lejos de allí, alguien abría la página de ese extraño gato de Toledo, miraba sus fotos y comprendía algo sencillo: la belleza es relativa, la bondad absoluta. Y solo la bondad puede convertir a un frágil animalito en una auténtica estrella capaz de iluminar la vida de miles de personas.






