La doble de la esposa

Copia de la esposa

¿Estás segura de que no te incomoda? preguntó Marta, detenida en el umbral con una bolsa cruzada y una sonrisa desorientada que Clara nunca le había visto antes. Lo entiendo, es un lío. Entiendo.

Marta, ya basta, entra de una vez Clara se apartó y sujetó la puerta. La habitación está libre, Enrique no tiene problema. Todo bien.

Enrique no tiene problema repitió Marta, y esa repetición tenía algo confuso. No era ironía. Más bien asombro. Como si la palabra no tiene problema le pesara en la lengua.

Él rara vez tiene problemas dijo Clara, caminando hacia la cocina. Quítate los zapatos. Las zapatillas están a la izquierda.

Así empezó todo.

Clara tenía cincuenta y dos años, Marta, su amiga desde la facultad, cincuenta y uno. Hacía cinco años que casi no se veían, se llamaban de tanto en tanto, alguna vez tomaban café en la Plaza Mayor, y Clara pensaba que conocía bien a Marta. Suficiente como para abrirle la puerta sin pensar demasiado. Marta se había divorciado. Se le acabó el alquiler. Los papeles de la vivienda nueva se retrasaban. Necesitaba unas semanas, tal vez un mes. Esperar, sobrevivir, ponerse en pie.

Vivían en Salamanca, ciudad ni grande ni pequeña donde todos los barrios acaban pareciéndose y la señora del supermercado llama a los fieles clientes por su nombre. Clara tenía un piso de tres habitaciones, tercer piso, ventanas a una calle tranquila. Enrique trabajaba en una empresa constructora, no de los visibles, pero sí con buen puesto. Clara daba clases de economía en un instituto técnico. Veintitrés años juntos. La hija vivía en otra ciudad desde hacía tiempo. El piso era espacioso y reconocible, el tipo de hogar donde todo lleva en su sitio tanto tiempo que cambiar algo resulta casi ofensivo.

Marta llegó con una maleta grande y una caja. Deshizo el equipaje en silencio, ni se notaba. Los primeros días Clara apenas la oía: madrugaba mucho, regresaba tarde, comía poco, hablaba menos. Enrique, en la primera noche, comentó en voz baja:

¿Mucho tiempo?

Un mes respondió Clara.

Un mes repitió, con la misma entonación de Marta en el portal.

Clara no le dio importancia. En realidad, era de esas personas que no suelen preocuparse por los detalles. O pensaba que no lo hacían.

El primer aviso la despertó en la segunda semana. Clara entró a su baño por la mañana y encontró el frasco de colonia fuera de su lugar. Se llamaba Madreselva verde oscuro, tapa plateada, llevaba tres años usándola, la compraba siempre en una perfumería de la calle Toro. El frasco no estaba en la balda de la izquierda, sino junto al lavabo. Clara pensó que ella misma lo había movido. Lo devolvió a su sitio. Olvidó.

A la tercera semana, notó otra cosa.

Desayunaban juntas, los tres. Clara preparaba el café a su manera: primero agua fría, después caliente, nunca hirviendo, para que no amargue. Enrique lo sabía y siempre la elogiaba. Aquella mañana Marta preparó el café porque Clara estaba contestando unos mensajes. Y Enrique, al probar el café, dijo:

Mmm, bien.

Se lo he visto hacer a Clara sonrió Marta. Ella siempre lo prepara así.

Clara la miró. Marta sonreía. Todo tenía un aire dulce, inofensivo. Clara también sonrió.

Pero algo se quedó por dentro, sin nombre, ni explicación.

El trabajo la absorbió y esa incómoda espina se disolvió entre clases y exámenes por corregir. Volvía a casa y encontraba la vivienda ordenada, apacible. Al parecer, Marta tenía tiempo para limpiar, acomodar cosas. Enrique se acostumbró más rápido de lo que Clara esperaba.

Hoy ha cocinado, le comentó una tarde, como quien trae buenas noticias. Sopa de alubias. Muy rica.

Esa receta la hago yo.

Sí, es muy parecida.

Ella no preguntó cuál prefería. Él no lo aclaró.

Marta estaba teletrabajando, algo burocrático, no entraba mucho en detalles. Pasaba los días en la habitación de invitados con el portátil, a mediodía salía a la cocina, preparaba algo sencillo, para la cena ya estaba peinada y vestida, no con ropa de estar por casa, sino como si fuera a salir. Clara reparó en eso. Ella misma solía ponerse su pantalón cómodo y un jersey viejo para la noche, mientras Marta lucía mejor en su propio piso que ella misma.

Una noche Enrique se sentó junto a Marta a ver la tele. Clara ordenaba cuadernos en la habitación. Oía las voces tras la pared, suelo y risas. La risa de Marta era parecida a la suya, sólo un poco más dulce. Clara lo pensó y se repelió el pensamiento. Una risa como otra. Y qué.

Aunque, al cabo de unos días, volvió a pensar en ello. Ya sin apartarlo.

Marta había cambiado de peinado. Antes llevaba el pelo corto, moderno, claro. Ahora empezaba a crecerlo y lo peinaba echándolo hacia atrás, con una onda, de modo casual. Igual que hacía Clara. Lo notó en el espejo del pasillo. Se reflejaban las dos: primero Clara, más cerca; Marta, detrás. Y había una especie de resonancia, como entre una foto vieja y otra reciente sacada en el mismo sitio.

Te queda bien así dijo Clara.

¿De veras? Marta se miró al espejo, tocando un mechón. Lo vi en ti y me dio por probar.

Otra vez en ti. Otra vez una leve imitación, casi imperceptible. Clara sonrió y fue a la cocina. Pero algo, adentro, no sonreía.

Llamó a su hija el domingo.

¿Mamá, qué tal vais?

Bien. Tenemos a Marta en casa. Te lo conté, ¿verdad?

Sí, ¿sigue allí?

Sigue. Los papeles se retrasan.

Bueno. ¿Y papá?

Bien. Se entiende bien con Marta.

Pausa.

¿Eso es bueno o malo? preguntó la hija.

Bueno dijo Clara. Es bueno.

Después de colgar, se quedó largo rato junto a la ventana, viendo enfriar el té. Pensaba que se entienden bien era una frase neutral; y sin embargo, la pronunció con precaución, como tanteando el suelo bajo los pies.

En la quinta semana, Marta le pidió la receta de la tarta.

Aquella que hiciste el domingo pasado. Con manzanas y canela.

No la tengo apuntada, la hago a ojo.

¿Me explicas? Lo intento yo.

Clara se la explicó lo mejor posible. Marta tomó notas en el móvil. A los tres días la hizo. Enrique comía y decía muy bien, y Clara no sabía si lo decía por la tarta o porque ya no distinguía quién la preparaba.

Esa noche, al abrir el armario de la entrada, vio una cazadora: gris claro, con cinturón. Igualita que la suya. Sin duda, Marta se la habría comprado. Colgó la suya junto a la otra y se quedó mirando los dos abrigos idénticos, pendiendo juntos.

No preguntó. No porque temiera la respuesta. No sabía cómo formular la pregunta para que no sonara absurda.

En el trabajo las cosas estaban tensas: la inspección del centro se acercaba, Clara se quedaba con papeles hasta tarde. Enrique cada vez pasaba las noches en el salón. Marta, también. Clara escuchaba voces tras la puerta. A veces entraba: la conversación no se detenía, sólo cambiaba de forma para incluirla, pero como tercera, no como parte central.

Un día, se lo dijo a Enrique. Era tarde ya, Marta se había ido a su cuarto.

¿No te parece que Marta… te copia un poco?

Él la miró de veras sorprendido.

¿Quién? ¿Marta?

Sí. El peinado, la cazadora, recetas, la colonia.

Las amigas se imitan mucho, ¿no? Es lo normal.

Supongo contestó Clara. Supongo.

Ya él estaba con el móvil. Tema cerrado.

Clara consiguió dormir, pensando en que quizás tenía razón. Las amigas se imitan. Ella también habría imitado algo a Marta alguna vez, seguro, sólo que no lo recuerda. Eso es normal, pensó varias veces. Normal. Pero por más que lo repitió, la palabra no prendía.

Los siguientes días Clara observó con una atención nueva intencionada esta vez. Veía lo que antes le pasaba inadvertido. Marta, al charlar con Enrique, inclinaba un punto la cabeza a la derecha: justo como hacía Clara para mostrar interés. Cuando argumentaba, estiraba el pues claro, igual que ella. Marta empezó a tomar el té sin azúcar, aunque Clara recordaba perfectamente que siempre lo pedía dulce. Ahora, no.

Ya no era casualidad. Era… otra cosa.

Llamó a su compañera Inés, la que a veces escuchaba sus cosas.

Inés, ¿te ha pasado alguna vez que alguien junto a ti empieza literalmente a convertirse en ti?

¿Cómo?

Que te imita. El aspecto, los gestos, las rutinas.

Eso se llama envidia tranquila respondió Inés al instante. Lo leí hace poco. Hay quien quiere tu vida, pero no puede pedirla de golpe. Así que la toma por partes.

Clara guardó silencio.

¿Alguien te ha salido así?

No lo sé contestó Clara. Quizá no.

Pero en el fondo sí lo sabía.

No fue iniciativa de Clara el hablarlo con Marta. Fue esa misma noche, solas en la cocina, tomando té.

Clara, eres tan sólida. Te miro y pienso: así hay que vivir. Piso, marido, trabajo. Todo en su sitio.

Veinte años me llevó poner las cosas en su sitio respondió Clara.

Ya, Marta asintió y se nota. Se siente. Enrique, también…

Se quedó callada.

¿Enrique qué?

Te valora. Me ha dicho que os entendéis bien.

Clara dejó la taza.

¿Hablas de mí con él?

Alguna vez. Conversando. Él te elogia.

Eso es bonito dijo Clara, pero no lo sentía así.

No sabía explicarse por qué le molestaba. Que el marido elogie a su esposa frente a la amiga: ¿qué hay de raro? Nada. Y, sin embargo, sentía que algo no encajaba. Lo sabía. Era esa intuición femenina en la que ella misma no solía creer, pero ahora tenía voz propia, callada sólo porque no había palabras aún.

Al final de la sexta semana, Marta pidió usar su colonia, la Madreselva.

La mía se acabó explicó. Y no me da tiempo a comprar. ¿Puedo un par de veces?

Claro dijo Clara.

Esa noche, al abrir el frasco, vio que quedaba menos de un tercio. Recordaba que hacía una semana había más de la mitad.

Cerró el frasco, lo guardó en el armarito, y puso un pequeño candado que tenía olvidado. Se miró al espejo y pensó: Mira, guardando colonia de mi mejor amiga. ¿Quién soy yo?

Pero no lo volvió a abrir.

Enrique llegó esa tarde de muy buen ánimo, como venía últimamente cuando Marta estaba en casa. Traía una tarta. Sin razón especial.

Nos damos un capricho dijo.

Marta se alegró exactamente como hubiera hecho Clara si Enrique hubiera llevado una tarta. Ni más ni menos. Lo justo. Clara, desde el marco de la puerta, pensaba: Marta reacciona bien a todo. Elogia el café en su punto. Ríe en su punto. Inclina la cabeza en su punto. Se sorprende cuando toca. Todo lo que hacía Clara, solo que con más atención, más ganas. Sin cansancio. Sin veintitrés años encima.

Y Enrique, aunque no supiera, lo percibía.

Clara entró, tomó un trozo de pastel; todo tenía un aire ordinario. Pero dentro sentía una incomodidad que luego no supo nombrar. Como volver y notar que las cosas están en el mismo sitio, pero desplazadas un centímetro, no movidas, sólo… desplazadas.

El viaje surgió de imprevisto. Había que mandar a alguien del centro a un curso en Valladolid. Cuatro días. El director le preguntó el viernes, aceptó el lunes. Pensó: dejar a Enrique con Marta cuatro días. Pero se contuvo. Adultos todos. No pasará nada. Pensaba demasiado. Debía relajarse.

Antes de irse, hablaron en la cocina.

Vuelvo el viernes por la tarde dijo Clara. Marta os ayudará con la cena, sabe hacerlo.

Nos arreglaremos dijo él. No te preocupes.

No me preocupo.

Le miró bien. Todo era igual. Los mismos rasgos que había contemplado veintitrés años. Solo un detalle… ligero. Ese aire de quien no piensa en nada que pese.

Salió el miércoles temprano. En el tren, materiales de estudio, café en vaso de cartón, paisajes planos por la ventanilla. El curso fue más aburrido de lo que esperaba, pero útil. Por la noche, llamadas breves a casa.

¿Qué tal?

Bien. Hemos cenado. Todo bien.

¿Marta en casa?

Sí, en su cuarto.

Bueno. Buenas noches.

Buenas noches.

Nada raro. Nada sospechoso. Fueron noches de insomnio, dando vueltas a recuerdos tontos: el curso, la hija, comprar esa nueva taza, la vieja ya cascada. Luego pensó en Marta. Las dos cazadoras grises en el armario. El frasco de colonia.

El jueves por la tarde llamó el director.

Mira, Clara, la última sesión es solo repaso de cosas que ya sabes. Si quieres, vuelve ya esta tarde, así no pierdes tiempo. Vendrás mañana y hablamos con Madrid.

Regresó a casa a las nueve y media. El tren llegó pronto, el taxi rápido, sin tráfico ya.

Entró con su llave. No llamó al timbre para no molestar, pensando quizá que Enrique dormía.

No dormía.

Había velas encendidas en el salón. Solo dos, en la mesa frente al sofá. En la mesa, platos, copas, cuencos pequeños. Olor a comida y a colonia. Olor a Madreselva. Alguien había comprado un frasco igual. Marta, supuso.

Enrique estaba en el sofá. Marta, a su lado. Llevaba un vestido azul que Clara no le conocía, de un estilo que solía usar ella. Peinado de ola. Manos juntas en el regazo. Hablaban. Al abrir la puerta, los dos la miraron.

Tres segundos de silencio.

Has llegado pronto dijo Enrique.

Ya veo Clara dejó la maleta.

Fue hasta el perchero, colgó el abrigo. Hizo todo con lentitud, cuidándose de cada movimiento.

Clara, era solo una cena dijo Marta. Hemos cenado y…

Lo veo. Una cena. Con velas.

Otra pausa.

Muy romántico añadió Clara, en tono neutro, y ni ella misma supo por qué sonó así.

Enrique se incorporó.

No hay por qué…

Enrique le interrumpió Clara, muy bajo. No me digas lo que tengo que hacer.

Se calló. Marta miraba la mesa.

Clara fue a la cocina. Se sirvió agua. Desde la ventana, vio el tiesto de geranios que regaba los miércoles. Recordó que este miércoles no estuvo, y sin embargo, la planta estaba fresca.

Marta la regó, pensó.

Volvió al salón.

Marta, ¿podrías buscar otro alojamiento mañana? dijo.

Marta levantó la mirada.

Sé que esto parece…

¿Mañana puedes irte? repitió Clara, solo eso.

Sí dijo Marta. Puedo.

Bien.

Clara tomó la maleta y se fue al dormitorio. Cerró la puerta, no con llave, solo la puerta. Cayó sobre la cama vestida; el techo se llenó de sombras. Tras la pared, ruidos discretos, alguien recogía la mesa. Luego, silencio, luego, crujido de la puerta en la habitación de invitados.

Enrique no pisó el dormitorio esa noche. Durmió en el sofá, Clara lo oyó. Más que cualquier palabra.

Al alba, la primera en pie, Clara preparó café y lo tomó junto a la ventana, viendo la ciudad desperezarse: viernes. Por la calle, una mujer con perro; palomas en el alféizar de enfrente. Un día cualquiera.

Enrique asomó a las ocho.

Tenemos que hablar dijo.

Sí aceptó Clara.

Clara, entre Marta y yo no ha habido nada.

Tal vez.

No, tal vez no. No ha habido nada.

Enrique, Clara miraba al exterior no entiendes. No es lo que ha pasado, es lo que he visto estos dos meses.

¿Y qué has visto?

Se giró hacia él.

Una mujer convirtiéndose poco a poco en mí. Mi peinado. Mi colonia. Mis recetas. Mi cazadora. Mis gestos. Y mi marido, a quien esto le gustaba. Porque era yo. Pero sin cansancio. Sin costumbre. Sin veintitrés años.

Él calló.

No es una pregunta. Solo es lo que vi.

Exageras murmuró él.

Puede ser aceptó ella. Me voy a trabajar. Cuando vuelva, quiero la habitación de invitados vacía.

Clara…

Y otra cosa: confianza ciega. Eso me definía, creo. Demasiada confianza. En ambos.

Salió. La puerta se cerró sin estrépito.

En el trabajo, clases, preguntas, listas de asistencia, un té con Inés en el descanso. Inés contaba algo, Clara asentía donde tocaba; apenas escuchaba la mitad. Inés le miró largo rato, comprendiendo sin preguntar. Hay quien sabe mirar así.

Volvió a casa sobre las tres y media. La habitación de invitados ya estaba vacía, bien hecha. Nada que delatara presencia. Marta se había marchado como si nunca hubiera estado. Solo en la repisa del baño quedó un pequeño peine de plástico blanco. Clara lo cogió con dos dedos y lo tiró a la basura.

Enrique ya estaba. Leía en el móvil cuando ella apareció.

Se ha ido dijo.

Veo.

¿Y ahora?

Colgó el abrigo y fue a la cocina, empezó a preparar algo sin saber qué iba a cocinar; necesitaba moverse.

Clara Enrique la siguió, llevamos veintitrés años juntos. No podemos…

Sí podemos. Espera. Dame tiempo.

¿Cuánto?

No sé. Unos días. Necesito pensar.

Los unos días se hicieron una semana. Vivían en el mismo piso, casi como desconocidos. Educadamente. Sin broncas. Cada uno comía y dormía por su lado. Enrique intentó hablar varias veces, Clara contestaba lo justo. No porque estuviera herida. Más bien porque no sabía cómo decir lo que realmente sentía. Las palabras estaban todas en una pila interna y temía tirar de una y que salieran juntas, irrecuperables.

Pensó mucho aquella semana. En el principio. En cómo acogió a Marta sin pensarlo demasiado, porque así debe hacerse. Porque una amiga está en apuros. Porque es lo normal. En cuándo exactamente algo hizo clic y no supo poner nombre. O lo hizo tarde. Envidia tranquila, había dicho Inés. Copia de identidad. Invisible, parcial, sin maldad declarada. Solo alguien que, al faltarle vida, fue tomando la tuya, pedacito a pedacito. Por la colonia. Por la receta del pastel.

Lo que dolía, sin embargo, no era Marta. Era Enrique.

Él pudo no darse cuenta. O darse y avisarla. O simplemente no prestarle atención a esa mejorada copia. Pero respondió. Trajo una tarta. Se sentaba y reía. Preparó cena con velas. Tal vez sin mala conciencia, solo por inercia.

A la segunda semana, Clara llamó a su hija.

Mamá, ¿qué te pasa? Tienes otra voz.

Quizá tu padre y yo… nos separemos dijo por fin, por primera vez.

Larga pausa.

¿Por Marta?

No sólo. Marta lo hizo visible, solo eso. Ya estaba.

¿Qué estaba?

No sé explicártelo. Nos hemos acostumbrado, tanto que ya ni nos mirábamos. Y ella llegó y fue como yo, pero mejor. Más atenta, más fresca. Le gustó.

Mamá…

No te agobies. No lloro. Solo te explico.

¿Estarás sola?

Durante un tiempo sí. No pasa nada.

Esta vez, al decir no pasa nada, la seguridad sí cuajó.

Enrique y Clara hablaron el domingo.

Creo que debemos separarnos dijo ella.

Durante un silencio largo, él preguntó:

¿Definitivo?

No lo sé. Pero necesito espacio. Saber quién soy yo sin este piso, sin ti, sin nada más.

¿Es por las velas? Clara, fue solo una cena.

No, Enrique. No son las velas. Las velas son solo la última gota. Antes hubo mucho, y yo lo vi, y callé, y me dije que normal, cuando claramente no lo era.

No entiendo qué hice mal.

Nada en concreto. Solo dejaste de verme. ¿No te diste cuenta de que tu amiga se parecía cada vez más a tu mujer? Si hubieras visto quién era yo, lo habrías notado.

Él no respondió. No podía.

El piso lo venderemos dijo Clara, o te compraré tu parte. No ahora, luego. Ya veremos.

¿Dónde irás?

Alquiler. Aquí, o en otra zona. Ya veré.

Empezar de cero a los cincuenta y dos… y en su voz vibró una lástima indefinida, hacia ella o quizás también hacia sí mismo.

Sí. A los cincuenta y dos. Hay gente que empieza todavía más tarde.

De pie ya, fue a la cocina, y de paso abrió el armario del baño. Sacó el frasco con la Madreselva. Lo sostuvo un momento, después, en la entrada, lo dejó, sin soltar, sin lanzar, con delicadeza, en el cubo de basura. Como una cosa que ya no sirve.

Luego, puso el hervidor de agua.

Los siguientes días, metódica: llamada a la inmobiliaria, consulta a un abogado, visita a Inés para explicar lo justo. Inés no exclamaba ni negaba, solo escuchaba y respondía ya cuando había que decir ya, que sonaba a te entiendo. La buena gente sabe decir ya así.

Sentadas en la cocina de Inés.

¿Le guardas rencor?

¿A Marta? pensó. No. O casi no. Me enfada no haber visto lo obvio. Llamar normal a lo que no era.

No es culpa tuya fiarte.

Demasiada confianza afirmó Clara. Así soy.

No es ciega. Es de fiar. No es lo mismo.

Tal vez…

¿Y a Enrique?

Sí. Pero en silencio. Pasará.

¿Qué vas a hacer ahora?

Alquilar piso. Cambiarme el pelo. Comprarme otro perfume. Supongo que nada de madreselva.

Sabia decisión.

Y averiguar qué me gusta de verdad. Qué es mío, no costumbre.

Eso lleva tiempo.

Lo tengo.

Inés sirvió más té. Afuera caía una lluvia fina, no fría. Oscura. Clara observaba, pensando que semanas atrás conocía su vida: el piso, Enrique, el trabajo, las rutas, los sabores, el frasco de colonia en la balda izquierda. Todo en su lugar. Ahora, lo en su lugar ya no era tan sólido.

Pero no sentía vacío, ni vértigo siquiera. Era algo distinto, extrañamente cómodo. Como quitarse un abrigo que ya no aprieta, pero nunca te habías dado cuenta.

Sabes le dijo a Inés, creo que por primera vez en años no sé qué va a ser de mi vida. Y eso… se aguanta.

Se aguanta repitió Inés, y sonrió. Buen verbo.

Pasó otra semana. Clara halló un piso, una pequeña vivienda en otro barrio de Salamanca, luminosa, con vistas al parque. Caro, sí, pero viable. Acordó cita, recorrió las habitaciones vacías, el parquet sonaba bajo el zapato en un rincón. Caminó de nuevo y pensó: se puede vivir.

Lo alquilo le dijo a la dueña, una señora mayor, cansada.

¿Por mucho?

No sé. A empezar por un año.

La mujer asintió.

Ya en casa, fue cribando cosas. Sin prisas, sin gestos. Separó lo suyo de lo ajeno. Libros, menaje, ropa. Alguna prenda que no usaba desde hacía tres años pero se conservaba por si acaso; la observó y decidió regalarla.

La cazadora gris también la regaló. Compró otra: azul marino, diferente corte. Se la puso, se miró; no recordaba en nada a la prenda de Marta. Mejor.

Con Marta, ni se vio ni contestó a sus mensajes. Ella dejó uno: Clara, sé que te fallé. Perdóname si puedes. Clara leyó, guardó el móvil y no contestó. No por rencor: simplemente, no tenía ganas o no estaba lista para saber la diferencia.

Enrique quedó en el piso. Ya solo hablaban lo justo, en paz, algo amargo pero aliviador. Clara notaba que él no sabía cómo restaurar lo que tuvieron. Tal vez porque, en realidad, nunca supo qué perdió.

El viernes antes de mudarse, Clara fue a por colonia. Se paró frente a la estantería mucho rato, oliendo muestras; la dependienta, paciente, ofrecía opciones. Al fin encontró: llama Cedro de Plata. Nada que ver con flores, un leve fondo de madera y calor. No era lo suyo. Precisamente por eso lo eligió.

Buena elección anunció la chica.

Ya veremos respondió Clara.

La mudanza tomó media jornada. Inés le echó una mano. Enrique también, sin tensión. Todo pasó de un sitio a otro. En el piso nuevo, Clara dispuso todo a su modo, en nuevos lugares, escogidos solo por ella.

Ya sola por la noche, abrió el frasco de Cedro de Plata y se aplicó en la muñeca. Olía desconocido. No desagradable. Solo diferente. Aspiró otra vez. Habrá que acostumbrarse pensó. O no. O solo aceptarlo.

Tras la ventana, el parque ya se quedaba pelado; noviembre ya acariciaba el final. Las farolas se encendieron pronto, como en estas fechas. Clara puso el hervidor de agua, encontró una taza sin grietas y apoyó el codo en la ventana.

El móvil vibró. Llamada de la hija.

Mamá, ¿cómo vas? ¿Instalada?

Instalándome.

¿Asusta?

Clara miró las luces en el parque.

No respondió. Sabes, no asusta.

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La doble de la esposa