17 de octubre
Hoy he vuelto a pisar esa cocina por última vez. Aún tengo las manos oliendo a pimientos asados y a tomate, esa fragancia familiar mientras terminaba de preparar el pisto cuando llegó Pablo de trabajar. ¡Ya estoy en casa!, su voz sonó fuerte desde el pasillo, y en cuanto entró en la cocina, el gesto de sorpresa fue inmediato. ¿Y esto?, preguntó mirando el caos de cacerolas, platos, botes y ese aroma espeso que impregnaba cada rincón.
Me giré hacia él con la mejor sonrisa que pude ponerme. Es pisto, lo preparo porque tú me lo habías pedido, ¿te acuerdas?
Pero él no se refería a la comida. Señaló la cocina con la mano y repitió la pregunta, ahora con ese tono que sólo sale cuando la paciencia se acaba. ¿Pero esto qué es, de verdad, Lucía?. Noté el fastidio creciendo en él, aunque traté de mantener la calma.
Yo no acababa de entender tanta indignación. Hago pisto, ¿y cómo demonios voy a hacerlo sin dejar la cocina como está? Nunca he conocido a nadie que pueda conservarla limpia mientras pela y trocea tantos ingredientes.
Hace ya cuatro meses que me mudé a su piso en Móstoles, dejando esa pequeña buhardilla que compartía con Clara, mi hija ya independiente y trabajando por su cuenta. Yo, por amor, aposté de nuevo por la vida en pareja. Pablo tenía también un hijo, Jorge, pero vivía lejos; apenas veía al niño.
Los primeros meses fueron sencillos. Yo me esforzaba por ser esa mujer atenta, cocinaba platos nuevos hasta agotar mi imaginación, y me sorprendía a mí misma con tanta energía. Pensaba que por fin podría envejecer al lado de alguien bueno, en paz.
Pero, poco a poco, Pablo empezó a cambiar. Llegaba cansado y algo agrio, protestaba por cosas mínimas: la taza sin fregar, la cama mal tendida, el suelo con alguna miga de pan. Yo, aunque también trabajaba y volvía una hora antes, lograba tener todo aceptable y aún así prepararle la cena con cariño. Intenté no dar importancia a su humor, convencida de que se trataba de estrés pasajero.
Me equivoqué. Y hoy, igual que aquel día en que todo explotó, estaba harta de sus recriminaciones. Él no entendía que, si ese pisto existía, era porque yo me había dejado la espalda yendo dos veces al Mercadona, cargando bolsas hasta el portal, sudando en una cocina sin aire. Y ni con el esfuerzo agradecido.
Le respondí firme:
Pablo, en media hora la cocina estará limpia, siempre lo está. ¿Alguna vez te he dejado manchas o basura? ¿En serio esto es motivo de tanto enfado?
Él resopló, quejándose del calor y del olor, como si le hiciera un ultraje. Quería cenar y no repetir la pasta con albóndigas por tercera noche. Yo le expliqué que no puedo hacer todo de golpe, que el pisto lo hacía porque él me lo pidió. Pero no sirvió de nada.
Discutimos fuerte. Recuerdo haberle preguntado, desde el fondo de mi dolor, qué era lo que tanto le molestaba, si era mi presencia, mis guisos, la ropa limpia, los saludos alegres. Él, perdido ya en el enfado, me gritó que estaba harto, de mí, de todo. Yo también alcé la voz, reprochándole que me pidiera cosas pero no colaborara nunca. No soportaba ese victimismo que me asfixiaba.
Cuando intenté destensar el ambiente, Pablo se puso peor. Entonces lo decidí en el acto.
Esto se acabó. Me voy.
Recogí lo que pude; un par de maletas, mi jersey favorito, las zapatillas, y bajé a la calle, llamando a Laura. Dormí en su casa esa noche, y a la mañana siguiente alquilé un pequeño piso vacío, a las afueras de Fuenlabrada. Entre la entrada, el recargo del agente y varias cosas básicas que hacían falta, se me fue medio sueldo y algo de mis ahorros, unos ochocientos euros en total.
Ni se me pasó por la cabeza volver, al menos en los primeros días, aunque la tristeza me calaba por dentro. Repasaba una y otra vez la discusión, pesando palabras, sintiendo de todo. No, no podía perdonarle lo que ocurrió.
Pablo no me llamó. No intentó buscarme. Esa misma noche, lo único que recibí fue un mensaje:
¿Qué hago ahora con el pisto?
No le contesté con cortesía. Haz lo que te dé la gana, a mí, sinceramente, me da igual. Aún me dio rabia haber tirado ingredientes y tiempo para que ni eso importase.
Aunque intentaba hacerme la fuerte, una parte de mí deseaba que Pablo recapacitase, que llamara, pero el teléfono permaneció mudo todo el tiempo.
Pasada una semana, acepté que volvía a estar sola. Decidí que era momento de recoger las últimas cosas que quedaban en el piso de Pablo y devolver sus llaves. Mandé un mensaje avisando que iría en media hora. Cuando me abrió la puerta, tenía la cara desencajada, con el arrepentimiento dibujado, pero a mí ya no me ablandaba nada.
Me pidió perdón, dijo que me quería, que no volvió a ser el mismo sin mí en casa. Pero no me convencía. Porque si de verdad me hubiera querido, habría hecho algo más que quedarse callado una semana.
Recogí mis cosas con calma: algunos champús del baño, mi té favorito, la taza rosa que Clara me regaló una Navidad, la manta azul que tanto me gustaba y todo lo que aún olía a mí. Pablo insistía, intentaba bloquearme la salida, pero permanecí serena.
Cuando llegó el taxi, cruzó la entrada y me miró suplicante: No te vayas. Yo sin ti no sé vivir.
Le respondí sin pestañear: Y yo contigo me apago.
Salí, sentí esa puerta cerrarse para siempre. Vi su perfil desde el taxi, quieto, confuso, quizás por fin dándose cuenta de todo, aunque ya era tarde. Ya no habría más buenas noches ni cenas de cuchara, sólo silencio, dos desconocidos rememorando un tiempo en el que creyeron que sería distinto.
Miré por la ventanilla. El otoño madrileño vestía de dorado los parques, y en el silencio del coche, recordé que me encanta esta estación. Dentro de dos semanas será mi cumpleaños y, por primera vez en años, lo celebraré únicamente conmigo misma. Puede que hasta me regale un ramo de flores.
Sé que estaré bien. Me lo repito bajito: Todo irá bien, Lucía. Todo irá bien. Y sonrío, porque en el fondo, lo sé.







