Álvaro, sigo luchando: una historia de amor y esperanza junto a la orilla del mar

Querido diario,

Aún respiro, sigo aquí: una historia de amor y esperanza junto al mar

Todavía sigo aquí. Se acercó nadando lentamente. Prométemelo, por favor, no me entierres antes de tiempo.

¡Luis, mira qué maravilla! exclamó con entusiasmo Jimena, con la piel bronceada y los ojos chispeando vitalidad. Abrió los brazos, como si quisiera abrazar todo el mar inmenso delante de nosotros.

Sus rizos castaños, aclarados por el sol, bailaban juguetones con la brisa. Ya te lo avisé, este mes será el mejor de nuestras vidas.

Por mi parte, yo, Luis, de pie a su lado sobre la arena blanca de la playa de Sanlúcar, me ajusté el sombrero de paja y sonreí. Pero por dentro, una inquietud me apretaba el pecho. La idea de que tal vez era nuestra última oportunidad para recuperar la felicidad perdida no me dejaba tranquilo.

Sí, Jime, este mes va a ser insuperable respondí, fingiendo la despreocupación en la voz. Siempre acabas acertando.

El recuerdo de aquellas palabras del médico hacía dos meses seguía pesando como una losa: “Este cáncer está muy avanzado: dos, tres meses, y poco más”. Y ahí estábamos, en la costa atlántica, porque Jimena solo quería vivir, nunca rendirse.

¿Te vienes a bañarte? me agarró la mano con brillo travieso en sus ojos. ¡No estés mustio, Luis! ¿Te acuerdas de aquellos veranos en el pueblo, cuando saltábamos al río y temías que la corriente se llevara tu bañador?

No pude evitar reírme, y durante un instante, la pena se apartó. Ese era su superpoder: rescatarme siempre de mis nubes grises.

No tenía miedo, solo era precavido repliqué en broma. Pero vamos, que si hoy me come un tiburón… la culpa será tuya.

Nos reímos como dos chiquillos y enseguida corrimos al agua. Jimena se zambullía y saltaba entre las olas mientras yo la miraba, sin perder detalle. Era imposible no amarle. Tenía miedo de perderla, y aún así, la imagen resultaba insoportable.

El amor da fuerzas para mantener la esperanza, incluso cuando parece que el tiempo está en nuestra contra.

Nuestra historia empezó en el instituto, en aquel pueblo manchego diminuto, donde nadie era desconocido. Jimena llegó de repente al aula como una luz, con sonrisa luminosa y una melena castaña capaz de ablandar al más áspero.

Recién llegada de Ciudad Real, acaparó nuestro interés. Yo, alto, torpón y siempre absorto en los libros, ni soñaba que pudiera fijarse en mí. Pero en la fiesta de fin de curso, me armé de valor y la invité a bailar un lento.

Tienes algo distinto me dijo, mirándome fijamente. No intentas aparentar nada.

¿Y no temes que te pise? le respondí en broma. Se rió, y desde aquella noche, nos volvimos inseparables.

Al acabar el bachillerato, yo partí a estudiar ingeniería en Madrid, ella filología en Salamanca. Nos escribíamos cartas larguísimas y esperábamos las vacaciones como niños, solo para pasar unos días juntos. Aquella distancia no hizo sino fortalecer los lazos.

Nada más graduarnos, con veintidós años, nos casamos. Una celebración humilde en el salón del pueblo, con flores de plástico. De fondo, sonarían éxitos de Rocío Jurado. Éramos felices, y el resto nos daba igual.

Después llegó ese día a día a veces duro, compartiendo un piso modesto, trabajando sin respiro, soñando con una casita y una cafetería propia. Las discusiones se colaban por las rendijas: los platos por fregar, la factura de la luz olvidada. Una tarde, colérico, di un portazo y solté:

¿No será mejor dejarlo?

Jimena se sentó en silencio, y luego murmuró:

Te quiero tanto que no quiero perder esto, Luis. Intentemos otro camino.

Así que, una vez a la semana, el día era solo nuestro: sin móviles, sin trabajo, sin quejas. Paseábamos, bebíamos té en el balcón, recordábamos nuestra juventud. Y poco a poco, el amor volvió, como el campo que reverdece en primavera.

A los cinco años logramos comprar una casita con patio y abrir la ansiada cafetería. Luego llegaron las alegrías dobles: las gemelas Catalina y Berta, y la casa se llenó de gritos, risas y caos. Jimena era la madre perfecta: dulce, paciente, narradora de cuentos. Yo me repetía: Qué afortunado soy.

Pero los años pasan. Las niñas crecieron y se fueron a estudiar. El hogar quedó vacío, y para no pensar tanto, nos entregamos al trabajo. Abierta la segunda cafetería, trabajábamos hasta el alba, agotados. Entonces, un día, Jimena palideció y cayó en mitad de una jornada.

¡Jimena, despierta!la sacudía sin respuesta. Vino la ambulancia y el diagnóstico: agotamiento. Pero ella quitó hierro: “Una fatiga, Luis, mañana se me pasa”.

Al día siguiente, volvió a desmayarse. El médico, sin atreverse a mirarnos, pronunció sentencia: cáncer, avanzado, dos meses.

De vuelta a casa, Jimena habló serena:

No llames a las chicas. No quiero que me vean así. Llévame al mar; ¿recuerdas nuestro sueño? Sol, playa, cócteles, bailar bajo las estrellas. Vamos ahora.

No pude objetar. Si era tu último deseo, habría de cumplirse.

¿En qué piensas, Luis? Jimena me dio un chapuzón, trayéndome de vuelta.

Estoy contigo sonreí, tragándome las lágrimas. Solo pensaba en el truco que usaste ayer jugando a las cartas.

¡No te despistes! rió ella, su risa flotando sobre las olas. ¿Esta noche vamos a cenar donde hay música en vivo? Quiero bailar hasta que los pies no me respondan.

¿Seguro? ¿No prefieres descansar? sentí que mis palabras traicionaban el miedo; a ella no le gustaba hablar de la enfermedad.

Luis, estoy viva, y quiero vivir afirmó con firmeza. Prométeme que no me enterrarás antes de tiempo. Promételo.

Lo prometo susurré, abrazándonos bajo el agua, como si el destino nos envolviera.

El aprendizaje: El amor y la fe son capaces de cambiar el curso incluso de la enfermedad más oscura.

Aquel mes frente al mar fue nuestro pequeño milagro: paseos por el paseo marítimo, helados en la plaza, noches de baile bajo el cielo de Andalucía. Jimena resplandecía: mejillas coloradas, ojos brillantes. A veces llegué a pensar que los médicos se habrían equivocado. ¿Sería todo esto un milagro?

Una tarde en el balcón del hotel, Jimena me dijo:

Luis, no tengo miedo. Si este es el final, me siento feliz. Tengo a mis hijas, a ti y este atardecer. Ha sido una vida magnífica.

No digas eso se me quebró la voz. Aún vas a bailar en las bodas de nuestras nietas.

Ella me sonrió, apretándome la mano con fuerza.

De vuelta a casa, insistió en repetir las pruebas médicas. Yo temía ese momento, creyendo que ya no había esperanza.

Pero el médico, tras repasar y requeterepasar los resultados, soltó con cara de pasmo:

Es casi milagroso. Tras nuevas pruebas, el tumor casi ha desaparecido. Sucede muy raramente. Tienes un cuerpo luchador, Jimena.

No me lo creía. Jimena se echó a llorar, pero de alegría. No nos soltamos en toda la consulta y el médico, un poco incómodo, se marchó.

Luis, fue el mar susurró Jimena. Y nuestro amor.

Fuiste tú, como siempre le respondí bajito.

Poco a poco volvimos a la rutina: con la cafetería, los amigos, los planes nuevos. Durante un mes más, Jimena tomó los medicamentos y la enfermedad se fue retirando. Las niñas, al saberlo todo, vinieron a casa; otra vez volvimos a oír sus risas por las habitaciones.

Mirándola, no podía evitar pensar: En mi juventud fui un necio. Como si me oyera, Jimena me guiñó un ojo:

Luis, no te pongas triste. Mejor prepárame tus famosas tortitas, que ya no me acuerdo de su sabor.

Las preparé, y nos las comimos juntos en la terraza, viendo el sol hundirse entre los tejados. Sabíamos que, mientras estuviéramos juntos, ninguna tormenta sería invencible.

Este trozo de vida me enseñó que incluso en las pruebas más duras, siempre queda espacio para la luz y para los milagros. Jimena y yo lo hemos comprobado: la fe y el apoyo pueden obrar maravillas.

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