La vida en pausa

Vida aplazada

Mamá, ¿puedo coger un caramelo de la caja? ¡Solo uno, por favor! Sofía revoloteaba como un duendecillo alrededor de la pequeña alacena donde Inés había escondido los dulces que tanto trabajo le habían costado conseguir.

¡No, Sofía! respondía Inés con tono firme. Son para la mesa. Si los comes ahora, en Nochevieja no nos quedará ninguno.

Sofía se enfurruñó. ¿Qué más daba cuándo comiera un caramelo? ¡Si sólo pedía uno! ¿Por qué mamá era siempre así? Si algo era rico, era para más tarde; si algo era bonito, «para salir». Y ella solo quería ponerse el vestido nuevo que su padre le trajo de Madrid de un viaje de trabajo, coger el caramelo y visitar a Lucía. A ella su madre no le prohibía llevar ropa nueva al colegio. Alguna vez Sofía había escuchado que su madre no compraba la ropa, sino que se la cosía ella misma. ¿Y qué? Lucía era siempre la más elegante de la clase. Y Sofía tenía que conformarse con su vestido de lunares, ya gastado y aburrido.

En ese entonces, Sofía no sabía lo difícil que era para sus padres conseguir esos dulces y vestidos. Su madre trabajaba como bibliotecaria y su padre era ingeniero. Desde pequeña oía la palabra «conseguir», porque con eso algo nuevo llegaría a casa, algo que en las tiendas no se encontraba. Así consiguió unos zapatos preciosos y su madre unas botas nuevas. La compra fue un sacrificio: casi un mes comiendo solo pasta y patatas, pero su madre estaba tan contenta que los primeros días ni siquiera se las ponía, sólo se las quedaba mirando, admirando. Por alguna razón, aquellas botas se grabaron en la memoria de Sofía, que de adulta aún recordaba cada rasguño, cada tacón gastado.

El tiempo pasó y, pronto, todo cambió alrededor. En los comercios apareció de todo, y ya no era un logro poder vestirse bien o darle un capricho dulce a un hijo. Ahora el problema era el dinero. Sofía estaba en 2º de la ESO cuando, un día, su padre llegó a casa feliz y anunció:

¡Me han cogido!

Ella aún no entendía el significado de esa frase, pero la alegría de sus padres predecía algo bueno. Y así fue. Su padre empezó a trabajar en una empresa de electrónica que valoró por fin sus talentos, y Sofía notó cómo algo cambiaba en aquel hombre siempre serio y pensativo. Por primera vez, vio a su padre ilusionado y seguro de sí mismo: un gran organizador. Su carrera despegó.

Vivir fue, desde entonces, algo más fácil. Inés ya no pasaba las noches con el cuaderno buscando cómo apañar el presupuesto para comprarle algo a Sofía. Aparecieron los primeros vaqueros, unas zapatillas modernas y demás. Sofía descartó su idea de dejar el instituto y ponerse a trabajar, y decidió ir a la universidad. Sus padres la apoyaron. Tras dos años estudiando sin parar, olvidándose de fiestas y amigas, aprobó todos los exámenes y entró en la facultad. Ahora sí, podía relajarse, pero Sofía decidió lo contrario: primero los estudios, luego un buen trabajo, y ya después lo demás. Y también lo consiguió. Se graduó con matrícula de honor, su padre la ayudó a entrar en una buena empresa, gracias a los contactos que ahora tenía. Era como si por fin todo estuviera realizado; sólo quedaba pensar en ella, quizás en formar una familia. Pero Sofía eligió, una vez más, otro camino. ¡Carrera profesional! Jamás volvería a preguntarse qué ponerse o dónde vivir También logró eso. Sus padres no podían estar más orgullosos. Inteligente, autónoma, con piso y coche comprado por ella misma. Viajaba fuera de España. Sólo que estaba sola.

A ella no le preocupaba. Nunca fue una niña sumisa y pretendientes no le faltaban. Simplemente no tenía prisa por establecer una relación seria. ¿Por qué? Siendo joven, aún tenía mucho por vivir. Y cuando llegara el momento de tener hijos, ya se ocuparía de eso.

Su primera relación seria llegó recién a los treinta y cinco. Víctor, su compañero durante años en la oficina, era atractivo y muy inteligente: justo lo que Sofía más valoraba en un hombre. «La Reina de Hielo» la llamaban sus compañeros, y él nunca se atrevía a declararse hasta que, en una cena de empresa, Sofía, algo alegre por el vino, apoyó la cabeza en su hombro.

Cásate conmigo. Somos exitosos, ya va siendo hora de formar una familia. Me gustas desde hace mucho Más que gustar, te quiero, Sofía.

Ella se rió bajo:

Víctor, vaya tonterías Tenemos toda la vida por delante. Ya llegará.

Pero a la mañana siguiente, mirándole a los ojos, sorprendió a ambos diciendo:

De acuerdo.

La boda fue una fiesta. Inés, emocionada hasta las lágrimas, pensó que nunca vería nietos. Pasaron tres años en los que Sofía comprendió que sus éxitos no eran nada comparado con lo que había recibido al fin, tras haber pospuesto siempre lo más importante.

Se acabó, mamá. Ya no hay futuro para mí Sofía temblaba sosteniendo los papeles del diagnóstico. He sido tan tonta

Es sólo una clínica, cariño. La medicina avanza. Todo puede cambiar.

¿Cuándo? las hojas cayeron al suelo, desparramándose por el salón.

Allí nada había cambiado desde su infancia. Sus padres se negaban a aceptar dinero para reformas, a pesar de que su padre ya estaba jubilado y enfermo, y su madre apenas salía de casa. Sofía hacía lo que podía sin atender a sus negativas: llenaba su nevera, restauraba los muebles antiguos. La única reforma, diez años atrás, empezaba a necesitar una nueva mano de pintura. Fijando la mirada en la pared, pensaba en lo extraños que son los pensamientos cuando la vida, tan difícil de construir, se viene abajo…

Mamá, ¿no lo ves? El tiempo es justo lo que me falta

Permanecieron horas así, juntas, sin notar el anochecer ni el sonido del teléfono. Sofía lloraba, callaba, ajena ya a debates inútiles. Al rato, levantando la cabeza hacia el rostro de su madre, murmuró:

Gracias, mamá

¿Por qué, Sofía?

Por escuchar. No tengo a quién más acudir. ¿A quién voy a importarle ahora?

¡Pero qué dices! Inés acercó su mano a la boca de su hija. ¡Nos importas a papá y a mí! ¡Y a Víctor!

A Víctor, ya no.

¿Por qué, Sofía?

Porque es mi problema, no el suyo. Él tampoco tiene tiempo. Quizás aún pueda tener hijos.

Sofía la abrazó rápido y se marchó, ignorando las palabras de su madre.

No te preocupes, mamá, saldré adelante dijo, lanzando un beso. Inés se derrumbó en la silla del pasillo. ¿Por qué a mi niña, Dios mío?

No quería volver a casa, así que bajó caminando hasta la ribera del Manzanares. Era ya otoño, hacía frío y apenas había gente: un par de paseantes con perro, una pareja mayor refugiada bajo los abrigos, cruzándose murmullos rápidos. Mirando aquel futuro posible que no sería, Sofía rompió a llorar. Había soñado con llegar a vieja abrazada a alguien, entendiendo todo con la mirada, compartiéndolo todo Y ahora, nada de eso iba a ser. Al final, había amado durante todo ese tiempo a Víctor, posponiendo admitir lo obvio pero ya no importaba, porque, cuando se quiere, hay que pensar en el otro.

El reflejo oscuro del río le trajo recuerdos de paseos de su infancia, cuando el único lujo era un helado, sin importar el frío. Nunca se enfermó por culpa de la golosina. Con sus hijos, eso no pasaría.

Sacudió la cabeza y se apartó de aquellos pensamientos. ¡Basta de compadecerse! Había que seguir adelante, encontrar una razón, una cosa que le diera fuerza para vivir. Sus logros ahora no significaban nada, y ni carrera ni éxitos compensaban esa pérdida. Había que buscar algo más aunque aún no sabía qué. Pero tenía pendiente un asunto importante: el tiempo, el suyo y el de Víctor.

Regresando al coche, se topó con un grupo de adolescentes alrededor de su vehículo. Miró cautelosa a los lados. Vacío. Si pasaba algo, nadie la defendería. Pero entonces sintió, de pronto, una extraña mezcla de furia y total indiferencia. ¿Qué más daba ya?

Se acercó.

¿Pero qué hacéis aquí?

Los chicos, de dieciséis años, se giraron todos a la vez.

¿Este coche es suyo?

Sí.

¡Debajo del capó! Hay que abrirlo, sacar algo dijeron todos a la vez. Y Sofía comprendió que no era un asalto.

Esperad, no entiendo. Hablad de uno en uno. ¿Qué hay debajo del capó?

El más bajito, que parecía el líder, se adelantó.

Un gatito. Lo vimos meterse y después desapareció entre las ruedas o más arriba. Hay que sacarlo, o se hará daño.

Sofía arqueó las cejas.

¿Estás seguro?

Sí. Ahora, con el frío, buscan el calor del motor.

Sofía abrió el coche. Y, con ayuda de los chicos, sacaron al fin a un pequeño gato negro que se revolvía y arañaba.

¡Maldición, qué bicho! rió el líder, pasando el gatito a Sofía. ¡Tenga!

¿A mí? Yo nunca he tenido gatos

Aprenderá. ¡Sólo dele de comer!

Los chicos se alejaron, pero Sofía, recordando algo, los detuvo:

¡Esperad! rebuscó en el bolso, les dio un billete de veinte euros. Como dice mi madre, no se puede ayudar a un animal sin darle algo por el camino

¡Gracias! tomaron el dinero y se despidieron, felices.

Sofía subió al coche, el gatito en su regazo, amasando con las patas su abrigo claro.

¿Y qué hago yo contigo?

El animal se acomodó y ronroneó, indiferente a todo.

Ya lo entiendo… Aquí estoy yo, mayor, y con un gato. Todo como debe ser arrancó el coche. A casa.

Dejó la conversación con Víctor para mañana. Toda la noche la pasó bañando y alimentando al gatito.

¿Dónde has pillado tantas pulgas? ¡Madre mía, eres un desastre! ¿Quién me manda a mí meterme en esto? fregaba en el baño mientras Víctor, con una toalla, la observaba.

Qué curioso

¿Qué?

Los gatos huyen del agua y este ni protesta.

Y encima ronronea, ¿no lo oyes? Es un motorcito.

Salió con el gato mojado, lo envolvió en la toalla.

¡Ya está! ¡A comer!

Por la noche, el gato durmiendo al lado, Víctor se atrevió a preguntar:

¿Y qué? ¿Qué pasó?

Sofía suspiró.

Nos vamos a divorciar, Víctor.

¡Vaya noticia! ¿Por qué?

Porque no tendré hijos. Es sólo culpa mía. Tú aún tienes tiempo, puedes ser padre, encontrar a otra persona.

Víctor la miró como si la viera por primera vez.

¿Tan fácil? ¿Crees que soy un robot, que saldré a encontrar a cualquiera? ¡Sofía, por Dios! ¿No se te ha ocurrido que te quiero a ti, y no a una imaginaria? Quizá para ti los hijos son lo esencial, pero para mí lo importante eres tú. Y parece que eso tampoco te importa. Ya todo lo has decidido.

Se levantó, cogió al gato medio dormido, y se marchó al despacho.

Hoy dormiré allí. Buenas noches.

Sofía asintió en silencio y, cuando él salió, soltó un sollozo. Así estaba bien. Pero no podía apartar la duda: ¿y si en un par de años se arrepentía él?

Toda la noche le dio vueltas. Pensó en su vida con Víctor, en todas las opciones, y concluyó que su decisión era la única correcta. Un momento de generosidad no compensa años de pesar. Y Víctor jamás se lo reprocharía. Simplemente, era buena persona.

Se quedó dormida de madrugada, encogida, sin oír a Víctor salir para trabajar, ni alimentar al gato. Despertó al mediodía en el sillón, tapada con una manta; sobre la mesa, una nota: «Vuelvo por la noche, tenemos que hablar. No creas que te vas a librar de mí. Te quiero».

El gato la miraba con grandes ojos verdes.

¿Qué? Sofía se levantó, dolorida. Necesito un café. ¿Tú quieres?

Por primera vez en días, la sonrisa, mínima, cruzó su rostro viendo cómo el gato corría hacia la cocina.

Qué rápido aprendes

Mientras preparaba el café, se dio cuenta de que se sentía más ligera que el día anterior. ¿Gracias a la nota, al paso del tiempo? No lo sabía, sólo sentía que todo era un poco menos doloroso. No tenía aún esperanza, pero algo flotaba en el ambiente: había que seguir

Llamó al trabajo para pedir el día por enfermedad. Se apuntó a una peluquería y, tras prepararse, salió.

Madrid, bajo la lluvia, parecía flotar. Los coches chapoteaban y el aguacero no aflojaba. Mojándose entera al llegar al coche sin paraguas, Sofía se obligó a no volver a casa. Había que moverse, hacer algo, cualquier cosa antes que pensar.

Esperando su turno en el salón, hojeaba un cualquier revista: artículos de maternidad, anuncios Sofía sonrió, amarga, viendo justo aquella portada en medio de la pila. ¿Cómo habría llegado ese número allí? Pasó páginas hasta que se fijó en una foto: unos ojos verdes como nenúfares mirándola desde la imagen. El niño tendría cuatro años y Sofía sintió, de forma inexplicable, que lo conocía de siempre. Algo la inquietaba, como una idea que no lograba atrapar. Leyó el pie de foto.

Al poco, la estilista buscó entre las clientas a Sofía, pero había desaparecido. Y también le faltaba la revista.

Víctor ni preguntó cuando su esposa entró hecha un huracán. No recordaba haberla visto así de alterada.

¡Mira! le puso la revista delante y señaló la foto.

¿Quién es este, Sofía?

No sé, sólo sale el nombre y edad. Pero, fíjate bien.

Agarrándole los hombros, lo plantó frente a la cristalera de la oficina, dándole la revista abierta.

¿No te recuerda a nadie?

Víctor comparó con el espejo, y se estremeció. Era él mismo, de niño.

Impresionante, ¿verdad? Sofía temblaba esperando su respuesta.

La palabra es poco leyó de nuevo el pie de foto. ¿Estás segura?

No. No estoy segura de nada. Es una revista vieja, quizá ya lo han adoptado sólo sé que lo que veo es imposible. Y ya no quiero, nunca más, aplazar nada.

A Samuel lo adoptaron del centro infantil medio año después. Dos años más tarde, de otro reportaje, sacaron una foto de una niña que rápidamente se convirtió en la hija de Sofía. Marina tenía año y medio. Sofía era todo para ella, nunca conoció otra madre. Y cinco años después, cuando síntomas raros la hicieron pensar en la menopausia, el médico la desconcertó con un: «¡Felicidades, va a ser madre!»

Julia nació en fecha, sorprendiendo a toda la amplia familia. Inés alcanzó a conocer a su nieta antes de irse, un año después. La enfermedad acabó con ella, pero siguió luchando para pasar todo el tiempo posible con sus nietos.

Sois mi alegría, en vosotros está mi vida

Tras su marcha, recogiendo cosas en el piso de los padres para preparar a su padre para la mudanza, Sofía encontró una caja en el fondo del armario. Al abrirla, rompió a llorar al descubrir las viejas botas de su madre. Las apretó contra sí, dejando salir el dolor retenido. Se había mantenido firme en el hospital, en el funeral. Ahora, por fin, afloraban las lágrimas.

¡Mamá! ¿Qué pasa? Samuel corrió hacia ella, alarmado.

Sofía, abrazando las botas, lloraba al comprender que, con las lágrimas, el peso se iba despidiendo.

¿Por qué lloras, mamá? Marina se agachó frente a ella, intentó mirarla a la cara y, al no poder, la rodeó con los bracitos y lloró también.

Julia, sin pensárselo, unió su llanto. Víctor, llegando desde la cocina, cruzó una mirada con Samuel y puso fin a aquel desconsuelo.

¡Quietos todos! Sofía, ¿qué pasa?

Las niñas callaron y se giraron al padre. Ya no había motivo para preocuparse. Mamá dejaría de llorar.

Ay, Víctor ¡Era de ella! Fíjate, lo guardaba desde hace años

En el armario, lo demás seguía en su sitio: el ajuar reservado para Sofía, que nunca quiso llevárselo tras casarse por no encajar con el piso moderno. Ahora veía toallas y sábanas cuidadosamente almacenadas, con saquitos de lavanda entre el lino. Hasta juegos comprados por Inés para sí que nunca usó. Los encajes amarilleaban, el bordado era menos vivo.

Víctor, ¿ves? Las cosas quedan incluso cuando las personas se van ¿Por qué lo posponemos todo? ¿Por qué no disfrutamos aquí y ahora y esperamos ese momento? ¡Que igual nunca llega! No es justo.

Víctor la abrazó, mudando. No había nada que añadir.

Julia, a su lado, la abrazó de la pierna, levantando unos ojos verdes como los de su padre y hermano:

¡Mamá!

Sofía se detuvo, apenas creyendo lo que oía. Víctor sonrió y asintió; Sofía cayó de rodillas.

¿Cómo?

¡Mamá! Julia se lanzó sobre ella, abrazándola. ¡Mamá!

Samuel y Marina aplaudieron con ganas.

¡Al fin lo ha dicho! Samuel guiñó a su padre. Te toca, papá.

Eso significa que toca zoológico.

¿Cuándo? Marina saltaba. ¿El fin de semana?

¿Por qué esperar al fin de semana? Sofía besó la nariz respingona de su hija. No hay que dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. ¡Vamos!

Echó un vistazo a las cosas esparcidas en el suelo. Eso sí podía esperar. Ahora lo tenía claro.

Conduciendo, escuchaba las risas de los niños en el asiento trasero y pensaba que aún no sabía cómo lograr niños plenamente felices. Tal vez nadie lo supiera pero intentaría enseñarles esta lección: no hay que posponer la vida. Porque ese luego es muy caprichoso. Cuando parece cerca, puede perderse para siempre.

¿Y helado?

¿Ahora mismo? Samuel se sorprendió. Mamá, si ni hemos comido

Ya comeremos. ¿Qué decís?

¡Sí! aplaudieron y Víctor sonrió.

¿Nos das muchos caprichos, mamá?

¡Cómo no, papá! ¿Cuándo, si no es ahora?

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