Vera regresaba apresurada a casa con las bolsas de la compra, pensando en la cena, en dar de comer a…

Elena caminaba a buen paso hacia casa con las manos llenas de bolsas del Mercadona.

La cabeza le iba a mil: tenía que preparar la cena, dar de comer a los chavales y, con el pequeño, ponerse con los deberes, porque ese niño ni aunque le pagues te hace los ejercicios solo.

Desde lejos, Elena vio una ambulancia frente al portal. Le dio un respingo al corazón y aceleró casi sin darse cuenta. Su marido, Ignacio, tenía una salud frágil ¿Sería él? ¿Estaría tan mal como para que tuvieran que llamar a urgencias?

¿Va usted al piso quince? preguntó al conductor, con la voz medio temblorosa.

No, al catorce. A una señora mayor que se ha puesto malita le contestó el hombre.

A Elena se le quitó un peso de encima. Nada que ver con ellos. Seguramente era para doña Carmen López, la vecina. También era una faena; la pobre abuela vivía sola y ya peinaba los ochenta.

Con lo de la gata de Carmen Si se la llevan al hospital, ¿quién cuida a la pobre Minina?, pensó Elena subiendo por la escalera.

Frente a la puerta de la vecina había un trajín del demonio: puerta abierta de par en par, camilla en medio, e Ignacio ayudando al técnico a llevar a la señora hacia el ascensor.

Ahora viene el conductor a echarnos una mano, entre todos podemos decía el técnico.

Carmen, al ver a Elena, se animó un poco:

Elenita, que me llevan al hospital. Te dejo las llaves de mi piso, ¿le puedes echar un ojo a Minina? El pienso está en la cocina, el arenero ya se lo he cambiado; no te dé cosa, sólo hace falta cambiarlo una vez al día. Espero volver a casa para Nochevieja le dejó las llaves en la palma de la mano.

Claro que sí, no se preocupe, que yo vigilo a su gata. ¡Y a reponerse pronto! dijo Elena, poniendo su mano sobre la de la señora.

No se mueva, por favor, que tiene que estar tranquila le reprendió el técnico. Y mira, ya viene el conductor, pues venga, ¡todos a una!

Un momento interrumpió Carmen. Elenita, te pido otra cosa más. En la mesita de la entrada tengo un papel con un número de teléfono. Si las cosas se me tuercen, llama ahí. Es mi hija, Lucía. Hace mil años que no hablamos cosas de familia.

Elena la tranquilizó y, cuando a Carmen se la llevaron finalmente, cogió el papelito, comprobó que Minina estaba bien (la gata ni se dignó mirarla) y cerró el piso.

¿Te lo puedes creer? Toda la vida a dos puertas y yo sin saber que Carmen tenía hija le decía luego a Ignacio, cuando regresó.

Nunca he visto a nadie en su casa, ni para un café respondió él. Por cierto, ¿cenamos hoy o ayuno intermitente?

Elena resopló y se puso manos a la obra. Al acabar con el rancho doméstico y acostar a los chavales, se acordó del papelito. Lo miró un rato, reflexiva. Ya era tarde: mejor ni llamar, que a esas horas ni los políticos contestan. Además, con la suerte que tenía, la pobre Lucía no podría ni entrar al hospital ahora.

Al día siguiente, pasándose por el piso de Carmen para visitar a Minina (que pareció verle cara de abrelatas humana y, por una vez, se dignó a ronronear), Elena decidió animarse.

Respiró hondo y marcó el número.

¿Sí? respondió una voz de mujer.

Perdona tú no me conoces, soy la vecina de tu madre. Se ha puesto malita y la ambulancia se la llevó ayer al hospital. A lo mejor deberías ir a verla

No tengo nada que ver con esa señora contestó una Lucía glaciar. Esa mujer para mí ya no es mi madre desde hace años.

Pero bueno, ¿estamos locos? saltó Elena. Lo que haya pasado entre vosotras da igual, ¿no ves que puede que Carmen no vuelva a casa? ¿Tanto le guardas rencor que ni te asomas?

Mira, eso a ti no te incumbe colgó Lucía, más fría que un gazpacho en agosto.

Eres de piedra Si yo pudiera ver a mi madre cinco minutos, daba media vida. Cuando falte, lo sentirás. Yo cuidé a la mía seis años en cama, a veces pensaba que no podía más pero ahora, solo pienso que ojalá hubiera durado diez más.

Elena colgó furiosa, mirando a Minina.

Mira, Minina, como tu dueña no remonte, me veo llevándote a casa. Y a ver cómo te entiendes con Copito. Por cierto, llamé al hospital y nada, sigue igual que al principio la pobre Carmen

Llegó el fin de año. Ignacio y Elena volvían del Alcampo cargados de bolsas; Ignacio, con un pino que parecía recién traído de Galicia.

¡Por favor, sujeta la puerta! Elena corrió al portal mientras dos mujeres coincidían en la entrada. ¡Venga, Ignacio, que no tenemos todo el siglo!

De pronto, Elena echó un vistazo a las dos mujeres y se quedó petrificada.

¡Pero ¿Carmen?! exclamó. ¿La han dado de alta?

¡Sí, hija! Me puse mejor y he venido a tiempo pa’l turrón. Y mira, te presento a Lucía, mi hija los ojos de Carmen se iluminaron de alegría.

Ya nos conocemos aunque sólo por teléfono rió Lucía, guiñándole el ojo a Elena.

Subieron todo el grupo en corrillo, Lucía del brazo de Carmen. De pronto, Lucía se volvió hacia Elena y le susurró:

Gracias por mirar por mí Si no te importa, luego me paso a tomar un café.

Faltaría más asintió Elena, todavía sorprendida.

Media hora después, Lucía estaba en la puerta con una tarta de chocolate. Se sentaron a tomar un café y Lucía confesó:

Mi madre y yo dejamos de hablarnos hace diez años, ni me acuerdo por qué fue. Ella era profe antes de jubilarse y siempre me estaba corrigiendo imagínate que un día me cansé y salté. Nos enfadamos de verdad. Todo el primer año, ni un mensaje las dos somos muy cabezotas. Luego, solo felicitaciones de Navidad, y a veces ni eso.

Hasta le dije que prefería que desapareciese antes que oír una crítica más.

Cuando tú, Elena, me llamaste, al principio me quedé tan ancha. Pero cuando me soltaste lo de tu madre, me entró un escalofrío. ¿Y si de verdad se iba y me quedaba sola en el mundo, sin poder ni despedirme? Me tiré dos días dándole vueltas Al final, me quité la tontería y fui a verla al hospital.

Y ni te imaginas Lucía sonreía, los ojos empañados, desde que fui, mi madre mejoró a toda pastilla. Prometo que no la dejo sola nunca más.

Se despidió de la pareja y se fue a casa con su madre.

¿Y tú qué le dijiste a la muchacha? preguntó Ignacio, curioseando.

Nada, solo la verdad la verdad es lo único que nos hace espabilar Elena suspiró. Por cierto, corazón, no se te ocurra no llamar hoy a tu madre. O mejor: ¿por qué no celebramos el fin de año con ella? Si ahora solo nos queda una madre entre los dosIgnacio la miró con una mezcla de asombro y complicidad, y, después de un segundo, sonrió de esa manera suya, entre resignada y agradecida.

Pues ahora mismo la llamo. Pero ve ensayando la receta de tu tarta de manzana, porque si le digo que viene tu café de por medio, no va a decir que no.

Elena rió, aliviada, mientras desde el pasillo llegaba el maullido lastimero de Copito. Pensó que, al final, todos necesitaban un poco de calor compartido: vecinos, hijas distanciadas, incluso gatos ariscos.

Esa Nochevieja, la casa se llenó de voces y de risas, de brindis tímidos y promesas renovadas. Carmen y Lucía contaban historias del pasado entre gestos reconciliados, Ignacio recitaba chistes malos, y Elena servía tarta mientras agradecía, en silencio, haber actuado cuando hizo falta.

Cuando dieron las doce, y todos se abrazaron, Elena supo que a veces la vida te regala segundas oportunidades de la forma más inesperada, en el descansillo de un portal cualquiera, tras un simple gesto o una llamada.

Brindaron juntos, entre uvas y fuegos artificiales, y Elena, con una sonrisa, deseó en voz baja que nunca faltaran ganas de volver a encontrarse. Porque mientras alguien cuide de ti aunque sea solo para echarle pienso a una gata, siempre habrá sitio para la esperanza.

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Vera regresaba apresurada a casa con las bolsas de la compra, pensando en la cena, en dar de comer a…