Lidita: Una historia entrañable entre la tradición y la familia española

LIDIA

Mira, te voy a contar una historia que me viene a la cabeza cada vez que pienso en la ropa vieja que guardo por nostalgia. Resulta que Justo García, un catedrático ya jubilado, estaba en su piso de Salamanca, mirando con indignación unos pantalones y una camisa vieja tirados en el sillón. ¿Pero cómo voy a salir así vestido? refunfuñaba. Los pantalones estaban arrugados, ni rastro de raya, relucían en el trasero y encima, tras haber perdido cinco kilos, le colgaban como saco. La camisa, ni hablemos. De azul cielo pasó a un gris desvaído, los puños deshilachados y el cuello hecho trizas ¡una vergüenza! Lidia, su mujer, jamás le habría dejado salir ni al supermercado con esa pinta, y él, fíjate, iba así a la facultad a dar clase al posgrado.

Nunca había prestado mucha atención a la ropa, pero siempre iba hecho un pincel, no un don nadie como ahora. Antes ni se enteraba de dónde salían las camisas, los trajes nuevos, las bufandas, las boinas Bastaba con meter la mano en el armario o avisar a Lidia de que, al día siguiente, tenía que ir apropiado.

Ay, Lidia, Lidia ¿qué se te pasó por la cabeza? Nunca habría esperado algo así de ella. Unos diez años más joven, siempre sana y alegre, y nada hacía presagiar lo que ocurrió. Se puso mala tres días y le dio una tos tonta. Ella era de infusiones y remedios caseros, pero como tenía que sacarse la cartilla sanitaria para el colegio antes del curso, acabó yendo al centro de salud con las compañeras.

Parecía un trámite inútil en aquel ambulatorio de barrio, pero de ahí, Lidia salió derechita al hospital, y en unos meses, se fue todo al traste, justo antes de fin de año. Justo lo asimiló con la cabeza, claro, pero le cogió una tirria terrible al centro de salud, como si lo hubiera matado la consulta misma, aunque fue justo allí donde se dieron cuenta de que algo iba mal. De crío que era, pensaba que todo empezó allí, así que la culpa, para ellos.

Se conocieron cuando él era doctorando y daba seminarios de análisis matemático a los de primero. Lidia era una de esas alumnas. Típico: a Justo siempre le atraían las chicas llamativas, risueñas, que fueran el alma de la fiesta. Pero Lidia era una chiquilla tímida, con los mofletes rojos por el frío, pecas en pleno febrero y unos deditos rechonchos con las uñas roídas y manchas de bolígrafo. Fue precisamente eso, las manos, lo que le conquistó.

Sin darse cuenta, se fue encariñando, empezó a acompañarla a casa, a pasar ratos con su abuela haciendo empanadillas. Y tras aquello, casarse fue casi una consecuencia natural. Durante sus cuarenta años juntos, Lidia engordó, se cortó las trenzas, empezó a fumar como un carretero y acabó de jefa de estudios del instituto, pero para Justo, siempre fue la niña de dulces manos y uñas mordidas, y nada más importaba.

No es que fueran una postal idílica, ¿eh? En cuarenta años, muchas cosas pasaron. Justo tuvo sus pecadillos, hasta un par de broncas gordas y ausencias del hogar. Y Lidia no se quedó atrás: tres años yendo a escondidas con el director de la fábrica que apadrinaba su colegio. Pero sus dos hijas las hicieron de anclaje y nunca se zarandeó del todo el barco familiar.

Al principio fueron años de aprietos, viviendo de prestado; luego, cuando las niñas eran pequeñas, la vida era una carrera de fondo entre conservatorio, academia de dibujo, colegio, patinaje y las mil y una enfermedades infantiles. Ahora, en cambio, con un piso enorme y las hijas independientes que sólo traen los nietos en contadas ocasiones podrían vivir tranquilos… Pero va Lidia y se marcha, y ni una nota le dejó con instrucciones.

Justo estuvo en shock tanto tiempo que, incluso en el funeral, se comportó como si estuviese en una celebración más que en algo luctuoso. Algunos lo notaron y pensaron que su pena no era gran cosa, que no necesitaba compasión. Qué equivocados La tristeza de verdad le llegó después, en primavera; entonces se vino abajo: delgado, apático, sin ganas de estar solo en casa.

Unirse con las hijas, imposible: una viajaba por el mundo con ecologistas rescatando delfines y observando aves migratorias; la otra, metida en su familia y el niño, no tenía espacio para el padre en sus rutinas. Así que Justo empezó a plantarse en las casas de los amigos.

Bueno, plantarse Llegaba a deshoras, comía de forma ansiosa y silenciosa, cabeceaba en el sillón, tomaba té y galletas dejando migas por todas partes y se quedaba sentado, sin hablar, hasta que era descarado seguir allí y regresaba a casa para repetir el ciclo al día siguiente.

En casa casi ni tocaba la cocina, y eso que durante cuarenta años había sido el chef doméstico, pero para uno solo, ni ganas. Por fuera, fue como si envejeciera de golpe. Los amigos le vieron tan desmejorado que decidieron buscarle nueva compañía cuanto antes.

Esa tarde, otra vez le tocaba ir al teatro con una tal Ana María. No esperaba nada de ello: ni siquiera con Lidia había ido mucho al teatro, y sólo lo hacía para hacerla feliz. A Justo el teatro le parecía artificial, aburrido y, muchas veces, insulso. Pero a Lidia le encantaba; después guardaba los programas cumplidamente y le narraba la obra una y otra vez. ¿Cómo iba a decirle que no?

Ahora, los amigos, convencidos de que necesitaba distracciones, le colocaban entradas una y otra vez, lanzándolo a funciones y eventos con señoras que apenas conocía. Y allí iba: caminando por la Gran Vía, con el frío calándole hasta los huesos, los zapatos domingueros apretados, la espalda protestando en la butaca durante tres horas, los perfumes ajenos mareándole, y en el descanso, convidando zumos y pasteles rancios a señoras mayores, deseando dar media vuelta, tirarse boca abajo en la almohada, esa que aún creía oler a Lidia Pero por no ofender a los amigos, aguantaba. Sabía, en el fondo, que no podía vivir solo, pero tampoco entendía para qué seguir así.

Ana María, para su sorpresa, resultó agradable y hasta resultona; unos quince años menos que él, pulida, chispeante y con conversación. Pensó que, de haberla conocido una década antes, hasta le habría hecho tilín. Ella, encima, se mostraba muy interesada en repetir la cita.

El espectáculo al menos fue corto, y cuando tocaba invitarla a un café porque el ambigú estaba imposible, Ana María le propuso algo mejor: vivía cerca, esa noche le había salido un guiso espectacular y un pastel, y estaría encantada de compartirlo. Todo demasiado preparado, sí, pero Justo tenía unas ganas locas de calor de hogar y aceptó encantado.

El piso, una monada, olía a canela y vainilla. Ella se cambió en un pispás a un chándal azul claro y, en la cocina, moviéndose ágil y simpática, le sirvió delicias caseras mientras charlaban relajados. Justo, por primera vez en mucho tiempo, pensó que allí podría respirar y dejar atrás el dolor y el pasado. Que quizás, una vida nueva no era tan impensable.

Al final, se fue tarde; quedaron al día siguiente para ver una exposición en el Museo de Colecciones Privadas, después comprarle algo de ropa decente y, el sábado, comer juntos en casa de Ana, con nieta incluida. Ella prefería salir al campo y enseñarle su casa en la sierra, pero la hija le pidió llevarse a la nieta unas horas, así que el plan campestre lo dejaron para el domingo.

El sábado, Justo se fue temprano a la peluquería, rejuveneció cinco años, y se puso una camisa de cuadros nueva y vaqueros blanditos que parecían importados de Texas. Flores para Ana y una tableta de chocolate para la nieta y, p’alante.

En el portal ya olía a pato asado y tarta recién horneada. Se sorprendió sonriendo y tarareando camino del ascensor, alegrándose con su propio reflejo en el espejo.

Ana le abrió la puerta como si llevase esperándole medio siglo, feliz, le sentó corriendo en la mesa. ¿Y la nieta? preguntó Justo. Ahora la llamo, que es más terca que una mula, no quería salir de la habitación.

Justo puso las flores en agua, descorchó el vino, abrió el zumo para la peque, cortó pan y se sentó. Ana apareció con una niña de grandes ojos limpios, mofletes rosados y unas cuantas pecas en la nariz. Lidia Se llamaba también Lidia. La niña le miraba desconfiada, mordiéndose el pulgar. Justo solo pensó: Como me dé un infarto aquí mismo, menuda gracia. Y salió un momento a tomar airePero el infarto no llegó. En su lugar, algo tembló dentro de él, como una rama que al fin se suelta tras el vendaval. La niña, al notar su silencio, fijó en él la mirada, seria como una jueza, y le preguntó:
¿Tienes miedo?
Justo parpadeó.
Un poco, sí No conozco mucho esto.
La niña se encogió de hombros.
Yo tampoco te conozco. Pero la abuela dice que nadie se conoce hasta que no se comparten unas croquetas.
Ana asomó la cabeza desde la cocina y rió bajito.
Ve poniendo la mesa, Lidiuca, que el pato huele que alimenta.
La niña bufó, pero obedeció. Al cruzar junto a Justo, le rozó una mano y cuando él la miró, ella le sonrió rápido, casi de costado, con los mismos hoyuelos que había conocido en otra vida.
Justo se levantó y ayudó a colocar los cubiertos, las servilletas dobladas en picos Recordó aquellas manos diminutas con manchas de tinta y uñas mordidas, los domingos de empanadillas, los inviernos de pecas y risas y, por primera vez, no le dolió.
Porque entendió, sentado a esa mesa nueva, que lo que Lidia le había dejado, sin nota ni instrucciones, era justo esto: el coraje sencillo de volver a empezar.
Y mientras Ana traía el pato y la niña abría la tableta de chocolate como un tesoro, Justo alzó su copa torpe, feliz, más ligero y pensó que quizá, solo quizá, aún le quedaban muchas cenas por compartir y muchas croquetas por descubrir.

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