¡Otra vez pelos! ¡Mira esta americana, Inés! Ayer mismo la recogí de la tintorería y hoy parece que he dormido en una protectora de animales. ¿Hasta cuándo tengo que aguantar esto?
La voz de Javier no suena simplemente molesta, lleva esa nota aguda, punzante, que le sale desde hace meses por cualquier cosa, grande o pequeña. Inés, que está dándole la vuelta a unas torrijas en la sartén, suspira hondo, apaga el fuego y se gira hacia su marido. Javier está en medio del pasillo, sosteniendo la chaqueta azul oscuro con los brazos estirados, mostrando un par de pelos blancos en la solapa.
Javi, ¿por qué gritas tanto? le responde tranquila, secándose las manos en el delantal. Te pedí que no dejes tus cosas en la silla del salón, sabes que León siempre duerme ahí. Si cuelgas la americana en el armario, no habrá pelos. Déjame, que te la dejo impecable.
Coge el rodillo quitapelusas que siempre está en la consola de la entrada, y le pasa un par de veces por la tela. La chaqueta queda nueva. Pero la cara de Javier no cambia, está tirante, airado, se quita la chaqueta como si Inés le hubiera hecho daño y resopla.
No es el armario, Inés. Es que en este piso no se puede respirar. Por todas partes andan tus bichos. No puedo sentarme en el sofá, ni poner un pie en la alfombra, ni descansar. Llego a casa a relajarme, no a esquivar cuencos, areneros y rascadores. ¡Has convertido nuestro hogar en un zoo!
Inés calla, sintiendo crecer el ya conocido nudo en la garganta. «Nuestro hogar», piensa con amargura. Ese piso grande, una tercera planta en un edificio antiguo de Madrid con techos altos, es suyo desde antes de conocer a Javier. Él llegó hace cinco años con una maleta y su portátil, justo cuando se casaron. Entonces, mientras salían juntos, a Javier no parecía molestarle su elegante gato europeo León, ni la tímida gatita tricolor, Vega. Hasta los acariciaba diciendo que le daban calidez a la casa.
Pero la luna de miel pasó, la rutina hizo su aparición y se acabaron las máscaras. Javier resultó ser un fanático del orden obsesivo y de la atención exclusiva.
Javier, sólo hay dos gatos le recuerda Inés, volviendo a la cocina a servirle el café. Y viven aquí desde antes que tú. Son parte de la familia.
¡Parte de la familia! bufa él, sentándose a la mesa. Son bichos, Inés. Parásitos que sólo comen y duermen. ¿Sabes cuánto cuesta su pienso? Me quedé mirando el ticket que dejaste: ¡treinta euros! Por comida seca de gatos. Pero luego me pides recortar en las vacaciones.
Es un pienso especial, sabes que León tiene problemas de riñón le sirve la taza. Lo pago yo con MI sueldo. No toco tu dinero.
¡El presupuesto es de los dos! grita Javier, golpeando la mesa. La cucharilla salta. Si gastas en esos animales, dejas de colaborar en la compra. Me toca a mí comprar carne y verdura. Es pura lógica.
Inés lo observa y ya no reconoce aquel caballero que recitaba poemas y la sorprendía con flores. Ahora sólo es un quejica mezquino. Sabe que en la oficina las cosas van mal han reestructurado su departamento y teme un despido, pero todo su malhumor se lo lleva ella y esos pobres animales.
Justo entonces, el gran León entra en la cocina, mimoso, restregándose en sus piernas. Javier da una patada al suelo.
¡Fuera! grita, asustando al gato que resbala sobre el suelo y engancha la pernera de Javier con las uñas, rompiéndole el pantalón de estreno.
Un silencio tenso inunda la casa. Javier mira el roto en su pantalón.
Esto era lo último sisea, más frío que nunca.
Se levanta de golpe, tira la silla.
Cinco años aguantando pelos, olores, carreras nocturnas pero que me destrocen mis cosas, ¡no! Se acabó, Inés, o ellos o yo.
Inés se queda parada, con las manos al pecho. León corre y se esconde bajo el sofá. Vega se asoma, inquieta, desde el alféizar.
¿Qué quieres decir? pregunta Inés, bajito.
Tienes hasta la noche. Cuando vuelva del trabajo, esos bichos no pueden seguir aquí. Llévatelos a tu madre, a la calle, a una protectora, ¡me da igual! Yo no vivo más así. ¡Exijo respeto!
¿Es en serio? ¿Un ultimátum? ¿Por unos pantalones?
¡No por los pantalones, sino por tu actitud! Los quieres más a ellos que a mí. Esta noche veremos.
Agarra su maletín y sale dando un portazo. Hasta el calendario se cae de la pared.
Inés se queda sola en la cocina, recogiendo el calendario. Se sienta y rompe a llorar, de impotencia más que de pena. ¿Cómo puede querer que abandone a sus gatos? León tiene doce años, necesita medicación. Vega se muere de miedo si alguien la mira raro. No durarían ni una noche fuera.
León asoma desde el salón, se acerca y le pone las patitas en las rodillas, ronroneando fuerte. Inés le abraza.
No voy a dejaros, tranquilos susurra.
Pasa el día como en una niebla. Pide la tarde libre, dice que no se encuentra bien. Repasa mentalmente las cosas: recuerda cuando Javier empujó a Vega en la oscuridad, cuando prohibió que durmieran en el dormitorio y los gatos arañaban la puerta, confusos. Recuerda sus constantes reproches del dinero, cuando Inés siempre ha pagado su parte y el piso es suyo.
Por la tarde, la niebla se disipa y llega una claridad dura: ese ultimátum es la última señal. Alguien capaz de ponerte entre la espada y la pared eligiendo entre el amor y la responsabilidad, no merece ni lo uno ni lo otro. Hoy son los gatos, mañana será su madre mayor, pasado quién sabe.
Mira el reloj. Son las cuatro. Tiene tiempo.
Entra al dormitorio y saca la gran maleta de ruedas de encima del armario. Empieza a meter cuidadosamente sus trajes, camisas, calcetines. Recoge también lo suyo del baño, todo metódico pero en paz.
Por un momento duda: ¿debería intentarlo más, hablar, buscar compromiso? Pero recuerda la frialdad de esta mañana, las palabras hirientes. Con el egoísmo no se dialoga.
A las seis, en el pasillo esperan dos maletas y una bolsa de deporte. La casa parece más amplia, pero extraña, como si hubieran arrancado una pieza mala de su interior.
Prepara una infusión de menta, les pone pienso a los gatos y se sienta a esperar, con León tumbado a sus pies y Vega en el reposabrazos.
A las siete y cuarto, oye la llave. Javier entra, resoplando del esfuerzo porque el ascensor seguro que está roto.
¿Qué? grita desde la entrada, prepotente. ¿Ya los has largado? ¿O los llevo yo?
Cruza el salón de malos modos. Se para en seco. Inés sigue sentada, tranquila. León ni se inmuta.
No entiendo… farfulla Javier, enfureciéndose. ¡Te lo avisé! ¿Quieres jugar conmigo?
No juego, Javier. Ya he elegido.
¿Dónde está mi maleta? ¿Por qué siguen aquí?
Porque esta es su casa. Tu sitio está en el pasillo.
Javier, confuso, va al recibidor. Tropieza con la maleta.
¿¡Esto qué es!? grita, ya sin seguridad.
He empaquetado tus cosas. No es por los gatos, sino por el chantaje. Un hombre que ama no amenaza ni busca someter a quien quiere. Buscabas humillar, dominar. Eso no es amor, es debilidad.
¡Estás loca! berrea. Una mujer de más de cuarenta años, ¿quién te va a querer ahora con dos gatos? ¡Yo te he soportado! ¡Volverás a rogarme! ¡Te vas a quedar sola y amargada!
El piso es mío, tengo trabajo, mi sueldo, no tengo que limpiar ni estar pendiente de las manías de un adulto. Ahora, por fin, descanso.
¡Vaya! intenta arrimarse, pero León se eriza, le bufa con un gruñido feroz y Javier recula, sobresaltado.
¡Quédate con tus bichos! ¡Me buscaré a alguien normal! escupe, soltando un portazo.
¿Mi portátil? grita desde el pasillo.
En la bolsa, bolsillo delantero responde ella, tranquila.
¿Y mis papeles?
Arriba de todo, junto a tu tazón favorito. No se me olvida nada.
Esa calma la desconcierta más. Si Inés llorase o gritase, Javier tendría el control. Su frialdad le desmonta.
Chasca la puerta y arrastra la maleta escaleras abajo.
Inés se queda inmóvil, esperando sentir miedo o lamento, pero sólo nota alivio, un calorcito dulce, como soltar una carga de espaldas.
León se le arrima, ella lo acaricia.
¿Ves, mi guardaespaldas? dice sonriendo. Hemos echado al mal rollo.
Vega se atreve a subirle al regazo, hecha una bola dulce.
Al cabo de una hora su móvil vibra. Javier, lee en la pantalla. Hace una mueca, lo bloquea, cambia el nombre a “Javier Ex” y al rato borra el número.
Entra en la cocina, descorcha una botella de vino que quedaba de Navidad y se prepara una tostada de queso. Por primera vez, siente calma genuina. Sabe que mañana Javier intentará llamar, exigir papeles o lo que sea pero ya no importa.
Ahora, por fin, está en casa. Puede dejar la americana en la silla, soltar migas en el suelo, vivir tranquila.
Vuelven a llamar. Siente un poco de miedo, pero por el timbre corto y cálido reconoce a Carmen, la vecina.
Inés, cariño dice con su acento dulce, con una bandeja bajo el brazo. Te he traído una empanada, la acabo de sacar del horno. He oído jaleo antes, ¿se va Javier de viaje?
No, Carmen, no a un viaje. Se ha ido. Definitivamente. ¿Quiere pasar a tomar un té? Ahora me sobra tiempo y la casa está en paz.
El resto de la tarde pasan charlando. Comen empanada, los gatos ronronean felices y, por primera vez en años, Inés se siente plena. Entiende al fin que estar sola no es tener gatos por compañía, sino vivir con alguien que cada día te hace traicionarte para buscar su aprobación.
Ah, y al día siguiente, lleva a Vega y León al peluquero felino del barrio. Se merecen estar guapos. Al fin y al cabo, fueron ellos los que la ayudaron a deshacerse de la verdadera basura de su vida.







