Pacto de amor

Contrato de amor

Águeda está sentada ante una gran mesa desbordada de revistas nupciales. Las páginas pasan fugaces bajo sus dedos mientras hojea, absorta, cada imagen. Sus ojos se iluminan ante los detalles exquisitos: aplicaciones de encaje, bordados delicados, velos etéreos. Se detiene en las fotos de vestidos blancos, imaginándose a sí misma dentro de ellos. Una calidez anticipatoria le brota en el pecho: se visualiza avanzando por el pasillo hacia su futuro esposo, con todas las miradas fijas en ella, la emoción temblando en el aire familiar

Precioso murmura, admirando un modelo especialmente vistoso con falda voluminosa y finos tirantes. El vestido parece un sueño: ligero, vaporoso, el satén reluciendo bajo las luces del estudio.

Pero su sonrisa se desvanece de golpe. Águeda suspira, aparta la revista y se levanta lenta de la silla. Se aproxima al alto espejo con marco labrado, observando su reflejo con atención. Se gira de lado, inclina la cabeza, intentando evaluarse objetivamente. Las imágenes de la revista y la realidad no siempre coinciden.

Lástima que no me sentaría así afirma con más firmeza, resignada. Esta silueta no es para mí.

Se da una vuelta más ante el espejo, visualizando cómo quedaría el vestido abullonado, el corsé, las capas de tela. Se imagina la escena y frunce el ceño, insatisfecha.

Mejor algo más sencillo razona en voz alta, como consultando a un invisible confidente. Fuera volantes y faldas hinchadas, parecería gigante. Pero tampoco quiero lo común… ¡No me caso todos los días!

Se pasa la mano por el cabello, notando un leve pánico crecerle en el pecho. Tantas opciones, tantas ideas bonitas, y ninguna encaja del todo. Repasa las revistas desperdigadas por la mesa, aferrándose a la esperanza de que la próxima página le dé la inspiración definitiva. Pero solo siente más cansancio y confusión.

Necesito consejo, y lo necesito ya masculla sentándose en el borde de la silla. O acabaré volviéndome loca con tanta preparación.

Un portazo irrumpe en la calma de la casa, sobresaltando a Águeda. Levanta los ojos de los bocetos y fotos sobre la mesa, el corazón encogiéndosele un segundo. ¿Quién puede ser a estas horas…? Solo dos personas tienen llave: su padre y Mauro, su prometido. Pero ambos deberían estar ausentes hoy su padre en una reunión clave, Mauro en una jornada laboral que ya le había anticipado por la mañana.

Águeda se queda inmóvil, aguzando el oído. Escenarios de alarma recorren su mente como relámpagos: ¿y si alguien intenta entrar a robar? Un escalofrío le recorre la espalda. Normalmente a esta hora estaría en su salón de belleza y la casa vacía.

Se levanta silenciosa, avanzando sin hacer ruido hacia la escalera que lleva a la planta baja. Desde el salón, tiene una vista perfecta de la entrada y la puerta principal: un lugar ideal para observar sin ser vista. Se asoma con cautela, apoyándose en la pared.

El nudo de tensión se deshace al instante. Mauro está en el recibidor, su silueta inconfundible, quitándose los zapatos y dejándolos junto al mueble mientras tararea despreocupado.

¿Mauro? susurra Águeda, extrañada. ¿Qué hace aquí? Se suponía que estaría en la reunión

Le observa, tratando de adivinar el porqué de su presencia. ¿Será una sorpresa? ¿O con quién habla ahora?

Cariño, espera un poco más la voz de Mauro suena bajita, insólitamente dulce. Águeda se queda helada. Jamás le ha escuchado ese tono. Muy pronto habré cumplido mi parte del trato y estaremos juntos.

Un frío le invade el pecho. Águeda aprieta las manos hasta clavarse las uñas, intentando no hacer ruido. ¿Trato? ¿Quién es esa a la que llama cariño?

¿Cuánto más? Solo medio año continúa Mauro con un deje profesional y distante. Sí, en un mes la boda, después unos cuantos meses de feliz vida conyugal al llegar aquí su voz titubea, con un matiz de desprecio, como si le costara decirlo.

Águeda cierra los ojos, digiriendo el golpe. Su boda ¿apenas una parte de algún acuerdo?

Lo que haga don Jacinto después me importa bien poco Mauro habla ahora con más seguridad, casi disfrutando de librarse de una carga. Recogeré todo y me marcharé en cuanto caiga la última parte del dinero en mi cuenta.

Las palabras son una bofetada. Águeda retrocede, aferrada al marco de una puerta. Solo puede pensar: Mentía. Todo este tiempo, mentía

Avanza, tambaleante, con la mente arremolinada. Un vínculo brutal comienza a encajar: su padre, un contrato, una recompensa, el plan de medio año Un rompecabezas horroroso toma forma y dan ganas de gritar, pero la voz se le queda atragantada.

Sin embargo, pese a todo, decide quedarse quieta y escuchar. Tal vez aún oiga algo más, algo que aclare la situación

Mauro se acomoda en el sillón, cruza las piernas y prosigue la charla, sin saber que Águeda está tras la esquina, oyendo cada palabra: convencido de estar solo, sin cuidar ni siquiera su lenguaje.

¿De qué te preocupas? dice, moviendo la cabeza. Sabes que a quien de verdad quiero es a ti. Si hago todo esto es por ti. ¿No quieres un piso grande en el centro? ¿Ropa cara? ¿Joyería? Hace una pausa, esperando respuesta, y suelta una pequeña risa. ¿Ves? ¿Cuándo habría podido ganar semejante dinero siendo solo ayudante? Medio año. Y seremos libres, lo prometo.

No, estaréis juntos mucho antes anuncia Águeda, bajando la escalera paso a paso, venciendo una barrera invisible. Le flaquean las piernas, pero se mantiene firme.

Mauro se vuelve bruscamente al oír su voz. De golpe se borra la sonrisa, los ojos se le agrandan de miedo. Se le cae el móvil al suelo, con un golpe sordo.

¿Aguedita? su voz es entrecortada, mezcla de desconcierto y temor. ¿Qué dices, amor?

Él avanza hacia ella, estirando una mano, como si pretendiera tranquilizarla, igual que tantas otras veces. Pero Águeda se aparta, la cabeza alta, la mirada acerada y distante, vacía de ternura y confianza.

¿Aguedita? repite ella, apenas en un suspiro cargado de dolor contenido. ¿De verdad crees que soy sorda? ¿Piensas que no he escuchado nada?

Está delante de Mauro, aunque todo dentro de ella tiembla. Le busca los ojos busca siquiera un mínimo reflejo de arrepentimiento, pero solo encuentra desconcierto y urgencia por improvisar una excusa.

¿Quién es esa tal Cariño? ¿No será la que decías que era tu prima? su voz es firme, con una tensión helada debajo.

Mauro palidece. Automáticamente se agacha a recoger el móvil, aferrándose a él como si pudiera salvarle. Los pensamientos le van a mil: cómo salir del embrollo, cómo no perder la jugosa paga prometida.

Te confundes musita al fin, intentando sonar calmado. ¿Quién es esa Cariño? No sé de qué hablas.

Da un paso para sujetarle la mano, pero Águeda se retira drásticamente. Ese gesto decide su destino.

Sí que sabes responde ella con amarga sonrisa, llena de dolor, hasta tal punto que Mauro debe apartar los ojos. Lo he oído todo. Cómo le hablabas ¡Repugnante escucharlo!

Traga saliva para evitar el quiebro de la voz. No va a mostrar cuánto le hiere esa traición. Todos sus sueños y planes, todos los momentos bonitos, de repente no eran más que un decorado, una mala función en la que el papel de ingenua era suyo.

Mauro calla. Sabe que ya no puede negar lo evidente, que él mismo ha caído en su engaño; se confió, pensó que la casa estaría vacía. Tampoco se atreve a confesarlo todo. ¿Acaso algún milagro reparará el desastre?

Como comprenderás, la boda no se celebrará declara Águeda con una certeza brutal, enfriando a Mauro por dentro. Pero antes de echarte de mi casa, exige la verdad. Toda la verdad. Sin excusas ni mentiras.

Su voz no tiembla, aunque por dentro ruge la tormenta. Se cruza de brazos, como acorazándose ante más golpes. No hay lágrimas en sus ojos solo la helada resolución de una persona que necesita entender hasta dónde llegaba el fingimiento.

¿Quieres la verdad? contesta él con una mueca de desprecio, dejando de fingir amor. Pues aquí tienes. Jamás me habría fijado en ti de no haberme hecho tu padre la oferta. Era un contrato: te cuido, te llevo de aquí para allá, te hago la pelota y a cambio, recibo un puesto muy cómodo y una recompensa considerable. Dos sueldos, para que lo entiendas.

Todo lo dice con tono rutinario, casi como quien comenta la compra o una reunión aburrida. Pero cada palabra se le clava a Águeda, dinamitando los restos de sus ilusiones.

¿Solo por dinero? susurra ella, sintiendo el frío apoderándose de su alma. Su voz casi se quiebra, pero aguanta la mirada.

¿Pensabas que alguien caería rendido ante tu físico así por así? se burla Mauro. ¿Te has visto bien en el espejo últimamente? Pues mírate.

Las palabras le hieren más de lo que hubiera imaginado. Águeda se ahoga, los ojos le escuecen de las lágrimas que no desea mostrar. Aprieta los puños, uñas en las palmas, resistiendo la tentación de derrumbarse.

Lo observa unos segundos en silencio, tratando de asimilar lo escuchado. El mundo pierde el color, todo se oscurece. Cada cita, cada palabra, cada sueño, no eran más que una farsa; ella nunca fue la amada, solo un peón en un trato ruin.

¡Fuera de mi casa! su voz sorprende por lo firme, incongruente con la tormenta interna. Te mando tus cosas por mensajero. ¡Vete!

Mauro todavía la mira, largo, evaluador, grabando su imagen desbordada de dolor, con los ojos hinchados, los labios temblorosos. No hay lástima ni remordimiento; solo alivio por fin de dejar la farsa. Se marcha despacio, se pone la chaqueta cuidadosamente, como para demostrar indiferencia. Suena el clic de la cerradura. Águeda se queda sola, envuelta en una soledad ensordecedora.

Nada más salir, Mauro nota un brote de ansiedad. Sus pensamientos se centran en cómo dar la cara ante Jacinto. Sabe de sobra que el padre de Águeda no se anda con juegos; por su hija haría cualquier cosa. Las consecuencias pueden ser graves. Vaya plan estúpido, se reprocha bajando la escalera, pero luego recuerda el dinero ya ingresado. Son varios miles de euros, y eso le brinda algo de tranquilidad.

Como mínimo, he cobrado bien se dice, cruzando la calle. Y espero que no pretenda que devuelva nada; ¡bastante me lo he currado!

Dentro, Águeda marca temblando el número de su padre. Los dedos le resbalan por la pantalla; sólo consigue que la llamada entre tras varios intentos.

¡Papá! su voz se rompe en cuanto Jacinto responde. ¿Cómo has podido? ¿Cómo me has hecho esto?

Se desahoga sin freno, sin dejarle responder. Las palabras le brotan de dolor y rabia:

¡Lo orquestaste todo! ¡Le pagaste para hacerse pasar por mi prometido! ¡Ni siquiera preguntaste qué quería yo! ¡Decidiste tú por mí!

Su voz tiembla y estalla, sigue gritando lo reprimido de meses: decepciones, desconfianza, un dolor feroz e insoportable:

¡Jamás! ¡Jamás vuelvas a entrometerte en mi vida privada! ¿Me oyes? ¡Nunca más!

Cuelga de golpe, arroja el móvil al sofá, y entonces, vencida, por fin llora. Se cubre la cara con las manos, el llanto sacudiéndole todo el cuerpo. Se siente pequeña y abandonada, dolida y traicionada.

Sus lágrimas no son solo por Mauro. Es la acumulación de años de inseguridades y miedos. Águeda siempre ha tenido complejos con su físico. Frente al espejo, día tras día, analizaba sus supuestas faltas: Si mi cintura fuera más fina si mis curvas fueran más marcadas. Anhelaba parecerse a las chicas de las revistas, a las del cine. Pero la realidad dolía.

Pensó en operarse, soñó con otros rostros. Pero cada vez que miraba a su madre, clavaba el freno.

Su madre, o mejor dicho, Isabela porque siempre quiso llamarse así, con un toque refinado incluso en lo más cotidiano. Para ella el nombre era música, una evocación de cómo deseaba ser: elegante, misteriosa, irresistible. Y lo logró durante años. De joven fue hermosa de verdad: rasgos perfectos, melena poblada y esa gracia inesperada que nadie puede fingir.

Pero todo cambió el día en que Isabela confió en el mejor cirujano de la ciudad del que no paraban de hablar sus amigas. Quería una leve corrección de la nariz, algo apenas visible. Pero fue un desastre: la operación salió mal y las secuelas fueron irreversibles. El rostro cambió, y a peor.

Isabela no se rindió al principio. Visitó decenas de clínicas, consultó cirujanos, gastó fortunas en retoques. Siempre con la esperanza de recuperar su belleza. Pero solo empeoraba

Poco a poco se apagó. Desapareció la seguridad, luego el deseo de salir a la calle. Evitaba los espejos, ocultaba su rostro bajo sombreros amplios y gafas oscuras. La depresión la cubrió, y su vida se redujo a una rutina sombría: las mañanas con el peso frío del espejo, la tarde entre penumbras, la noche dándole vueltas a lo que pudo ser.

Llegó un día que simplemente se marchó. Sin explicaciones, sin despedirse. Solo una nota breve a Jacinto: No puedo más. Perdóname. Silencio total. No hubo llamadas, cartas, intentos de reencuentro. Se esfumó, dejando a Águeda al cuidado paterno.

Águeda creció viendo fotos de su madre de joven: aquella Isabela radiante e imponente. Así se la imaginaba siempre: con una sonrisa cálida, una mirada tierna. Pero la realidad era otra. Y con los años, la distancia no hacía sino aumentar el abismo entre la madre de las fotos y la mujer derrotada que se fue.

Desde pequeña, Águeda se midió con su madre y siempre salía perdiendo. A ella le quedaban los pómulos de cine y yo tengo la cara redonda, rumia al mirarse al espejo. Su melena caía como seda; la mía es fosca y rebelde. Analiza cada rasgo: la nariz le parece grande, los labios no lo bastante carnosos, la figura lejos de ser estilizada. Por mucho que le digan que es guapa, no lo cree. No se compara con la Isabela de su infancia.

Esta inseguridad impregnó toda su vida. En la escuela mantenía un perfil bajo, temía llamar la atención. En la universidad, evitaba exponer en clase, convencida de que resaltaban sus defectos. Y en el terreno sentimental todo era aún más difícil. Los chicos apenas se fijaban en ella y si lo hacían, se alejaban pronto. Águeda achacaba todo a su físico.

Si fuera más guapa, sería todo distinto pensaba, sumida en la autocrítica sin entender que, precisamente, esa actitud le restaba atractivo.

Y apareció Mauro. Entró como un rayo de calor en la fría rutina. Se fijaba en ella, la miraba como si fuera única. Le soltaba halagos específicos: le encantaba su sonrisa, su manera de escuchar, su risa. Quedaban en cafés cálidos, le regalaba flores porque sí, se acordaba de detalles minúsculos.

Con él, Águeda por primera vez en mucho tiempo se sintió guapa. No perfecta, como la mamá de las fotos, pero… suficiente. Atractiva. Amada. Se abría junto a él, aprendiendo a creer que podía ser feliz. Y cuando la relación evolucionó, creyó con más firmeza: esto no era un simple noviazgo, era de verdad.

Y ahora todo se ha derrumbado. Las palabras de Mauro, cazadas al vuelo, han hecho esquirlas de su frágil confianza. No la quería. Fingía. Era todo una mascarada, desde la primera mirada al último piropo. Y el peor artífice: su padre, su referente, su apoyo más incondicional…

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Águeda está ahora ante el espejo del probador. En el pecho, una sensación extraña: no es la emoción que imaginó, sino una peculiar tranquilidad. El vestido blanco le sienta bien, realza sus hombros y se escapa suave desde su cintura. El encaje de las mangas juega con la luz en sutiles destellos.

Hoy no busca fallos ni se mira con dureza. Algo ha cambiado: se acepta tal como es.

Una hora después, Águeda avanza despacio por el pasillo central, entre los invitados. Lleva la cabeza alta, espalda recta, paso firme. Sus ojos no muestran ilusión desenfocada, sino una seguridad serena y madura. Recibe miradas de admiración, de sorpresa: no es la novia de lágrima fácil ante el altar.

Los asistentes se apartan, sonríen, cuchichean elogios. Ella asiente, agradecida, pero su mente está en otro momento: recuerda una charla con su padre, meses atrás.

Papá, he decidido aceptar la propuesta de Martín le comunicó con la mirada firme.

Jacinto se detuvo, taza de café en mano, sorprendido.

¿Estás segura? Es algo muy serio.

Sí, totalmente respondió ella sin vacilar. No pienso seguir esperando el amor ideal, ese que igual nunca llega. Sí quiero un hogar estable y una pareja respetuosa. Martín me dará eso.

Pero hija, el amor es importante… empezó Jacinto, pero Águeda interrumpió:

Ya, pero me cansé de vivir esperando milagros. Ahora quiero elegir mi camino.

Y ahora, acercándose a su futuro esposo, se repite aquellas palabras. Martín la espera con nerviosísimo político, intentando aparentar aplomo. En su mirada no hay locura enamorada, pero sí cariño y profundo respeto: justo lo que Águeda más agradece hoy.

Mientras la oficial del registro civil inicia el discurso ceremonial, Águeda piensa: no se arrepiente. No es una historia de amor de novela, pero es su vida, y la controla ella: una decisión consciente, lúcida, adulta.

Quizá Martín nunca me adore como las películas piensa mientras le sonríe. Pero me va a respetar. Y quién sabe, incluso puede que llegue a quererme

Esa idea la reconforta. Por vez primera en mucho tiempo, su sonrisa es sincera, no fingida. Al fin camina hacia delante, con una serena convicción: el amor tiene muchas formas, y tal vez ésta sea el inicio real de su propia historia. Sin deslumbramientos, pero con base férrea sobre la que construir algo auténtico.

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