El lazo rojo
Hoy he estado en la cocina, observando cómo el vapor se escapa poco a poco de la olla de lentejas. No esas lentejas pardinas de lujo, sino de las sencillas, las que compro en el súper por menos de un euro la bolsa, pequeñas, algo ásperas. He removido con la cuchara de madera, he dejado la tapa y me he apoyado en la vieja nevera Balay, que ha respondido con ese zumbido grave tan familiar, casi aprobando el gesto.
Por la ventana asoma la Calle Arquitectos, con sus bloques de pisos de ladrillo visto y álamos que cada primavera llenan de pelusa los patios y las terrazas. Llevo ya doce años aquí, y la calle se ha hecho a mí tanto como yo a ella, como el callo del talón o el conocimiento exacto de cuál peldaño de la escalera cruje.
Francisco ha entrado en la cocina sin anunciarse, como de costumbre. Sabe aparecer. Alto, ancho de espaldas, lucía una camisa gris clara que no le había visto antes. He tardado unos segundos en darme cuenta. Primero me ha llegado el aroma: ligero, floral, con un toque dulzón. Ni mi olor, ni el típico desodorante de hombre, ni tampoco el cuero del asiento de su coche.
¿Qué tal, mi espartana? Francisco ha mirado en la olla y ha puesto una mueca cómica. ¿Otra vez a base de agua y pan?
Lentejas, he dicho. Con cebolla.
¡Con cebolla! Eso ya es un lujo. Me ha dado palmaditas en el hombro. Aguanta un poco más. Pronto compensará, ya verás. “Las Encinas” no se van a mover, créeme.
He asentido, sabiendo hacer que parecería un gesto de acuerdo, y no una simple señal de cansancio. La cabeza me daba vueltas otra vez, tercer día seguido, como si el mundo se pusiera ligeramente inclinado. Sé que es por la dieta. Lo sé y callo.
¿Tú has comido? le he preguntado.
En el despacho hemos tenido menú ejecutivo. Bien.
Se ha servido agua del grifo, la ha bebido de pie, ha dejado la taza en el fregadero y se ha ido al salón. Me he quedado mirando la taza. Luego, he apagado el fuego y he empezado a repartir lentejas en los platos.
En estos tres años de recortes ya me he acostumbrado a muchas cosas. Que, en vez de requesón, compro yogur de marca blanca. Que el abrigo azul que uso por quinto invierno lo he remendado yo misma, por la manga izquierda. Que no piso la peluquería desde el noviembre de hace dos años. Me corto el pelo yo sola, frente al espejito del baño, procurando no fijarme mucho. A veces me sale decente. A veces no.
Hace tres años Francisco me enseñó unas fotos. Una casita en Las Encinas, a las afueras de Madrid, a cuarenta minutos en cercanías. De ladrillo visto, buhardilla, manzanos en el jardín, un pozo de adorno y contraventanas verdes. Una escalera de madera, un banco bajo una lila.
Mira, dijo poniéndome el portátil en las rodillas. Fíjate.
Y yo miré. Sentí algo cálido por dentro, no alegría exactamente, pero sí esperanza. Había vivido siempre en pisos urbanos, en casas con paredes ajenas. Y aquello era otra cosa: manzanos.
Nos harán falta unos tres años de apretarse el cinturón, dijo Francisco. Lo he calculado. Si ahorramos tanto cada mes, y tú reduces algo tus gastos personales…
¿Cuánto cuesta?
Dijo la cifra. Yo me quedé callada.
Es mucho.
Es una casa, Inés. Nuestra casa. Jardín, aire, silencio. ¿Crees que puede ser barato?
Acepté. No de inmediato, pero acepté. Abrimos una cuenta común. Yo transfería la mitad de mi pensión y lo justo de otros trabajillos: llevo la contabilidad unas horas a la semana para una pequeña gestoría, no es mucho, pero algún extra saco. Francisco decía que él ponía el triple con su nómina.
Le creía.
En eso siempre he sido de creer a la gente. No por falta de malicia, sino porque me resulta más fácil para vivir. Dudar, revisar, controlar… todo eso agota.
El primer invierno pasó casi sin dificultad. Comía sencillo, me vestía austera. Parecía un juego: buscar recetas de cocina económica, celebrar la oferta que tocaba en el súper, inventar meriendas sustitutas, como de pequeña. Era hasta divertido a ratos.
El segundo año fue más pesado. El cuerpo habló: debilidad en las piernas, sueño que no se iba de noche, a veces en el bus me quedaba mirando sin saber ni a dónde iba. No fui al médico. No había dinero extra, y en el centro de salud la cola es interminable.
Debería hacerme una analítica, le dije a Francisco.
¿En una privada?
Al menos allí sin esperas.
Inés, ahora cada cien euros importa. Cada mes. ¿Puedes ir a la de barrio?
Fui. Cogí número, esperé, saqué la cita para la analítica. Nada preocupante, dijo la doctora. El hierro bajo, en el límite. Más carne roja, cosas con hierro, vitaminas.
Compré las vitaminas más básicas en la farmacia. Carne roja, ya no.
En el tercer año dejé de pesarme. Con el espejo del baño tenía bastante. Cada día la cara más marcada, los ojos hundidos, el pelo más apagado. Encontré en Humana un buen abrigo azul marino, casi sin taras. La dependienta, una señora mayor teñida de cobrizo, me dijo:
Buen abrigo. Te va a dar guerra.
Eso espero, dije.
Aquí todas sabemos de eso, sonrió, sin alegría pero con entendimiento.
Salí con el abrigo puesto. Me vi reflejada en el escaparate y seguí.
Francisco seguía animándome. Lo hacía bien. Sabía crear esa sensación de que queda solo un poco, de que pronto todo será mejor. Lo decía tantas veces que esos “ya casi” eran mi música de fondo. No se escucha, pero está ahí.
Eres una campeona, decía si me veía cenar cualquier cosa sencilla. Una espartana. Te admiro.
Yo sonreía. La sonrisa era de verdad, pero no de alegría. Los músculos sabían cuándo tocaba.
A veces llamaba a mi hija, Clara. Vive en Valencia con su marido y sus niños, tiene su vida. Apenas llamamos. Yo no me quejo, no sirvo para eso. Ni quiero.
¿Cómo vas, mamá?
Bien. Ahorrando para la casa.
¿Todavía?
Ya queda poco. Falta nada.
Venga, ánimo.
Y cambiábamos de tema. Colgaba y volvía a la cocina.
Ese tercer otoño, me pareció que los olores se intensificaban. Pensé: será por comer menos, el cuerpo se agudiza. Notaba olores donde antes no.
El perfume en la camisa de Francisco lo noté por primera vez en octubre, estando él en la cocina mientras yo removía lentejas. Pensé luego que serían imaginaciones. Que a lo mejor se le pegó de alguien en el Cercanías, como pasa.
La segunda vez fue en noviembre. Francisco llegó más tarde de lo habitual, risueño y fresco, dijo que una reunión se había alargado. Le ayudé a sacarse la cazadora, y de allí venía el aroma. El mismo, floral-dulzón. No era mío, eso seguro.
¿Mucho lío?
Agotador. Tres horas de reunión, de locos.
Fue al baño. Yo colgué la chaqueta, y me fui a calentar la cena.
Siempre he sabido echar fuera los pensamientos que no quiero tener. Otra habilidad. Redirigir la corriente, no por cobardía sino por miedo a lo que pasaría si me obligo a mirar de frente. Miedo, no a Francisco, ni a una escena. Miedo al después, a lo que tendría que hacer.
La cuenta común se iba llenando cada mes. Francisco me enseñaba el extracto y yo intentaba sentir esperanza viendo los números crecer, despacio.
¿Ves? me mostraba en el móvil. Ya tenemos bastante. Para primavera, primer paso.
¿Primer paso?
Negociar con los dueños de Las Encinas. Ver condiciones, regateos… Cosas así.
Asentía. Nunca llegué a saber qué cosas eran ésas, era su parte. Él negociaba; yo recortaba. Así funcionábamos.
En diciembre empezó a pasar más tiempo fuera. Fiestas de empresa, explicó. En diciembre nadie se libra, si no quedas mal con el equipo. Yo lo comprendía. Siempre comprendo.
Pero una noche, a mitad de mes, llegó pasadas la una. No tenía pinta de quien ha estado siete horas de copeo. Estaba fresco, sin rastro de fatiga, piel rosada; una palabra me vino: relajado. Ni el frío de diciembre hace eso.
¿Te lo pasaste bien?
Qué remedio rió. Pero en “Las Encinas” habrá paz. Sin fiestas de esas.
Me dio un beso en la sien y se acostó. Me quedé sentada muchas horas en la cocina. La Balay seguía con su zumbido. Fuera neviscaba.
En enero encontré el recibo.
Fue casualidad, como todo lo importante. Limpiaba la chaqueta azul nueva, la de Navidad. Revolví los bolsillos por costumbre.
En el izquierdo, un recibo blanco.
Lo miré.
Restaurante Las Ostras de Castellana. Fecha: 28 de diciembre. Importe.
Suficiente para la comida de un mes.
Me quedé mirando el recibo largo rato, comprobando que no me equivocaba con las cifras. Bajé la mirada a la calle. Una señora paseaba a su perro que tiraba de la correa.
La cantidad era la de nuestro presupuesto mensual: el que estiraba en legumbres, pasta barata, té barato, aceite barato… Pesando gramos para llegar a fin de mes.
Guardé el recibo en el bolsillo y la chaqueta en el armario. A la cocina de nuevo.
La Balay zumbaba.
Me serví agua. Tragué, dejé el vaso. Lo cogí otra vez. Lo dejé.
Francisco estaba en la oficina a esa hora. Yo hoy no tenía encargos desde casa, así que, sola, seguía pensando quién va a “Las Ostras” en diciembre. Yo ni sabía exactamente dónde estaba, sólo me sonaba de los anuncios en marquesinas: manteles blancos, sala elegante. Caro, seguro.
El 28 me dijo que iba a casa de su colega Luis. Volvió a las diez. No olía a vino, sino otra vez a ese perfume apenas perceptible, floral, dulce.
No me lancé a pensar mal. Yo sé mantener la mente a raya. Tal vez cenó solo. O comida de trabajo. Tal vez.
Pero cuando volvió por la noche, le miré de otra manera. Sin hostilidad, ni escrutinio. Solo le miré.
¿Qué tal el día? dijo dejando los zapatos.
Bien. ¿Comiste?
Un sándwich en el despacho.
Tengo sopa, si quieres.
Vale.
Cenó, mirando el móvil, pasando el dedo. Yo con mi taza de té, quieta enfrente. Tan tranquilo, sin una sombra de inquietud. O sabe disimular.
Francisco, dije.
¿Hmm?
¿En “Las Ostras de Castellana” es caro?
Alzó la vista, apenas un segundo.
Ni idea, nunca he ido.
Ah, dije. Solo lo vi en publicidad.
Volvió al móvil.
En febrero ese año hacía más frío que nunca. El abrigo azul del Humana, manos tensas a la taza, frío en el bus. Los mareos crecían. Saqué cita en el centro de salud, esperé, la doctora dijo lo mismo: hierro bajo, coma mejor, vitaminas.
Tomo, dije.
¿Qué marca?
Las más básicas.
Guardó silencio.
Si puede, elija otras…
No hay margen, contesté.
No insistió.
Francisco, en febrero, mostraba más “vida”. Traía cosas nuevas. Un cinturón, unos zapatos; los viejos estaban estropeados. Botas marrón oscuro de cuero, bonitas, caras.
¿Estrenas?
Estaban rebajadas. Las otras moribundas.
Rebaja repetí.
No soy de boutique, tranquila.
Asentí.
En marzo vi en su móvil una notificación. Estaba sobre la mesa. Francisco, en el baño. Yo leía un libro sin leerlo.
Nombre: “AutoMadrid”.
Mensaje: “Su CrossTown está listo. Lazo rojo según indicación. Le esperamos cuando quiera”.
Dejé el libro.
El “CrossTown” es un SUV imponente. Me fijé a veces por la calle. Caro, fuera de nuestro mundo.
Lazo rojo comprendí luego, ya de noche, cuando respiraba tranquilo a mi lado. En los concesionarios ponen lazos así en los coches de regalo. Rojos, enormes. En los anuncios “Sorprende a quien quieres”.
Miré el techo. Afuera los coches pasaban.
Pensé en las lentejas con cebolla.
En las vitaminas de dos euros el bote.
En el abrigo de segunda mano.
En que no voy a la peluquería desde hace dos años largos.
En la cuenta común.
Después dejé de pensar. Escuchaba a Francisco respirar.
Al día siguiente llamé al banco para saber el saldo. Me dijeron la cantidad.
Silencio un segundo. Di las gracias y colgué.
Era la mitad de lo que debía haber según lo acordado.
Mitad. Dos años de recortes.
Me senté ante la mesa de la cocina. Un mantelito con flores y una mancha de café que no sale. Llevo meses frotando. Sigo viendo la dichosa mancha. Nada especial.
Inés gritó Francisco, ¿has puesto la tetera?
La pongo, dije.
Me puse en pie. Agua, tetera al fuego.
Las piernas, más de algodón que otras veces.
No empecé a vigilarle entonces de forma consciente. Ni siquiera me gusta esa palabra. Pero un jueves que iba a salir con unos socios, salí también, media hora después, con el pretexto de un paseo. Sólo caminar. Eso me contaba a mí misma.
Su coche, viejo, gris, estaba aparcado frente al centro comercial de la Avenida de la Constitución, no frente a la oficina ni a restaurantes de negocios. Lo vi desde lejos, anduve sin prisa.
Le encontré en la planta de joyerías. Hablaba sonriente con una mujer rubia, en torno a treinta y cinco años, elegante, abrigo beige. Estaban juntos, con cercanía de quienes comparten secretos.
No me acerqué. Me escondí entre columnas fingiendo escribir un mensaje.
Él reía, ella también. El dependiente sacó una pulsera o cadena, Francisco asintió, pagó.
La mujer recogió la bolsa y salieron juntos.
Me quedé allí.
La gente, niños, un grupo con móvil. Olor de bar de tapas cercano.
Salí, despacio, al exterior.
Fue un marzo aún húmedo, pero el banco no mojaba. Me senté a observar el tráfico, los viandantes, un charco. No lloré. Dentro sólo había peso, silencio, como tierra bajo la escarcha. Ni vacío ni dolor, densidad.
Luego me levanté y regresé casa.
Los días siguientes, vida normal. Cocino, trabajo online, tele en las noches. Francisco igual: risueño, positivo, a ratos despistado. Habla de “Las Encinas”, de ir en primavera a ver la casa.
Creo que podrán darnos facilidades de pago. No hará falta tanto pronto.
¿Y cuánto tenemos ahora? le pregunté como casual.
Con lo último, estamos bien, creo. No sé exacto, habría que repasar.
Míralo.
Luego, dijo, y puso el telediario.
Fui a la cocina.
Llamé a mi hija esa noche.
Mamá, ¿estás bien? Tienes voz rara.
Cansada. Mucho recorte otra vez.
¿De verdad necesitas esa casa? ¿Por qué no un piso bueno donde ya estás? ¿Qué obsesión con esas Encinas?
Francisco quiere.
¿Y tú?
Yo también. Hay manzanos. Y lilas.
Ay, mamá…
Estoy bien. ¿Y vosotros?
El resto, sobre nietos. Cuando colgué, pensé en los manzanos. ¿Existían siquiera o era todo foto de internet, porque él sabía lo que ese árbol significa para mí?
Aquello no era pensamiento, sino sensación: como agua fría derramada en el regazo.
Al cabo de unos días llamé a “AutoMadrid” para preguntar por el CrossTown. Por preguntar, me dije.
Buen modelo, respondió la chica. Justo hemos entregado uno con lazo rojo, regalo maravillosa de un señor a una señora. Muy bonito.
Un regalo, dije.
Sí, con lazo enorme… personalizado.
Ya veo. Gracias.
Colgué. Puse la tetera. Esperé.
No había cambiado el peso interior.
Encendí el portátil y, por primera vez, entré yo misma en la banca online. Teníamos acceso compartido, lo configuramos juntos.
Vi los movimientos. Mis transferencias, mes tras mes, perfectas. Las suyas, mucho más escasas, a veces ni la mitad de lo que dijo.
Luego, los reintegros. Sumé fechas y cantidades. Muchos no tenían explicación… ni eran pequeños.
Cogí la libreta azul donde apunto todos los gastos de casa. Abrí una hoja y empecé a sumar.
Tardé dos horas. La Balay vibraba. Afuera oscurecía.
La imagen estaba clarísima. Tres años ahorrando. Tres años comiendo menos, usando ropa de segunda mano, cortándome el pelo frente al lavabo, ahogando visitas al médico por economía. Reduciendo mi espacio hasta casi desaparecer para encajar en esa maldita austeridad.
Y el dinero salía. No todo, pero sí bastante. Regularmente. Y allí, en la joyería, esa mujer de beige, y Francisco pagando como quien lo ha hecho muchas veces.
Y en AutoMadrid, el lazo rojo.
Y el ticket de Las Ostras, más de lo que como en un mes.
Y la camisa que olía a perfume.
Cerré el ordenador. Fui al salón. Francisco miraba las noticias.
¿Tienes hambre?
No, gracias, ya es tarde.
Vale.
Me acosté. Miré el techo. Francisco vino luego, se tumbó, enseguida empezó a respirar fuerte.
No dormí. Pensé en mí, no en él. En cuándo fue la última vez que pensé en mí como alguien que necesita algo bonito. No medicinas ni abrigo caliente, sino placer de verdad.
Me gusta el café bueno. Desde hace año y medio solo compro soluble, sobres de siete gramos, porque ahorro. Hace cinco años que no pruebo queso azul, aquel que me encantaba con pan y uvas, como una fiesta personal.
Ostras probé una vez, muy jovencilla, en Cádiz, y me pareció magia.
Tomé una decisión, no en esa noche, más atrás, quizás. Cuando me levanté, estaba hecha: tranquila, inamovible.
Los días siguientes funcioné normal. Cocinando, hablando, trabajando. Francisco no notó nada, o si notó, fingió.
Un jueves le seguí hasta el final, no por confirmarlo sino por hacerlo real, presenciarlo, sin dudas.
Sabía que ese día salía tarde. Puse mi chaqueta gris, anterior a la de segunda mano azul, y salí.
Se citó con la mujer de antes, rubia, elegante, en una cafetería de la Calle Mayor; luego entraron juntos en un parque. Yo seguí a distancia, sin prisa, los pies sin temblar.
Allí le vi darle un paquete, ella lo abrió, él le pasó el brazo y la besó.
Lo miré. Bajé la vista. Guantes baratos, manos rojas de frío.
Esperé un poco, luego salí.
En el bus, miré la ciudad: gris y mojada. Charcos, árboles pelados, farolas encendiéndose de una en una, como si costase darle a cada interruptor.
Al llegar a casa, llevé mi bolsa a la habitación, saqué la maleta grande, la de los viajes de hace años. Metí sólo lo mío. Ropa interior, algunas mudas abrigadas, papeles, tarjeta sanitaria, libreta de ahorros con lo poco mío, aparte de la cuenta común, pequeños ahorros.
El abrigo azul de segunda mano, colgado en la percha. En su lugar el chaquetón burdeos forrado, más ajustado pero distinto.
En la cocina, una nota: “Gracias por el ticket de Las Ostras y el lazo rojo. Espero que te haya sido sabroso.”
Nada más. Doblada, su nombre fuera, junto a la mancha de café en el mantel.
Salí. Cerré la puerta, dejando la llave bajo el felpudo. No por acuerdo, era sólo que no quería llevármela.
En la calle Arquitectos, rutina de siempre: vecinos volviendo de trabajar, perros tirando de correa, el kiosco de flores iluminado en la esquina.
Me detuve un momento. Luego caminé.
Sabía a dónde iba: al “Mercado de los Sabores”. Cada semana pasaba por allí y no entraba. Caro, sí, pero con buen género, luz cálida, frutas tan bonitas.
Entré.
Aroma de café bueno, pan reciente. Música suave.
Cogí una cesta.
A la zona de pescado: atún rojo de verdad, brillante en el hielo, carne fresca. Pedí un buen trozo.
Luego, ostras. Estaban en una urna de cristal con cartel de mariscos frescos. Seis unidades. Cogí una bandeja.
Al queso: azul, el de corteza de cera azulada, picante y untuoso. Elegí uno.
Un pan de semillas, crujiente, de los que crujen hasta los recuerdos.
Café, molido, en paquete azul. Etíope, ponía la etiqueta: “nota de arándanos con fondo de chocolate negro”.
Pagué. No fue barato, pero corría por mi cuenta.
Saqué habitación en un pequeño hotel al otro extremo de la ciudad.
En el cuarto, puse todo en una mesa. Pedí en la recepción un abridor de ostras. Me miraron raro, pero subieron un cuchillito.
¿Sabe usarlos?
Lo intentaré.
Con paciencia, las abrí. No perfecto, pero abrieron. Comí una, luego otra. Arroz, pan, queso, café.
No pensaba ya en Francisco, ni en “Las Encinas”. Ni en el futuro.
Pensaba que las ostras sabían igual que la última vez: sal y mar. El atún, tierno y sabroso. Que el café sí huele a arándanos, ni cuento ni etiqueta. Que el queso, picante y profundo, me llevaba años atrás.
Y este rato, este sabor, eso, soy yo.
No una espartana. Tengo criterio suficiente para saber la diferencia entre unas ostras y macarrones baratos. Sé sentarme y degustar. Tres años fuera, y ahora vuelvo.
Bebo el café despacio. Afuera la ciudad ruge.
Bueno, murmuro. Hola.
Y me sirvo más café.
No sé qué pasará mañana. Ni dónde dormiré. Ni si Clara entenderá lo que le cuente. No sé si alguna vez habrá manzanos, verdaderos, ni lilas.
No sé si Francisco leerá mi nota. Él, ahora, está lejos.
Pero hoy, en este cuarto desconocido, con los restos de ostras y mi taza de café etíope, sé esto: aquí estoy. Este es mi sabor. Mi noche. Mi decisión.
Eso significa algo.
Muerdo la última rebanada de pan con queso.
Fuera, se encienden las farolas. Una, luego otra. Luego, toda la fila. Como si alguien, finalmente, aprendiera dónde está el interruptor.
Observo, tranquila. Sin palabras. Simplemente aquí.
De momento, me basta.
***
Desperté antes del despertador. Solo abrí los ojos y me quedé mirando el techo ajeno, blanco, con una mancha cerca de la cornisa. Pero no pesaba. Era techo cualquiera.
Me levanté, aseé, miré el espejo. Cara cansada, marcada bajo los ojos, pero distinta, o eso me parecía.
No me demoré. Vestí, cogí la bolsa, y salí. Tenía que avisar a Martina, mi amiga de siempre, y contactar con Clara. Organizar dónde quedarme estos días. Había mucho que digerir.
Primero bajé al bar del hotel y pedí desayuno: huevos, tostadas y café, de verdad. El café llegó en vaso pequeño, de cristal grueso. Lo sostuve con ambas manos, como algo cálido y necesario.
A mi lado, una señora leía con calma. Parecía ocupada consigo misma, no sola.
Desayuné despacio.
Escribí un mensaje: “¿Puedo ir hoy a tu casa? Tengo mucho que contarte.”
Contestó en minutos: “Por supuesto. Ven. El café estará listo”.
Guardé el móvil, acabé el café, y me puse el chaquetón burdeos.
El aire de marzo olía distinto. No a primavera, pero tampoco a invierno. Se notaba movimiento bajo el asfalto, con esa humedad de la vida que se asoma.
Me detuve en la puerta un instante. Luego subí el cuello y fui hacia el autobús.
Caminaba sin pensar en nada. El cuerpo respondía, sin el cansancio habitual. Ni mareos. Quizá sólo suerte.
Pasaban vehículos; una madre joven empujaba un carrito. Una urraca vigilaba desde un platanero y cuando pasé, bajó, picoteó y emprendió vuelo, como si no tuviera tiempo para juicios.
Me sonreí. No grande, solo de lado.
El bus llegó, me senté junto a la ventana. Fuera la ciudad seguía: portales, talleres, árboles podados, anuncios viejos.
Pensaba en que llevaba años viajando sin mirar por la ventana. Vivía en mi cabeza, planes que ya sé que nunca fueron míos.
Pero la ciudad vivía. Sin esperar mi permiso. Eso puede recuperarse.
En un semáforo rojo, vi a una mujer en su coche, algo mayor que yo, cantando al compás de la radio, sin importarle nadie más.
Al verde, arrancaron.
Me acomodé en el asiento. El móvil en silencio. Francisco seguramente no ha llegado a casa. O sí. O piensa. O no. Es su asunto.
El mío es otro.
Voy a casa de Martina. Habrá café caliente. Hablaré. Vendrán días nuevos, difíciles o no, sin milagros. Quizá miedo, a veces. Pero también habrá café con olor a arándanos.
Una ostra, con ese sabor a mar imposible de copiar.
Un espejo que no me será extranjero.
No es mucho. Pero no es nada.
El bus avanza. Fuera la ciudad es gris y vive. Pienso que seguramente sí, hay manzanos verdaderos, y lilas. Que los bancos bajo un arbusto existen. Solo no es un regalo, sino lo que uno encuentra.
Algún día.
No ahora. Ahora es bus, ventana, marzo entre invierno y primavera.
Y ya, esto, no está tan mal.





