¿Luis, estas gatas estaban aquí mucho antes de que tú y yo cruzáramos palabra alguna! ¿Y quieres que las mande a paseo? contestó Carmen, con esa voz suya que podía descongelar una nevera de Mercadona. Lo que tú propones se llama traición, chaval
Carmen vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Segovia, rodeado de árboles enormes, donde las aceras desaparecían bajo las copas en verano, y los parterres estallaban en colores desde Semana Santa hasta bien entrado octubre, endulzando el aire más que una pastelería el día de la patrona. Era un lugar de esos que invitan a replantearse la vida, la felicidad y, sobre todo, qué narices importa de verdad.
La madre de Carmen se fue demasiado pronto y la pequeña Carmencita acabó criada por su tía abuela Nines. La pobre Nines, con su andar de pato mareado y su modestia de otra época, no había encontrado nunca un galán que la adorase, así que derramó sobre su sobrina toda la ternura que le cabía en el corazón. Carmen la idolatraba, le llamaba mamá Nines y sentía por ella un agradecimiento sin fin.
¡Mamá Nines! ¡Ya he vuelto! gritaba la niña al llegar del cole, del parque o, ya más mayor, de la Universidad de Segovia.
¡Ay, mi niña! ¿Qué tal el día?
Mamá Nines le enseñó a leer antes casi que a andar; juntas devoraban cuentos de animales, pájaros e insectos. Los atardeceres de lectura se convirtieron en su ritual, como quien reza pero con más gatos.
Un día, cuando Carmen rondaba los doce, apareció en casa con un gato que lloraba como quien ha suspendido Selectividad.
Mamá Nines, estaba tan solo, pobrecillo Nadie lo quería sollozó la niña.
Pues, cariño, lo adoptamos y Nines la abrazó como sólo ella sabía.
Así llegó Pepa, la primera de la familia felina. Pasaron los años y fue la propia Nines quien, al volver del ambulatorio, trajo otra sorpresa.
Verás, Carmen Hoy han dejado una caja llena de gatitos en la portería. Entre todas las chicas los repartimos, y este me lo he traído explicó, mientras se descalzaba.
¡Mamá Nines, ahora tenemos dos gatas! ¡Esto sí es vida!
Carmen abrazó con alegría a la nueva, y Pepa, tras poner cara de ¿esto qué es?, olisqueó a la recién llegada, la cogió suavemente del cogote y se la llevó al sofá, como diciendo no te me despistes. Allá la limpió con ese celo felino que ya quisiera más de un dermatólogo.
El tiempo pasaba. Carmen fue ocupando más espacio en casa: limpiaba, cocinaba, cargaba con las bolsas del Día y nunca olvidaba las pastillas ni los médicos de mamá Nines, que siempre la tenía de compañía en el centro de salud. Eran felices con sus libros, sus películas de Almodóvar y esas charlas que arreglan el mundo.
El día que apareció Luis lo conoció en una exposición de arte en Valladolid, Carmen lo contó todo en casa. Mamá Nines, entre el escepticismo y el instinto de madre, sospechó de primeras, pero no dijo nada. Al final, lo achacó a los celos.
Para ella, lo importante era la felicidad de Carmen, así que la dejó marchar a la vida de pareja. Se mudó con Luis a un piso de alquiler en Aranda de Duero.
Todos los martes y sábados pasaba a ver a mamá Nines. Los sábados a veces arrastraba a Luis, pero el chico tenía un máster en excusas.
Carmen, en esa casa ¡gatas por todos lados! Que sí, la arena, los pelos, los comederos ¿Cómo podías vivir así?
Luis ponía una cara de asco digna de cinco tenedores, mientras Carmen hacía lo posible por tirar de humor.
Ay, Luis, si supieras la de alegría que dan.
¡Alegría dice! ¿Una gata arrastrando zapatillas?
¡Oye! Se ponen super graciosas: se pelean, juegan con los lazos del albornoz, te amasan el pecho como si hicieran pan. Cuando duermen encima de ti, no veas el motor que tienen
No me gustan tus gatos, no te lo tomes a mal murmuraba, con ese ceño fruncido de quien no ha probado las tortas de aceite. Esas cosas tuyas limpieza, cotilleo… son de mujeres, yo mejor me quedo jugando a la Play.
Cuando mamá Nines empezó a flojear, Carmen apretó el ritmo y la visitaba casi a diario después del trabajo. Le propuso a Luis irse a vivir allí, pero ni hablar. Carmen sentía que se partía en dos.
Y más ahora que el trabajo doméstico se multiplicaba: lavadoras cada día, fregar los suelos con lejía, tratar de cazarle el olor a hogar de abuela antes de que se hiciera demasiado evidente. Carmen lo intuía, el final se acercaba.
Mamá Nines se fue en silencio, al alba. Carmen esa noche se quedó con ella. Hablaron horas bajito, luego Carmen le leyó una novela. Al final, con la luz tenue, se quedó dormida.
El trino de los mirlos la despertó. Se lavó la cara y fue al cuarto:
Mamá Nines ay, mamá
Cogió el móvil.
Luis mamá ha fallecido dijo, entre lágrimas.
Tras el entierro, un vacío inmenso. La única familia desaparecida. Aquella mañana, junto a la cama, encontró un sobre con un testamento y una carta.
«Mi querida Carmencita:
Ya sé lo que duele esto. Ya no tienes a quien abrazar o besar. Tu madre se fue cuando eras una niña, y tu padre ni está ni se le espera. Sólo yo.
Te he querido con locura, mi niña. Que nunca lo olvides, ¡eh! Siempre estaré contigo, cuando rías y cuando llores.
El piso es tuyo. Ya lo era, pero ahora más. Una mujer necesita su propio rincón. Aunque sea chiquito y le falte un repaso, pero tuyo.
Sólo te pido una cosa: cuida de mis abuelas. Pepa y Trufa ahora sólo te tienen a ti.
Y vive feliz. Te quiero mucho.
Tu mamá Nines».
Carmen leía y releía la carta con los ojos mojados, acariciando a las gatas como si fueran personas. Eran lo último que le ataba a mamá Nines.
Tomó una decisión: se mudaría al piso heredado. Nuevo ciclo, nueva vida, barro arriba y gatas en comando.
Luis puso la cruz.
Carmen, mejor vivimos separados un tiempo. Esas gatas me superan. Y, bueno, ese aroma a casa de pueblo los ojos azules decían ni regalado.
A Carmen le dolía, pero el duelo anestesiaba el resto.
Poco a poco fue remontando: jugaba con las gatas, remendó cortinas, lavó alfombras. De Luis cada vez menos. Y notaba un peso menos grande en el pecho.
Un día sonó el timbre.
¿Luis? sonrió ella al abrir.
¡Carmeeen! ¡Cuánto te he echado de menos! abrazo fuerte. ¡Qué bien huele aquí! ¿Te has deshecho por fin de las gatas?
Carmen se apartó en seco.
¿Deshacerme? ¿Perdón?
Que esas gatas de abuela apestaban. Me acuerdo del olor, los pelos
Entró en el salón.
¿Pero qué? ¿Siguen aquí?
Pepa cazaba su propia cola, Trufa se exploraba con pereza la patita.
Luis, estas gatas llevan aquí más que tú en mi vida. ¿Por qué iba a largarlas? le contestó Carmen, gélida.
Que no, Carmen, hay que modernizar el piso, tirar ese sofá, cambiarlo todo ¡Y fuera gatas!
Él se acerca desafiante. Carmen sostiene la mirada.
Lo que pides es traición, Luis.
¡Que no, simplemente sentido común! No te propongo echarlas a la calle, las llevamos a una protectora. ¡Hasta pongo yo 100euros para el pienso, mira!
¿Hasta pones dinero? bufó ella, ni te enteras. No las puedo abandonar, Luis. Son mi familia. Tanto como yo lo era para mamá Nines.
Carmencita, la vida va de otras cosas Trabajo, boda, niños. No tienes tiempo. Piénsalo. O la familia conmigo, o me largo.
Luis lo decía seguro, como quien recita el programa del gobierno. Pero ante el silencio de Carmen, empezó a titubear. No vio ni entusiasmo ni duda en sus ojos, sólo una fatiga infinita.
Él veía gatos viejos, molestos. Nunca entendió que para Carmen eran la hebra que la ligaba a su pasado, a su madre, a su refugio.
De repente, lo tuvo claro: no iba a vivir entre presiones, demandas y chantajes flojos. Lo suyo con Luis no soportaba ultimátums.
¿Cómo tener hijos con alguien que pide tirar a la basura el recuerdo más sagrado?
Luis, mira, vete. Necesito recomponerme. Ni me he rehecho de la muerte de mamá Nines y tú ya a presionar. Que te vaya bien.
Pues me voy, no me busques, ¿eh? ¡Por otra como tú no me vuelvo loco!
Dio el portazo de su vida, rebotó la vajilla de la abuela y las gatas, saltaron, pero Carmen lo sintió como liberación dulce.
Se dejó caer en el sofá, abrazando a Pepa y Trufa, enterrando su cara en el pelaje cálido.
Mis chiquitinas, mis queridas, ¡a vosotras no os deja nadie! ¡Sois mi familia!
Unos días después, vio a Luis bajo el balcón, mirando hacia la ventana felina como esperando ver otra cosa.
Al cruzarse con él, levantó la mano, tranquila.
No, Luis, no. ¡Me quedo con mis gatas! y entró, cerrando de golpe.
Ahí terminó todo. Las gatas vivieron lo que el destino quiso. Cada ronroneo, cada paso torpe, cada pelo en el cojín era Carmen acariciando a la memoria de mamá Nines y a su infancia feliz.
Porque familia no es la sangre, sino quienes te cuidan incluso cuando apestas a champú para gatos.
Aquí no hay espacio para la traición. Donde hay amor real, sólo caben la lealtad y el consuelo.
Limpio es el sitio donde nadie hace suciedad; cálido, donde se calienta el alma.
Y un piso en el que ronronean dos reactores peludos, es el mejor hogar de este mundo.




