Desde aquel día en que a Truco le arrebataron lo que más quería, no volvió a entrar en su caseta. Dormía directamente sobre la tierra mojada, apenas probaba bocado y ni siquiera reaccionaba ante la presencia de su único amigo, Sergio
Llegó otro noviembre y, a cada día que pasaba, hacía más frío. El cielo se cubría de un gris plomizo constante, la gente paseaba envuelta en abrigos de lana y bufandas hasta la nariz. En el aire ya flotaba ese presentimiento de invierno, y Truco lo tenía clarísimo: en nada empezaría a nevar.
¿Cuándo será que me ponen heno calentito en la caseta? Pelo tengo de sobra, pero por las noches ya me llegan los fríos hasta los huesos…, pensaba el perro, estirado como una alfombra rota sobre el barro.
Miraba de reojo, con una apatía de campeonato, a los mozos del almacén: iban y venían, cargando cajas y metiéndolas en furgonetas que olían a gasoil y a calcetín sudado. Nadie le dedicaba ni una mirada al viejo perro guardián.
¡Qué bien vives! tronó una voz. El de seguridad, que salía un momento de la garita a fumarse un pitillo, se acercó a Truco. Aquí no te han contratado para dormir la siesta, chucho. Que eres perro de almacén, no mascota de sofá. ¡Venga, fuera!
Escupió a un lado y se largó. El tipo se llamaba Eugenio, y debía de tener el récord nacional de mala leche contra los animales desde que Truco era solo un cachorrito, sin motivo especial, solo porque sí.
A mediodía llegó un coche verde oscuro, el tipo de color que solo se elige si te da igual todo en la vida. Truco se levantó de golpe, como si le invadiera una esperanza inexplicable.
¡Buenas, campeón! le saludó un hombre con boina y barba de dos días. Hoy vengo a subirte las estrellas Michelín.
Era Sergio, el guardia favorito de Truco y su salvador ocasional. Siempre tenía una palabra amable y algún trozo de chorizo a mano. Ese día, aunque tenía descanso, apareció con un fardo de heno seco y calentito y, de propina, un cuenco de sopa con tropezones de carne. Se quedó hasta que Truco acabó de comer y se llevó la cazuela para lavarla. Así era él.
El perro volvió a quedarse solo, pero bueno, al menos ya estaba cerca la nocheesos sueños en los que la soledad escuece menos y parece que el mundo tiene arreglo.
Ya anochecía cuando Truco, resignado, se dispuso a meterse en la caseta, pero entonces se frenó en seco.
Entre la paja asomaban dos farolillos verdes y brillantes. Siseo amenazante.
Truco, todo mansedumbre, se encontró cara a cara con una invitada no especialmente deseada: una gata negra más flaca que la paga de un becario, con ojos de susto y gesto de conmigo no se juega.
Ay, si la caseta era pequeña, pero bueno, pensó Truco con optimismo, aquí cabemos los dos, apretaditos.
Dio un paso. Enseguida, una zarpa afilada como las espinas de un rosal le cortó la ilusión.
«Fssssssssss», siseó la gata, poniendo los puntos sobre las íes.
Bueno, vale. También puedo dormir fuera, decidió Truco y se tumbó, resignado, a la puerta de su propio chalet.
A la mañana siguiente, se despertó pronto, ilusionado con el desayuno. Al mirar a la caseta, vio a la gata profundamente dormida, y pensó hay que ver, hasta es mona.
Eugenio cruzó el patio echando pestes y, sin dignarse a mirar, le aventó unos restos indescifrables de comida de la cena anterior. Que comer bien estaba entre las condiciones laborales, sí, pero el tal Eugenio era un artista de la vaguería. Truco a menudo acababa con dolor de tripa, pero ¿a quién se lo iba a contar?
Rebuscando en los mendrugos, olió algo raro.
Gata. Ella, tan pancha, devoraba una piel de fuet como si la vida se fuera en ello. Truco, lejos de ofenderse, se alegró de tener algo que compartir, sobre todo con lo delgada que estaba la intrusa.
La gata, ojo avizor, vigilaba. Y Truco, como buenazo, mascaba pan mirando a ver si le apetecía a ella también. ¿Estará enfadada porque solo tengo pan? se preguntaba, sintiéndose algo torpe.
Así anduvieron el día entero, midiéndose: ella, por si se la comía, él, por si le tocaba compartir.
Por la noche, tras otro generoso lanzamiento de sobras, la gata remató cena de lujo.
¡Caray! exclamó Eugenio al verla. ¿Esto qué es, una bruja? ¡Fuera, bicho!
La gata, más rápida que la fibra óptica, se refugió tras Truco. Al principio el perro se quedó parado, pero en seguida pilló la jugada: se tensó, erizó el lomo y echó mirada malota, como en los viejos tiempos.
Eugenio bufó y, descartando enfrentamientos, se largó. El relevo nocturno ni reparó en los animales.
La gata se giró y lanzó una mirada entre agradecida y desconfiada. Truco meditaba: Bruja… ¿así se llama? Pues Bruja se queda.
Llegaron los primeros días de escarcha. Bruja se instaló de nuevo en el heno calentito. Truco, sin querer molestar, se asomó. Bruja le miró con ojos enormes, y, no muy convencida, se apartó lo justo para que él se tumbara a su lado.
Aquella noche fue la mejor desde hacía siglos.
Desde entonces Truco y Bruja fueron uña y carne. Comían juntos, dormían juntos y charlaban en idioma animal.
Cuando Sergio, el guardia bueno, vio a la gata junto a su colega el perro, no daba crédito. Pequeña, canija, y ni pizca de miedo al vigilante grandullón. Pero pronto entendió: aquello solo podía ser amor animal, y el amor, ya se sabe, no mira tamaños.
Sergio se volcó por completo. Llevó a Bruja al veterinario, le quitó los nudos y le traía un sobrecito de atún de vez en cuando. En unas semanas, la gata era otra.
Solo Eugenio, el cascarrabias por excelencia, no daba su pata a torcer. Convencido de que la gata negra traía desgracias, un día hasta trató de envenenarla, pero Truco, siempre en guardia, lo detectó y evitó la tragedia.
Una noche heladora, Truco y Bruja compartían el refugio. El perro limpiaba con lengua de lija una de tantas heridas de su amiga, que siempre andaba metiéndose en líos.
De repente, ambos olieron humo.
Truco salió disparado y empezó a ladrar como si le fuera la vida. ¡Incendio! El almacén ardía.
Eugenio salió a la carrera, intentando llamar a los bomberos, pero no encontraba el móvil. Bruja maulló y, como por arte de magia, se lo señaló con la patita. Eugenio, sin dar las gracias y entre improperios, cogió el aparato y pidió ayuda.
Mientras tanto, Truco fue tras Bruja para ponerse a salvo lejos del fuego. Esperaron temblando entre los arbustos hasta que todo terminó.
Cuando los bomberos terminaron y Eugenio se marchaba, le lanzó una mirada a Bruja llena de más odio que una mala resaca.
A la mañana siguiente, Truco lo oyó conspirar en la entrada:
¡Te lo digo! Esa gata da mal fario. ¿Has visto esos ojos? Bruja total, insistía Eugenio.
¿Y qué propones? contestó alguien con desgana.
Llevarla al monte y apañado.
A Truco se le encogió el corazón. Se acurrucó junto a Bruja intentando protegerla.
¿Pero tú estás tonto? ¡Ahí muere seguro! protestó Sergio.
¡Me da igual! ¿No te parece bastante el incendio?
Pues mira, es verdad que las gatas negras… asintió uno por cubrir expediente.
Nadie la va a llevar a ningún lado. Niñerías, zanjó Sergio. Y se fue, rotundo como un portón de iglesia.
Al día siguiente, Truco despertó y, como siempre, miró a ver si Bruja seguía a su lado.
Pero no estaba.
Rebuscó entre el heno, nada. Salió corriendo, olfateando por todo el almacén, gimiendo bajito. Vio un bulto negro pero solo era una bolsa de plástico arrastrada por el viento.
Se abrió la puerta.
¿Vienes a buscar a tu amiga? le soltó Eugenio con una sonrisa de hiena. No busques más. Ahora anda liándola por otro lado.
Truco le miraba, buscando en vano otra explicación.
Aunque, pensándolo bien No va a dar guerra mucho más. En un par de días estará criando malvas en el monte. Si no ha muerto ya.
Ni ladró. Ni un aullido le salía.
El primer copo de nieve cayó sobre su hocico. Pronto, la nieve lo cubrió, quedándose inmóvil, dormido sobre la tierra, sin volver a arrimarse a su caseta, sin apartar la vista del infinito, sin fuerzas para comer, ni tan siquiera para contentar a su amigo Sergio.
Truco, ahora Bruja está en un sitio buenísimo, de verdad, créeme le decía Sergio con voz suave, acuclillado y acariciándole el lomo. Está calentita, tranquila. ¿Tú me crees?
Yo también quiero ir a ese sitio, pensaba Truco, quiero estar con mi Bruja, déjame ir, por favor…
La mañana anterior oyó al pasar a un par de jefes hablando de él como si fuera ya solo material de desecho: que si Truco ya está muy viejo, que hay que buscar otro perro joven para vigilar el almacén, que este ya ni para ladrar sirve…
No recordaba cómo terminaba aquella conversación, ni le importaba. Solo quería una cosa.
La nieve seguía cayendo, cubriéndolo entero. Cerró los ojos, con la esperanza de no tener que volver a abrirlos. Y si no los abro nunca más, mejor…, pensó, justo antes de perder el conocimiento.
Los sonidos se fueron apagando. Truco dejó de sentir el cuerpo, el aire, todo.
Y entonces, en el silencio, llegó una voz conocida:
¡Despierta, colega! Arriba, que nos vamos.
Recuerda la calefacción del coche de Sergio, el traqueteo del camino, olores nuevos y una música suave de la radio. Se quedó dormido en el asiento trasero, envuelto entre mantas.
Varias horas después, pararon. Sergio lo ayudó a bajar y, casi cargándolo, lo llevó a casa.
Aquí vivirás conmigo, colega.
A Truco ya casi todo le daba igual, pero intentó, por no disgustar a Sergio, fingir que estaba contento. Le salió fatal, pero Sergio lo entendió igual.
Anda, vamos dentro, ya verás como entras en calor, le animó, guiñando un ojo.
Solo pasar el umbral, Truco se espabiló al instante. Ese olor ¡Imposible no reconocerlo!
En ese instante, del alféizar saltó una pequeña sombra negra. Caminó rápida y segura hacia él. Truco supo en el acto, incluso antes de que Bruja le rozase la nariz: era ella. Su Bruja.
¿Ves, bobo?, te dije que estaba en buen sitio sonrió Sergio. ¿De verdad pensaste que iba a dejar que esa panda de zoquetes tirase a tu amiga al bosque?
Pero ni Truco ni Bruja tenían tiempo para agradecimientos humanos. Había mucho, muchísimo, que contarse.
Después, acurrucados los dos juntos, Truco se preguntó: ¿Y qué será eso de bruja? Estuvo a punto de preguntarle, pero se detuvo. ¿A quién le importa? Bruja es mi amiga. Y eso basta.







