Hace seis años, mi esposa y yo compramos una casita en la sierra, cerca de Segovia. La verdad es que toda la reforma la hicimos nosotros mismos, poco a poco: pintando techos, restaurando el jardín, arreglando cada rincón con mimo y sin prisas. Nos encanta escaparnos allí cada fin de semana posible, aunque a veces solo logramos ir una vez cada quince días.
No cultivamos un huerto grande, preferimos plantar solo lo esencial: unos poquitos tomates, pepinos, calabacines, cebollas, pimientos, perejil y albahaca. Nos hace ilusión tener lo justo para cocinar, nada de producir en exceso.
Al comprar la casa, ya tenía unos majestuosos arbustos de frambuesas, grosellas variadas y hasta algunos manojos de fresas silvestres. Cada verano llevo parte de esta cosecha a la oficina madrileña, donde trabajo. Mis compañeros siempre acogen las frutas con sonrisas y agradecimientos, parece que disfrutan mucho de esos pequeños caprichos frescos.
Este año se incorporó a nuestro equipo una mujer llamada Almudena, venida de otro departamento. Era muy educada, bastante simpática y delicada en sus formas. Justo aquel día llevé unas fresas estupendas y, por supuesto, quise compartirlas también con ella.
Almudena las probó y quedó encantada, no paraba de alabar lo ricas que estaban. De inmediato, comenzó a preguntarme de dónde sacaba tal delicia, cómo era exactamente nuestra casa en el campo y cuánto íbamos allí. Hablé con gusto, como suelo hacer cuando algo me hace ilusión.
Unos días después, Almudena se me acercó para pedirme, ni más ni menos, las llaves de nuestra casa rural. Quería que su hija pasara allí unas semanas con sus niños, aprovechando que estaba de baja maternal y ellos necesitaban aire puro lejos del bullicio madrileño. Me explicó que nosotros no iríamos esa semana y que todo eran facilidades.
Obviamente, le dije que no. Se notó que se sintió molesta, pero al menos no insistió.
Dos semanas más tarde, una compañera del departamento de Almudena se acercó para preguntarme cómo podía llegar hasta mi casa de campo. Sorprendido, le pregunté cuál era el motivo.
Me explicó, con toda naturalidad, que Almudena había invitado a ella y a otros compañeros a una fiesta de cumpleaños que iba a celebrar en nuestra casa de la sierra, y que cada cual tenía que buscar la forma de llegar por su cuenta.
Me quedé perplejo.
Fui directamente a hablar con Almudena y le pregunté si era cierto.
¿Qué ocurre? me dijo con una ingenuidad desarmante. No pasa nada por celebrar mi cumpleaños en vuestra casa rural, solo será un día y no vamos a quedarnos a dormir. No te importará, ¿verdad?
Pues sí que me importa. Me duele mi trabajo, el esfuerzo dedicado a ese jardín, lo que pueda pasarle a los parterres de flores, los frutales, el césped… y por supuesto, a mi casa.
Además, ni siquiera había tenido el detalle de invitarme. Ni una simple petición de permiso, solo dio por hecho que podía usar mi vivienda.
Le negué la casa, dejando claro mi postura. Se sintió ofendida.
Eso es lo que hay. Después de tantos años compartiendo con mis compañeros los frutos del campo, ninguno había tenido jamás la desfachatez de Almudena.
Hoy, reflexionando, he entendido algo fundamental: la generosidad es importante, pero saber poner límites es aún más necesario. No todo el mundo entiende el valor del esfuerzo ajeno.






