Mi familia
¡Por Dios, Carlita, qué guapa estás! exclamó Belén con asombro y ternura al entrar en la habitación de su hija.
Carlita se encontraba junto al enorme espejo de madera, mientras su amiga y, por azares del sueño, estilista ocasional, Lucía, daba los últimos toques al velo, como si a cada horquilla que sujetaba en el moño le correspondiera una campanilla invisible. Carlita se giró con movimientos ondulantes, y sus ojos de almendra reflejaron la luz tenue que parecía venir del propio espejo, como ocurre en los sueños.
¿De verdad, mamá? ¿Estoy bien?
¡Estás preciosa, hija! ¡La novia más bonita de todo Madrid! le dijo Belén dejando que las palabras se escurriesen con dulzura, y en su sonrisa residía el mismo brillo que había visto en el rostro de su propia madre muchos años atrás. En los sueños, todas las madres dicen a sus hijas lo mismo al verlas de blanco, aunque nunca recuerdan exactamente el instante.
El vestido había costado encontrarlo, porque Carlita no se fijaba en la moda ni en las miradas ajenas. Quería algo especial, sólo para ella, un vestido lejos de todos los tópicos. Las dependientas de la tienda de la Gran Vía no sabían qué proponerle, hasta que la dueña, Marina, entró con una prenda envuelta en un forro de terciopelo azul. Cuando lo desplegó, un aire suspendido llenó la estancia. Carlita supo que era ese.
Sin apenas adornos, de líneas puras, con una tela que parecía recién traída del taller de un sastre celestial. Encajaba tan bien a su figura que la costurera, invisible en su esquina onírica, asintió satisfecho.
¿Y bien? preguntó Marina.
¡Me lo quedo! respondió Carlita con una convicción tranquila, propia de los sueños en espiral.
Marina sonrió con una nostalgia difusa y rápida, algo azul en el fondo de los ojos, como si aquel vestido hubiera sido para ella, pero sin boda, sin abrazo, sin canción. El dolor la traspasó sólo un instante y la apartó con un leve movimiento de cabeza. Había que seguir.
Tengo el velo perfecto para este vestido. Ahora mismo te lo traigo.
Carlita guiñó a su madre desde el paisaje difuso de la habitación:
¿Ves? Sabía que encontraría lo que buscaba
Belén asintió. Qué felices eran. Recordaría estos instantes como joyas diminutas flotando en el aire. Pensó en su propia boda, Madrid bajo la lluvia, los escasos vestidos que se podían conseguir, el taller donde una amiga de su madre le cosió el suyo con retales y abalorios rescatados por las tías. Fue hermoso, aunque aquel vestido no le llevó a la felicidad: su matrimonio se fragmentó antes de que Carlita cumpliera dos años.
Luego vinieron nuevos amores, ríos distintos, y Belén y su hija caminaron siempre juntas, porque el padre de Carlita desapareció como se desvanecen los relojes en los sueños, dejando tras de sí sólo transferencias mensuales en euros, por cumplir con el decoro.
No necesito complicaciones había dicho él.
Belén comprendió que era mejor así: padre que no ama, mejor ningún padre. Intentó rehacer su vida, dio la oportunidad a un hombre que amaba la soledad y las tardes en el Retiro, pero no a los niños. Cuando él sugirió que Carlita creciera con su padre, Belén le preparó una maleta y le abrió la puerta con la determinación serena de los sueños.
No importa, hija. No necesitamos a nadie más le aseguró.
Carlita poco entendía, salvo una certeza cálida: su madre la escogía a ella. Tal vez por eso nunca dieron problemas: de adolescentes y adultas, Belén y Carlita tejieron la confianza más fuerte.
Carlita, es hora O llegarás tarde dijo Belén, acomodando el velo antes de rozar su frente con los labios. Sé feliz, mi niña.
Carlita abrió las manos, rió y dijo:
¡Mamá! Que voy a llorar, y Lucía estuvo una hora maquillándome para que no se notase Todo se va a escurrir.
La abrazó y susurró:
Lo intentaré
El día de la boda pasó como los trenes imposibles de la estación de Atocha, y Belén volvió a su piso silencioso. Carlita se trasladaría al piso de la abuela, al que Belén había entregado las llaves como quien da un trozo de cielo.
No hace falta que alquiléis, hija, quedaos vosotras mismas. Para eso es.
¿Y los ingresos del alquiler, mamá?
¿Cuánto necesito yo, cariño? Me apaño. Ahora tú vive, disfruta vuestro nido, ya sacaréis para esa casa grande que sueñas, con tres habitaciones infantiles como mínimo
¿No es mucho?
¡Nunca hay demasiado si se trata de felicidad y salud! la tranquilizó Belén, besando la frente de Carlita con una alegría de domingo.
En una estampa distorsionada de la memoria, Belén recordó el encuentro con la familia política la noche anterior, en el piso de Conde de Peñalver. La futura suegra, Lourdes, había escudriñado el pescado y el asado como si fuesen enigmas.
Qué curioso Todo esto es tan poco nuestro.
El marido de Lourdes, Ricardo, devoraba calladamente, pero su esposa insistía:
¿Y Carlita tampoco sabe cocinar? Habrá que enseñarla, no pasa nada, tenemos tiempo. Además, viviréis con nosotros; aprenderá a cuidar de Pablo, nuestro niño mimado.
Belén, respirando lento, sintió el pie de su hija bajo la mesa. Tranquila, mamá.
Después, Lourdes abordó el pasado, la herencia, la familia, preguntas que se evaporaban en el aire. Cuando Carlita apareció en el umbral con gesto suplicante, Belén zanjó:
La herencia es buena. Si quieres datos, los tendrás, pero no preguntaré por vuestra familia, Lourdes. Confiemos en los jóvenes.
La noche terminó sin más palabras. Dos años después, Carlita y Pablo vendieron el piso de la abuela y compraron terreno en las afueras de Madrid, cerca de un arroyo donde las ranas hablaban en sueños. Embarazada, Carlita se convirtió en la arquitecta invisible; los albañiles, entre risas, la obedecían como si en cada ladrillo hubiese escondida una canción de cuna.
No llegaron a terminar la casa antes del parto, y Pablo llevó a Carlita y a la pequeña Sofía a casa de Belén.
Perdona que vengamos aquí, pero estaremos más tranquilos, las tres.
Claro que sí dijo Belén, mientras Pablo desenredaba a Sofía del arrullo y temblaba como si levantara un pañuelo de brisa.
No temas, es tu hija, está bien le animó Belén, guiñando a Carlita: no molestar.
Pablo lo hizo todo con torpeza cómica y dicha; Lourdes exclamó al llegar:
Esto no es cosa de hombres
Los tiempos cambian sentenció Belén, poniendo la mano sobre el hombro de su yerno.
Sofía creció fuerte, el nuevo hogar se llenó de luz, pero una noche vino la fiebre. Carlita, al teléfono, era la voz del pánico:
¡Mamá, Sofía no baja la fiebre!
Llama al 112, ya voy.
Madrid era un cuadro torcido, las luces mezcladas. Siguieron dos días en el hospital y el tiempo detenido. Pablo iba y venía; Lourdes buscaba culpables, pero Belén sólo pensaba en fuerza y paciencia.
Sofía despertó reclamando a su madre, y la vida siguió. Días después, Carlita y Pablo pidieron ayuda: sería útil que Belén se quedara un tiempo, como una cuidadora estacional. Lourdes se indignó por teléfono desde el otro lado del sueño.
¿Por qué tú y no yo? Yo sí tengo tiempo, ¡yo sé más de niños!
No es mi decisión, Lourdes respondió Belén. Quizá deberías hablarlo con Pablo.
¡Contigo no se puede hablar! ¡Deberías decir que no!
¿Cuándo fue la última vez que viste a Sofía? preguntó Belén despacio.
No hace falta, estás siempre tú
Pues ahí tienes la respuesta. Lo importante es sumar, Lourdes, no restar.
El tiempo pasó. Tres años, y el sueño se estiró en calles y plazas.
Abuela, ¿hoy vas tú a llevarme a baile o viene abuela Lourdes?
Hoy voy yo, y Lourdes lleva a Pablo al parque.
¿Entonces como en tu casa?
Sí.
¡Bien! ¿Harás bollitos de esos que me hiciste la otra vez?
Si te gustaron, por supuesto.
En el retrovisor, Belén veía la silueta de Sofía charlando con su conejo de peluche regalo suyo y el oso de Lourdes. Todo encajaba en la lógica etérea del sueño.
Abuela
¿Sí, cariño?
¿Tú sabes un secreto? Uno muy grande
Dímelo.
Pronto tendré otro hermano o hermana.
La noticia bailó en el aire amarillento. Carlita, en efecto, sonreía de otra manera últimamente, más dulce, con esperanza.
¿Cómo lo sabes?
Ayer escuché a mamá y a papá hablar. Creían que dormía Abuela, ¿puedo querer una hermanita? Si es niño, se pondrá triste por no quererlo
Belén sonrió, porque el amor cabía en esas palabras como mantecados en una caja redonda de Navidad.
Tú quieres a Pablo, ¿verdad?
Mucho.
Pues querrás al nuevo bebé, sea niño o niña. Lo importante es querer.
Entraron en la calle donde estaba la casa de Carlita y Pablo. Belén lo pensó: a veces ser familia es tan sencillo como escuchar y estar, y tan difícil como respirar bajo el agua de los sueños donde el tiempo es blando y la ternura se extiende por los rincones, esperando que alguien la abrace.
Y así, simplemente, todas las cosas importantes permanecieron en ese Madrid surrealista de mi sueño: el olor a bollos recién hechos, el conejo y el oso, las abuelas, el abuelo, las fiestas y hasta los llantos. Porque, al final, sólo importa sabernos familia.






