La ronda matutina En la puerta del ascensor, alguien había vuelto a pegar un papel con celo: “NO DE…

Círculo de la mañana

En la puerta del ascensor, alguien había vuelto a pegar un folio con celo: NO DEJÉIS BOLSAS JUNTO AL CONTENEDOR. El celo apenas aguantaba, el papel ya doblándose por las esquinas. La luz en el portal parpadeaba y eso hacía que el mensaje se viera unas veces nítido, otras apagado como el ánimo en el chat de la comunidad.

Carmen Rodríguez permanecía de pie, llaves en mano, escuchando cómo en el sexto alguna taladradora afinaba, se atragantaba y volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí. Era otra cosa: cada vez todo acababa siendo un juicio. Alguien escribía en mayúsculas en el chat, otro respondía con ironía, alguien subía una foto de zapatos ajenos como prueba de la decadencia moral. Y todo eso parecía exigirle tomar parte, aunque ella solo ansiara una cosa hace tiempo: silencio en la cabeza.

Subió a su piso, dejó la bolsa de la compra en la mesa de la cocina, aún con el abrigo puesto, y abrió el chat comunitario. Arriba veía el nuevo mensaje: ¿QUIÉN APARCA POR LAS NOCHES EN EL PARQUE INFANTIL?. Justo después una foto de una rueda en la acera. Otro vecino añadió: Y HAY QUIEN NI SALUDA EN EL PORTAL. Carmen fue deslizando, sintiendo cómo el fastidio habitual le trepaba por el pecho, y se descubrió pensando que estaba agotada de ser testigo de los dramas de los demás. Y también cansada de su propia tendencia a alimentar el fuego, aunque solo fuera en silencio.

La mañana siguiente se despertó temprano, no porque hubiera dormido bien, sino porque el cuerpo como un despertador viejo saltaba a la misma hora, sin pedírselo. La habitación estaba fresca, los radiadores siseaban. Se puso el chándal, buscó en la entrada las deportivas que se había comprado para andar y casi nunca se había puesto, y salió al descansillo del portal. Allí olía a lo de siempre: un poco a polvo, a pintura envejecida de la barandilla y algo entre medio que ni ganas dan de describir.

Junto al ascensor, miró la tablilla de anuncios: había avisos de revisión de contadores, de un gato perdido y sobre la reunión de propietarios. Carmen sacó el folio que había preparado la noche anterior y lo sujetó con chinchetas.

Paseo matutino por el barrio. Sin charla ni compromiso. El que quiera, que baje a las 7:15 al portal. Solo andar una vuelta y cada uno a lo suyo. Carmen R.

Le sorprendió lo fácil que le había salido. No era un hagamos amigos, ni hay que llevarse bien, sino simplemente pasos.

A las 7:12 ya estaba en la puerta, tras repasar que había cerrado el gas y las ventanas. En la mano llaves y móvil, gorro en la cabeza. Pensó que tocaría esperar un minuto fingiendo que así lo había planeado, e irse.

La puerta del portal sonó y apareció una mujer de unos cuarenta y cinco, moño bien hecho, mirada de quien se prepara para el dolor.

¿Vienes por el anuncio? preguntó ella, ajustándose la bufanda.

Sí respondió Carmen. Soy Carmen.

Elena. El médico me ha mandado andar por lo de la espalda, pero sola me aburro dijo casi disculpándose. No me gusta hablar.

Tampoco es necesario contestó Carmen.

Al poco bajó un hombre un poco encorvado, con cazadora oscura. Saludó con la cabeza, como a gente con la que no sabe si debe saludar.

Buenos días. Soy Javier. Del quinto.

Yo del sexto se le escapó a Carmen, porque sabía perfectamente quién vivía dónde. Al instante se notó colocando las cosas en su sitio.

Javier sonrió de lado.

Del sexto entonces, me habré confundido.

El cuarto en llegar fue un hombre alto, unos sesenta, gorra deportiva, paso de quien recuerda el estadio. No preguntó nada, se puso a su lado.

Luis dijo lacónico. Ya suelo andar por las mañanas. Pensaba que era el único.

A las 7:16 se pusieron en marcha. Carmen había elegido el recorrido más sencillo: rodear la manzana, pasando por la panadería, cruzando el patio del edificio colindante, bordeando el colegio y vuelta. La acera, con hielo de la noche, resbalaba por zonas. El aire helaba los pulmones y los primeros minutos solo se oían los pasos propios.

Carmen notaba cómo el cuerpo primero se resistía y luego empezaba a entrar en ritmo. En la cabeza, donde solían instalarse los reproches ajenos, surgía un hueco blanco, pero no angustioso, sino útil, como una página en blanco.

En la esquina, Javier dijo de repente:

Pensé que lo de sin hablar era broma. Aquí todo el mundo siempre charla.

Si apetece, se puede respondió Carmen. Pero sin tener que rendir cuentas.

Elena se rio bajo, pero enseguida se llevó la mano a la zona lumbar.

¿Vas bien? preguntó Carmen.

Aguanto. Mientras no me pare en seco, mejor.

Luis caminaba firme, como contando pasos. Al volver, comentó:

Bien. Sin asambleas. Sencillo. Solo andar.

Llegaron a las 7:38. En el portal se quedaron un segundo, incómodos, como tras una reunión corta.

¿Mañana? quiso saber Elena.

Si bajáis respondió Carmen.

Bajo dijo Javier, levantando una mano de despedida.

Al día siguiente fueron tres. Luis no pudo venir, pero apareció una vecina del cuarto, María, de unos cuarenta, plumífero llamativo y cara de quien mira por si esto resulta ser una secta.

Solo vengo a mirar dijo, sin presentarse.

Mira, claro le contestó Carmen y echó a andar sin esperar a que nadie explicara normas.

María comenzó andando junto a Javier, callada. En la segunda vuelta, una semana después, ya soltó:

Yo es que odio estas uniones. Al final es pasar la gorra, y el que no paga es el malo.

Aquí no habrá dinero dijo Javier. Yo, después del divorcio, a las cajas comunes les tengo alergia.

Carmen escuchó el divorcio y no preguntó más. Sabía demasiado bien lo fácil que el dolor de otros se volvía cotilleo y a la que te descuidas, arma.

Los paseos siguieron por pura costumbre. A las 7:15 salían, a las 7:40 se dispersaban. A veces faltaba alguno, luego regresaba. Elena llevaba una botellita de agua para ir bebiendo sin perder el paso. Un día, Javier apareció sin gorro y todo el paseo se quejó de sí mismo, pero no se marchó. María al principio se alejaba, luego acortó distancias.

Y, poco a poco, esto se contagió en el portal. Carmen notó que la gente saludaba más. No por obligación, sino porque ya se habían visto temprano desprovistos de coraza.

Un día, regresando cansada de la consulta, con papeles en la bolsa, vio a Luis trasteando con el ascensor y el botón que se atascaba.

¿No va? le preguntó.

Sí, pero hay que pulsar con ganas.

Apretó y funcionó. Dentro, la luz era mortecina y el espejo, rayado. De pronto, Luis añadió:

Gracias por lo de andar. Yo pensé que ya no tenía con quién. Así que bien.

Carmen asintió sintiendo algo cálido por dentro, pero no quiso que fuera empalagoso. Solo pensó: le he hecho la vida un poco más fácil.

Los favores pequeños surgieron solos. Un día, Javier vio que el cordón de Elena se había deshecho y, en silencio, le hizo señas para que parara. Elena luego escribió en el grupo: Gracias a quien me avisó del cordón, si no hubiera acabado en el suelo. Sin nombres, pero con sonrisa en las palabras.

María un día trajo una bolsa de sal para echar a los escalones.

No es por todos aclaró dejando la bolsa junto a la pared. Es para mí, para no matarme bajando.

Gracias igualmente dijo Carmen.

Juntas echaron sal, luego María se limpió las manos en los guantes y murmuró:

Bah, ya que estáis aquí

En el chat, el tono de mayúsculas fue a menos. No desapareció, pero se notaba menos agresivo. Aún se discutía sobre basura y aparcamiento, pero de repente alguien decía: A ver si nos entendemos, que se puede hablar sin gritar. Y ya no sonaba a lema, sino a recuerdo de que era posible entenderse.

El problema llegó a finales de noviembre, cuando empezó la obra en el sexto, en casa de Álvaro, un chico joven con perro. No era la primera vez, pero esta vez la taladradora sonaba también por la tarde. Las quejas en el chat no se hicieron esperar: Ya está bien, Aquí hay niños, Se ha pasado tres pueblos, y María: Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo.

En el paseo, Elena caminaba tensa, como si cada paso se lo doliera el alma.

Es él dijo pasando junto al cole. Encima de mi dormitorio. Ayer hasta las diez. Luego yo tumbada y con el taladro taladrando en mi cabeza.

Javier soltó un bufido.

Por ley puede hasta las once, si no se pasa

No quiero oír lo de la ley saltó Elena. No es la ley, es el respeto.

María, la irónica de costumbre, estaba seria.

Hay que ponerle en su sitio. Si no, no aprende. Recolectamos firmas y llamamos a la policía. Que lo sepa.

Carmen sintió, con algo de miedo, cómo el grupo, tan cálido hasta el día anterior, volvía a ser la típica trinchera del portal. No le asustaba la obra, sino lo rápidas que somos para el nosotros contra él.

Las firmas después dijo. Primero hablar.

¿Con él? María se paró. ¿En serio? Si pasa de todo

Es una persona replicó Carmen. No somos un jurado.

Javier la miró en silencio.

¿Vas tú?

Carmen no quería, quería que, por arte de magia, todo fuera tranquilo. Pero sabía que si linchaban ahora, lo de andar se convertiría en un club de agraviados y eso sería el final.

Voy yo dijo. Pero necesito a alguien conmigo. No una turba.

Javier asintió.

Voy yo.

Aquella tarde, subieron al sexto. Carmen ya había escrito por privado a Álvaro: ¿Tienes un minuto? Soy Carmen, del bloque. Álvaro respondió a los diez minutos: Sí, pasa, estoy en casa.

En su puerta, bolsas de escombros, bien atadas. Detalle importante. No un desastre, ni una protesta, solo una solución provisional. Carmen llamó. Todo silencio.

Álvaro abrió, camiseta, manos polvorientas. Su perro, tamaño mediano, color canela, asomó y se fue.

Hola dijo serio. ¿Ha pasado algo?

No venimos a discutir dijo Carmen, sintiendo que sonaba un poco tonta, pero no se le ocurrió otra manera. Es una petición. Por la obra.

Javier estaba a su lado, observando.

Intento terminar antes de las nueve se justificó Álvaro. Pero solo puedo después de trabajar. Tengo que acabar.

Lo entendemos contestó Carmen. Pero encima de ti vive Elena, tiene problemas en la espalda y necesita descansar. Cuando es hasta las diez, cuesta mucho.

Álvaro soltó aire.

No sabía lo de la espalda. Yo pensé que lo de siempre… quejosos por el chat, pero en persona nadie dice nada.

Carmen sintió vergüenza. Es verdad, en persona nunca se aborda.

Mira propuso. Dinos los días que tienes que trabajar hasta tarde. En los demás, termina antes, por favor. Y la basura, mejor no dejarla toda la noche.

Álvaro echó un vistazo a las bolsas.

Mañana la bajo en coche aseguró. Solo hoy se me ha hecho tarde, no quiero dejarlo aquí.

Vale dijo Javier. ¿Y de horarios?

Álvaro se rascó la cabeza.

Hasta las nueve, seguro. Algún día quizás hasta las nueve y media. Pero escribiré en el chat si tengo que acabar más tarde. Lo prometo, no más de una vez a la semana.

Carmen asintió.

Y una cosa. Tu perro es bueno, pero a veces ladra de noche

Álvaro se puso rojo.

Es cuando me voy, se pone triste. Le voy a comprar un juguete o algo para que no aúlle. Y si hay problema, decidlo por privado. Sin líos públicos.

Salieron y en la escalera, Javier murmuró:

Es majo. Solo que joven y solo.

Al final aquí estamos todos igual de solos dijo Carmen, sorprendida de oírse.

Al día siguiente, Álvaro escribió al grupo: Vecin@s, la obra será hasta las 21h. Si necesitase terminar después, avisaré. La basura la sacaré por la mañana. Muchos reaccionaron, otros callaron. María: Veremos. Pero nadie gritó.

Al día siguiente María apareció con expresión de piedra.

¿Lo hablasteis?

Sí contestó Carmen. Aceptó y va a avisar.

¿Eso es todo? esperando razones para su método.

Eso es todo replicó Carmen. Aquí no queremos ganar nada.

María resopló pero siguió andando. Al rato, murmuró sin mirar:

Bueno. Si hace ruido, yo aviso.

Hazlo sonrió Carmen. Pero primero a él.

Elena, al lado, murmuró:

Gracias. Si fuera otra caza de brujas, no lo hubiera aguantado.

A Carmen se le formó un nudo en la garganta. Inspiró, el aire frío casi dolía, y el nudo pasó.

Una semana después, Luis dejó de venir. Carmen lo encontró en los buzones.

Hace tiempo que no te ves.

La rodilla dijo breve. El médico me manda pausa.

Es una pena.

Pero os veo. Abro la ventana y os veo pasar. Como si también estuviera.

Era tierno y cómico a la vez.

Para Navidad, el paseo de la mañana ya era rutina de tres: Carmen, Elena y Javier. María venía a ratos, a veces desaparecía una semana y luego volvía, como si probara la resistencia del grupo. Álvaro salió a veces al acabar la jornada: caminaba en silencio, escuchando el crujido bajo sus pies, y se iba primero.

El bloque no se volvió perfecto. Las bolsas seguían a veces amontonadas donde no tocaba. Algunos seguían aparcando horrorosos. El chat aún tenía sus trifulcas. Pero Carmen sentía que, más allá del mal humor, en la casa ya quedaba también un reflejo de cómo vivirlo diferente.

En enero, una mañana cualquiera, Carmen bajó a las 7:14. Javier ya esperaba, abrochándose la chaqueta.

Buenos días, Carmen.

Buenos días, Javier.

Elena apareció, cuidando su paso sobre la sal.

Hola, la espalda hoy aguanta dijo con una sonrisa de pequeña victoria.

María asomó, dormida, sin la ironía habitual.

Vengo, pero sin hablar del chat, ¿eh?

Vale prometió Carmen.

Echaron a andar. Los pasos se acompasaron, no perfectos, pero firmes. En la esquina, Javier sujetó a Elena al resbalar, tan natural que nadie dijo nada.

Al regresar, Álvaro esperaba con su perro en la correa. Asintió.

Buenos días. Yo luego saldré, voy al curro. Y gracias por habéroslo tomado bien aquel día.

Aquí vivimos dijo Carmen.

Y no sonaba a lema. Era solo la verdad, una verdad que por fin había dejado de ser motivo de guerra.

Rate article
MagistrUm
La ronda matutina En la puerta del ascensor, alguien había vuelto a pegar un papel con celo: “NO DE…