Desde que mi hijo se casó, parece que se ha evaporado de nuestras vidas. Ahora siempre está pegado a la falda de su suegra. Ella, por lo visto, necesita ayuda urgente cada dos por tres. Y yo me pregunto cómo sobrevivió esa mujer hasta que su hija se casó con nuestro hijo.
Llevan más de dos años casados. Al poco de casarse, los niños se fueron a vivir solos a un piso que compramos para mi hijo cuando empezó la universidad. Desde pequeño, nuestro hijo ha contado siempre con nuestro apoyo y comprensión. Antes incluso de casarse, vivía solo, porque su piso estaba al lado del trabajo.
No puedo decir que me cayera mal mi nuera. Simplemente, siempre me pareció una niña grande, poco hecha para la vida en pareja, aunque mi hijo solo era un par de años mayor que ella. Mi nuera solía comportarse como una niña y, para qué engañarnos, a veces era bastante caprichosa. Mi hijo es tan bonachón Yo solo pensaba: madre mía, ¿cómo va a navegar este chico por la vida con una niña de copiloto?
Cuando las conocí a las dos, a ella y su madre, me di cuenta del percal. Aunque la suegra de mi hijo tiene mi edad, se comporta como una adolescente perpetua. Seguro que conoces a ese tipo de personas, que con cincuenta años siguen siendo niños grandes, todo un caso de síndrome de Peter Pan. Y si ya de por sí era así, imagina: cuando se casaron, la señora ya iba por su sexto divorcio, que se dice pronto.
Ni siquiera teníamos de qué hablar; vivimos en galaxias distintas. Nuestros encuentros eran lo justo: saludos en la boda, poco más. Ni brillo, ni calidez, ni nada.
Las primeras señales raras ya las vimos antes de la boda. Mi nuera arrastraba a mi hijo constantemente a casa de su madre: que si hay que arreglar un grifo, que si la lavadora hace ruidos, que si se le cae una estantería de la cocina Bueno, pensé, en esa casa no hay una mano masculina, seguro que le viene bien algo de ayuda.
Pero con el tiempo, aquello se convirtió en rutina. Los desperfectos en casa de la suegra nunca disminuían. Nuestro hijo empezó a poner excusas para visitarnos: siempre que no podían era porque iban a casa de la madre de su mujer. Después, por arte de magia, todas las celebraciones familiares se trasladaron allí. En nuestra casa solo quedábamos nosotros, mis padres y, por supuesto, la suegra.
Ya resultaba triste que dejara de venir a Navidad o a los cumpleaños. Pero lo que colmó el vaso fue cuando ignoró hasta nuestras súplicas de ayuda. Te cuento: compramos un frigorífico nuevo y le pedimos a mi hijo que nos echase una mano para meterlo en casa. Él primero dijo sí, pero al día siguiente llamó para decir que no podía. Otro emergencia en el planeta suegra: la lavadora echaba agua a chorros.
Cuando mi marido le llamó, la nuera de fondo suelta: ¿Tus padres no pueden llamar a unos mudanceros?. Vino, sí, pero con una cara como si le lleváramos al matadero.
Papá, ¿no podías llamar a unos profesionales? ¡Al final me toca a mí cargar con todo!, soltó, indignado.
Yo, de verdad, me quedé perpleja. ¿Y la suegra? ¿No puede llamar a un electricista o un fontanero? ¿O vive en un universo paralelo en el que no existen esos oficios? Mi hijo encima dice que no, que si llama a alguien le timan, le cobran de más o no le arreglan nada.
Mi marido, ya quemado, va y le suelta: A lo mejor tu suegra no tiene ni idea de electrodomésticos, pero pastorear sabe un rato, porque anda que no sabe manejar a la gente. Mi hijo se ofendió con su padre y se marchó refunfuñando. Yo me mantuve al margen, aunque en el fondo le daba la razón a mi marido. Porque aquí, entre tú y yo, mi nuera y la suegra no le sueltan ni para ir al baño: es su manitas, su instalador de electrodomésticos, su chico para todo mientras que nosotros llevamos siglos sin verle el pelo.
Desde aquella bronca, ni que decir tiene que mi hijo y su padre llevan sin hablar ni buenas tardes. Y ninguno da su brazo a torcer. Yo, tirando del carro, aquí en medio como si fuera la protagonista de un drama familiar de sobremesa. Claro, mi marido tiene razón, pero podría habérselo dicho con más suavidad; ahora mi hijo está resentido y no quiere ver a su padre y yo paso de perderlo por semejante tontería.
Mi marido se niega a llamarle y mi hijo, erre que erre, dice que no será él el que se acerque hasta que su padre le pida perdón. Y aquí estamos, en tablas. Bueno, todos fastidiados menos la suegra, que vive como una reina. ¡Está claro que en esta partida, ella siempre gana!





