Rita fue a casa de su amiga Paula para regar las plantas y dar de comer a su tortuga. Paula y su mar…

Hace años, durante unas Navidades que ahora me parecen tan lejanas, Alicia fue a casa de su amiga Carmen a regar las plantas y alimentar a su tortuga. Carmen y su marido se habían marchado de vacaciones. Con la llave que le había dejado su amiga, Alicia abrió la puerta, entró en el recibidor y se quedó boquiabierta. Todo estaba iluminado, el árbol de Navidad relucía con sus guirnaldas y el televisor sonaba a todo volumen. Desde el baño llegaban unos extraños ruidos. Cuando Alicia abrió la puerta del baño, no pudo evitar llevarse las manos a la cabeza, sorprendida.

Alicia pasó las fiestas de fin de año sumida en una soledad que, más que orgullosa, era francamente triste. Su mejor amiga, Carmen, se había marchado con su marido a la sierra de Gredos unos cinco días antes de la Nochevieja, depositando en Alicia, la más responsable de sus amigas, la tarea de cuidar sus plantas y dar de comer a su tortuga. Vivían en el mismo edificio, pero en portales distintos.

Alicia aceptó. Aún no sabía qué capricho le tenía reservado el destino aquella vez.

Una semana antes del fin de año, su novio Jacobo a quien ella llamaba con ternura Jaco, con quien Alicia creía haber compartido dos años de felicidad, aprovechó una cena para soltarle una noticia inesperada: se había enamorado de otra. Y esa otra estaba ya embarazada de cuatro meses. Naturalmente, como caballero que era, estaba en la obligación de casarse con ella.

Así lo pedían su nueva pareja, su futura suegra y hasta la abuela. Jacobo tampoco se opuso demasiado. Simplemente accedió.

¿Y yo? preguntó Alicia, desorientada.

Jacobo terminó su cena, se limpió los labios con la servilleta y respondió:

¿Tú? No te preocupes. Reconócelo, ya no había amor entre nosotros. Lo nuestro era solamente la carcasa de lo que fue. Estas cosas pasan. Deberías agradecerme que te libre de mi presencia.

¿Me ayudas a hacer la maleta? ¿No? Bueno, entonces ya lo hago yo.

Y empezó a recoger sus cosas con la tranquilidad de quien dobla la colada.

Alicia, incapaz de salir de casa, pasó cuatro días llorando sin descanso. Cuando otra amiga suya, Estrella, llegó para visitarla, descubrieron entre conversación y conversación que Alicia no había comido nada en todos esos días, solo café.

Estrella y Alicia, junto con Jacobo, habían planeado pasar la Nochevieja en grupo, con restaurante reservado y todo. Ahora Jacobo pensaba acudir con su flamante esposa.

Alicia no quería de ninguna manera celebrar el nuevo año con sus padres, que seguramente la hubieran colmado de compasión y a su madre nunca le había caído bien Jacobo

Llegó el 31 de diciembre y, fiel a sus costumbres, Alicia aún esperaba un milagro. ¿Por qué? Seguramente por pura rutina. Sabemos que los milagros no existen, pero cada Nochevieja, como niños, seguimos pidiendo un deseo y aguardando, a pesar de todo, algo extraordinario.

El día dio paso a la tarde y después a la noche, sin novedades. Alicia recordó entonces que, en la ruptura, ni siquiera le había entregado a Jacobo el regalo que había preparado: un jersey de lana azul añil, suave y caro, que había comprado justo antes de su repentina partida.

Lo desenvolvió y se lo probó. Le quedaba grande; hasta los hombros le sobraban.

Supongo que a Jacobo también le habría ido grande pensó Alicia, y sin más, lo volvió a meter en la bolsa.

Luego se maquilló los ojos, se prometió no llorar y salió a la calle. Creía firmemente que como recibieses el año, así sería el siguiente. Mejor pasear por la ciudad la Nochevieja, que quedarse sola encerrada.

Faltaba una hora y media para medianoche. Alicia pensó que el tiempo pasaría rápido y pronto volvería a casa. Afuera llovía y el ambiente era frío y nostálgico.

Entró en una tienda de ultramarinos. Al buscar en el bolsillo, encontró la lista que Carmen le había dado antes de irse. Justo después de regar las plantas, el segundo punto era: alimentar a la tortuga dos veces por semana.

Alicia se alarmó. ¡Vaya por Dios! Con todas mis desgracias, me he olvidado de la tortuga. ¡Como le pase algo, Carmen me mata! pensó, cada vez más nerviosa.

El año nuevo podía esperar. Salió corriendo hacia casa de su amiga.

Abrió la puerta con la llave, entró en el recibidor, y de nuevo ¡el piso estaba iluminado, el árbol relucía y el televisor gritaba! Desde el baño sonaban voces o murmullos. Alicia empujó la puerta y se quedó estupefacta.

En el baño había un hombre desconocido afeitándose mientras tarareaba una tonadilla.

Lo primero que pensó Alicia fue que era un ladrón. Pero ¿quién se pone a afeitarse si está robando una casa?

¿Quién es usted? le preguntó, con voz severa.

El hombre se aclaró la espuma, se giró y le sonrió.

No se asuste. No soy peligroso. Soy Ramiro, primo de Carmen. Trabajo y vivo en Salamanca. Vine a una reunión y tenía previsto volverme, pero no he podido. Por suerte, tengo llave de la casa de mi prima. Hablé con ella, y me dijo que podía quedarme aquí unos días.

¿Y la tortuga de Carmen? preguntó de pronto Alicia, aún desconcertada.

La he visto, incluso la he alimentado. Se ha ido por ese rincón de allí dijo, señalando detrás del sofá.

Ramiro se puso la camisa.

Ahora que ya nos conocemos, ¿brindamos juntos? ¡Quedan solo 10 minutos para el año nuevo!propuso, sonriendo.

Alicia, de pronto algo turbada, salió corriendo escaleras abajo. Ramiro, entre sorprendido y divertido, la siguió:

¡Espere! ¿Dónde va? ¿Qué he hecho para asustarla?

Pero Alicia cruzó la calle, subió a su piso, tomó la bolsa del jersey y corrió de vuelta.

Cuando entró en casa de Carmen, la puerta seguía abierta. Justo eran las doce en punto.

Ramiro le ofreció una copa de cava y ella, en respuesta, le tendió la bolsa.

¡Esto es para ti, feliz año!dijo Alicia.

Ramiro abrió la bolsa y se encontró el jersey de lana azul añil. Se lo probó y, maravilla: le quedaba perfecto, ni ancho ni estrecho, ni en el torso ni en los hombros.

He pasado muchas Nocheviejas sorprendentes, pero esta es la mejorfue lo primero que dijo Ramiro aquel año.

Yo tengo dos sorpresas: terminar con Jacobo y encontrarme con Ramiropensó Alicia, aunque no lo dijo en voz alta, sino que sonrió, sintiéndose, por primera vez en semanas, ligera y esperanzada.

Al año siguiente, Alicia, Ramiro y su pequeña hija celebraron la Nochevieja en el hogar de él, rodeados de luces, alegría y nuevas ilusiones.

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Rita fue a casa de su amiga Paula para regar las plantas y dar de comer a su tortuga. Paula y su mar…