Hacia una vida nueva
Mamá, ¿cuánto más vamos a seguir chapoteando en este charco? Ni siquiera estamos en provincia, sino en la provincia de la provincia entonó su canción favorita Lucía, al volver de la cafetería.
Lucía, te lo he dicho cien veces: aquí está nuestra casa, nuestras raíces. Yo de aquí no me muevo.
La madre reposaba en el sofá, las piernas entumecidas sobre un cojín. A esa postura solía llamarla Picaso-gimnasta.
Ay, con tus raíces otra vez. Mamá, en diez años tus hojas se van a mustiar y aparecerá otro escarabajo errante más, al que tú propondrás llamar papá.
Con esas palabras crueles, la madre se levantó y se plantó frente al espejo empotrado en el armario.
Tengo buenas hojas, no digas tonterías…
Por eso lo digo, que aún están bien. Pero en nada: ¿qué prefieres? ¿calabaza, remolacha, o boniato? Elige lo que más te guste como cocinera.
Hija, si tanto lo deseas, vete tú sola. Ya tienes edad y puedes hacer lo que quieras dentro de la ley. Yo ¿para qué?
Por conciencia, mamá. Si me voy a buscar una vida mejor, ¿quién va a cuidar de ti aquí?
El seguro, la nómina fija, internet, y otro escarabajo aparecerá, así lo dijiste tú. Para ti es fácil mudarte, eres joven, moderna, entiendes la vida de hoy, y los adolescentes todavía no te dan rabia. Yo ya voy camino de la barca de Caronte.
¡Ay, mamá! ¡Bromeas como mis amigos! Y sólo tienes cuarenta…
¿Para qué lo dices en alto? ¿Quieres amargarme el día?
Si lo pasamos a años gatunos, son cinco Lucía corrigió rápido.
Te perdono.
Mamá, antes de que sea tarde, ¿y si nos subimos a un tren y nos vamos? Aquí nada nos ata.
Hace un mes conseguí que pusieran bien nuestro apellido en la factura del gas, y además tenemos la adscripción ambulatoria contraatacó la madre.
Por la tarjeta médica nos atienden a cualquier lado, y la casa no hace falta venderla. Si no sale, siempre podemos volver. Yo te saco rápido, te enseño la vida.
Ya me lo dijo el ecógrafo: No le va a dar a usted ni un respiro. Y pensaba que bromeaba. Por algo después ganó bronce en El Duelo de los videntes. Venga, vamos, pero si no funciona, prométeme que me dejas volver sin montar numeritos.
¡Palabra de honor!
El mismo pacto me lo hizo tu progenitor en el registro civil, y ambos tenéis el mismo grupo sanguíneo.
***
Lucía y su madre no perdieron tiempo con la capital de provincia y se lanzaron de cabeza a conquistar Madrid. Extractaron los ahorros de tres años, alquilaron con amplitud un estudio a las afueras, encajonado entre un mercado y la estación de autobuses. Pagaron el alquiler de cuatro meses por adelantado. El dinero se acabó antes incluso de empezar a gastarlo.
Lucía estaba tranquila y rebosante de energía. No perdió ni un minuto en desempaquetar ni poner la casa en orden: enseguida se zambulló en la vida madrileña: creativa, social y nocturna. Era más madrileña que el oso y el madroño: enseguida hacía amigos, cató todos los sitios de moda, aprendió a gesticular y vestir como si se hubiera materializado allí con el aire de la Gran Vía y un chute de elitismo.
Su madre, sin embargo, vivía a medio camino entre una tila por la mañana y un valium por la noche. Ya el primer día, pese a los ruegos de su hija para ir a pasear, se lanzó a buscar ofertas de empleo. La ciudad ofrecía puestos y sueldos que no tenían sentido juntos, y olían a trampa. Haciendo cuentas, sin ayuda de ningún vidente, diagnosticó: seis meses, como mucho, y vuelta al pueblo.
Sin atender sugerencias de su revolucionaria hija, siguió su camino seguro: se empleó de cocinera en un colegio privado, y por las noches fregaba platos en la cafetería del barrio.
¡Otra vez metida en la cocina día y noche! protestaba Lucía. Como si no te hubieras mudado. Así no saboreas Madrid. ¡Ponte a estudiar algo! Diseño gráfico, sumiller, o a las malas, esteticista. Así irías en metro, tomarías café caro y te adaptarías.
Lucía, ahora mismo no me apetece aprender a caminar. Aún me adapto, no te preocupes por mí. Encárgate tú de instalarte.
Suspirando por el conservadurismo materno, Lucía sí que se instalaba. Se acomodaba en la cafetería, donde chicos de otras provincias le pagaban el café; se instalaba mentalmente, tejiendo lazos esotéricos con Madrid, según le recomendaba su influencer de runas favorita; y se acomodaba en grupos donde sólo se hablaba de éxito y dinero. No tenía prisa ni por encontrar trabajo ni pareja estable: ella y Madrid necesitaban buscarse las cosquillas antes de comprometerse.
A los cuatro meses, su madre ya pagaba el alquiler con su salario, dejó de fregar platos y cocinaba también para una sucursal más del colegio. Lucía, mientras tanto, desertó de varios cursos, se presentó a un casting de radio, salió de figurante en una peli universitaria, donde el pago era pasta con tomate, y tuvo un par de breves affaires con músicos bohemios: uno resultó ser un burro integral y el otro, un gato con familia numerosa al que no le apetecía sentar cabeza.
***
Mamá, ¿te apetece salir hoy? ¿O pedimos pizza y vemos una peli? Yo estoy agotada, no me mueve ni una grúa bostezaba Lucía en modo Picaso-gimnasta una noche, cuando su madre ajustaba su peinado.
Pide tú, que te paso dinero por Bizum. Ni hace falta que me guardes, dudo que tenga hambre al volver.
¿Qué dices? ¿De dónde vas a volver?
Me han invitado a cenar contestó su madre, apartándose del espejo como una colegiala traviesa.
¿Quién?
En el colegio vino una inspección. Les puse croquetas, las que siempre te han gustado. Y el jefe de la comisión me pidió presentarle al chef. Me reí, claro; chef en un colegio En fin, tomamos café juntos como tú recomiendas y hoy voy a su casa a prepararle una cena casera.
¡¿Pero te has vuelto loca?! ¡Ir a casa de un hombre desconocido, a cenar!
¿Y qué más da?
¿Y si no quiere precisamente cenar?
Hija, tengo cuarenta, estoy soltera, él cuarenta y cinco, es guapo, listo y soltero. Lo que quiera de mí, me parecerá estupendo.
¡Piensas como una pueblerina sin remedio! ¡Como si no tuvieras opciones!
No te reconozco. Fuiste tú quien me trajo aquí para vivir la vida, no para vegetarla.
Contra eso, poco se podía decir. De pronto, Lucía entendió que habían intercambiado los papeles y eso ya era demasiado. Con el dinero recibido pidió la mayor pizza disponible y se castigó toda la noche devorando culpas. Este autoboicot terminó cerca de medianoche; y su madre volvió entonces, iluminando el recibidor con la alegría de su cara.
¿Y? preguntó Lucía, sombría.
Un escarabajo estupendo, nada de colorado, bien de aquí se rió su madre, y se metió en la ducha.
La madre empezó a salir más: teatro, monólogos, conciertos de jazz, sacó carné de la biblioteca, se apuntó a una tetería y se empadronó en el ambulatorio local. Medio año después, hizo un curso de reciclaje profesional, juntó diplomas y aprendió a cocinar platos exóticos.
Lucía no perdió el tiempo. No quería seguir colgada del hombro fuerte de su madre e intentó entrar en empresas punteras. Pero por mucho currículum, siempre quedaba atrapada entre pruebas imposibles. Sin encontrar su sitio, y tras perder amigos que ya no pagaban sus cafés, acabó de barista. Dos meses después, de camarera de noche en un bar.
La rutina la atrapó, dibujándole ojeras, robándole tiempo y energía. El amor tampoco cuajaba: entre los parroquianos aturdidos del bar, apenas recibía más que indirectas borrosas, jamás sinónimo de amor verdadero. Al final, Lucía se hartó.
¿Sabes, mamá? Tenías razón, aquí no hay nada que hacer. Perdón por haberte traído, hay que volver dijo desde la puerta tras otra noche agitada.
¿De qué hablas? ¿Volver a dónde? dijo la madre, recogiendo una maleta.
A casa, ¿a dónde si no? Lucía, girando frenética por la casa, metía en la maleta cualquier cosa a mano. Donde el apellido sale bien escrito y tenemos ambulatorio fijo. Tenías razón en todo.
Yo ya estoy empadronada aquí, y no pienso irme la madre la paró, mirando sus ojos rojos para adivinar el motivo.
¡Pues yo no! ¡Y quiero irme! No me gusta el metro de locos, ni el café a precio de jamón ibérico, ni las caras de vinagre del bar. Hay que volver. Allí tengo amigos y vivienda propia; aquí, nada me sujeta. Y tú misma estás ya haciendo la maleta.
Me voy a vivir con Emilio confesó de repente la madre.
¿Cómo que te vas con Emilio?
Pues porque tú ya estás hecha una mujer, con tu trabajo, tu piso, en el centro de todo. Es el mejor regalo que puedo hacerte. Aquí tienes todas las oportunidades, como agua del grifo. Gracias por sacarme del charco. Si no fuera por ti, hubiera seguido marchitándome allí. Aquí, de verdad, la vida tiene chispa. ¡Gracias! la besó en las dos mejillas, aunque Lucía no correspondió.
¿Y yo? ¿Quién cuidará de mí? preguntó la hija, sin ocultar las lágrimas.
El seguro, tu nómina, internet, y por ahí andará algún escarabajo repitió la madre.
¿Así que me dejas tirada? ¿Tan fácil?
No te abandono, pero tú también me prometiste no montar numeritos, ¿recuerdas?
Lo recuerdo. Dame las llaves.
Están en el bolso. Sólo te pido un favor.
¿Cuál?
La abuela también se muda. Ya todo está hablado por teléfono. Ayúdala a hacer la maleta.
¿La abuela viene aquí?
Sí; le he contado lo de la nueva vida, los escarabajos y el charco, justo ahora buscan a alguien en Correos y ya sabes cómo es tu abuela: cuarenta años enviando cartas, y hasta sin sello llegan a Laponia. Que aproveche ahora, mientras no se le mustian las hojas.





