Pasa, mamá, te estábamos esperando me dice mi hijo Manuel, mientras que mi nuera recoge mi abrigo y me acerca unas zapatillas de casa. De repente, su sonrisa se transforma en una leve expresión de preocupación.
Camino hacia el salón, donde están los invitados, y Lucía mi nuera asiente hacia el suelo. Entonces Manuel y yo vemos lo mismo: unas huellas mojadas en el parqué. Nos lanzamos una mirada cómplice, pero decidimos dejar el asunto para luego.
Manuel y Lucía tenían una noticia que celebramos todos; hace poco fueron padres de mellizos, y ahora que los bebés han crecido un poco, quisieron reunir a la familia más cercana para festejarlo.
Yo, Dolores, llevo ya algunos años jubilada. Les llevé a los pequeños unas ropitas de punto hechas a mano, todo lo que pude hacer, ya que juntar unos euros para comprar algo nuevo en la tienda se me hacía imposible. Por eso, incluso no quería venir inicialmente, pensaba pasarme en otra ocasión, pero mi hijo y su mujer insistieron: en un día tan especial, la madre debe estar presente.
A los niños les pusieron por nombre Pablo y Ramón. Casi no pude aguantar la alegría al oír cómo los llamaban; Pablo, como mi difunto marido, y Ramón, el nombre de mi padre. Así seguían las tradiciones familiares de los nombres masculinos, lo cual para mí fue motivo de gran orgullo y emoción.
¡Pero qué bonitos están! Este se te parece mucho, Lucía. Y este, a ti, Manolito. Ay, no, ya me he perdido, ¡si son igualitos, como dos gotas de agua! exclamaba yo, rodeando la cuna, sin saber dónde empezaba uno y terminaba otro, de tan iguales que eran.
Manuel y Lucía no podían evitar reírse ante mi mezcla de gozo y confusión. La verdad es que ver a una abuela tan alegre e inquieta provoca ternura.
Poco a poco, los demás invitados se despidieron y yo también comencé a prepararme para salir. Lucía miró a Manuel, y él me propuso quedarme a dormir en su casa:
Mamá, ¿te quedas esta noche? Es tarde y igual ya no pasa ningún autobús. Así ayudas un poco a Lucía con los niños: hoy toca bañarlos y acostarlos.
Bueno, hijo, lo que digas asentí.
Ayudé a mi nuera a recoger la mesa, fregué los platos y dejé todo ordenado. Después, fuimos todos juntos a bañar a los bebés. Se notaba la alegría en mi mirada. Lucía me puso en brazos a uno de los gemelos, y no pude evitar confesar que me daba miedo: era tan pequeño que parecía se me fuera a escapar.
Mamá, si pudiste criar a Manuel, no se cayó nunca bromeó mi nuera.
Ay, hija, pero ¿cuánto tiempo ha pasado? Ya ni recuerdo cómo se sostiene un bebé suspiré.
Pero al final Lucía me cedió a Pablo y, en cuanto lo abracé, el niño se durmió como si sintiera algo familiar y cálido en mis brazos, mientras ella mecía a Ramón.
Me prepararon una habitación solo para mí, para que pudiera descansar, aunque yo no pegaba ojo, pendiente por si Pablo o Ramón hacían algún ruidito. Tanto gasté mis fuerzas en la noche que, cuando al fin me dormí, era de madrugada.
Cuando desperté, Lucía ya tenía el desayuno preparado y los bebés, aún dormidos.
¿Dónde está Manolo? pregunté, sorprendida, al ver solo a Lucía en la cocina.
Mamá, siéntate a desayunar tranquila, que Manuel ya viene me respondió con cariño.
Al poco, Manuel apareció con una gran caja en las manos.
Mamá, esto es para ti. ¡Ábrelo! me sonrió.
Al destaparla, me encontré con un par de botas nuevas. No conseguía articular palabra de la sorpresa.
Hijos… son demasiado caras. No puedo aceptar este regalo musité, a punto de lagrimear.
No cuestan más que tú, mamá. Además, póntelas y disfrútalas con salud contestó Manuel, acariciándome la mano.
Me probé las botas y no entendía cómo supieron que las necesitaba tanto; las que tenía estaban tan estropeadas que ya ni el zapatero podía arreglarlas, y dinero para unas nuevas no tenía.
De repente, uno de los niños lloró y me lancé a por él, estrenando mis botas nuevas, casi sin quererlo.
Has estado genial, Lucía, gracias le susurró Manuel a su esposa. Yo ni me habría dado cuenta.
No había nada que pensar. Ayer, al llegar, vi sus pies empapados, miré las huellas, sus botas gastadas… y lo entendí. Para nosotros, trescientos euros es mucho, pero ya recuperaremos el dinero. Para tu madre, en cambio, era inalcanzable. Que las disfrute y las use con alegría respondió Lucía, rodeándole con sus brazos.
Yo sentía un calor muy especial, no sabía si era por las botas nuevas o por saberme tan querida y valorada por mis hijos.





