…Sonó el timbre… De repente, la suegra irrumpió en el piso sin saludar, apartando al hijo del pasill…

Sonó el timbre En el piso, sin saludar y apartando a mi hijo del pasillo, irrumpió mi suegra.

A ver, querida nuera, ¿qué secretos tienes escondidos para tu marido? exclamó.

¿Mamá?… ¿Qué ocurre, mamá?…

Cuando llegué a casa, todo estaba en silencio. Mi mujer, Inés, ya me había avisado por la mañana que hoy tendría que quedarse más tarde en el trabajo el jefe había decidido hacer una revisión imprevista.

Entré en la cocina, abrí el frigorífico y, evidentemente, no había cena. Suspiré, puse el agua a hervir y me preparé un par de bocadillos antes de sentarme frente al televisor.

Estuve zapeando unos minutos hasta encontrar un canal de deportes. Pero, por supuesto, la tranquilidad para disfrutar mi merienda y el combate de boxeo no duró mucho.

De pronto sonó el timbre y allí estaba mi madre, doña Jacinta Ballesteros. Entró como un vendaval, sin ni siquiera saludar y empujándome a un lado.

¡Fede, escúchame lo que te voy a contar! Me lo ha contado Pilar dijo, casi sin respirar.

¿Qué pasa ahora, mamá? le pregunté.

Pues que tu mujer, Inés, resulta que tiene otro piso. Lo alquila y se queda con todo el dinero.

Mamá, ¡qué manía tienes de creerte todo lo que dice esa Pilar! Va por medio Madrid recogiendo chismes y tú, catacrac, vas y te lo tragas.

Mira, Fede, sé que Pilar a veces exagera, pero esto me lo ha dicho seguro. Resulta que la que alquila el piso ahora mismo es la sobrina de la vecina de Pilar.

La chica acaba de casarse, y han alquilado el piso de Inés, pagando ochocientos euros al mes y encantados porque es barato. Lo fuerte es que lleva alquilando el piso ya más de dos años, no son los primeros inquilinos.

¡Vaya sorpresa! dije, pensativo. Pero ¿por qué Inés nunca me ha contado esto?

Pues cuando vuelva Inés del trabajo, pregúntaselo. Aunque está clarísimo: tu mujer se está buscando un lugar propio por si acaso. Ahora ahorra y en cualquier momento te deja con una mano delante y otra detrás soltó mi madre con ese dramatismo tan suyo.

Unas horas después, llegó Inés. En el piso la esperábamos mi madre y yo. Jacinta, mi madre, ni siquiera quiso irse antes porque le interesaba ver cómo se justificaba su nuera. Como no quería estar de brazos cruzados, preparó la cena y me alimentó como si tuviera doce años.

En cuanto Inés entró al salón, la recibieron dos pares de ojos severos e inquisitivos.

Comenzó mi madre:

A ver, Inés, ¿qué secretos tienes respecto a tu marido?

Que yo sepa ninguno contestó Inés, extrañada.

¿Ninguno? ¿Y el piso de la calle Ortega y Gasset, en el número cincuenta y tres?

¿Y qué tiene que ver mi piso con los secretos? replicó.

Pues que lo alquilas y le escondes el dinero a tu marido insistió Jacinta, con tono tajante.

La verdad, Inés intervine yo por fin, ¿de dónde has sacado ese piso? ¿Y por qué nunca me has dicho que lo alquilas? También me gustaría saber en qué gastas ese dinero.

El piso era de Carlota dijo Inés, la prima segunda de mi madre, vamos, algo así como mi tía abuela, aunque en estas cosas de familia siempre me pierdo.

Carlota falleció hace casi tres años. Te lo conté, Fede, y tú lo único que dijiste fue que menos mal, así yo dejado de hacerle recados.

Y cuando te pedí ayuda para organizar el entierro, dijiste que tenías mucho lío en la oficina y no podías.

¿Y por qué te dejó a ti el piso? preguntó mi madre, olfateando el drama.

Supongo que porque nadie más de la familia la fue a ver en años, solo yo contestó Inés, encogiéndose de hombros.

¿Y por qué nunca le contaste a Fede que recibiste una herencia? siguió Jacinta.

¿Y qué tiene que ver Fede con mi herencia? dijo mi mujer.

¿Cómo que qué tiene que ver? ¡Es tu marido! gritó mi madre, sin dar crédito.

Y ¿qué?

Vamos, Inés, no te hagas la tonta. Ese dinero es para la familia, y tú lo has estado gastando para ti sola.

Pues claro que lo gasto, porque es mi derecho. Una herencia es un bien privativo, y todo lo que obtenga de venderla o alquilarla es solo mío. No tengo que justificarme ante nadie dijo tajante mi mujer.

Mira, Inés, el año pasado me gasté un dineral en arreglar el coche salí yo a la palestra, hasta las dos pagas extras le metí. ¿Y tú tenías dinero ahorrado y te lo callaste? No me lo esperaba de ti.

Fede, es tu coche, tú lo usas. Cuando necesito que me lleves a algún sitio, siempre dices que estás liado o que tome un taxi.

Y en todo el año solo me has acercado tres veces: una para la compra de Navidad, otra cuando olvidaste las llaves y no querías quedarte en la puerta, y al centro de salud cuando me torcí el tobillo.

¿Por qué tendría que invertir mi dinero en arreglar un coche que ni uso?

¿Y cuánto llevas ahorrado ya? se entrometió Jacinta. ¿Un millón?

Algo tengo, pero ni mucho menos eso. Tú, Fede, ¿recuerdas que tienes dos hijas estudiando fuera? ¿Cuándo fue la última vez que les mandaste algo de dinero? preguntó Inés.

Yo pensaba que ellas ya trabajaban

Estudian y a veces hacen algún trabajillo. Pero si tuvieran que costearse todo solas, no podrían ni estudiar.

¿Y por qué nunca me contaste nada de la herencia desde el principio? le pregunté.

Porque no quería tener que aguantar este interrogatorio que me estás haciendo ahora. Y además, ya tenía un ejemplo en casa: lo que le hicisteis a Laura, la mujer de tu hermano pequeño, con su viejo piso de soltera.

¿Y qué le hicimos? se indignó mi madre.

¿Cómo que qué le hicisteis? Os pasasteis un año machacándola:

¡Pero para qué quieres ese piso viejo! Vamos a venderlo, compramos un chalé y disfrutamos en verano.

Vendisteis el piso, comprasteis el chalé. ¿A nombre de quién está? ¡Al tuyo, Jacinta! Ahora Laura ni puede ir si no lo autorizas, y ni hablar de invitar a sus amigas a cenar.

Eso sí, para cavar en el huerto no tienes problema en llamarla. Yo no quiero acabar igual.

¡Eres una egoísta, Inés! gritó Jacinta. ¡Solo piensas en ti!

Aprendo de ti, Jacinta respondió mi mujer, tranquila.

Fede, ¿estás escuchando? ¡Mira cómo me contesta tu mujer!

Desde mi punto de vista, lo único que hace es decir la verdad. Descubristeis la herencia y viniste corriendo a contármelo, pero ¿con qué propósito? preguntó Inés.

Para que no escondas el dinero y que ese dinero sea para la familia.

Pero si ya lo invierto en la familia. Solo que en lo que yo considero prioritario, no en tu coche ni en la reforma de tu chalé le respondió con serenidad.

Podríamos hablar, entre todos, en qué gastar ese dinero propuso mi madre.

¿Crees que, con cuarenta y seis años, no soy capaz de gestionar mi dinero?

¡Es que hay que pensar en los intereses de todos! exclamó Jacinta.

¿De todos, de quiénes? ¿De ti? Por eso he preferido no decir nada hasta ahora, para usarlo solo en beneficio propio y de mis hijas.

Y así se quedó la cosa. Mi madre, frustrada por no sacar nada en claro, no se rindió, e intentó varias veces conseguir su parte, como decía con su peculiar manera de ver la justicia.

Pero Inés, firme como siempre, supo ponerle límites a las exigencias. No era de las que se dejaban manipular, desde luego. Como solemos decir por aquí: quien avisa no es traidor.

Hoy he aprendido que cada familia tiene sus cosas, y que a veces, lo mejor es no meterse donde no te llaman, aunque cueste aceptarlo.

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MagistrUm
…Sonó el timbre… De repente, la suegra irrumpió en el piso sin saludar, apartando al hijo del pasill…