Ventana de hospital, abierta de par en par desde primera hora, cuando la enfermera la había descorrido en un gesto rápido y efectivo. El aire fresco entraba con suavidad, remeciendo cortinas claras, dejando ver el verde de los árboles, ese mismo verde que tranquilizaba y prometía un día aún lejos del calor asfixiante del verano de Castilla.
A Pedro le acababan de operar de apendicitis. Decían los médicos que fue por los pelos, que la cosa estaba fea, pero Pedro ni se inmutó.
¿No te dan miedo los pinchazos? le preguntaba entre risas la enfermera, mientras vaciaba el aire de la jeringuilla antes de su inyección matutina.
Pedro giraba apoyado en el costado, en silencio. Levantarse todavía estaba prohibido.
¿Que si alguien iba a asustarle con eso?
Le trajeron del portal de una casa, donde el dolor se hizo insoportable de repente. No era un niño de la calle, aunque en el orfanato donde creció muchos lo hubieran creído. Caminaba entonces de vuelta del mercado junto a Samuel y el pequeño Sergio, donde intentaban ganarse algún euro con hacer algún trabajillo ilegal, y allí le dio el ataque.
Solo le pesaba una cosa: haber metido a Samuel y a Sergio en un lío, porque iban a enterarse en el orfanato, seguro. Ayer mismo, después de la operación, vino corriendo la subdirectora, doña Pilar, acompañada de gestos preocupados que a Pedro le parecían teatrales. Todavía estaba bajo los efectos de la anestesia, recuerdo sólo el rostro inclinado sobre él, palabras que flotaban confusas.
¿Por qué no habría enfermado ya en el orfanato? Estaba a un paso, justo en la esquina.
Culpaba a los albaricoques. Les regalaron una caja en el mercado, y aunque parecían pochos, resultaron tan dulces como la miel. Entre los tres, se la zamparon entera. Y claro, les sentó como un tiro.
¡Eh, campeón! ¿Cómo te encuentras? El médico, un hombre ya mayor de brazos cubiertos de vello, le revisó el vendaje. Lo peor ya pasó, ahora no tienes que temer a nada.
Si yo no temía nada.
¡Valiente eres! Pero mira, ni pienses en comer nada, ¿eh?Nada de dulces ni de regalo. Solo en la merienda te daremos un poco de compota.
Pedro asentía sin protestar, por mero respeto. Sabía bien que nadie le traería dulces; todos en el hogar estaban molestos con él por lo ocurrido, por la escapada, por haber comprometido a los educadores. Iban al mercado por el agujero en la valla, y justo a la vuelta fue cuando se vino abajo con el ataque.
Lo de valiente, la enfermera llevaba razón. Lo era. La vida le había hecho así. Su madre, supuso, simplemente no había tenido recursos ni fuerzas para procurarse un aborto. Pedro tenía diez años, aunque razonaba con la crudeza de alguien mayor, como la mayoría en el orfanato.
No guardaba rencor. Al contrario, agradecía nacer, aunque lo abandonara al poco tiempo.
Hasta los tres años, pasó por la casa cuna. Luego, a un hogar en Segovia. Más tarde, a un orfanato a las afueras de Valladolid. De siempre luchando por cada cucharada.
Recuerda las peleas en el comedor. A pesar de los tiempos tranquilos plena Transición, los cocineros y empleados robaban todo lo que podían; hasta cargaban el coche. Se peleaba por la comida, por todo.
Se hizo fuerte. A golpes, a brazo. Alguna que otra fractura. Y, en una ocasión, una peluquera ambulante lloró al verle la cabeza repleta de cicatrices.
Nunca entendió por qué, él nunca lloraba.
Y ahora querían asustarle con una cicatriz o una jeringuilla más…
Ridículo.
A los adultos los veía calculadores, fríos. No era el típico niño o niña dulce a quien querer. Más bien seco, directo, áspero incluso.
Mucho ojo, Varela. Como intentes algo raro, te vas derecho a la celda de aislamiento le gruñía doña Pilar.
Pedro no contestaba. Pero obedecer, lo justo. Tenía sus propias reglas, desde hacía tiempo.
Solo recordaba a una adulta de forma especial. No sabía si otros niños piensan en su madre, hablan a su memoria. Pero a aquella mujer, que apareció de paso por su vida, Pedro le hablaba en sus pensamientos a menudo.
Tenía seis años cuando llegó a trabajar al orfanato. No recordaba su cargo. Solo su manera de sonreír, sus ojos claros, su olor, sus manos tibias. Cuando lo sentaba en su regazo y murmuraba al oído: Debes ser fuerte, Pedrito. Comer bien, cuidarte, obedecer. Te costará, hijo, pero tú inténtalo. ¿Vale?
Después le cantaba una nana.
Gatito, mi gatito, colita gris de algodón,
Duérmete ya, duérmete ya.
Colita grisecita, patitas blanquitas,
Duérmete ya, duérmete ya.
Patitas bien blancas, orejitas oscuras,
Duérmete ya, duérmete ya…
Por mucho que Pedro se hiciera mayor, muchas veces, cuando la tristeza le ahogaba, cerraba los ojos y tarareaba aquella letra, sintiendo el calor de manos lejanas.
Aquel ángel desapareció. Solo le quedó la canción, el recuerdo. Ni nombres, ni más historias. Él la llamaba mentalmente mamá. Sospechaba que habría sido una simple cuidadora temporal, pero, de vez en cuando, le daba por imaginar.
La enfermera cerró la ventana y se puso a hacer la cama enfrente. Pedro se alegró: la soledad le pesaba.
Pronto, trajeron a un niño en una camilla, rodeado de médicos y enfermeros. Siguió el ajetreo con curiosidad. El chaval, delgado, de nariz afilada, conectado a una vía. Al poco, solo quedaron la enfermera y un hombre con bata sobre el traje.
Ni él, ni el niño, ni la enfermera charlaron mucho. Frases sueltas.
Estará dormido.
Bien, gracias.
Avísenme.
De acuerdo.
La enfermera se fue, el hombre se quedó sentado junto al chico, la cabeza baja, sin moverse. Parecía quedarse dormido.
Pedro, con la espalda molida, se giró; la cama crujió. El hombre se volvió: ceño fruncido, ojeras profundas, pero mirada amable.
Buenas tardes murmuró, sorprendido de ver a Pedro.
Buenas le respondió bajito.
El hombre reaccionó, vigiló a su hijo, cogió una silla, la arrimó a la cama de Pedro.
¿Te han operado?
Sí, de apéndice.
Bien, no te levantas aún, ¿verdad?
Todavía no.
¿Quieres algo?
No puedo comer hasta la tarde. ¿Y él? miró Pedro al pequeño.
Otra enfermedad. ¿Te importa si estoy aquí? Si tienes visita, me marcho.
No pasa nada Pedro negó con la cabeza. ¿Con qué derecho iba a quejarse?
El hombre se encogió de hombros.
Se llama Simón. Tiene once años. ¿Tú?
Pedro, tengo diez.
Gracias, Pedro dijo el hombre. Pero Pedro no entendía por qué le daba las gracias.
Al día siguiente la habitación no tuvo descanso. A Simón le pusieron más sueros, el médico entró varias veces. Su padre dormía allí, de vez en cuando le hablaba. Simón no abría los ojos. Daba la impresión de que dormía eternamente.
A la tarde vino una pareja mayor y una joven alta, recta, el pelo rizado atado atrás. Era la madre de Simón, los ojos enrojecidos, mirada ausente. La sentaron junto al chico. Le hablaba, le acariciaba sin parar.
¿No pueden cambiar al niño de cama? preguntó el padre al médico, señalando a Pedro, por si su mujer no aguantaba.
Sí, hoy mismo.
El médico se acordó de Pedro.
¿Qué tal, chico? ¿Te duele?
Un poco.
Apenas pudo dormir de noche; el vendaje tiraba, el catéter molestaba, nadie llegó a llevarle la merienda prometida.
Hoy podrás levantarte ya, vamos, ánimo. Cuando la enfermera quite el catéter, te cambiamos a otra sala dijo el doctor.
Pedro estaba deseando andar, pero la enfermera tardaba. La habitación, siempre llena.
Ya iba comprendiendo: Simón, probablemente, se estaba muriendo. Nadie se lo decía abiertamente, pero el ambiente era denso, resignado.
En un momento se quedó solo con una chica joven, familiar de Simón. Cuando la enfermera entró a quitar el catéter, Pedro le dijo en voz baja que le daba corte con la chica mirando, pero ésta no tenía tiempo para pudores.
¡Ya quisieras que alguien te hiciese caso! Enseguida acabo.
Duró poco la maniobra, y Pedro se quedó tumbado, admirando la libertad que sentía, aunque no tenía ropa y no sabía dónde estaba.
Tú le importas a nadie. Bien cierto.
Un rato después, decidió que debía sentarse. Se incorporó, tapado con la sábana.
¿Te ayudo? preguntó la joven.
No, gracias Pedro lo intentó, pero acabó tumbándose, mareado.
Se levantó de nuevo enseguida.
¿Sabes dónde han dejado mi ropa? le preguntó, con timidez.
Ella prometió averiguarlo.
Tú vigila a Simón, ¿vale?
Pedro intentó ponerse de pie, envuelto en la sábana, pero le temblaban las piernas y no se atrevía a soltar la cama. No pensó que andar sería tarea tan difícil.
Por fin trajo la enfermera ropa, aunque no la suya, sino del hospital.
Me doy la vuelta, tranquilo dijo la muchacha.
Se vistió como pudo. Todo le caía grande, tuvo que apretar la goma, pero lo solucionó. Las perneras largas le molestaban, pero agacharse era imposible hasta que la joven, atenta, le ayudó.
Espera ¡Si esto te quedan larguísimos! Déjame arreglártelo.
Mientras ella se arrodillaba para doblarle bien los pantalones, Pedro sintió que le faltaba el aire.
Voy a caerme
Anda, siéntate, chico, estás medio en las últimas. ¿Has comido algo hoy? ¿Cómo te llamas?
Pedro.
Yo soy Lucía. Pedro, ¿no tienes a tu madre aquí? ¿Llamamos?
No tengo madre.
Ah…¿Y tu padre o alguien?
Me las apaño. Mejoro poco a poco. Tengo que ir al baño.
Llegó allí, se vio en el espejo: ojeras moradas, labios pálidos, pero los ojos, oscuros, chisporroteaban con fuerza. Una vez una educadora le preguntó si se apellidaba Varela por sus ojos, negros como el ala de un cuervo. Y su apodo era Cuervo. Lo llevaba a orgullo.
Se lavó con agua fría y se sintió mejor. Apareció Lucía con compota.
Para ir al comedor, tendrás que subir tú solito.
¿Dónde queda?
Gira a la derecha y luego otra vez la derecha, pero vamos, seguro que el olorcillo te guía rió la auxiliar.
¡Que casi se cae antes! Ya le traeré yo la compota, que no le den más por ahora protestó Lucía.
Pedro pronto fue inquieto. Paseaba por la sala, miraba a Simón, tan guapo, tan menudo, los rizos como su madre, pero consumido.
¿Simón se muere? preguntó, sin rodeos, como quien crece en un orfanato.
La joven se sobresaltó.
No lo sabemos pero sí, Simón está muy grave. Lleva mucho tiempo luchando, cuatro operaciones Los padres están agotados. Ahora estamos nosotras ayudando. Soy su tía, la hermana del padre. Pero a veces ocurren milagros, ¿no crees?
No lo sé respondió Pedro, sentándose en su cama.
Pensó en Simón. Otras oportunidades, otra vida, esas que solo veía en las películas: padre, madre, abuelos, familia Todo y sin embargo, allí estaba, muriendo.
Qué injusto era todo.
A él no le cambiaron de cuarto. Por la noche volvió el padre de Simón y el movimiento de personas. Escuchó que decían que a Pedro no le había ido a ver ni dios en todo el día.
Pedro, ¿de verdad eres del orfanato? le preguntó el padre de Simón.
Sí.
¿Quizá quieras irte a otra sala? Es que Simón está muy grave.
No, aquí estoy bien, ¿puedo quedarme?
Se repitieron los días, y Pedro empezó con fiebre. Acabaron llevándole a una sala con viejos, y se aburría, pero cuando podía, volvía a sentarse junto a Simón. Ya nadie le decía nada.
Retrasaron aún más su salida del hospital.
En esos días, el padre de Simón, llamado Diego Alonso, acabó por saberlo todo de Pedro, indagando poco a poco, fijándose. Un día le llevó algo de ropa. Pedro, acostumbrado a heredar ropa de otros, aceptó con naturalidad, pero mirando a Simón.
¿Es suyo?
Sí
¿Y si él mejora?
Diego le miró sorprendido. En casa nunca se pronunciaba esa palabra: morir. Todos esperaban el final de Simón, pero nadie lo verbalizaba. ¿Cómo podría decirse eso del único hijo? Aterraba solo pensarlo.
Una vez gritó su esposa, tras intentar animarla: ¿Por qué, Diego? ¿Por qué hicimos todo bien, y aún así se muere? ¿Cómo puede consolarme eso?
Cuando se marcha un ser querido, el cuerpo se deshace. Así le ocurrió a su mujer, Marina. Vivía para su hijo. Fue ella quien le acompañó por todos los hospitales, golpeó puertas, rezó, lo llevó de consulta en consulta, pero llegó un momento en que se agotó por completo.
¿Y si no muere? insistía Pedro.
A Diego le costó contestar tanto a Pedro como a sí mismo.
No va a resistir, hijo. Se está yendo le confesó, con dificultad.
¿Duele morir? Pedro, apretando la ropa contra sí, miraba al moribundo con compasión.
Diego sentía la empatía, la tristeza de aquel chico. Sabía, escuchando siempre las conversaciones, que era huérfano, que no lo iba a pasar mejor.
Va a dormirse, no sentirá dolor. Hacemos todo para que así sea. Para eso estamos.
¿Y por qué se mueve?
Por eso seguimos hablándole. Creemos que nos oye, aunque no es seguro.
La familia no abandonaba el cuarto. Aunque una tarde, al salir Diego a por un café, dejó solo a Pedro junto a Simón. Al regresar, se detuvo en la entrada, escuchando al chico.
y yo ni se dónde está mi madre, a saber si vive. Me abandonó, no me enfado con ella. Si viniera, la perdonaba, de verdad. Pero no va a venir Tú tampoco deberías irte, ¿sabes? Tu madre está fatal, tu padre igual. Si yo tuviera un padre así Yo sí que me empeñaría en vivir. Y la ropa y la camisa te la devuelvo, no las ensucio. Tengo ya muchas. Pero tú lucha, Simón, no te rindas, por favor.
A Diego se le hizo un nudo en la garganta. Pedro se levantó de un brinco.
¡Me ha apretado la mano! ¡De verdad, créame!
Te creo, hijo, te creo dijo Diego, emocionado.
Esperaron el final. Simón murió de madrugada. Pedro ni se enteró y nadie se lo dijo al despertar. Bajó a desayunar y luego, curioso, entró en la antigua sala.
Un paciente nuevo organizaba sus pertenencias junto a la cama de Simón.
¿Y? señaló la cama vacía.
Ni idea. No había nadie.
Pedro corrió al puesto de enfermería. No vio a su enfermera, buscó a su doctor. Nada. Preguntó a quien encontró.
Simón, ¿dónde está? ¿Se lo llevaron? ¿A dónde?
Simón estuvo muy enfermo.
¿Ha muerto?
El médico asintió.
Por desgracia, sí. Sucede.
Pedro se apartó, rabioso. Odiaba a todos en ese hospital.
¡Qué inútiles! Tantos médicos, tanta bata blanca y nadie pudo salvar a su amigo.
¿Cómo expresar tanta rabia?
En el pasillo, empujó un cubo de agua de la limpiadora que rodó y derramó su contenido. Regañinas desde todos lados. Se metió en el cuarto, cerró y se tapó los oídos.
Un hospital lleno, lleno de médicos, y Simón, su amigo, nada.
¿En qué momento, Simón, inconsciente todos esos días, se hizo su amigo? Ni Pedro lo entendió. Compartió con él todos sus secretos, la historia de su madre, la canción, mil historias. Y una vez soñó que Simón se sentaba, sonreía levemente, pedía que no lo tocase, solo quería sentarse. Le hablaba con voz casi de niña, le contaba su vida, hasta que, mirando a la ventana, subió al alféizar. Pedro despertó del susto, convencido de que caería.
Oscuras sombras de ramas se agitaban esa noche de luna.
Pedro se sentó a la cama de Simón, le tomó la mano, empezó a cantar, bajito, la nana antigua:
Gatito, mi gatito, colita gris de algodón,
Duérmete ya, duérmete ya…
Desde entonces, Pedro siguió hablando con Simón en sueños. Le contaba cosas de su vida, viajes al mar con la familia, el abuelo general, historias del colegio, de la madre que lo despertaba con el desayuno.
Así imaginaba Pedro la vida en familia: todo ideal, a veces hasta disparatado, como creía que era en las casas de verdad, donde nunca había estado. Imaginaba que toda la familia dormía en la misma habitación, cada uno con su cama; que en el recibidor hay una taquilla y que los jueves es día de pescado, y la madre reparte el té con un cucharón.
***
Diego, al morir su hijo, sintió una extraña paz. No porque no lo quisiera; al contrario. Habían luchado tanto, pero cuando uno deja de vivir ya, prolongar el dolor No, Simón al menos descansó.
Ahora debía aceptar la ausencia y animar a su esposa a seguir.
Cada vez pensaba más en Pedro.
No era momento, sabían, para hablar de adopción. Marina jamás lo entendería. Nadie reemplaza a Simón. Su retrato presidía el salón de casa rodeado de flores, y su mujer mantenía velas, iba a la iglesia, visitaba el cementerio a diario. Ocho años antes, un embarazo ectópico la había dejado ya sin más hijos posibles.
Y Pedro, igual, nunca conocería a su madre ni a un padre de verdad.
Era distinto de Simón: hosco, duro, ojos negros. Pero Diego había oido cómo hablaba, y adivinaba un fondo bueno, limpio.
Marina, me pasé hoy por el hospital, ya dieron el alta a Pedro, por fin.
¿Por qué? ¿Para qué vas allí?
¿Yo? Eh recogí los informes de Simón. Fíjate, Pedro montó una buena al saberlo, discutió con todo el mundo.
Ay, pobre suspiró Marina.
Sí
No te preocupes por mí, Diego. Me voy a hacer a la idea. Haz tu trabajo.
Vale.
Pero nada de hablarme de niños, al menos de momento.
Diego, sin embargo, fue un sábado al orfanato de Pedro. Algo le llamaba. Lo recibieron con desconfianza, la directora le interrogó, imposible que viera a Pedro, a pesar de que Diego recalcaba que era un mero encuentro sin compromiso.
Lejos de frenarse, decidió hablar con su compañera de estudios Teresa Santos, ahora psicóloga de adopciones.
Al día siguiente estaba en su casa. Teresa lo entendió todo, le apoyó, investigó sobre Pedro, le insistió en que lo principal era convencer a Marina y al propio Pedro. Sin eso, nada.
Aun así, Diego fue a los servicios sociales, consiguió toda la documentación. Esta vez, los funcionarios no pusieron pegas. Le prometieron ayudar a organizar un encuentro con Pedro.
Todo lo informó a su suegro y a su cuñada Lucía, que le apoyaron, sobre todo Lucía, quien se encariñó con Pedro. Se comprometieron a hablar también con Marina.
Pero Marina se echaba a llorar cada vez que surgía el tema.
No va a sustituir a Simón. ¿Cómo no lo ves?
No se trata de eso, Marina. Simplemente es un huérfano, como lo somos nosotros ahora. Es diferente, complicado, criado en el orfanato. Pero, si hubieras oído cómo hablaba a Simón, cómo le pedía que se despertara ese chico me ayudó, a mí, un hombre adulto. Nos haría bien, aunque solo sea conocerle.
No me presiones
Fue, como mínimo, un primer paso.
Por fin, acordaron una visita. Pedro estaba tenso, ni miraba los ojos, las manos tan apretadas que los nudillos blancos.
Allí estaba Teresa, discreta, dejándoles hacer. Diego adivinaba el esfuerzo del niño, sus nervios. Nada que ver con aquel hospital.
Quería abrazarlo, decirle: No te preocupes. Miró a Marina, buscando ayuda. Ella también observaba, suspirando. Diego intentó hablar de cualquier cosa, rellenando silencios.
Tanta era la tensión, que Pedro se marchó antes de lo previsto.
Nos ha calado, me parece que no quiere venir dijo Diego, triste.
Te equivocas intervino Teresa. Es su mayor deseo, solo que teme no estar a la altura, buscará ser digno, pero tiene pánico al rechazo.
¿Tan terribles parecemos? preguntó Marina.
Sois lo que nunca tuvo. No sabe cómo actuar, solo piensa ahora en vosotros Teresa sonrió.
Decidieron recibirlo en casa. No era fácil para nadie.
Ya en la cocina, Pedro con las manos sudorosas, sin atreverse a tocar nada, ni mirar de frente el lujo, ni las cortinas, ni los limpios muebles.
Le tenía miedo, inconscientemente, a Marina.
Cuando a Diego se le cayó la cuchara, Pedro se sobresaltó:
Maldición
¡Eso! rió Diego. Venga, hombre, come.
Pedro cogió un trozo de patata, sin ganas.
¿Quieres ver la habitación de Simón? ofreció Marina aliviando la tensión.
A Pedro se le iluminaron los ojos.
El cuarto. El gran retrato de Simón, mucho más lleno de vida que en el hospital, le sonreía, animándole. Parecía decirle: “No te acobardes, estoy aquí contigo”.
¡Ah, Simón! corrió a tocar el marco, miró a Marina. Aquí estaba más gordete.
No estaba tan delgado, solo al final titubeó.
Al final, cuando… Pedro dijo la palabra clave.
Cuando murió, sí confirmó, acariciando el marco. ¿Me enseñas cómo vivía aquí?
Marina dudó, buscó el álbum de fotos.
Si prefieres verlo tú solo
Pedro se sentó en el sofá, ella a su lado. Fueron pasando fotos.
Qué gracioso era, simpático, genial decía Pedro, curioso, preguntando.
Se topó con una en la playa y gritó:
¡El mar! Me contó que ibais juntos.
Marina sonrió, triste.
¿Te lo contó? Hacía tiempo que ya no…
Pedro se enrojeció por su imaginación, pero con tozudez insistió:
A mí sí.
Marina lo dejó correr. Mirando fotos con Pedro ya no sentía ese dolor paralizante. Pensó que, quizá, afrontar la pérdida sería más fácil así.
Tomando aire, le preguntó:
Pedro, si quisiéramos adoptarte, ¿aceptarías?
Se tensó. Pasaron segundos. Cerró el álbum.
No lo sé. Simón era bueno. Yo yo no me manejo bien en esto.
Marina lo abrazó con calor maternal, sorprendiendo al niño, que se quedó rígido, poco acostumbrado a esa cercanía. Notó el olor, el abrigo, la seguridad de un gesto antiguo y desconocido.
Siguió pasando páginas, ocultando las lágrimas que comenzaban a brotarle.
Hasta ese momento, Pedro nunca había llorado.
Se le hizo un nudo en la garganta, y cuando menos lo esperaba, empezó a sollozar. Marina le limpió la cara con ternura.
¿Lloras, Pedro? Vamos, hombre, no llores, que si no lloro yo también. Aguanta, eres muy valiente, ¡tienes que ser fuerte! le susurró.
Esas palabras ya se las habían dicho.
La ventana de la habitación estaba también abierta. El aire puro movía el visillo, el verde del árbol llegaba suave, y desde el retrato, Simón le sonreía en paz.
Pedro, como niño pequeño, preguntó de pronto:
¿No conocerás una canción?
Gatito, mi gatito, colita gris de algodón duérmete ya
Me suena. Es una nana, ¿no? ¿Quieres que la aprenda?
Pedro asintió con un respingo, y no pedía nada más
***¿Me la cantas?
Por primera vez, Marina no bajó la vista; le sostuvo la mirada, buscando entre los trozos del pasado una melodía antigua, mientras el niño se aferraba a su mano como un salvavidas.
No la recuerdo entera pero si me ayudas…
Pedro asintió, conteniendo el llanto. Cerró los ojos y muy despacio, con voz temblorosa, fue entonando la letra:
Gatito, mi gatito, colita gris de algodón…
Marina se sumó, al principio en susurros, después más segura, como si cantara a su propio hijo dormido en la otra orilla de la vida. Sus voces tejían una nueva corriente, trémula pero firme, recorriendo el aire de la habitación, que por un instante ya no era orfanato, ni hospital, ni casa extraña, sino algo parecido a hogar.
Al terminar la última estrofa, el silencio se llenó de algo tibio, como el sol colándose por el visillo. Pedro volvió a abrir los ojos, y lo que vio la ternura en el rostro de Marina, la luz flotando, el retrato de Simón como faro le hizo creer, solo por un momento, que tal vez sí existen los milagros, aunque duelan.
¿Y si me equivoco mucho? preguntó bajito.
Nadie puede equivocarse cantando si lo hace de corazón respondió ella.
Pedro sonrió, un poco torpemente, y con una valentía nueva, apoyó la cabeza en el regazo de Marina.
En la ventana se agitó la rama de un árbol, igual que aquel día en el hospital, y el mundo, por un instante, se sintió menos feroz, menos huérfano.
Así, en esa mezcla de pérdida y consuelo, entre canciones medio olvidadas y promesas hechas sin palabras, empezó a curarse la herida.
Y por primera vez, Pedro soñó que alguien le esperaba al despertar.




