Carta de mí mismo

Carta de una misma

El sobre era naranja. Brillante, casi absurdo de tan vivo, como una mandarina perdida entre la nieve. Esperaba en el buzón, junto a las facturas y publicidad del supermercado, y Renata lo sacó la última.

En el anverso: su letra. Su dirección. Su nombre: Renata Jiménez Ortega.

Le dio la vuelta. El remitente también era ella. Y la dirección, la misma.

Renata se quedó en el portal, con la bolsa de la compra en la mano izquierda, sin comprender. ¿Quién sería capaz de gastarle una broma así? Repasó la letra. La t con la raya exageradamente larga, la r con la pequeña cola enrollada al finalsolo ella escribía así. Desde el instituto, cuando la profesora de Lengua, Carmen Carrillo, le puso un notable y le comentó: Jiménez, tienes letra de mujer hecha y derecha. Es un halago, por si acaso no lo captas.

Nunca la cambió. Después de veinticinco años, su t y su r seguían fieles.

Subió el ascensor hasta el noveno, abrió la puerta y dejó la bolsa sobre la mesa de la pequeña cocina. El sobre lo posó al lado.

El piso era modesto, pero a eso ya se había acostumbrado. Un estudio en Carabanchel, con vistas al oeste. En la entrada, un perchero con un único abrigo, una estantería para zapatos, y el espejo donde cada mañana se decía: Bien. Se puede trabajar. Ni guapa, ni descansadase puede trabajar. Era suficiente.

Todas las tardes, el sol inundaba el salón con una luz naranja densa, como miel al baño maría. Ese era el único extra de la vivienda, aparte de estar a diez minutos del metro. Y ahora, a las seis, la claridad se deslizaba por la pared, alcanzando la estantería, la taza con el té frío de la mañana y la foto de su madre enmarcada en madera.

Renata se sentó. Se frotó los hombros. Los tenía tensos, elevados, como si esperase un golpe inesperado. Era un gesto aprendido a lo largo de los años, entre reuniones y llamadas de jefes irritados. Su cuerpo se preparaba antes que su mente.

Miró el sobre.

Naranja. Papel grueso. Ni una arruga, como si alguien lo hubiera traído con mimo. Tocó el borde, recorrió con el dedo su propio nombre.

No era una broma. Conocía su letra mejor que su propio rostro.

Lo abrió despacio por la solapa superior y echó un vistazo. Dentro había una hojablanca, tamaño A4y algo más. Plano, brillante.

Sacó la hoja y la desplegó.

H ola. Soy tú. Bueno, la tú de marzo de dos mil veinticinco. Ahora mismo tienes treinta y siete años, estás sentada en la cocina a las dos de la madrugada y no estás bien. No has dormido en cuatro noches. Crees que no puedes más. Ni con el trabajo. Ni contigo. Ni con esta ciudad que aprieta.

Te escribo porque alguien debe hacerlo. Mañana te llamará tu amiga, pasado tu madre, pero ahora, a las dos de la madrugada, no hay nadie. Solo estás tú.

Quiero recordarte esto:

Pediste que te lo dijera: lo superaste entonces, puedes hacerlo ahora.

Quiérete. Lo mereces.

Si estás leyendo esto, ha pasado un año. Has resistido. Así que mi carta no fue en vano.

Dejó la hoja sobre la mesa.

Sintió un nudo en la garganta. No por llorar, sino por reconocerse. Era ella. Cada palabra, cada entonación, incluso el error con la coma después de ahora mismoy su manía de empezar párrafos con Bueno.

Pero no lo recordaba.

No recordaba haber escrito aquello. Ni el sobre naranja, ni el papel. Transcurrió un año y ni una vez se le pasó por la cabeza.

Y entonces vio la fotografía.

Había resbalado fuera del sobre al sacar la hoja y yacía boca abajo. Renata la giró.

En la foto, una mujer. Cara gris, ojeras de órdago, labios secos, línea apretada y seria. El pelo recogido en un moño torcido, con un mechón escapado sobre la mejilla. El jerseygris, holgado en los codosese mismo que tiró en verano.

Reconocía ese jersey. Y esa expresión.

Era ella. De marzo, del año anterior.

Y en la esquina, escrito a mano: Has crecido. Mírame y sabrás de dónde vienes.

Dejó la foto junto a la hoja. La luz del atardecer acarició la mesa y cruzó el brillo del papel. El rostro de la foto se volvió más cálido, pero permaneció serio.

Recordó.

***

Marzo de dos mil veinticinco. Dos de la madrugada. Misma cocina, misma mesa, solo que delante, un portátil de luz hiriente.

Renata, camiseta y pantalón de pijama, descalza, pies fríos. Navegaba. No en redes sociales, no en noticias. Buscaba algono sabía el qué. Una señal, a lo mejor. Un motivo para levantarse a la mañana siguiente.

Ese marzo no se levantó de la cama tres días seguidos. No era pereza. Era algo imposible de nombrar, algo denso. Como si alguien le hubiera dejado una losa sobre el pecho y se hubiera marchado.

El divorcio fue tres años atrás. Daniel se fue en 2023a una compañera, a Lucía, la de Administración, la mujer que reía más y preguntaba menos. Renata no lloró. Puso sus cosas en dos maletas, las arrimó a la puerta y le dijo: Llévatelas. Él las cogió.

Luego, año y medio a destajo. Sin fines de semana, sin vacaciones. Responsable de compras en una empresa de construcciónes decir: llamadas a proveedores desde las ocho, hojas de Excel hasta las diez, reuniones interminables en las que el jefe, Sergio Beltrán, repetía: El mercado está fatal. Hay que optimizar. El que no llegue, que se busque la vida.

Renata llegaba. Aguantaba. No se quejaba.

Pero el cuerpo dijo basta en otoño de 2024. Primero el sueño. Luego el apetito. Después, las ganas de salir de casa. En enero solo dormía con la tele puesta, comía una vez al día y hablaba, forzada, únicamente con su madre.

Su madre, Asunción Ortega, lo notaba. Llamaba cada tarde, preguntando: ¿Has comido, hija? Y Renata respondía: Sí, mamá. Sopa. No la hacía desde noviembre.

Aquella noche buscó en Google: Carta al futuro yo. Sin motivo. Lo había visto en un anuncio y le vino a la cabeza. El primer resultado era Cápsula del tiempo. Se podía escribir una carta, elegir fechade un mes a diez añosy pagar el envío. Carta de verdad, sobre genuino, correo tradicional.

Eligió sobre naranja. Naranja, porque de gris ya tenía suficiente. Escribió a mano, fotografió la hoja, la subió. Se hizo un selfie en la cocina, con la luz del portátil. Lo adjuntó. Pagó. Doce meses.

Cerró el portátil. Se fue a dormir. Y no lo recordó más en todo el año.

Porque después de aquel marzo, la vida se puso en marcha. No deprisa, no bonitoavances torpes, a trompicones, como el ascensor del edificio. Pero avance.

En abril concertó cita con una psicóloga. Primera vez en la vida. Despacho minúsculo en Chamberí, cincuenta minutos semanales. A la tercera sesión lloró veinte minutos seguidos, sin poder parar. En la sexta, se rió por primera vez en medio año.

En junio la ascendieron. Encargada de compras. Sergio Beltrán le dijo: Jiménez, nadie hace su trabajo como tú. Lo he notado. Renata asintió, regresó al escritorio y, como siempre, los hombros se le elevaron. Alegría y miedo al unísono.

Llegado septiembre, era todo más liviano. Volvía a cocinar. A caminar los domingos hasta el Retiro con un libro y un termo. Volvía a llamar a su madre antes de que la madre llamase.

Y se olvidó, por completo, de la carta. Como quien olvida la póliza de seguro guardada en el cajón: sabes que existe, pero no piensas en ello.

Hasta ese día.

Renata estaba a la mesa, con la carta en una mano y la foto en la otra, observando a la mujer de un año atrás. Cara gris, ojeras en los ojos, aquel jersey gastado.

Y la voz internaesa que conocía demasiadosusurró: ¿Ves? Sigues igual. Nada ha cambiado.

***

Esa voz estaba allí desde hacía mucho. Renata no sabría decir desde cuándo, quizá desde el divorcio, quizá antes. No gritaba, ni regañaba. Más bien aconsejaba despacio, razonando, casi como si cuidase. Y por eso dolía más.

El ascenso es casualidad. Beltrán no vio a nadie mejor.

¿Te crees que lo llevas bien? Mírate. Hombros tensos, sueño a pedazos, desayuno de café y ansiedad.

Te echarán también. En abril o en mayo. Es cuestión de tiempo.

Y Renata escuchaba. No porque creyese, sino porque no sabía dejar de hacerlo. Formaba parte de ella, igual que su letra, igual que su costumbre de encoger los hombros. Llevaba tanto tiempo, que ya no distinguía sus límites.

A la mañana siguiente, diecinueve de marzo, se levantó a las seis. Ducha, café, rimel. Como siempre.

En la oficina, ambiente tenso. Sexta planta, espacio compartido, treinta y dos mesas: tres semanas de silencio denso, distinto al de concentración, más bien expectante. En febrero se habían anunciado despidos; la primera tanda, cinco de logística, acababa de caer. Todos esperaban la siguiente.

Renata caminó hasta su mesa. La recepcionista, Vicky, le sonrió, pero fue una sonrisa breve, automática. Todos estaban igual.

Arrancó el ordenador. Contraseña de seis cifras, la fecha de nacimiento de su madrela tecleó de memoria. Ciento catorce correos sin leer. A trabajar. Proveedor de Zaragoza pide retraso de pago. Almacén informa falta de material. Contabilidad exige documentos antes del viernes. Un martes común, salvo por la tensión.

A las once, Sergio Beltrán reunió al equipo.

Entró, bajo, recio, dedos repiqueteando el bolígrafo. Se sentó. Miró a los dieciocho asistentes.

Breve, dijo. Isabel Martí deja el equipo de proyectos. Por acuerdo mutuo. Oficialmente su decisión, pero todos sabéis la verdad.

Isabel Martí. Veintinueve años, tres en la empresa. Renata la conocía, no de cerca, pero lo justo: los viernes traía empanadillas de su abuela y las dejaba en la cocina con un post-it: ¡Coged, son de pisto! Una vez, en la fiesta navideña, confesó en la terraza que temía el despido más que nada. Tengo hipoteca dijo y un gato. Al menos al gato no lo despiden.

En abril, tercera ronda. Seguimos ajustando. Quién quedará, dependerá de los resultados.

Renata se mantuvo erguida, hombros tensos, dedos entrelazados bajo la mesa. La voz interna, tranquila, dijo: ¿Lo ves? Ya te lo dije. Hasta abril tienes.

Después salió al pasillo, se apoyó en la pared junto al dispensador de agua, cerró los ojos tres segundos.

En la mente, dos voces. Una, a baja intensidad: Lo superaste antes, lo harás de nuevo. La del sobre naranja. De hacía un año.

La otra, más fuerte: Pura coincidencia. Un folio pagado por Internet. No te engañes. Fíjate en Isabel: a la calle con la hipoteca y el gato.

Abrió los ojos. Bebió. Volvió al escritorio. Siguió con las hojas de Excel. Es lo que sabía hacer: trabajar. La cuestión era si bastaría.

Por la noche, a las siete, cenaba arroz integral con filete empanado. El móvil sonó. Su madre.

Hola Renata, voz blanda y un poco ronca de resfriado. ¿Cómo estás?

Bien, mamá. Mucho trabajo.

¿Has comido?

Ahora mismo. Arroz.

Bien hecho.

Pausa. Renata sabía que su madre intuía todo. Asunción había trabajado treinta años en una biblioteca infantil; sabía leer silencios, sobre todo los de su hija.

Renata, te noto la voz… apretada.

Estoy cansada, mamá.

Así me decías el año pasado. Cansada, mamá. Luego resultó que estuviste tres días sin salir de casa.

Renata cerró los ojos.

De verdad, estoy solo cansada. No es como entonces. Pero el trabajo…

Ya sabes que estoy aquídijo Asunción. Si hace falta, voy el fin de semana y te llevo un cocido de verdad, no de sobre.

Renata sonrió. La primera sonrisa del día.

De momento no hace falta, mamá.

Hablaron diez minutosde la tensión de la madre, la nueva gata de la vecina Carmelita que no dejaba dormir, de la primavera que ya asomaba en Ávila: los primeros geranios en la terraza, y una foto para Renata: Mira, ha llegado la primavera y tú ahí encerrada en Madrid. Y con ese tono, el día pesaba menos.

Su madre jamás apretaba. Nunca preguntaba por novios, ni por nietos. Treinta años de bibliotecaria le enseñaron el poder de la pausa. Solo estaba. A doscientos kilómetros y una llamada.

Colgó, recogió la mesa y miró de nuevo la carta junto al sobre y la foto.

Has crecido. Mírame y sabrás de dónde vienes.

Levantó la foto. Se acercó. La mujer miraba a la cámara, con una expresión que era casi una súplica.

A las nueve la llamó Lidia.

Lidia, su amiga de la infanciaveintidós años de complicidad, voz grave, rasgada, risueña hasta cuando la vida apretaba.

Nati, cuéntame.

¿El qué?

Todo. Loli dice en el grupo que os están machacando en la empresa.

Renata suspiró.

Hoy despidieron a otra. Beltrán dijo que en abril hay más recortes.

¿Y tú?

De momento sigo. Pero de momento es el truco.

Escúchame. ¿Recuerdas la llamada de hace un año? Aquella noche. Dijiste que no podías más. ¿A que sí?

Lo recuerdo.

Y aquí estás. No era el final. Tenías razón. Estás trabajando, te han ascendido, cocinas, contestas a mis llamadas. No era el final. Era vida.

Renata guardó silencio.

¿Me escuchas?

Te escucho.

Pues no te entierres viva.

Lidia siguió charlando diez minutosde su trabajo vendiendo muebles de cocina (me tienen frita cambiando colores cada semana), de Chato, su gato, que arañó el sofá nuevo, de quedar el sábado y tomar un vino.

Renata pensó: Lidia repite lo de la carta. Las mismas palabras. Parecía que todo y todos, desde el pasado o el presente, le decían: Aguantaste. Deja de castigarte.

Colgó. Eran las diez.

En la casa: silencio usual. El frigorífico zumbaba. Un niño reía en un piso más abajo, tan agudo que era casi canto.

Fue al baño. En el espejo, la cara. Su cara. Treinta y ocho años, pelo castaño hasta los hombros, levemente rizado. No se veía gris. Solo piel con color, las ojeras apenas lo justo, rastro típico de quien madruga.

Volvió a la cocina. Cogió la foto. Fue al baño y la puso junto al espejo.

Dos rostros.

Uno en el cristal, vivo, tibio, simplemente cansado.

Otro en la foto, gris, boca apretada, ojos pedigüeños.

Solo un año entre ambos.

La voz interna, la de siempre, intentó interrumpir: No tiene importancia. Es solo una foto. Fue la luz, nada más…

Pero Renata le puso freno, en voz alta. Por primera vez en mucho tiempo.

No.

Se lo dijo al espejo. Y la mujer del espejo, a diferencia de la de la foto, la veía con serenidad, concentración, un poco de sorpresa.

No, repitió ya no soy esa. Mira: la de la foto, la que fue. Y la de ahora.

La voz calló.

Renata, en camiseta y pantalón de casa, descalza y con la foto en la mano, se miró por primera vez en mucho tiempo sin preguntarse nada.

No ¿bastará?. No ¿soporto? No ¿y si todo se hunde?

Solo se miró.

Y vio. No una heroína, no una súper mujer como las de la revista. Una mujer real, viva, con la marca del cansancio y un mechón rebelde. Unas manos endurecidas por más de trescientos documentos firmados sin temblor, y hombros tensos pero en pie.

***

Aquella noche no durmió hasta las dos. No por angustia, sino por pensar.

En la cama recorría el año anterior, no por hechos, sino por sensaciones: la vez que volvió a cocinar desayuno, sentarse en un banco del Retiro bajo el sol veinticinco minutos sin prisa, reírse con la psicóloga por disculparse siempre.

Detalles simples. Pero de esos detalles se construyó el año.

La voz interna susurraba: Eso no cuenta. Así vivimos todos. No es una victoria.

¿Y si mentía? No a propósito. No por maldad, sino porque no sabía hacerlo mejor. Como alguien que vivió en una habitación sin ventanas y dice que el sol no existeno por ser malo, sino por no haberlo visto.

Renata se levantó. Cruzó la casa. Encendió la lámpara.

El sobre naranja seguía sobre la mesa. Lo colocó de lado, buscó su bolígrafo azul, el de los papeles oficiales.

Y empezó a escribir:

Hola. Soy tú otra vez. Marzo de dos mil veintiséis. Tienes treinta y ocho. El trabajo es inestable. La vida, confusa. Pero sigues adelante.

Hace un año te escribí una carta. Lo hice desde la oscuridad, completa, de esa en la que no distingues las paredes y crees que no hay salida.

Hoy recibí esa carta. Y, ¿sabes? No me reconocí en la foto. Me costó tres segundos identificar a esa mujer gris como yo.

Tres segundos son un año entero.

Esta vez escribo desde la calidez. Porque si lees esto, ha pasado otro año y has vuelto a aguantar.

Quiérete. Lo mereces.

Tuya, Renata. Marzo de dos mil veintiséis.

P.D.: Si tienes los hombros arriba otra vez, bájalos. Ahora mismo. Así. Muy bien.

Guardó la carta, la dobló cuidadosamente y la metió en el mismo sobre naranja que esa mañana había sacado del buzón. Escribió la dirección.

Abrió el portátil, entró en la web Cápsula del tiempo, programó el envío para marzo de 2027, subió la carta. E hizo un selfie. Ahí, en la cocina, con la luz cálida.

Esta vez el rostro de la pantalla era distinto. No era gris, no era apagado. Solo natural, un poco cansado, pero vivo. Y la boca esbozaba calma.

La subió, pagó en euros y cerró el ordenador.

Se acercó a la ventana.

Madrid, de noche, brillaba abajo desde la novena planta. Faroles, luces de tráfico, rectángulos dorados en ventanas ajenas. Silencio. Marzo, dos grados, brisa suave.

Descalza sobre el suelo frío, Renata notó cómo los hombros, por fin, bajaban solos.

Y la voz interna empezó a balbucear.

Pero ella no la escuchó.

Miró la ciudad y pensó en la mujer que recibiría ese sobre dentro de un año. Una mujer que quizá habría cambiado de trabajo, de casa, o no. Que quizás encontraría a alguien, o se quedaría sola. Eso ya no importaba.

Importaba que dentro habría una foto y el mensaje: Mírame y sabrás de dónde vienes.

Y al año siguiente, miraría, y lo sabría.

Renata sonrió. Apagó la lámpara. Se fue a la cama.

En la calle reinaba la noche de marzo, fría, con olor a asfalto húmedo.

En el hogarsilencio.

Sobre la mesa, el sobre naranja y su carta.

***

A la mañana, se despertó a las siete, sin despertador. La luz llegaba de oriente, débil, plateada. No el naranja conocido de la tarde, sino otra, nueva.

Renata se levantó, fue a la cocina y puso la tetera.

El sobre seguía en la mesa, junto a la foto de hace un año. Y la carta.

No releyó. No buscó en la imagen. Solo los colocó juntos, bien alineados, como quien guarda cosas valiosas.

Después abrió un armario. Sacó un marco de cristal pequeñodiez por quince, comprado en un viaje pero nunca usado. Puso la foto del año pasado y la dejó en la estantería de libros.

Un rostro gris, ojeras profundas, moño torcido, jersey gastado.

No para recordar el dolor, sino para recordar el camino.

El hervidor sonó. Llenó su taza, la sostuvo con las dos manos, acercándose a la ventana.

En el reflejo, ahí estaba: ella, sin maquillar, ropa de casa, taza caliente.

La voz interna estaba en silencio.

Terminó el té. Se vistió. Cogió el bolso y salió.

En la puerta, comprobó los hombros.

Bajados. Bien. Ni alzados ni tensos. Propios. Suyos.

Cerró y echó a andar hacia el trabajo.

En la mesa quedó el sobre naranja, con la nueva carta y la nueva foto, listo para ser enviado.

Dentro de un año le llegará. Abrirá el sobre. Se mirará. Y quizá volverá a no reconocerse, porque un año lo cambia todo.

O casi todo.

La letra será la de siempre. La t con la barra larga, la r enrollada. Como en el instituto.

Y dentro estará escrita la frase capital:

Lo superaste entonces, lo superarás ahora.

Y esta vez, escrita desde la luz. Porque al final, la vida no es otra cosa que aprender a escribirte cartas desde el calor.

Rate article
MagistrUm
Carta de mí mismo