¿Pero tú te has vuelto loca? ¡Le dije a Carmen que venías hoy! Me aseguré de que te guardara el mejor trozo.
Clara se quedó congelada en el umbral, con la bolsa en la mano. Su suegra, Mercedes García, la esperaba en la puerta de la cocina, brazos cruzados y una mirada tan penetrante que cualquiera diría que Clara venía de robar la Caja de Ahorros, y no de hacer la compra.
Señora Mercedes, es que no me daba tiempo de ir al mercado intentó explicar Clara, procurando sonar calmada. Entre el trabajo, recoger su vestido de la tintorería y luego la farmacia…
¿Y costaba tanto llamar? ¡Avisar! Carmen te estuvo esperando hasta cerrar. Luego me pasó una hora lamentándose por teléfono de que la había dejado tirada.
Clara apoyó la bolsa en la mesa y sintió el estómago encogerse.
La carne es buena, fresca sacó el paquete y se lo enseñó a su suegra. Mire, ternera gallega, recién cortada…
Mercedes ni siquiera la miró. Se acercó, apartó la bolsa con la punta de los dedos, como si fuera algo repugnante.
Basura de supermercado, llena de porquerías. A Javier no le sienta nada bien, ya sabe que tiene el estómago delicado.
La semana pasada Javier mismo compró esa misma carne escapó de los labios de Clara.
Grave error. Mercedes se puso roja como el pimentón.
¡Eso! ¡El marido yendo a comprar mientras la esposa no se sabe qué hace! Tres años llevas en esta familia y no vales para nada: no cocinas, no ayudas con la casa, los niños ni se ven…
Señora Mercedes, ya está siendo injusta…
¿Injusta? bufó la suegra. Yo a mi suegra le besaba los pies, jamás levanté la voz. Pero tú… que si esto, que si lo otro, que si no me da la gana…
Mercedes salió al recibidor, cogió el bolso de un tirón. Cada gesto era una puñalada.
Hace tiempo que le digo a Javier: ¡Divórciate antes de que sea tarde! Hazte con una mujer de verdad. Que sepa lo que vale un buen marido…
Cerró el discurso con un manotazo y se puso los zapatos, mal, sin tocar el talón.
Clara se quedó en la puerta, las manos aferradas al marco.
Hasta luego, señora Mercedes.
Ni respondió. La puerta se cerró, y la casa se quedó en silencio. Clara se dejó caer contra la pared de la cocina y, mientras se sentaba en el suelo frío, evitaba mirar la ternera gallega abandonada sobre la mesa, la cocina impecable y esas fotos de la boda donde Mercedes sonríe como si tuviera una chincheta en el zapato.
Tres años. Tres largos años intentándolo: aprendiendo recetas que le gustaban a Javier de niño, soportando los domingos con la familia, oyendo cómo Javi prefiere la patata cortada en cubos, no en bastones. Sonriendo, asintiendo, pidiendo disculpas por cosas que ni eran culpa suya.
Y para nada. Mejor te divorciabas. Clara apoyó la cabeza contra la pared y pensó que el techo necesitaba una mano de pintura. Lo diría a Javier… aunque, total, ¿qué importaba ya?
Dos semanas pasó Clara como si viviera tras las líneas enemigas. De la suegra sólo atendía Javier a las llamadas, los domingos familiar se cancelaban por compromisos urgentes, y los encuentros fortuitos salían con un hola y a correr.
Y entonces llamó el notario.
El abuelo materno de Clara, al que apenas recordaba de cinco visitas, falleció y, milagros de la vida, le dejaba una casa de campo a cuarenta kilómetros de Madrid. Una parcela pequeña en un pueblo llamado Alba.
Vamos a verla, ¿no? Javier jugaba con unas llaves colgadas de un llavero con forma de fresa pelada. El sábado, ¿te parece?
Clara asintió. Sábado, pues.
A lo que no había contado…
¡Javiercito, yo me apunto! Mercedes apareció a las ocho de la mañana, con botas de agua y una cesta. Se ve que por allí hay muchas setas, según Carmen.
Clara se limitó a preparar el termo y el día prometía ser maravilloso, por supuesto entre comillas.
La casa de campo era tal como Clara se la había imaginado: un casita vieja, terreno salvaje, valla que se sostenía por arte de magia y dos clavos oxidados. Dentro olía a humedad y a periódicos antiguos.
Javier susurró Clara, tirando de la manga de su marido. ¿La vendemos? ¿Qué hacemos aquí cada fin de semana? No es vida…
Javier abrió la boca, pero Mercedes se adelantó como surgida del suelo.
¿Cómo que vender? Pero bueno, ¿estáis tontos? ¡Esto es tierra! ¡Propiedad! Yo daría la vida por algo así…
Mercedes apoyó las manos en el pecho, los ojos brillaban de emoción.
Dadme las llaves. Yo lo pondré todo bonito, planto flores, arreglo la casa. Y en un año me lo agradeceréis, ¡ya lo veréis!
Clara estudió a su suegra: allí estaba, hundida en las hojas secas, radiando felicidad.
Señora Mercedes, aquí hay trabajo para…
Clara Javier le apretó el brazo suavemente. Déjala. Le hace ilusión… ¿Qué más da? ¿Te duele?
No le dolía, sólo era raro. Pero discutir aún menos apetecía. Así que Clara le entregó a Mercedes las llaves de la fresa pelada.
Dos meses pasaron como en una nube extraña. Mercedes sólo llamaba para temas de la casa, no entraba sin avisar, y lo más asombroso: en ningún momento volvió a mencionar la carne del mercado, ni los nietos ausentes, ni la patata mal cortada. Por teléfono sonaba animada, casi alegre: ¡Javiercito, estoy bien! Mucho lío, ya hablamos.
Clara no entendía nada. ¿Trampa? ¿La calma antes de la tormenta? ¿Estaría Mercedes enferma y lo ocultaba?
Javier le preguntó una noche. ¿Tu madre está bien?
Perfectamente respondió él. Está con la casa. Dice que no tiene tiempo ni para dormir, de todo lo que hay que hacer.
El viernes llamó Mercedes.
Mañana venid los dos, que hacemos una barbacoa y os enseño cómo va todo. ¡Tengo tantas cosas que contaros!
Javier protestó Clara cuando él transmitió la invitación. Dos meses de paz y ahora otra vez…
Clara, que mi madre lleva trabajando. Se sentirá mal si no vamos.
Ella siempre se siente mal…
Por favor Javier la miró con esos ojos de cachorro y a Clara no le quedó más remedio.
Pues sábado.
El sábado, Clara no reconoció a Mercedes.
Mercedes les esperaba en la puerta, con vestido de lino, bronceada y con mejillas sonrosadas. Sin su mueca habitual, sino una sonrisa sincera, que suavizaba sus rasgos y le quitaba años de encima.
¡Por fin! abrió los brazos y Clara, sin pensarlo, permitió que la abrazara.
Mercedes olía a tierra, eneldo y algo parecido a miel.
El terreno había cambiado por completo. Bancales alineados bordeaban la valla, resucitada y firme, arbustos de grosella nuevos se asomaban con hojas frescas, y bajo las ventanas florecían tagetes.
¡Venid, que os lo enseño todo! Mercedes les arrastraba a cada rincón. Aquí he plantado fresas, las primeras para junio; aquí irán tomates y pepinos. En otoño prepararé conservas, todas para vosotros, sólo me quedaré con un par de botes.
Javier y Clara se miraron incrédulos.
¿Tú sola hiciste todo esto, mamá? preguntó Javier, abarcando la finca.
¡Quién si no! rio Mercedes, joven y suelta como nunca. Manos tengo, cabeza funciona. Las vecinas ayudan si hace falta. Aquí la gente es distinta, muy generosa; nada que ver con la ciudad.
Les llevó dentro. La casa también había cambiado: cortinas nuevas, cristales brillantes, mantel bordado en la mesa. La humedad había desaparecido, remplazada por aroma de bollos y hierbas.
Mira Mercedes puso sobre la mesa un tarro de leche y un paquete de papel. Lo compré a doña Pilar, la vecina de la esquina. Leche de cabra, suya; carne también. Os lleváis lo que os apetezca, que hay queso y nata.
Clara contempló la carne envuelta. Nada de reproches sobre Carmen del mercado.
Señora Mercedes ¿de verdad está usted bien aquí?
Mercedes se sentó y la mirada se le dulcificó, casi irreconocible.
Irene, hija por primera vez la llamó así. ¿Sabes? Toda mi vida soñé con esto: mi casa, mi tierra, meter las manos en la huerta y la cabeza limpia. En Madrid me ahogaba y ni sabía por qué. Pero aquí…
Señaló la ventana.
aquí sí vivo.
Volvían a casa en silencio. Javier conducía y atrás sonaban los botes de leche y queso.
Oye rompió el silencio Javier. Quizá ahora sí podemos pensar en niños. Aquí tendrían sitio en verano…
Clara bufó pero sonrió.
Yo quería vender esta casa. El primer día. No le veía el sentido.
Sí, lo recuerdo.
Pero esta casa… Clara buscaba palabras. Ha arreglado todo. Entre tu madre y yo. En dos meses ha hecho lo que yo no logré en tres años.
Javier frenó en semáforo y la miró.
Lo que pasaba es que mamá era infeliz. Ahora ya no.
Clara asintió. Fuera, las luces de Madrid aparecían, y en casa esperaban las fotos de la boda, pero por primera vez en tres años volver le parecía sencillo.
Habrá que ir más a verla dijo en voz baja.
Y se sorprendió al notar lo sincero que le salía. Absolutamente sincero.



