Lina era mala.
Muy mala, tanto que casi daba pena de lo mala que era Lina.
Todo el mundo intentaba hacérselo ver a su madre, que era mala.
Mala y además, una auténtica desgraciada.
Claro, no tenía marido, su hijo ya era mayor y vivía por su cuenta.
Lina estaba sola, sin que nadie la necesitara.
Llegó al trabajo el lunes, y todas se ponían a presumir de cómo habían limpiado la casa y puesto lavadoras durante el fin de semana.
Unas en la casa del pueblo, otras haciendo mermeladas.
Y Lina en silencio, ¿qué iba a decir ella? No tenía nada que contar, no tenía marido, su hijo era independiente, así que guardaba silencio.
Pidió salir antes hoy, como suele hacer un par de veces al mes.
Las demás la miraban desaprobando con la cabeza; todas sabían adónde iba: a verse con alguno de sus múltiples amantes.
Todas en la oficina daban por hecho que Lina tenía un montón de amantes, por lo mala que era.
Lina era muy mala.
Las demás sí eran buenas, casadas, ocupadas con sus asuntos, pero Lina, no, Lina era mala.
Lina me dice mi madre, ¿Pero qué vamos a hacer contigo?
¿Conmigo, mamá?
Que eres una desarreglada, hija, búscate a un hombre, de cualquier manera. No es tarde para tener otro hijo, ahora todo el mundo tiene niños pasados los cuarenta, hija mía.
Mamá, ¿y para qué quiero yo un hombre cualquiera? ¿Para qué quiero yo otro hijo de uno cualquiera? Mamá le contesto, sinceramente extrañada, ¿para qué? Ya tengo a mi hijo, a Sergio me basta y me sobra…
Y el hombrecillo, como tú dices, ¿para qué lo necesito? ¿Qué gano yo con eso? Ya tengo a Óscar.
¡Lina! protesta mi madre con desazón, Lina, ¡que Óscar no es tu pareja!
¡Que no es mío! Claro que es mío sonrío, me invita a cenar una vez a la semana, me regala detalles, me ayuda a organizar las vacaciones, no me pone de los nervios, no me manda a lavarles los cristales del chalet a su madre, no me pide que le lave los calzoncillos, ni los calcetines, no exige la cena lista, ni me abruma con problemas, ni atesora sofá.
Una maravilla.
Claro, todo eso se lo dejas a su pobre esposa espeta mi madre en tono resignado.
¿Y tú querrías que me tocara a mí? Yo tengo cuarenta y pocos años, he estado casada dos veces, insisto, dos veces, y de esa felicidad salí corriendo descalza.
El primero, el padre de Sergio si es que no lo recuerdas ya, mamá, fue por tu insistencia; decías que porque era mayor ya que yo, sería más serio, más maduro, lo tenía todo: me amaba, me respetaba, era solvente ¿verdad, mamá?
Cinco años, cinco, me pasé en esa cárcel, sin poder estudiar, ni hablar con amigas, ni apenas ocuparme de Sergio… Era solo trabajar para él y su madre.
Eso sí, con oro hasta el cuello.
Me sacaba de paseo para presumir de mujer joven y decente, no como las demás.
Eso sí, él sí que cataba muñecas a su antojo
Y cuando al fin le puse fin gracias a la abuela, quiso que le devolviera hasta los calzoncillos
La segunda vez me casé por amor, estaba estudiando, trabajando, ¿te acuerdas, mamá?
Estaba todo el día en la universidad, recuperando el tiempo perdido, y por la tarde curraba, para no vivir de vosotros…
¡Lina! Pero ¿cómo puedes decir eso? ¿Cuándo te ha faltado aquí un trozo de pan, una sopa para ti o para mi nieto?
Tú no, mamá Pero el otro sí temía que me subiera a tu chepa, junto con mi niño.
¿De quién hablas ahora?
De papá, de quién si no. Y de mi querido hermano Mario, que vivía como si nada. Tú trabajando en dos sitios, y yo corriendo detrás, para no molestar.
Por eso, por amor propio, me casé la segunda vez.
¿Y qué cambió? Nada. Más faena. Lina pasó de ser Angelines a ser Lina-la-que-todo-lo-debe.
Mi príncipe en el sofá, yo trabajando, corriendo al cole a buscar a mi hijo (¡que ni se le ocurriera a él, no fuera suyo!), compras, y sin coche, claro.
Total, él lo necesitaba más, no iba a trabajar en tranvía. Todas las mujeres lo hacen, decían, ¿qué es eso de que estás cansada?.
Yo cocinaba, ponía la mesa, recogía, lavaba, planchaba Y, claro, a satisfacer al hombre, no fuera que se me escapara con otra, ¡el tesoro!
¿Que faltaba dinero? Pues para tu hijo no hay, si algún día tienes el tuyo, eso será distinto.
Perdón por no elegir bien.
¿Que no doy dinero para tu coche? Aunque sea mío así somos una familia.
Luego me echaba en cara lo que yo ganaba sin hacer nada Claro que sí, tuve suerte.
¿Cómo? ¿Que te vas? ¿A dónde vas a ir con un hijo, quién te va a aguantar?
Así es, madre. Fui la mujer de quien ganaba más y de quien ganaba menos. No hubo diferencia.
A todas les iba bien, a mí no.
Angelines, hija, pero si todas vivimos así.
¡Que vivan como quieran, mamá! Pero yo, no.
¿Qué hiciste el sábado?
Pues Mario y Lucía nos dejaron a Pablo y Carlitos, los llevé al parque, hice tortitas Nada especial. Limpié un poco, lavé ropa, di la cena, ordené Me acosté tardísimo.
El domingo igual, los críos pidiendo tortitas, luego asé un pollo, preparé ensaladas, horneé una pizza, recogí Caí rendida en el sofá.
¿Y tú crees, mamá, que tú alguna vez te quedaste con Sergio como hago yo con los niños de Mario? Yo jamás te dejé a mi hijo porque sí.
Tú siempre fuiste independiente, Angelines, estos son distintos
¿Te cuento, mamá, lo que hice el finde pasado? El viernes Sergio me llama, que si me quedo con Garbancito, el gato de Marina, su novia, que quieren ir a la sierra.
Claro que me lo quedo. Si al menos no estuvieras tan ocupada con Mario y sus hijos, sabrías más de tu nieto mayor.
Esa noche cené pizza riquísima y me tumbé a ver series. No tenía que levantarme a correr.
Desperté, di de comer al gato, me hice un café Llamé para invitarte a un museo o simplemente a charlar.
Cogió papá; tú estabas ocupada fregando. Me llamó señoritinga, que tú matándote y yo de paseo por museos
Iba a enfadarme, pero ¿para qué? Papá siempre tiene razón.
Fui a ver una exposición de tu pintor favorito, me senté en una terraza, paseé por tiendas.
El gato dormía a pierna suelta cuando regresé, y pasé la tarde viendo una serie.
El domingo dormimos hasta las once, intenté llamarte para ver si te apetecía dar un paseo en barca, pero contestó Lucía, que estabas ocupada con la cocina.
Por la tarde Óscar me invitó a cenar. Y fui. ¿Por qué no iba a ir? Soy una mujer libre, no le pregunto por su esposa ni nuestros problemas.
Fue una velada fantástica, dormí genial y el lunes llegué feliz a trabajar.
He intentado quedar con solteros, mamá. Un horror.
Unos buscan madre, otros vienen con media docena de hijos y encima quieres que los quieras a todos igual.
Uno llegó a decirme que cuidar de sus hijos era mi deber como mujer, que para eso estábamos hechas.
Él pagaría la pensión y cuidaría de la ex, porque es la madre de mis hijos.
Viviríamos con mi sueldo, lo poco que él sacara sería para pescar truchas, su gran afición.
A cambio, yo tendría pescado fresco.
Le pregunté si ayudaría a Sergio y casi me mata: Para eso está su padre.
Lógico, ¿no? Por eso se fue por donde vino.
Ahora soy la interesada, calculadora, malísima mujer, porque pretendí colocar a mi hijo a un pobrecito hombre para vivir tan tranquila
Por eso tengo a Óscar.
Sí, soy mala en vuestros ojos, pero no me da ninguna vergüenza vivir así.
La pena y el dolor me lo da verte cómo vives tú, mamá. Por eso intento sacarte de casa a la mínima, como hoy, que os engañé a ti y a papá para que me echarais una mano.
Mamá, yo estoy bien. Ahora te vienes conmigo, vamos a hacer algo para nosotras.
¡Estás loca, Angelines, y papá?
¿Pasa algo con papá? ¿Está enfermo?
No, pero la comida
No me creo que no tenga la comida hecha ya.
Pero hay que calentarla y, bueno, Mario
Mamá, que me enfado Ya sé que soy mala, pero déjame ser buena hoy, vamos a descansar Por favor
En la oficina el lunes, las mujeres se lamentan de lo agotadas que están de tanto descansar.
Y yo, Lina, sonrío con picardía. Todas saben que soy mala. Camino como bailando y sonrío para mí.
Ya se pueden imaginar lo que se me pasa por la cabeza seguro que es algo muy malo.
Hoy comprendo que, aunque la gente insista en juzgarte y etiquetarte, sólo tú eres dueño de tu vida. No eres ni más mala ni más buena por querer ser feliz a tu manera. Lo importante es no traicionarse a uno mismo ni cargar con la infelicidad ajena por miedo al qué dirán.






