Iván volvió a casa, entró en la cocina y encontró la cena esperándole en la mesa. — Qué raro, ¿dónde está Lidia? — pensó. Al ir al dormitorio, vio a su esposa sentada en el suelo, metiendo sus cosas en una maleta.

Juan llega a casa y al entrar en la cocina, ve la cena servida sobre la mesa. “Qué extraño, ¿dónde estará Marisol?”, piensa. Pasa al dormitorio y encuentra a su esposa sentada en el suelo, metiendo ropa en una bolsa de viaje.

¿Te vas a algún sitio? pregunta.
Me han dado cita para una revisión en el hospital de la ciudad. Hay sospechas de algo malo responde ella de repente.
¿Malo, cómo? se sorprende Juan. ¿No será…? ¿Eso, lo mismo que tuvo tu madre?
Juan la observa, sintiendo que no puede creer lo que está viviendo.

Desde hace días, Juan no encuentra tranquilidad. La preocupación por Marisol, que está realizándose pruebas médicas en Madrid, no le deja en paz. Él ha tenido que quedarse en el pueblo, esperando las noticias con el corazón encogido, entre la esperanza y la ansiedad.

Marisol nunca ha sido de quejarse, y Juan lo daba por hecho: pensaba que a ella no le ocurría nada. Llevan casados treinta años, han criado a dos hijos. Toda la casa gira en torno a ella. Cocina, limpieza, la ropa, las compras Juan tenía asumido que así debían ser las cosas. Lavavajillas y fogones, para él, no eran cosa de hombres.

Sin embargo, Marisol nunca fue ama de casa: trabaja como contable en la misma empresa familiar donde él lleva toda su vida. Aun así, al regresar del trabajo, Juan se queja siempre de lo duro del día y se deja caer en el sofá, encendiendo la televisión. Marisol apenas se quita el abrigo y ya está en la cocina preparando la cena, dejando lista la comida del día siguiente, recogiendo, planchando Tareas interminables.

La casa brilla de orden y calidez. Siempre hay comida casera, recién hecha. A Juan no le gusta repetir menú el mismo día, así que Marisol pasa horas cocinando. Nunca se queja ni le pide ayuda, y a él ni se le pasa por la cabeza ofrecérsela. ¿Para qué? Eso son cosas de mujeres, pensaba.

Le sorprendió mucho cuando Marisol pidió un día personal para ir al centro de salud.

¿Te pasa algo? le preguntó.
Espero que no. Últimamente no me encuentro muy bien respondió ella.
¿Y si tomas vitaminas? Estamos en primavera sugirió él.
No estaría mal dijo ella encogiéndose de hombros.

Por la tarde, al volver Juan del trabajo, Marisol le anuncia que tiene que ir al hospital de la capital.

¿Pero cómo? ¿Por qué?
Hay indicios preocupantes en mis análisis. Me han dado cita en el hospital de Madrid para revisiones más profundas.
¿Preocupantes cómo?… ¿No será lo de tu madre?
De momento solo son sospechas intenta tranquilizarle Marisol, aunque por dentro no puede dejar de dar vueltas al asunto, y había llorado durante el día en soledad. Ya tengo el billete para el autobús. Salgo mañana a las ocho. Cena tú solo, ¿vale? Hay filetes y arroz en la vitrocerámica, y una ensalada en la mesa. Tengo que acabar la maleta e irme pronto a la cama.

¿Ya has cenado tú?
No, no tengo apetito responde ya recogiendo la ropa.

Juan la observa, sin asimilar la situación. ¿De verdad Marisol puede estar enferma? Si siempre ha sido tan vital y ahora, de pronto

Creo que ya tengo todo lo necesario dice ella cerrando la bolsa.
No te olvides el cargador del móvil le recuerda él.
Cierto, lo pongo ahora. Gracias, Juan. ¿Y tú no cenas?
Tampoco tengo ganas
¿Te he preocupado demasiado?
Sí Juan asiente con la cabeza.

Mira la bolsa y recuerda cómo, hace cuatro años, la compraron para ir juntos a la playa por primera vez. Marisol había estado tan ilusionada con ese viaje Llevaban demasiados veranos trabajando en la casa del pueblo, nunca lograban salir. Marisol se compró unos bañadores de colores, un vestido bonito, un sombrero de paja. Pero al final no fueron: a Juan le ofrecieron cubrir a un compañero enfermo y el jefe prometió una buena paga extra. Decidió aceptar, pensando en utilizar ese dinero para reformar el dormitorio, un sueño pendiente. Marisol pareció apoyarle, incluso alegrarse. Pero esa noche Juan oyó a su mujer llorar bajito en la cama. Ella dijo que solo había tenido una pesadilla; hasta ahora, él no había comprendido que en realidad lloraba por no poder ir al mar, por el viaje soñado que se escapaba.

Al año siguiente tampoco pudieron ir, y Marisol dejó de mencionar aquel viaje. Juan estaba aliviado, nunca le apetecía salir de su rutina. ¿Para qué? Si en el pueblo se está tan bien: trabajo, barbacoa con amigos, y el río cerca para bañarse. ¿Quién necesita gastar dinero viajando?

Ahora Marisol mete en la maleta la misma ropa, no para un viaje alegre, sino para ir a Madrid a hacerse pruebas ¿Y si? La sola idea le deja mal cuerpo.

Aquella noche no cenó y apenas durmió. Notaba a su esposa inquieta junto a él, escuchó cómo contenía el llanto en la oscuridad. Quiso abrazarla, consolarla, pero algo le frenó.

A la mañana siguiente la acompañó a la estación de autobuses. Antes de subir, se abrazaron, y Juan sintió que no quería soltarla. Se quedó allí parado, contemplando cómo el autobús se alejaba, los ojos empañados de lágrimas.

Marisol murmuró cuando ya no la veía. Por favor, que todo salga bien…

Vacío, pero forzándose, Juan vuelve a su rutina y va al trabajo. Sumergirse en su jornada le permite distraerse un poco, pero al volver a casa la tristeza regresa. Nada tiene sentido sin Marisol. Se convence de calentar la cena que ella dejó preparada, pero apenas logra comer.

En un intento de distraerse, pone la televisión, pero nada le interesa, así que la apaga. Luego rebusca en el armario de las fotos antiguas y hojea el álbum familiar.

Allí están, recién casados Marisol siempre fue preciosa, tan menuda. Incluso ahora irradia belleza; pero entonces Recuerda perfectamente la impresión que le causó aquel primer día.

Se conocieron en el cumpleaños de un amigo de Juan. Marisol no iba sola, estaba con su novio. Juan también asistió acompañado, pero al verla, sintió un flechazo inmediato. Si alguien le hubiera dicho que le pasaría algo así, no lo habría creído. El amor a primera vista le parecía un mito.

Esa misma noche discutió con su novia, Patricia, que notó cómo Juan no apartaba la vista de Marisol. Salieron a la calle y le montó una escena.

Bueno, pues nada dijo él. Hacía tiempo que debíamos dejarlo, nunca estuve enamorado.

Patricia se marchó llorando, aunque pronto empezó a salir con Víctor, el chico que siempre la había rondado.

Juan tuvo que esforzarse mucho para conquistar a Marisol. Aunque ella dejó pronto al novio de aquel día, no le correspondió al instante. Pero él fue paciente y, poco a poco, Marisol acabó cediendo a sus sentimientos.

Mientras repasa las imágenes del álbum, Juan revive con nostalgia todos sus años juntos, sus momentos felices Se da cuenta de lo afortunado que ha sido, y cómo nunca supo valorarlo del todo. ¿Cuándo fue la última vez que le dijo a Marisol que la quería? ¿O le agradeció la cena? Ni lo recuerda. Todo lo daba por hecho; la esposa cuida del marido, es lo normal

Solo ahora comprende que Marisol ha sostenido la casa entera sobre sus hombros frágiles Mientras él pensaba que ella podía con todo. Cuando él enfermaba, Marisol le preparaba caldos, zumos, le escuchaba y cuidaba con ternura Pero cuando ella se sentía mal, simplemente se tomaba algo y acudía al trabajo.

El pensamiento de perder a Marisol le hiela el alma. Pasan los días y Juan está como un autómata. Hablan cada noche por teléfono, pero Marisol no puede confirmar aún nada. Juan sigue carcomiéndose por dentro.

Se culpa de no haber sido un buen esposo, de ser a veces un egoísta. Si pudiera cambiar las cosas…

¡Juan, tengo buenas noticias! le dice Marisol por teléfono una tarde, cuando la espera se está haciendo insoportable. No era nada grave. Tengo algunos problemas, pero no lo que temíamos.

¿De verdad? Juan casi grita de alegría. Marisol, no sabes lo feliz que me haces…

Días después, va a buscarla a la estación y la espera con un ramo de lirios blancos, sus flores favoritas.

¿Pero Juan, qué haces regalándome flores? dice Marisol sorprendida. Pero muchas gracias, me hace mucha ilusión.

He estado tan preocupado por ti susurra él, abrazándola. Te quiero muchísimo. Perdóname

¿Perdonarte? ¿Por qué? ¿Has hecho algo malo?
No, claro que no Solo siento que no te he cuidado lo suficiente, apenas te he ayudado en casa. Pero eso va a cambiar. Y además, tengo una sorpresa para ti.

¿Una sorpresa?
He comprado billetes. Dentro de un mes es nuestro aniversario y he reservado vacaciones para ir juntos al mar.

¿Al mar? ¿Y la casa del pueblo?
Que le den a la casa dice Juan riendo. Incluso podríamos venderla. Las verduras se compran en el mercado.
No te reconozco
Ni yo a mí mismo, Marisol. He estado al borde de perderte y ahora sé que eres mi mayor tesoro. Te quiero más que a nada.

Ay, Juan Quizá tenía que pasar todo esto para escuchar esas palabras de ti. Venga, volvamos a casa, que yo también te quieroJuan toma la mano de Marisol y la aprieta con fuerza, como si en ese gesto pudiera protegerla de todos los miedos, de todos los silencios de los años pasados. Mientras se dirigen a casa, Juan no deja de mirarla, impresionado de cuánto puede cambiar el mundo en unos días.

Al volver, Marisol deja la maleta en el suelo y, por primera vez en mucho tiempo, Juan le pide que se siente, que descanse. Se mete en la cocina y, torpemente, prepara café lo mejor que puede y saca las galletas que ella guarda para ocasiones especiales. Cuando Marisol ríe al verlo tan poco diestro, Juan ríe también. Hay una ligereza nueva en el aire, como si la casa respirara tranquila.

Esa noche, después de cenar juntos y lavar los platos codo a codo, salen a la terraza y se sientan bajo la luz suave de la luna de abril. Juan apoya la cabeza en el hombro de Marisol y, en voz baja, promete no volver a vivir con los ojos cerrados, ni a dejar escapar los sueños más sencillos.

La playa va a esperarnos este año, Marisol dice Juan. Y todos los años que vengan.

Ella le besa la frente y sonríe, serena. La brisa trae el aroma de jazmines del jardín. Juntos, contemplan el horizonte invisible. Saben que el miedo no desaparece para siempre, pero ahora se sienten fuertes para enfrentarlo, porque el amor, aunque callado y a veces ciego, siempre sabe encontrar el camino de regreso a casa.

La noche se cierra cálida, y por primera vez en mucho tiempo, ambos duermen profundamente, acunados por la certeza de que aún queda mucho por vivir juntosal fin sabiendo, de verdad, lo que tienen.

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MagistrUm
Iván volvió a casa, entró en la cocina y encontró la cena esperándole en la mesa. — Qué raro, ¿dónde está Lidia? — pensó. Al ir al dormitorio, vio a su esposa sentada en el suelo, metiendo sus cosas en una maleta.