Mamá Querida

¡Oye, bigotes! ¿De dónde has salido? Mariana se detuvo, observando al enorme gato anaranjado que aguardaba junto a la puerta de su piso en Madrid.

Por supuesto, el gato no respondió. Ni siquiera movió un músculo, salvo la oreja algo rasgada, que vibró apenas, como diciendo: Te he oído, muchacha. Pero contestar no pienso.

¡Pues mejor para ti! Mariana frunció el ceño y rebuscó las llaves en su bolso.

Al percibir las intenciones de Mariana, el gato se apartó unos centímetros sobre el felpudo, pero no se disuadió de vigilarla de cerca.

Al final Mariana dio con sus llaves y empezó a pelearse con la cerradura, lanzando alguna que otra mirada de soslayo al inesperado visitante.

El piso donde vivía con su marido, Roberto, lo habían comprado hacía apenas dos meses. Dos habitaciones, nada grande, pero para ellos era un auténtico sueño hecho realidad. Muchos dirían que vivir en un quinto sin ascensor en Vallecas era poco, que había que aspirar a más. Puede que tuvieran razón. Pero Mariana y Roberto hubieran soltado una buena carcajada en su cara. Hace seis meses ni pensaban que tendrían su propio hogar. Antes vivían apretujados en la casa del abuelo de Roberto, y habían sido tan felices tan solo por tener algo propio, aunque fuera compartido.

Mariana, hija, procura llevarte bien con los vecinos, ¿eh? le había recomendado Sole, la madre de Roberto, mientras limpiaban la habitación antes de la boda. Que son buena gente aunque les gusta más el vino que el agua.

¿Y si beben tanto, de qué tienen de buenos? se rió Mariana, estrujando el trapo y apartándose el pelo de la cara.

Roberto estaba fascinado con la melena de Mariana, aunque era una auténtica pesadilla a la hora de limpiar. Por más que intentase domar esos rizos rebeldes, siempre se escapaba algún mechón y se le quedaba en bucles delante de los ojos, como si fuese un diente de león enfurruñado.

Es que es difícil explicártelo Sole negaba con la cabeza. Han tenido muchas desgracias en la vida. No todos sabemos sobrellevar el dolor ni las penas.

Eso Mariana lo entendía. Huérfana, criada en una familia de acogida que la echó a la calle nada más cumplir los dieciocho, sabía bien lo fácil que era compadecerse de uno mismo y olvidarse de los que dependen de ti.

Su madre la abandonó a los tres años, la dejó sentada en un banco de la estación de Atocha con una nota en el bolsillo del abrigo y un peluche de conejo con una oreja rota. Mariana esperó durante horas, apretando contra el pecho el conejito, temerosa de moverse, no fuera a ser que su madre regresara y la castigara. Tenía miedo y muchísimas ganas de ir al baño, pero no se atrevía.

Pero su madre nunca volvió. En lugar de ella, llegó un agente de policía, con su uniforme impecable. Dijo algo que Mariana ni entendió, y ella negó con la cabeza, sin ánimo ya ni para llorar. Solo se le iluminó la cara un segundo cuando el agente tocó la oreja del conejo y preguntó:

¿Cómo se llama este?

Manolo susurró Mariana.

El agente le acarició primero la cabeza al conejo, luego a Mariana.

¿Hace mucho que se fue tu madre?

Ahí Mariana ya no aguantó, echó a llorar desconsolada, asustando no solo al policía, sino también a los pasajeros que, hasta entonces, no se habían fijado en la niña sentada sola tantas horas en la estación.

Muchos años después, Mariana se enteró de por qué su madre la había dejado allí. Una mujer extraña se le acercó un día al salir del instituto, extendiendo los brazos:

¡Hija, te he encontrado! ¡Ven con mamá, que te he echado tanto de menos!

Mariana ya vivía con la familia de acogida, en la que había otros seis niños, todos con sus propias historias. Sus padres adoptivos no permitían hambres ni frío; todos iban a actividades y sacaban buenas notas, sabiendo que, cuando cumplieran dieciocho años, tendrían que marcharse y dejar sitio para otros.

El cariño allí era una utopía, y la confianza, inexistente. Por eso Mariana no respondió a la llamada de esa madre ausente.

No negaba que, en lo más hondo, ansiaba ese abrazo. Tener, al fin, algo que fuera solo suyo Por la noche, cuando todo estaba en silencio y sacaba a Manolo de debajo de la almohada, sentía que un peluche no podía ser la única familia de un niño.

Por eso Mariana soñaba con el momento en el que su madre la buscaría, se la llevaría con ella y, sobre todo, la querría. No sabía exactamente cómo era ese amor, pero lo intuía, viendo a sus compañeros de colegio.

Pero el día que al fin apareció su madre, llorando y rogándole un abrazo, Mariana ni por un segundo creyó en aquellas lágrimas. Muchas veces le habían repetido que no podía recordar aquel día en la estación, que era demasiado pequeña, y Mariana dejó de discutirlo, aunque guardaba sus recuerdos bien escondidos: la estación estaba allí, ruidosa, repleta de gente, y ella allí, sola, esperando y, sobre todo, la certeza de haber sido abandonada.

Una de las hermanas, Carmen, dio la cara por ella cuando Mariana se encogió ante los brazos de aquella desconocida.

¿Quién es esa, Mariana? preguntó Carmen, plantándose delante de ella.

No lo sé Mariana sentía que todo giraba a su alrededor, sin poder pensar con claridad.

Señora, se equivoca. Esta es mi hermana, y usted no la conoce. ¡Váyase! Carmen la sacó del patio de la mano. Se lo contaré a mamá. ¡Déjenos en paz!

A pesar de que nunca se habían llevado especialmente bien, Mariana apretó la mano de Carmen, agradecida. Ese día volvieron a casa unidas, y ante la mirada interrogativa de la madre, contestaron al unísono:

¿Qué pasa?

Desde entonces, Mariana tuvo una hermana.

Carmen conocía de sobra lo que era quedarse sola: a ella no la abandonó su madre, sino un padre alcohólico al que también nunca volvió a ver. Las dos compartían el anhelo de tener a alguien cerca, aunque no fuera de su sangre.

Mariana acabó cediendo a una charla con su madre. Aquella venía todos los días a la salida del instituto, pero ya no le pedía abrazos, solo:

Hablemos, hija.

Eso de hija le chirriaba a Mariana, pero Carmen se encogía de hombros.

Que te llame como quiera. Al fin y al cabo, son solo palabras.

Fue Carmen quien la animó:

No pierdes nada. Pregúntale por qué, exígele una respuesta, al menos así dejarás de culparte.

¿Tú cómo lo sabes? se asombró Mariana.

¿En serio? Todas pensamos que nos dejaron por algo que hicimos mal Y sí, yo también lo siento.

La conversación con su madre no cambió demasiado.

Me abandonaste.

Perdóname, hija.

No me llames así, que me saca de quicio.

Vale, vale. No te enfades.

¿Por qué lo hiciste?

Fue muy duro Nadie me ayudó. Tu padre me echó de casa.

¿Y eso?

Le dije que no eras hija suya.

¿Eso es cierto?

No. Lo dije en una pelea Éramos muy jóvenes y tontos Me enfadé con mi madre, decidí marcharme, y ¿a dónde iba contigo a cuestas? Así que te dejé allí. Pensé que estarías bien. De verdad, lo creía.

¿De verdad pensaste que con una nota sería suficiente?

Me equivoqué, lo sé. Pero si pudiera arreglarlo

¿Y cómo vas a devolverme los años que viví sin ti? Perdona, pero no quiero volver a verte.

¿No podrás perdonarme nunca?

No lo sé. Si algún día lo hago, no podré olvidar. ¿Entiendes? Eso no se olvida.

¡Si eras tan pequeña que ni lo recordarás!

Entonces Mariana simplemente se levantó y se fue. En ese momento decidió que nunca permitiría a nadie decidir por ella.

Hiciste bien sentenció Carmen. Si crees que es lo correcto, ya está. No te arrepientas.

Eres muy lista.

No tanto aún. Pero algún día lo seré. ¡A estudiar!

¿Y qué quieres ser?

Psicóloga. Para ver si así aprendo a vivir.

Años después, ya con marido e hija, Carmen confesó entre risas:

Mentira Nadie sabe cómo hay que vivir. Ni tú ni yo. Hay que hacerlo sencillo, sin dramas. Que los tuyos estén bien y tranquilos, y que a los demás no les entren ganas de escribir una novela sobre tu vida.

Mariana aprendía a mirar sus problemas con más suavidad. ¿Un cuarto en un piso compartido? Al menos estaba cerca del trabajo, y el viejo era amable. La suegra tenía razón: los vecinos podían haber bebido para ahogar sus penas, pero eso no les hacía mala gente. Había que saber tener compasión.

Esa lección le costó entenderla. Nadie, salvo Carmen, la había compadecido. La ayudaron su suegra y el abuelo.

Sole tenía carácter fuerte, pero era generosa y la aceptó como a una hija. Según Carmen, eso era casi un milagro.

No esperes nada especial le advirtió Carmen antes de que Mariana conociese a la familia de Roberto. Para ellos eres una desconocida; órfana, sin casa ni padre. No digas nada de la ayuda del gobierno, ni que esperas un piso para ti. No te hagas ilusiones.

No seas pesimista, Carmen.

Realista, que es distinto. No pongas expectativas, ni te pongas tampoco a la defensiva.

Mariana lo entendía. Al principio Sole le pareció demasiado en todo: demasiado alto el tono de voz, gestos grandes, y mucha voluntad de mejorar las vidas ajenas. No estaba acostumbrada a que la cuidasen y, aunque aceptaba la protección de Roberto sin rechistar, la insistencia de Sole la irritaba.

Mariana, mi abrigo ya está para el arrastre, ¿me acompañas a buscar uno nuevo? Tus gustos siempre han sido estupendos, y a Roberto no lo soporto de compras.

Mariana aceptaba, resignada. Pero terminaban volviendo a casa con las manos llenas Y, curiosamente, la mayoría de los regalos eran para Mariana: un bolso, un abrigo, botas nuevas Sole parecía disfrutar atendiéndola.

Para Mariana, esa generosidad era desconcertante. ¿Quién era ella, sino una desconocida que el hijo había traído a casa? Era raro recibir tanto sin pedirlo, así que lo aceptaba con cautela.

Pero Sole parecía comprenderla bien y se limitaba a no agobiarla. Tampoco discutió cuando decidieron buscar piso propio.

El abuelo ya tiene edad, y es mejor que viva conmigo explicó Sole. Chicos, os toca empezar por vuestra cuenta; a él le vendrá bien el calor de familia, y a vosotros la independencia.

El abuelo asintió con una sonrisa bajo el bigote y, tras mudarse, organizaba largas tertulias de café y anécdotas.

Mariana, ¿te molesta que vendamos la habitación? preguntó una tarde mientras revisaban papeles.

¡Para nada! Ya somos adultos; encontraremos la manera de apañarnos. Quizá un alquiler, o más ahorro Y si volvemos a compartir, tampoco pasa nada, ya tenemos experiencia. Carmen siempre dice que hasta ahorrar un poco da seguridad, y yo la creo. Todo llega.

Me gusta esa actitud rió el abuelo.

¿Digo algo gracioso?

El abuelo no respondió, solo le pidió que pusiera agua para el té.

Compartamos unas galletas y charlamos. A mi edad, pocas diversiones quedan. ¿Sole te fastidia mucho?

¡Qué va! Mariana saltó de la silla. No me ha hecho nunca nada malo.

Tranquila, mujer. Me refería a si te atosiga.

¡Para nada! Sabe tratarme.

Que no te dé apuro recibir cariño. Ella te considera su hija, ¿sabes? No le cierres la puerta.

Pero no hace falta tanto cuidado conmigo, que yo también sé cuidar de otros.

¡Eso es bueno! ¿Y por qué piensas que no hay que compadecerte?

No me gusta que sientan pena.

¿Y eso es malo? Si así fuera, ni te visitaría

¿Por qué no?

Mientras pensaba que tú me compadecías, me gustaba venir. Si ahora piensas que eso es malo, entonces mejor me quedo en casa.

No entiendo nada ¿La compasión no es mala?

Depende de lo que signifique para ti. Antes, en Castilla, se hablaba de apiadarse de los suyos, que es mucho más que una simple lástima. Es ocuparse, cuidar. Cuando alguien enferma, ¿prefieres que te den besos y flores o que te cuiden de verdad?

Lo segundo, claro.

Eso es. Y si te duele el corazón, ¿qué necesitas? Que te entiendan, que te apoyen. Eso es compasión. Pero hay que tener cabeza con ella. No siempre es buena.

¿Cómo?

Si tu marido bebe y tú lo justificas año tras año, mal asunto. O si tu hijo hace una trastada y no le corriges por pena, termina peor.

Tienes razón Yo sí le compadezco.

Lo sé, y también te aprecio por eso. Pero no por viejo, sino porque te gusto, ¿no?

Mucho.

Pues igual. Los afectos bien entendidos se notan. Solo hay que tener claro cuándo y a quién.

Justo ese día es el que le vino ahora a la mente a Mariana. El gato, sentado en el felpudo delante de aquel piso que compraron con ayuda del abuelo y Sole, también parecía esperar algo de compasión. Aceptó sus caricias y, cuando Mariana lo invitó a entrar, huyó por las escaleras, dejándola sorprendida.

¡Pues nada, tú mismo! masculló ella, a punto de cerrar, pero el gato volvió a aparecer y no venía solo.

En la boca traía a un gatito pequeño, igual de anaranjado. Mariana se inclinó, cogió al cachorrito, y vio cómo el gran gato marchaba de nuevo escaleras arriba.

¡No me lo puedo creer! exclamó Mariana, riendo, mientras el gato traía otro cachorrito. Éste, más inquieto, no aguantó y cayó un par de veces, mientras el grande intentaba dejarlo a salvo en el umbral de la casa.

Desde luego, menudo padre eres tú dijo Mariana, abriendo de par en par. ¿Has traído a todos o queda alguno más?

El gato cruzó la puerta, nervioso, y echó un vistazo a Mariana abrazando los gatitos.

Venga, adelante. Nadie aquí os va a hacer daño, ¿eh? ¿Y la madre?

El gato ni contestó. Tomó uno de los gatitos y lo llevó hasta el rincón donde Mariana puso una caja forrada con papeles viejos.

¡Eres mejor cuidador que muchas madres! murmuró Mariana, tapándose la risa para no asustar. Voy a ver qué puedo daros de comer.

El gato, encantado, la vigiló ir hacia la cocina.

Aquella noche, Mariana convocó un pequeño consejo familiar.

Sole, si no te importa, buscaré familia para los gatitos. Pero al gato grande creo que se queda conmigo. Le tengo mucho que aprender.

¿Y qué planeas aprender de un gato? preguntó Sole, curiosa.

Roberto sonrió a su esposa, invitándola a contar la noticia que llevaban días guardando para el cumpleaños de Sole.

Aprender a ser buena madre. Ahora tengo dos profesores: tú y este bigotes.

Mariana acarició al gato grande y no pudo evitar romper a llorar cuando Sole la abrazó. Porque a veces la vida nos regala una familia donde menos lo esperamos. Y entonces comprendió que no se trata solo de recibir compasión, sino también de saber ofrecerla sin miedo ni vergüenza. Porque en ese dar y recibir, se hallan los lazos que construyen un verdadero hogar.

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