La bondad heredada
¡Ay, Carmenita! ¡Has llegado en el momento más oportuno! ¡Ya no sé qué hacer!
Carmen dejó la pesada bolsa de la compra en el banco de piedra junto al portal y respiró hondo.
¿Qué pasa, Doña Matilde?
Tranquila, Carmen, paciencia y más paciencia. Así hay que tratar a los mayores, aunque sean difíciles.
Y sobre que Matilde Rivas era difícil, lo sabía todo el barrio. No había mujer más propensa a las riñas, aunque siempre, eso sí, con la más exquisita cortesía.
¿Mujer? Sí, porque Matilde arremetía contra quien tocara, pero siempre con palabras galantes y modales de antaño, tan afilados que ponía a cualquiera de los nervios.
Señora, no lleva razón decía dulcemente a la vecina que no recogía el excremento de su perro.
No me llame señora, Doña Matilde.
¡Ah, qué desgracia! ¡En mis tiempos ser una señora era motivo de orgullo! Qué generación perdida Pero, por favor, recoja lo que ha dejado su animal.
¿Y si no?
Entonces, querida, todo el barrio lo sabrá.
Quien no se tomaba en serio sus amenazas, pronto aprendía la lección. Porque Doña Matilde cumplía; al día siguiente, el o la desafiante aparecía en el tablón de la vergüenza.
Así llamaba Matilde a cada árbol, farola y panel de anuncios del barrio, donde colgaba hojas con la foto del culpable y el texto casi siempre igual: No nos enorgullecemos de ellos. Seguido del relato minucioso de la falta cometida. Era implacable. Un vecino le enseñó a usar la impresora y desde entonces no paró. Compraba folios como quien va a la guerra y, gracias a una buena pensión y la ayuda de sus hijas, la actividad jamás decayó.
A la autoridad no le gustaba tanto esa manía: las multas que a veces le caían por sus pasquines apenas la asustaban. Acudía a los juzgados con la naturalidad de quien va al mercado, saludaba con cortesía a los jueces y se disculpaba por hacerles perder el tiempo. Algunos ya no la veían como una molestia, sino como una especie de mal necesario, otros incluso le tomaban aprecio tras años de ver su rostro en los pasillos.
Y es que a veces le daban las gracias. Como cuando, por su lucha, arreglaron la red de alcantarillado del barrio, una batalla que le costó casi diez años y más noches en vela y broncas con funcionarios de todas clases de lo que puede contarse. Aquello fue su gran victoria. Desde entonces, los que antes la miraban con recelo, la evitaban con temor respetuoso, y los conductores agradecían ya no tener que hacer de submarinistas cada vez que llovía.
Salían malparados con ella los dueños de perros despreocupados; las madres que preferían una caña en el banco a vigilar a sus hijos; los morosos de pensión alimenticia; los borrachines de toda la vida; y, en suma, cualquiera que despreciara las normas básicas de convivencia.
Claro que no todos celebraban su celo. Más de uno terminó cogiéndole odio y una noche, cuando regresaba a casa tras visitar a su hermana enferma, le dieron una paliza en una calleja oscura. No le duró mucho la fractura, pues alguien asustó a los cobardes, pero fue suficiente para que Matilde saliera más convencida que nunca de no bajar la guardia. Si forzaba reacciones así, es que no luchaba en vano.
Los moratones se fueron, la pierna rota soldó torcida, y desde entonces Matilde notaba el dolor cada vez que el cielo amenazaba lluvias.
Al menos, sé cuándo cojo el paraguas decía, riéndose de su suerte.
El asunto terminó de tal forma que los responsables de aquel ataque recibieron el castigo más duro posible: en las salas del juzgado casi todos conocían a Doña Matilde. Hasta la policía local, tres agentes y un inspector, acabaron siendo buenos conocidos suyos y la ayudaban cuando el asunto se le escapaba de las manos.
¡Luisito, cielo, eres imprescindible! decía por teléfono al agente Luis, bigotudo y grandote, y a la sazón su vecino tras mudarse al piso de al lado.
Y ¿cómo no iba a acudir Luis cuando ella le llamaba? Si esa mujer tan menuda, respetuosa pero de armas tomar, había conseguido, en cuestión de meses, ganarse el aprecio de su mujer, sus hijos y hasta su madre, una mujer que Luis temía como el demonio. Y fue precisamente Matilde quien un día le dijo:
¿De verdad su hijo necesita todavía su pañuelo cada vez que tiene catarro? Una madre es madre, sí, pero un hombre hecho y derecho ya debería saber sonarse solo ¡Ay, le compadezco!
Y así, la suegra de Luis redujo sus frecuentísimas visitas y la familia suspiró tranquila.
Carmen, trabajadora social con años de experiencia, sabía todo sobre Matilde y sus contactos”, así que se sorprendió de verla llorando en el banco junto al portal.
¿Por qué llora, Doña Matilde?
Carmenita… tu protegida… Doña Teresa la maestra…
¿Qué ocurre?
Está Luisito arriba Teresa ya no está se ha ido
A Carmen le fallaron las piernas y se dejó caer en el banco.
Vaya día de locos. Por la mañana, reventó una tubería en su casa, los niños llegaron tarde al colegio, discutió con su esposo. Bueno, vale, Manolo es un hombre bueno, no bebe, no fuma, adora a los niños y encima gana su sueldo a pulso le repetían sus amigas, y sí, le quería, pero algunas veces perdía la paciencia por tonterías. Toda la discusión de anoche por la dichosa bombilla, y ella la podía haber cambiado perfectamente.
Y ahora Teresa… ayer mismo le pidió comprar pienso para sus gatos…
Carmen rompió a llorar, sin poder contener la emoción.
Ay, hija, toma un pañuelo le ofreció Matilde.
El pañuelo blanco era idéntico al que Teresa le regaló una Nochebuena.
Para ti, Carmen, un detalle mínimo y mi gran agradecimiento.
¡Qué maravilla! ¡Y lleva mis iniciales!
Sí, bordadas a mano. Es lo menos que puedo ofrecerte, hija. Bien sabes lo escasa que es mi pensión.
Mi abuela siempre decía que el mejor regalo es que se acuerden de una.
Sabia tu abuela. ¿Vive aún?
No, hace mucho que no tengo familia. Mi familia ahora son mi marido y mis hijos.
Qué pena Y no me malinterpretes, la dicha es la tuya, yo ni matrimonio ni descendencia tuve. Me apenó siempre acabar así, entre muchos parientes pero completamente sola, cada Navidad esperando que alguno se acuerde de mí, y lo único que quieren saber es si tengo ya apañados los papeles para el cementerio. Que me he pasado de fecha, dicen
¿Lo dice por usted?
Sí, Carmen. No tuve hijos, pero sí parientes que siempre supieron cómo tenía que vivir. Si no era porque no les gustaban mis decisiones, era porque creían que no tenía juicio. Y mírame, sola. Por mis pecados, digo yo. Lo peor es la soledad, Carmen, ¡cuánto duele! Si no fuera por mis gatos, ni sé para qué viviría. Una sobrina dice que lo que hago es gastar oxígeno en balde, después de negarme a dejarle mi piso. Mi hermana se puso hecha una furia, quería que su hija viviese aquí para poder estudiar y me pensaban enviar a una residencia de ancianos
¿En serio? ¿Y si le hubiera dejado el cuarto…?
Querían mi piso entero, Carmen. Según todos ellos, ya no me hace falta.
¿Y usted? ¿Dónde la mandaban?
A casa de mi hermana, pero solo de paso. Ya tenía reservado el asilo.
¡No doy crédito! ¿Y eso es familia?
Ay, hija. ¡Tampoco puedo odiarlos! Los quiero, aunque me hagan esto. El piso lo tengo dejado en testamento a partes iguales a los sobrinos, pero dudo que eso les valga de mucho. Y temo mucho por mis gatos, todos les tienen una manía horrible y dicen que los llevarán a la basura en cuanto me muera
¡Eso no pasará!
No los conoces, Carmen.
¡Y ni quiero conocerlos! Escuche, haga usted un testamento dejando los gatos a mi cargo.
¿Cómo dices?
Así mismo. Los gatos son bienes, puede dejármelos legalmente y si le ocurre algo, yo cuidaré de los bichos. Sería una bondad heredada, que no puede uno dejar sufrir a los animales a los que tanto ama.
¡Carmen, eres un ángel! ¡Nunca lo habría pensado! Pero es mucha carga
¡Qué va! Sin gatos, la vida es menos vida. ¿Cómo dice el refrán? Sin gato, la casa vacía
Así Carmelita se comprometió a quien tanto amaba a los felinos. El primero, Rosendo, vivía con Teresa desde hacía casi diez años. El segundo, Ciriaco, era recogido en la tienda por Doña Matilde y llevaba poco tiempo rondando. Pronto se supo que Ciriaco no era macho, sino una gata, Ciriaca, y, para sorpresa de todos, de repente, el hogar se llenó de gatitos. Teresa, aún riéndose:
¡Ay, Ciriaca, menuda sorpresa! Rosario, eres un canalla, pero buen padre, sí que sí.
Carmen y su hija ayudaban, divertidas, a buscarles casa a los cachorritos. Si no encontraban, le pedirían ayuda a Doña Matilde, cuya fama la precedía.
Aquel día, tras recordar a los gatitos, Carmen salió corriendo:
¡Estoy aquí sentada y tienen que estar muertos de hambre!
Ese mismo día, Carmen se llevó la herencia. Luis, el agente, la ayudó con la cesta y pidió:
Déjame un cachorrito, anda. Los niños llevan tiempo pidiéndolo y mamá ya no se opone.
Claro, cuando crezca un poco, vienes a por él.
Cuando Carmen preguntó si los familiares de Teresa ayudarían con los trámites:
Han dicho que ellos no tienen tiempo, que me apañe yo le respondió Luis con amargura.
¡Pues me encargo yo! Aunque no sea familia
Ahí te equivocas, Carmen. A veces, en unos años una persona puede convertirse en alguien más cercano que cualquiera con la misma sangre.
En cuanto acomodó gatos y cesta en su bucólica casita del centro, herencia de sus padres y de sus abuelos antes que ellos, donde las paredes guardaban vida, Carmen se detuvo. No podía comprender cómo había padres que no amaban a sus hijos, o familiares que se olvidaban de sus mayores.
Subió a la veranda y, nada más abrir la puerta, un olor delicioso y risas infantiles llenaron la casa. Manolo salió al pasillo:
¿Pero qué te pasa? Ya cambié la bombilla, manguera nueva y todo. Tus tulipanes crecerán que da gusto. Venga, no llores.
No lloro bueno, sí, es por los gatos.
¿Por los gatos?
Mira Y al quitar el paño de la cesta, los niños montaron tal alboroto que Manolo tuvo que pedir silencio para no asustar a los mininos.
Los gatos se adueñaron pronto de la casa. Rosario, agradecido, hasta traía ratones por la veranda y alguna noche volvía tarde, tras pasar horas en lo alto de un olmo frente a lo que fue el piso de Doña Teresa, maullando como si llamara a su vieja dueña.
Y Teresa la maestra no fue olvidada. El día del funeral, Carmen se sorprendió al ver cuánta gente venía a despedirse.
¿Quiénes son? preguntó en voz baja a Matilde.
Alumnos suyos. Daba física y luego fue profesora particular. La querían mucho, la recuerdan bien
Lo sé susurró Carmen y apretó la mano de su hija.
Las semanas pasaron; Carmen a veces se levantaba de madrugada para abrir a Rosario y pensaba en lo rápido que pasa la vida, en el misterio que guarda en el vientre, una noticia que aún no le había contado a su esposo y que le llenaba de temor y esperanza.
Pronto volveré a ser madre susurraba a Ciriaca. ¿Crees que podré con todo?
La gata, ronroneando alto, llamaba la atención de Rosario, y Carmen reía.
Una noche, Rosario no volvió. Dos días pasó desaparecido y el temor se apoderó de Carmen. Visitó varias veces el antiguo piso de Doña Teresa, preguntó a Matilde y a Luis, nadie había visto al gato.
Vete a la cama, Carmen, que volverá insistía Manolo. Los gatos son así, a su aire.
Pero Carmen se quedó dormida en la butaca del salón, y no escuchó los maullidos insistentes de Rosario en la noche.
La única que se dio cuenta fue Ciriaca, que, de súbito, saltó hacia Carmen y le arañó la pierna.
¡Ay, Ciriaca, qué haces!
Aunque a punto estuvo de enfadarse, justo entonces oyó los maullidos desesperados en la ventana y olió el humo.
¡Manolo, niños, fuego!
En su grito, Ciriaca corrió a la habitación, mordió a los niños para despertarlos y juntos salieron, con Carmen agarrando la cesta de los gatitos. Los vecinos avisaron a los bomberos y pronto apagaron el fuego. Rosario, valiente, salvó también a Ciriaca y los gatitos pronto estuvieron todos reunidos.
Gracias, señora. Han tenido suerte dijeron los bomberos. El mayor peligro lo evitaron.
Manolo abrazó a Carmen y, posando la mano en su vientre, le susurró:
Sabía que algo pasaba No temas, mi vida: somos muchos para lo que venga, niños, gatos, yo, y esta casa. Juntos siempre.
Carmen dejó a su familia entrar; ella se quedó un momento mirando el cielo nocturno y murmuró:
Gracias, Doña Teresa, por su bondad. Que Dios la tenga en su gloria.





