¡Hala, ya hemos llegado! ¡Todo el mundo abajo! gritó el conductor mientras detenía la furgoneta junto a una vieja valla de madera y apagaba el motor.
Clara le acarició suavemente el pelo a Alba, que dormía plácidamente apoyada en su hombro.
Cariño, que hemos llegado. Venga, despierta esos ojitos.
Alba, aún medio dormida, se frotó los ojos con el puño y miró a su alrededor intentando ver la casa.
¿Mamá, aquí vamos a vivir ahora?
Sí, cielo. ¡Vamos! Hay que descargar las cosas y ver cómo está todo.
Clara saltó del estribo y cogió en brazos a su hija. Por detrás de la furgoneta apareció Mateo, que había venido en su propio coche.
¿Todo bien?
Sí. ¿Y las llaves?
Toma le pasó un manojo de llaves. Los papeles de la casa te los he dejado encima de la mesa. Los verás. El sábado vengo a buscar a Alba, como quedamos.
Perfecto.
Te ayudo a descargar y me voy. Tengo mil cosas.
Clara asintió. Sentía aún un agujero en el estómago, como si hubiera tragado un cactus, pero pensó que para qué más lágrimas. ¡A seguir adelante! Y, si puede ser, sin tanto drama.
Había estado cinco años casada con Mateo. Hace apenas un mes se enteró de que su marido tenía otra, y no una aventura de andar por casa, no. Iba en serio, con planes de familia y todo
Al principio Clara se sintió transportada a una realidad alternativa. Como si todo a su alrededor se oscureciera. ¿Y ahora qué? ¿Cómo vivir? Ni pensarlo podía. Ayer mismo tenía un hogar, un marido más bien apañado, todo bajo control. Hoy, todo polvo. Y la confianza en los humanos, ni te cuento. Si te la clava tu compañero más cercano, ¿qué esperas de los demás? Encima, ni siquiera discutían con frecuencia. Por eso no se olió el percal.
Aquella noticia no fue un palo, fue la demolición de un edificio entero. Siguió en modo robot: cuidando a su hija, cocinando, limpiando, trabajando pero incapaz de poner en orden su cabeza.
El piso donde vivían era de los padres de Mateo.
Clara sólo tenía a su tía abuela Lucía en un pueblo cercano. Su única familia. Como no la podía visitar mucho, contrató a una vecina para que le hiciera la compra y la vigilara. Clara heredó el piso de sus padres, que ahora alquilaba. El dinero iba a partes iguales para ambas, ella y tía Lucía. Muchas veces le ofreció cambiar el caserón de la tía por un piso en la ciudad, pero Lucía se negaba.
Cuando Mateo le confesó el pastel, sabía que ni habría broncas ni gritos. Ese no era el tipo de Clara. Por eso, cuando los bienintencionados le contaron a ella la historia, y ya no había nada que ocultar, la citó en la cocina una noche después de dormir a la niña.
Sé que lo sabes todo. No me voy a justificar. Ha pasado. Tenemos una hija y, sobre todo, tenemos que hacer que Alba no sufra. ¿Y tú qué piensas hacer con tu vida?
Ni idea aún Clara sujetaba la taza con fuerza, mirando fijamente la mesa.
Por dentro luchaba una tormenta. Preguntas como ¿Por qué? o ¿Qué he hecho? saltaban por su mente como ranas locas, pero por fuera mantenía el tipo. No le iba a mostrar tanto dolor. Pero, en el fondo, Mateo tenía razón. Tocaba pensar en Alba.
¿Y qué, vas a echar a los inquilinos del piso?
Déjalos, por ahora. Yo tengo parte de culpa con Alba y contigo. Mira, he hablado con mis padres y ¿qué te parecería mudarte?
¿Mudarnos? ¿Dónde? Clara alzó la vista.
Sabes que mi madre tiene en el pueblo la casa de sus padres. No está nueva, pero es sólida, con buen tejado. Y tu tía vive justo al lado. Mi madre quiere poner la casa a nombre tuyo y de Alba. ¿Qué dices?
¿Una especie de indemnización? Clara se rió, pero luego lo pensó.
No era mala idea. No le apetecía cruzarse con Mateo y su nueva ilegal por el barrio. Todo lo que conocía le hacía daño. El parque, la panadería, los bancos… Ahora debía mirar al futuro, sobre todo por su hija.
¿Qué perdía, realmente? El pueblo era pequeño, sí, pero tenía colegio, ambulatorio y, sobre todo, a la única familia que le quedaba. Y Alba era pequeña, necesitaba atención. No esperaba que Mateo se preocupara igual que antes. Tocaría buscar trabajo
Clara asintió:
Vale, me parece razonable.
Trato hecho. Mañana habláis tú y mi madre, id al notario cuando podáis. Ella te llamará. Ahora me voy.
Mateo se detuvo un segundo en el umbral, y sin girarse murmuró:
Perdóname. De verdad que no quería esto.
Clara no contestó. Cerró la puerta tras él, se dejó caer al suelo y se mordió el jersey para no despertar a Alba mientras lloraba.
No era un llanto, era un aullido. Se acordaba de un documental sobre lobos que había visto de niña. En ese momento ella se sentía más loba herida que mujer.
Lloró un buen rato. Y sintió cómo se le iba la rabia y quedaba, en el pecho, un agujero negro, seco como la Mancha en agosto. Sólo una idea le daba vueltas: si no llenaba ese vacío con algo bueno, quedaría atrapada en el pozo de la pena para siempre.
Las siguientes semanas sólo pensó en la mudanza y rematar papeleos.
Y así, ahí estaba Clara, junto a la valla torcida de su nueva casa, mirando el jardín salvajemente descuidado, tanto que apenas se veía la casa. Entre las ramas se distinguía un trozo de tejado y parte del porche.
Alba le tiró de la mano.
¡Mamá, venga! ¿A qué esperas?
Cruzaron el caminito, esquivando una vieja higuera, y entonces la vieron.
No era una casa, pensó Clara. ¡Era LA casa! Algo decrépita, pero robusta, coqueto mirador, porche amplio con cristales de colores Entre manzanos y granados, pedía a gritos ser fotografiada. Clara sacó su cámara, hizo clics para inaugurar oficialmente el hogar y sintió, de pronto, que le gustaba el sitio. Todo el trabajo que tendría por delante era justo lo que necesitaba ahora. Alba miraba el porche con la boca abierta y el dedo en la boca. Clara le tiró del pompón de la gorra:
¡Fuera el dedo, con lo bonito que es! ¿Te gusta la casita?
¡Mamá, es preciosa!
Totalmente de acuerdo. Vamos a ver cómo está por dentro, y ya pensamos dónde vas a dormir.
¡Sí, venga!
Subieron al porche y entraron. Un recibidor generoso, puertas dando a la cocina y otras dos habitaciones en la planta baja; más la sala-comedor, con una mesa redonda bajo una lámpara cubierta con un chal de croché. Estaba todo húmedo, olía a cerrado, pero por algún motivo Clara sintió calidez y hasta cierta alegría.
Clara, ya está todo descargado y pagué a los mozos asomó Mateo. Ven que te explico la caldera y la calefacción.
Un tutorial exprés y adiós muy buenas.
Clara fue directa a la cocina, puso agua a hervir y sacó tuppers con comida para Alba. Mientras se calentaba el estofado, se puso a limpiar la mesa. La cocina era pequeña pero monísima, dos ventanales mirando al huerto, la mesa junto al cristal Alba movía las piernas sentada en una silla, estudiando los armarios y el farol de colores.
De repente, un ruido seco en la ventana. Alba pegó un brinco, Clara se sobresaltó. En el alféizar, un enorme gato naranja la miraba fijamente.
¡Por favor, sustos así no! suspiró Clara. Mira, Alba, ¡qué monada!
El gato no pestañeaba.
¿Y tú qué miras? ¿Te apetece entrar? Seguro que tienes hambre.
El gato dio un salto y desapareció.
Bueno, cuando quieras, ya sabes. Clara sonrió. Venga, Alba, a lavarse las manos. ¡Hora de comer!
Al darse la vuelta, Clara casi se cae de la sorpresa: el gato estaba sentado en el umbral.
¿Tú cómo has entrado? ¡Si he cerrado!
Ni se inmutó. Le miraba con ojos como aceitunas verdes, achinados, tan convencido de su autoridad que Clara no pudo evitar reír.
Cortó un poquito de pollo cocido, lo puso en un platito.
Venga, disfruta.
El gato se acercó sin prisas y empezó a comer con una dignidad digna de ministro.
Clara revisó puertas todas cerradas pero entonces vio, en la de abajo, una portezuela pequeña: estaba visto que el felino era más de casa que los que firmaron la escritura.
Cuando volvió a la cocina Alba ya estaba sentada en el suelo, dando la charla al gato; él la escuchaba como si fuera filosofía pura. Por primera vez en semanas Clara se rió de verdad.
¡Vaya dos tertulianos!
Los dos miraron a la vez; y juraría Clara que el gato alzaba los hombros igualito que su hija.
Llamaron a la puerta. Clara hizo señas a Alba:
No te muevas, ¿eh? y fue a abrir.
Buenas tardes, soy tu vecina, Paula Gómez. Llámame tía Paula. Toma esto y le dio un bote de leche, recién ordeñada de mi cabra. ¡Disfruta!
¡Uy, gracias! Qué detallazo Clara, aunque sorprendida por el ímpetu, tiró de buenos modales. Me llamo Clara, encantada. Y la leche, aún caliente, ¡qué lujazo! Pase, pase, que estoy estrenando la casa.
Tía Paula, encantada, no se hizo de rogar y entró. Puso el tarro de leche junto a los fogones y Alba, muy formal:
¡Hola! Yo soy Alba.
Hola, guapísima. Y el gato, ¿lo conocéis?
¿No es nuestro?
¿Cómo no lo voy a conocer? Es mi sinvergüenza. Se llama Donato. Si le das de comer, desalójalo sin piedad, que en casa tampoco pasa hambre. Que si no, se vuelve un vago y deja de cazar ratones.
¿Aquí hay ratones? Alba se quedó boquiabierta.
Como en todas las casas de pueblo, hija. Y más en otoño. Así que
¡Mamá, necesitamos urgentemente un Donato! ¡Un gato nuestro!
Alba, tiempo al tiempo. Tía Paula, ¿por aquí hay alguien que busque trabajo? Tengo que dejar el jardín y la casa en condiciones y no doy a basto.
Pues claro. Habla con Manolo Martín, vive tres casas más allá, puerta verde. Ese hombre te arregla hasta el alma, y además es serio y barato.
¡Gracias! ¿Le apetece un té? Sólo tengo pastas y bombones, que acabamos de llegar, pero se lo ofrezco de corazón.
¿Cómo lo iba a rechazar, hija? tía Paula se sentó con una sonrisa.
Tomando el té, tía Paula le contó la historia del pueblo y de su clan, hasta que, de repente, le preguntó:
Clara, ¿cómo habéis acabado aquí?
Venía de familia intentó disimular Clara, y rió para sí. No era momento de contar su vida.
Este caserón lleva unos veinte años cerrado. Los jóvenes ni lo recuerdan ya, pero la gente mayor sabe que este sitio tiene mala fama.
¿Mala fama? ¿De qué tipo? No me asuste, por favor.
¡Bah, tonta! Nada de miedo. Es simplemente que nadie dura mucho viviendo aquí. Que si enfermedades, que si hay pérdidas, que si nunca sale bien Y claro, ya le han puesto el sambenito. Dicen que un mercader local lo construyó para su prometida y la pobre ni un año aguantó, murió de una fiebre. Lo vendió y el resto es historia. Tendrá casi un siglo ya, un par de reformas y listo. Pero, por lo que sea, nadie echa raíces aquí.
Clara jugaba distraída con su cucharilla.
Bueno, a alguien tenía que tocarle. ¡Veremos cómo se nos da! movió la cabeza con decisión. Aquí hay mujeres valientes, ¿a que sí, Alba? Esto no nos asusta. Ya veremos qué tiene la casa de especial.
Pasaron unos meses.
Clara se hizo al pueblo. Alba fue al cole de infantil; Clara curraba en el estudio de fotos del centro, y no le iba mal retratando comuniones y bodas. La fotografía, que era un pasatiempo, había pasado a ser su profesión. Ya embarazada de Alba se formó y aceptaba encargos: bebés, fotos de estudio Ahora le venía genial.
Entre unas cosas y otras puso la casa y el jardín bonitos. El ayudante que vino recomendado por tía Paula era un fichaje top.
Llámame Manolo fue toda la presentación del hombre.
Escuchó las ideas de Clara y se puso manos a la obra. Juntos limpiaron el huerto, donde salieron más árboles frutales de los que pensaban. Clara vio que, si los cuidaba, Alba tendría fruta todo el año, nada de supermercado. Repararon tejado, porche, barandillas No fue rápido, pero sí gratificante.
La casa cobró vida. Salía Clara por las mañanas a tomar el té en el porche y sentía que por fin había encontrado su refugio.
Se volcó en cuidar de tía Lucía. Ahora, cada tarde, tras recoger a Alba, pasaban a verla antes de volver a casa. Clara supo que mudarse fue lo mejor: encontró estabilidad y, poco a poco, dejó atrás el rencor con Mateo.
Él venía a menudo, compartía tiempo con Alba, y eso apaciguó a Clara. No la había dejado tirada, ni a la niña tampoco. Ayudaba Y si entre ellos las cosas se torcieron, era lo que tocaba. Clara decidió no mirar mucho el pasado: sabía que también puso poco de su parte, centrada en Alba y olvidando a veces al marido. Así que, a lo hecho, pecho. Lo importante era que Alba supiera que tenía padres que la querían, aunque no vivieran juntos.
Tía Lucía la animaba:
Haz bien, Clara, bien. No te quedes con nada dentro. Que esos disgustos se hacen bola. Recuerda lo bueno, lo que tenéis. ¡Mira a tu niña! Eso es lo que importa. El resto, al olvido. No le des cabida a la rabia, que sólo te come por dentro. La niña te está mirando, siempre. Y se queda con todo. Piensa qué va a recordar ella de esto, ¿una mamá triste o una que tira para adelante?
Clara sólo pudo asentir.
Poco a poco conoció a todo el vecindario. Sin darse cuenta, se convirtió en lugar de reunión: unas venían con sus pequeños, otras tomando café Alba no tardó en encontrar su tribu. Y las mayores tampoco la dejaban escapar.
Así conoció a la tía Maruja, maestra panadera del barrio, que enseñó a Clara a hacer pan de verdad. Alba se volvió fan absoluta y ya no protestaba por beber leche, sobre todo acompañada de una rebanada de hogaza. El vaso volvía vacío y Clara reía limpiando el bigote lácteo de la niña.
Y luego llegó el abuelo Eusebio, con un cuenco de fresas tamaño XXL.
Son variedad Cantábrica, mujer. Cuando te instales del todo te enseño a cultivarlas.
Tras arreglar el porche, Clara puso allí una mesa grande, fregó los cristales de colores, barnizó el suelo. En el rincón, una mecedora que Alba monopolizaba, casi siempre acompañada por el descarado Donato, que desde el primer día decidió vivir a medias entre su casa y la de Clara. Ahora, Clara bajaba las escaleras con cuidado, después de pisar varias veces algún ratón cazado por el gato como impuesto de hospitalidad. La verdad es que Donato se lo curraba para tener pase VIP.
La única vecina que le traía de cabeza era Celsa. No era mucho mayor, pero madre mía, ¡qué pelma! Si sólo hablara pero es que era cotilla profesional. Al principio Clara no se enteró de la jugada, pero luego intentaba cambiar de tema en cuanto podía. Todo le parecía mal de alguien.
Tía Paula, ¿qué hago con Celsa? Es que no para
Clara, hija, contra eso poco puedes hacer. Si la dejas de recibir, te monta tal campaña de desprestigio que ni el alcalde te salva el pellejo. Y mira que aquí ya te conoce todo el mundo, pero no te fíes. Yo la despaché.
¿Cómo?
Muy fácil: tengo gatos y ella alergia.
¿Tendré que hacerme con otro felino? O un perro igual me sirve
Clara le daba vueltas.
Celsa había detectado que Clara tenía orejas receptivas y, con eso, pensó que su público era cautivo. Así que seguía viniendo. Clara la agasajaba con té y dulces, y pensaba mentalmente en la lista de la compra para distraerse. Celsa soltaba sus historias sin precisar respuesta alguna: podía hablar sola con una piedra.
Al cabo de poco, Clara notó algo curioso. Siempre que Celsa venía, algo le pasaba.
La primera vez se enganchó la falda nueva en un clavo, misterioso porque Manolo había dejado el porche reluciente y ni rastro de clavos. Celsa se fue tan disgustada que ni comentó nada.
A la siguiente se sentó fuera de la silla, tropezón inexplicable visto como estaba todo pegado a la pared.
Sea por eso o porque encontró audiencia mejor, pasó a visitarla menos.
Una mañana, Clara podaba los setos y oyó cómo Celsa cuchicheaba con tía Paula en la puerta.
Tía Paula, no te lo crees. ¿Vive sola, con la cría, y sin hombre? ¡Imposible! El caserón así de limpio, el huerto también. Aquí viene alguien, fijo.
Chismes, Celsa, puro chisme. Sabes que Manolo le ayuda y que le paga. ¿Qué insinúas?
Y la casa ¿qué? ¡Todo el pueblo sabe que es casa maldita! Debería haber salido corriendo, y ahí sigue, tan fresca. La gente va a su casa, pero a la mía ni asoma. ¿Por qué será?
¡Porque el hogar lo hacen las personas! Clara es buena, por eso la quieren. Anda, vete a tus cosas, que tengo leche en el fuego, ¡vete!
Clara se alejó de los setos, riendo para sí. ¡Vaya personajes!
¡Mamá! ¿Dónde estás? Alba, desde el porche.
¡Aquí, cielo! ¿Ya te has lavado la cara?
¡Aún no! Pero mira señaló el camino.
Por entre las parras caminaba Donato, arrastrando a una bolita peluda naranja: un minigato. Llegó hasta Clara y le lanzó una mirada reprobatoria. Ella soltó las manos y cogió el regalo que, nada contento, protestaba maullando.
Gracias, Donato. ¿Piensas que lo necesitamos?
El gato maulló, dio media vuelta y se fue a casa de tía Paula, satisfecho con su labor.
Bueno, Alba, parece que sí que lo necesitábamos. ¿Cómo lo llamamos?
¡Donato Júnior!
Clara alzó el minino a la altura de los ojos.
Bienvenido, Donato Donatovich. ¡Todos adentro! Es hora de desayunar.
Alba se rió a carcajadas, abrió la puerta del porche y de la casa salió un olorcito a hogar que hasta el gato cerró los ojos de gusto.




