Así se conocieron…
Luis, ¿qué te pasa? preguntó Lucía, tras unos minutos de incómodo silencio. No eres tú mismo hoy. Estás más blanco que el traje de una comunión… ¿Tienes fiebre o te has acordado de algún exámen de la EBAU?
Nada, todo bien respondió Luis, consiguiendo a duras penas recomponerse. Dejó la tenedor sobre el plato y se agarró al vaso de zumo de manzana como si allí dentro estuviera el manual con las respuestas correctas de la vida.
*****
Luis llegó al portal, puso la mano sobre el típico pomo metálico (frío como el ánimo de uno cuando ve el recibo de la luz) y, justo cuando iba a empujar la puerta, le dio por parar en seco.
No le apetecía nada entrar.
Sabía que le esperaba Lucía, recordaba perfectamente la promesa de ir a su casa esa tarde, pero estaba tan nervioso que podría haber rellenado por sí solo una tarta de San Marcos solo con la leche que producía su ansiedad.
Le daba incluso vergüenza. Un tío hecho y derecho, con barba de tres días y entradas, y ahí estaba, como crío de primero de la ESO al que la profe llama a la pizarra de mates.
Encima, no había que cruzar el Sáhara; solo tenía que abrir la puerta, subir al tercero, llamar al 3ºB
Pero nada. Esa especie de miedo irracional le tenía paralizado.
Lo único que tenía claro era que prefería irse. A su casa, a la Gran Vía, a Ávila, ¡a donde fuera! Mientras estuviera lejos de ese portal.
¿Y en qué momento dije yo que sí a esto? masculló, dando un paso atrás. Si está claro que no voy a gustarles.
Retrocedió un poco más, levantó la mirada y vio la ventana encendida del tercero.
Esa luz era como el faro de Finisterre, para no perderse ni aunque uno viniera de la taberna.
No se había perdido, no. Había llegado, no había dudas. Pero subir, lo que se dice subir… costaba arriba.
Lo que le frenaba, en realidad, no era ni el qué dirán, ni el frío que hacía en Madrid esa tarde. Era Lucía. Pensaba en su cara si ahora, de repente, desaparecía. Le había pedido que viniera. Y él… él se lo había prometido.
*****
«Luis, mira… sólo no te asustes le soltó Lucía la noche anterior. Es que mis padres quieren conocerte.»
Así, con postre incluido en el menú del día.
Luis era su novio.
Estaban en su bar favorito, compartiendo una tortilla de patatas (¡con cebolla, por favor!), hablando de lo que harían el finde.
Y de pronto… ¡tus padres! A Luis casi se le atraganta la tortilla: dejó de masticar y la miró como si le hubiera dicho que juntos iban a dar la vuelta ciclista a España.
No es que fuera raro. Es lo habitual, que unos padres tengan curiosidad por el muchacho que se quiere casar con su hija… O bueno, al menos con el que comparte las meriendas.
Pero claro…
Luis temía no gustarles. O, mejor dicho, que no le vieran con buenos ojos en el papel de futuro yerno. Y motivos, la verdad, no le faltaban.
La madre de Lucía, doña Victoria Vicky para los amigos, era catedrática, había sido decana y ahora estaba encaramada a un puesto gordo en el Ministerio de Educación.
El padre, don Javier, también era un hombre hecho a sí mismo. Había empezado de arquitecto en una constructora de esas con nombre largo y ahora ¡era dueño de su propio grupo! Y, por si fuera poco, amigo del alcalde.
Y Lucía, con apenas treinta y pico, era la jefa de todo el departamento jurídico de un gran banco. Vamos, que podía comprarse un piso en Malasaña y ni se despeinaba.
¿Y Luis, con 35?
Pues nada destacable. Ahora mismo, era administrador de sistemas, informático sin carrera universitaria, eso sí, pero con unos cuantos atajos en Excel.
El sueldo tampoco era para tirar cohetes en Cibeles, ni tenía grandes perspectivas laborales. Así que… ¿qué iba a decirles a los padres de Lucía? ¿Que formateaba discos duros en tiempo récord? ¿Eso cuenta como habilidad especial?
¿Os preguntáis cómo una chica así conoció a un tipo tan normalito como él? Fue un cúmulo de casualidades.
Ese día, Luis decidió pasear por El Retiro. Lucía también, aunque iba con dos amigas. Pero ellas se fueron a comprar helado y Lucía se quedó en el banco, guardando sitio y llamando a su madre.
Tan metida estaba en el teléfono, que no vio venir a un tío en patinete eléctrico a toda pastilla.
El tipo iba más colocado que una fila de libros; Luis reaccionó a tiempo, agarró a Lucía y la apartó justo cuando la catástrofe turística pasó rozando.
¡Pero bueno, qué haces! protestó Lucía.
Pero al ver al patinetero estampándose contra una papelera, lo entendió todo y, bueno, digamos que miró a Luis con otros ojos. Y así empezó la historia.
Mientras sus amigas volvían con dos cucuruchos de helado de vainilla, ellos intercambiaban teléfonos y promesas de verse de nuevo. De eso hace ya medio año.
Todo esto lo recordaba Luis, mientras seguía digiriendo la noticia de la presentación oficial en casa de los suegros.
Le aterraba que intentaran apartar a Lucía. Pensaran que era otro pícaro cazafortunas. Ya había vivido algo así en el pasado, y acabó perdiendo a la chica.
Luis, ¿me oyes? insistió Lucía. ¿Por qué estás tan pálido?
No, es nada, de veras dijo, intentando ser convincente, y agarró su vaso de zumo como si fuera una pócima mágica.
¿Entonces vienes?
¿A dónde?
A casa, hombre. Lucía sonrió. Mi madre hará su famosa tarta de almendras, y papá… Bueno, papá trae una botella de vino reserva de un amigo entendido en la materia, que ha donado amablemente una de sus joyas. Yo solo necesito tu sí, Luisito, ¿te animas?
No sé… Es que igual tus padres no ven con buenos ojos que estés conmigo.
¿Por qué?
Porque, Lucía, yo tengo una vida muy normal. No soy empresario, ni hijo de ningún diputado. No llevo corbata ni los domingos, y tampoco tengo grandes títulos colgados en el salón. ¿Crees que tengo una oportunidad de gustarles?
No te ralles, Luis le tranquilizó Lucía cogiendo su mano. Mis padres son de carne y hueso, no de mármol. De verdad. Te espero mañana a las siete y ni se te ocurra llegar tarde.
Vale, vale respondió Luis. Aunque por dentro, entre él y su monólogo interior, no apostaba ni medio euro a aparecer por allí.
*****
Y así, amaneció el día siguiente.
Luis frente al portal, seis y cincuenta y cinco de la tarde, el frío de Madrid metiéndose por el último resquicio del abrigo.
Y él, dudando más que alguien decidiendo a quién votar en unas elecciones.
Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a los padres de Lucía (y tenía planes muy serios, que conste; hasta pensaba en boda, y no por el banquete), pero no hoy.
En unos meses, cuando le ascendieran en el nuevo departamento de IT, podría pavonearse un poco más. Quizá entonces, doña Victoria y don Javier no le mirarían como si quisiera venderles un timo telefónico.
Y justo cuando estaba a punto de girarse e irse, el móvil empezó a vibrar en el bolsillo.
Era Lucía.
¡Luis, dónde estás! su voz sonaba tan brillante como las luces de Navidad en la Plaza Mayor. Aquí lo tenemos todo listo. Mi madre anda guisando, mi padre aparcando, y yo… esperando. ¿Vienes?
Eh… Sí, sí, ya casi estoy, Luci…
Te oigo fatal, ¿te has perdido?
No, no, ya casi… sólo…
Cariño, si es lo de ayer, ahórrate el drama. Te juro que todo irá bien. Si quieres, salgo y así no te arrepientes.
No, por favor, déjalo dijo Luis, porque si encima Lucía le veía en la puerta haciendo el paripé, peor.
Pues te espero. Mejor dicho, te esperamos.
Luis colgó, se rascó la sien como buscando en la piel una excusa para huir, pero nada convincente venía a su mente.
«Si aparece ahora el padre, ya sólo me falta chocarme con él en la puerta», pensó, y se fue a dar una vuelta por la manzana.
Por el camino se encontró a un chico y le pidió un cigarro. Hacía meses que no probaba el tabaco, pero ahora necesitaba desesperadamente algo que le ayudara a pensar con claridad.
De pie en la esquina del bloque, se puso a lanzar humo al aire, mirando a un lado y a otro. A la derecha, un contenedor; a la izquierda, un solar vacío. Lucía una vez le contó que allí iban a construir pisos nuevos.
La nada más absoluta. O casi. Porque allí, en medio de la nieve, había un perro, tumbado como si le acabara de dar un soponcio.
Luis se puso tenso; los perros callejeros de Madrid no son especialmente previsibles. Pero tras mirar mejor, vio que ni se inmutaba. Como si hubiera decidido pasar el invierno tirado en la nieve y ahí se quedaba.
Se quedó observando. Al final, donde pilla sitio, ahí duerme. Quien le abriera el portal para calentarse…
*****
El perro (al que bautizaremos Pirata, porque en cada barrio hay un perro llamado así) llevaba varios días sin comer.
Hasta hace poco, vivía en otro barrio, donde algunos vecinos le ponían sobras y hasta le llamaban guapo.
Pero había una señora, la señora Pura, que pensaba que el perro era el mal. Mandó cartas al ayuntamiento, consiguió dividir a la comunidad entre que se quede y que se largue.
Esa bestia sin dueño se cuela donde juegan nuestros niños gritaba Pura. ¿Y si le da por morder? ¡Mís niños!
Los ojos de Pirata no eran de hambre ni ferocidad, sino pura pena. De cachorro, tenía un dueño, Hugo.
Hugo y sus padres iban a la sierra y en una curva apareció el perrete, de lo más simpático, y fue amor a primera vista.
Mamá, papá, ¡mirad qué mono! ¿Podemos llevarlo al pueblo?
Lo llevaron… hasta que tocó volver.
¿Y un perro en un piso? ¿Y quién le saca a las ocho de la mañana? protestaron los padres.
Yo no dijo Hugo, y tan tranquilos, lo dejaron allí.
Pirata no entendió nada, pero la suerte le trajo a otra mujer que se lo llevó a la ciudad. Eso sí, en vez de buscarle casa, intentaba colocarlo en el mercadillo. Al final alguien se lo compró, aunque pronto, tras descubrir que no era ni pastor alemán ni labrador, sino un can europeo de toda la vida, lo dejaron tirado en las afueras de Guadalajara.
Por suerte fue en primavera.
Desde entonces, Pirata vagabundeó hasta acabar en ese barrio. Le gustaba porque no había perros matones ni mucha gente, y se acostumbró a mirar, de lejos, a los niños en el parque, igual que antes a su primer dueño.
Últimamente, los humanos del barrio empezaron a mirarle con manía y hasta a lanzarle cosas. Pirata, resignado, se fue antes de que las cosas pasaran a mayores.
Y así, ahora, en mitad del frío, estaba tan débil que ni forcejeaba.
Vio al hombre del cigarro, y pensó este tampoco, y suspiró como sólo puede suspirar un perro sin suerte.
*****
Luis apuró el cigarro, miró a derecha e izquierda y fue a tirar la colilla al cubo. Hubiera sido fácil tirarla al suelo, total, pero si quieres cambiar el mundo, empieza por lo que te toca, decía su madre.
Justo entonces una berlina negra y reluciente aparcó delante. Luis pensó que podría ser el padre de Lucía, así que tiró la colilla legalmente y se alejó, con tan mala pata que acabó justo junto al perro.
En ese momento, sólo pensaba a ver si ahora el perro va y me ladra.
Pero el perro, ni caso.
Eh, colega, ¿todo bien? preguntó Luis, acercándose despacio.
Nada. El perro ni parpadeaba. Luis se acercó más, sacó el móvil, encendió la linterna y se agachó a su lado.
Le tocó; el perro continuaba inmóvil, como un bloque de hielo, pero respiraba apenas.
Pensó: Como no ayude a este perro, no llega ni al amanecer.
Y, sin pensarlo mucho más (ni poco), lo cogió en brazos y corrió hacia el portal. Quería entrar, dejarlo cerca del radiador y buscar un taxi para ir a una clínica veterinaria.
Todos los portales estaban cerrados, claro. Así que, sin soltar al perro, empezó a caminar hacia la siguiente manzana.
Le temblaba el móvil en el bolsillo, pero no podía contestar. Ahora mismo, tenía otras prioridades.
Al pasar de nuevo junto al piso de Lucía, miró la ventana, dudó… Ella sabría qué hacer, pero sus padres seguro que no querían una sopa de pelo en el salón.
Al girar la esquina, el coche negro le deslumbra con los faros. Baja la ventanilla y aparece un hombre.
Chaval, ¿te pasa algo? ¿Necesitas ayuda?
Es que… este perro, estaba tirado, yo… No sabrá por aquí cerca dónde hay un veterinario de urgencias, ¿no?
¿Aquí cerca? Uy, no. Pero conozco una, y muy buena, en Castellana. Sube, rápido. El perro no espera.
¿En serio me lleva? ¿Con el perro…? Luis pensó que lo mandarían a freír churros, él y medio kilo de pulgas, en ese coche recién limpiado.
¡Venga, vamos, hombre, que es asunto urgente y me encantan los perros!
Y así, en cinco minutos, el coche volaba por Madrid. El conductor habló por el manos libres:
Cariño, tengo un imprevisto, llegaré más tarde, luego te cuento todo. ¿Luis? No lo he visto, ¿no está ya en casa? No, no le vi… Sí, te llamo si aparece.
Colgado el teléfono, Luis le miró un poco azorado.
Le estoy liando la tarde, ¿verdad?
Bah, ni hablar. ¿El perro? ¿Respira todavía?
Sí, por los pelos.
Va, tranquila, aceleramos.
A los diez minutos, Luis entraba a la clínica cargando al perro. El conductor ya había avisado y les pasaron directos.
Pirata fue al quirófano y dejaron a Luis en la sala de espera, consultando unas cuantas llamadas perdidas de Lucía y leyendo un WhatsApp: Luis, ¿estás bien? ¿Dónde estás?
Debería haberla llamado para explicarle el sainete, pero en ese momento sólo pensaba en si el perro sobreviviría.
Ni dio las gracias al conductor. Cuando quiso hacerlo, el coche ya no estaba.
*****
Pasaron cuarenta minutos, y nada. Solo el runrún del hospital veterinario.
Entonces, en la recepción, oía voces. Y de repente… Lucía, entrando hecha un torbellino, seguida de una señora con pinta de ser de las que te corrigen los gerundios y, detrás, el conductor del coche negro.
El hombre, al ver a Luis, soltó una carcajada y le señaló:
¿Ves, hija? Te dije que estaría aquí, esperando a que el perro salga del hospital.
Luis de repente lo vio claro: la señora y el hombre eran los padres de Lucía. Trago saliva.
¿Por qué no me llamaste? ¡Estaba preocupada! dijo Lucía.
Perdona, Luci… Pensé que no haría gracia que entrara a vuestra casa con perro callejero y moribundo…
¡Ay, qué tonto eres! rio Lucía. ¡Mis padres son fans de los animales! Tenemos tres gatos en casa, todos recogidos de la calle por mi madre…
¿En serio?
Claro.
Se acercaron los padres. Don Javier le tendió la mano:
Bueno, ya nos hemos conocido de una forma original, ¿verdad?
Victoria añadió, muy formal:
Déjame darte la mano también, Luis. Hacer lo que hiciste hoy… eso sí que es ser un hombre de verdad. Y sí, debías haber venido directamente a casa. Pero esperamos que el perro se recupere bien.
El veterinario apareció en ese momento:
Tranquilos, el perro se va a recuperar. Con solo un poco de cariño…
Ese mismo día, pudieron llevarse a Pirata. Y como los gatos son grandes enfermeros, lo instalaron en el salón, donde el perro creía estar soñando: ni frío ni hambre, solo mantitas y mimos.
Luis, en la cocina, cenando tortilla casera, se sorprendía de lo fácil que era hablar con los padres de Lucía: majísimos, normales, de esos que te regalan tupper con croquetas.
Unos días después, Pirata andaba ya con más ganas, así que Luis decidió llevárselo a su casa.
¿Y a mí no me llevas? bromeó Lucía, saliendo con una mochila.
¿A ti…? ¿De verdad?
Que sí, que mis padres han salido muy convencidos de ti. Pero ahora me dicen que, mira, es buen momento para aumentar la población mundial. Quieren nietos, Luis.
Luis no pudo evitar reírse. Lucía también. Pirata, por su parte, se instaló junto a ellos, meneando el rabo.
Él tampoco entendía gran cosa, pero sentía que, por fin, algo bueno le estaba pasando.
Y esa fue… la historia.





