Me llamo Elías. Llevo veinte años trabajando en la recogida de equipajes y el mostrador de objetos perdidos en la Estación Central. Es un lugar ruidoso y caótico

Me llamo Elías. Llevo veinte años trabajando en la ventanilla de objetos perdidos y equipajes en la Estación Central de Madrid. Es un lugar ruidoso y caótico. La gente va de prisa, los avisos por megafonía no dejan de sonar, huele a gasóleo y a masa de churros.

Pero yo reconozco a los Anclados. Son esas personas que no suben a ningún tren. Permanecen sentadas en los bancos, rodeadas de tres o cuatro bolsas enormes. Las arrastran al baño. Las llevan consigo hasta la cafetería. Viven en la calle, o están en plena transición, y todo cuanto poseen cabe en esos bolsos. No pueden encontrar trabajo porque no se puede ir a una entrevista cargando con un saco de dormir bajo el brazo. Tampoco pueden alquilar una habitación porque si dejan sus cosas, se las roban. Las consignas cuestan veinte euros al día. Es como si pidieran un millón.

El invierno pasado, se dejó ver un chico joven llamado Marcos. Recién afeitado, llevaba una camisa decente, pero arrastraba dos maletas inmensas y una mochila de senderismo. Cada día se sentaba cerca de mi mostrador. Parecía atrapado. Tengo una entrevista a las dos, me dijo un martes, con la desesperación en la voz, en el polígono. Pero no puedo ir con todo esto. Dio una patada a una de sus maletas. Si lo dejo, me lo quitan. Si lo llevo, sabrán que no tengo casa y no me darán el trabajo.

Miré la sala de Objetos Perdidos detrás de mí. Se suponía que solo era para paraguas olvidados y abrigos extraviados. Dame las bolsas, le propuse. ¿Cómo?. Las etiqueto como Recuperado Pendiente de reclamar. Eso te da veinticuatro horas. Ve a la entrevista. Vuelve antes de que acabe mi turno.

Me miró como si le hubiera ofrecido un riñón. Empujó las maletas sobre el mostrador. De pronto se le vio más erguido. Sin el peso, parecía cinco centímetros más alto. Salió corriendo por la puerta. Volvió a las cinco, radiante. Me han citado para la segunda entrevista, me dijo.

Empecé a hacerlo para otros. Creé mi propio sistema. Si veía a alguien intentando asearse en el baño mientras luchaba con el equipaje, le hacía una seña. Etiquétalo, susurraba. Llevaba un cuaderno especial, El Registro de los Anclados. No guardaba solo cosas; guardaba sus cargas para que durante unas horas fueran libres.

A los tres meses, me pilló la dirección. Mi jefe, don Fernando, descubrió seis maletas que no estaban autorizadas en el cuarto de atrás. Elías, has montado un guardamuebles sin cobrar, resopló. Esto es un problema para la empresa. No es un almacén, respondí. Es un programa de empleo. ¿Ves esa bolsa roja? Es de una chica que ahora mismo está entrevistándose en la cafetería. ¿La azul? Pertenece a un hombre que está haciendo la prueba de acceso al graduado.

Saqué mi cuaderno. Marcos volvió la semana pasada. Ya no necesita dejar su maleta. Venía a comprar un billete. Encontró piso. Se fue en tren a ver a su madre.

Don Fernando miró las bolsas. Me miró a mí. No me despidió. Al contrario: me habilitó un viejo cuarto de material junto a la entrada. Colgó un cartel: Taquillas de Apoyo Laboral. Gratis para quienes buscan trabajo. Pregunten por Elías.

Ahora colaboramos con un albergue del barrio. Si tienes entrevista, te dan una ficha de taquilla. Yo tengo 62 años. Sigo poniendo etiquetas. Pero he aprendido algo: no se puede avanzar en la vida si vas cargando siempre con todo tu pasado. A veces, el mayor regalo no es el dinero. Es un sitio seguro donde dejar tus cosas, para que puedas cruzar puertas, con la cabeza bien alta.

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Me llamo Elías. Llevo veinte años trabajando en la recogida de equipajes y el mostrador de objetos perdidos en la Estación Central. Es un lugar ruidoso y caótico