Nunca te voy a dejar sola
– ¡Por favor, no empieces otra vez! Este tema ya lo hemos hablado mil veces. ¿Por qué tenemos que volver a lo mismo? – Lucía suspiró y se giró de nuevo hacia la sartén.
El día había amanecido de lo más gris. Empezó a las cinco de la mañana, cuando Daniel apareció en su habitación y la tocó en el hombro:
– ¡Mamá! ¡Me duele la garganta!
Lucía, medio dormida todavía, le rozó la frente con los labios y, en ese instante, se le fue de golpe el sueño.
– Sí, tienes fiebre, hijo. Anda, ven aquí Lucía cogió en brazos a Daniel y salió del dormitorio, cerrando bien la puerta. No le apetecía nada que Javi se quejara después por no poder dormir.
Le tomó la fiebre, le dio un paracetamol y lo arropó en la cama. Miró la hora y decidió que no valía la pena intentar dormir otra vez. Mejor esperar a que abriesen el centro de salud y llamar al médico. Cuando vio que Daniel se quedaba dormido, Lucía fue a la cocina y se preparó un café antes de asomarse a la ventana.
Este año, el invierno en Madrid estaba siendo raro: nieve por todas partes. El patio de la urbanización parecía cubierto por un gran edredón blanco, la nieve seguía cayendo y casi nadie había pisado todavía, sólo se veían algunas huellas de quienes iban corriendo a trabajar. De repente, algo se movió y Lucía sonrió sin querer. El gato de la vecina, la señora Carmen, saltaba de un lado a otro, desapareciendo bajo la nieve y volviendo a salir. Fíjate en el tío, está feliz incluso con este tiempo. A Michi le daba igual todo, siempre se las arreglaba para que Carmen le abriese la puerta y pudiera hacer sus cosas fuera. Si ella tardaba, el gato montaba un escándalo y lo escuchaba toda la escalera, pero eso sí, nunca se desquitó en casa.
Ayer, sin ir más lejos, al bajar Lucía a recoger a Daniel de la guardería, vio a Michi estirado rumbo a la puerta protestando a su manera.
– Anda que… ¡menudo carácter tienes, chaval! Buenos días, Lucía la saludó Carmen, mirando al gato con resignación. Como si yo trabajase para él, no al revés. Llevo todo el día fuera y mira, así se pone.
– Buenos días, señora Carmen. Tiene usted un señor gato, ¿eh?
-¡Y tanto! Tengo ojo para los hombres serios, no me puedo quejar… debe ser mi destino, hija.
Lucía sonrió, asintió y siguió su camino. Poco más podía decir a eso. El hijo de Carmen, Mateo, era realmente así: serio, pero con gracia. No muchos lo valoraban, la mayoría sólo veían al chaval tímido de gafas con poco que destacar. Pero Lucía recordaba haberse criado con él. Desde siempre se apoyaron mutuamente, sobre todo cuando falleció la madre de Lucía.
Fue un atropello en un paso de peatones: su madre, Carmen, cruzaba siguiendo todas las normas, pero ni así. Para Lucía, aquello fue devastador. Siempre le habían dicho que si hacía las cosas bien, no tenía de qué preocuparse.
Ellos dos, Lucía y Mateo, tenían entonces diez años. Lucía, que hasta entonces creía que el mundo era seguro, se quedó muda y sólo lloraba. Rechazaba cualquier consuelo, se iba sola, cerraba la puerta del baño y cuando se quedaba sola, se dormía acurrucada en cualquier rincón. El psicólogo, al que su padre la llevó, le advirtió que el estrés le estaba pasando factura.
Fue entonces cuando Mateo dio un paso al frente. Había perdido a su padre dos años antes y, quizás por eso, entendió mejor que nadie lo que pasaba Lucía. Se instaló prácticamente en su casa, con el consentimiento de Carmen, que se desvivía por la niña. Los vecinos también ayudaban, llevando comida o quedándose con ella cuando el padre tenía que hacer algún recado. Nunca Carmen puso pegas a que su hijo pasara el día entero con Lucía: le hacía los deberes, le leía, la sacaba al parque o a bailes, porque su madre deseaba que Lucía creciera feliz y con salud. Poco a poco, la atención y el cariño de Mateo la fueron sacando de ese pozo. Y cuando recogieron de la calle a un gatito recién nacido y lo llevaron a casa de Carmen, fue la primera vez que Lucía volvió a hablar, pidiéndole a la señora leche para alimentar al pequeñajo.
¡Gracias a Dios, está volviendo a la vida! susurró Carmen mientras le tendía el biberón.
El gatito se quedó con Mateo, porque el padre de Lucía, Juan Manuel, resultó ser alérgico.
Y siempre, Mateo estuvo con ella, como una extensión de sí misma. Ambos eran hijos únicos y encontraron en la amistad algo que ninguno había sentido antes: apoyo, complicidad, esa conexión que poca gente logra.
No hacía falta ni hablar: Lucía empezaba una frase y Mateo la terminaba. Los adultos se sorprendían de esa relación tan peculiar, pero no se entrometían. Sabían que los dos, con esa historia de pérdidas tan pronto, lo necesitaban para sobrevivir.
Los líos empezaron ya a final del instituto. Lucía se transformó en una chica atractiva y lista; nunca le faltaban novios. Mateo observaba callado, porque sabía que Lucía pasaba de todos, hasta que apareció Javi. Lo conoció por casualidad, bajando la escalera del gimnasio donde iba a gimnasia rítmica. Resbaló y, al caer, un chico alto y sonriente la ayudó a levantarse:
– ¿Estás bien? Nada, que estas escaleras son una pista de patinaje… Déjame ayudarte, ¿estás entera? ¿No te has hecho nada?
Lucía levantó la mirada y se quedó de piedra. Siempre decía que el flechazo era una tontería romántica, pero en ese momento, tuvo que tragarse sus propias palabras.
– ¡Estoy perdida, Mateo! De verdad, estoy loquita. Es que es…
– ¿Qué tiene? Mateo se puso serio, pero Lucía no le prestó atención, estaba en una nube.
– Es que… ¡es lo mejor que me ha pasado! Anda, alégrate un poco por tu amiga, ¿no?
– Sí, por tu amiga… claro. Estoy contento. Mateo forzó una sonrisa y se marchó.
Lucía no le dio más vueltas, estaba en otra. Salió con Javi tres años y finalmente decidieron casarse.
– Vaya lata esto del dama de honor… ¿Por qué no puede haber amigo de la novia? se quejaba Lucía mientras probaba el vestido.
Mateo, que la había acompañado a la modista, la miraba desde el sofá, hasta que la modista lo miró mal:
– ¡Eso trae mala suerte! El novio no puede ver a la novia vestida así.
– ¡Pero que no es el novio! Lucía se reía. Es mi amigo de toda la vida.
– Ajá… amigo, dice…
– ¿Y qué? No pueden ser amigos chico y chica, ¿eh? Lucía, que tenemos que ir a por la tarta, espabila, que tengo que irme al trabajo luego.
– ¡En un segundo! Lucía salió disparada al vestidor y Mateo se dejó caer extenuado en el sofá.
Ya casada y mirando atrás, Lucía no entendía cómo no había visto desde el principio aquello en Javi que luego terminó hartándola, hasta sacarla de quicio. En su cabeza, ella seguiría siendo una princesa a rescatar, siempre protegida. Pero la vida le demostró que no todos los príncipes cumplen el papel.
Las alarmas sonaron medio año después de casarse. Lucía cayó enferma de una simple anginas. Siguió adelante, creyendo que no era nada, hasta que acabó con problemas de salud que la obligaron a ir al médico. Algunas pruebas eran privadas y bastante caras, y Javi montó en cólera:
– ¿Pero estamos locos? ¡Si tenemos el dinero guardado para las vacaciones! ¡Si tú estás sana! ¡Lo que quieren es sacarte la pasta!
Lucía lo miraba incrédula.
– ¿Lo dices en serio?
– ¡Por supuesto!
– Javi… Lucía tragó saliva, ¿me estás diciendo que Prefieres las vacaciones antes que mi salud?
– Si tu salud está perfecta, ¡no le des más vueltas! Ya verás, nos damos un bañito en la playa y se te pasa todo, sólo estás cansada Javi la abrazó sin darse cuenta de que, por primera vez, ella no le correspondía.
Su padre fue quien pagó el tratamiento sin decir nada, pero se quedó pensativo.
Casi un año tardó en recuperarse, y aun así se le quedaron secuelas en el corazón. Por eso, cuando descubrió que estaba embarazada, en la consulta la pusieron en el grupo de riesgo enseguida.
– No me malinterpretes, Lucía, pero tienes que pensarlo bien le decía la doctora. El embarazo es muy duro para ti, tienes que valorar los riesgos…
– No hay nada que pensar: Voy a tenerlo.
– Pues a darlo todo.
Y tanto. Los tres últimos meses los pasó en reposo absoluto. Daniel nació sano, pero sólo lo sabían Lucía, su padre y… Mateo cuánto había costado. Javi, al enterarse de que todo había salido bien, directamente desapareció dos días de juerga celebrándolo, con el móvil apagado. Lucía estaba angustiada, llamando a su padre para que averiguara si estaba vivo. Cuando su padre la abrazó diciendo solo No pasa nada, tranquila, no puedes alterarte, lo entendió: Aquello no era su vida de cuento. No iba a ser la princesa de esa historia.
No se separó de Javi al salir del hospital sólo porque él, con el niño, era otro: a Daniel lo cuidaba, le cambiaba los pañales, le sacaba a pasear… aunque también tenía días en que perdía la paciencia y le decía a Lucía llévatelo, pero luego recuperaba el papel de padre perfecto. Ese vaivén volvía loca a Lucía, pero bueno, pesaba más lo bueno. Por ahora.
Entre ella y Javi, la relación era puro paralelismo: cada uno en su mundo.
Daniel, de pequeño, enfermaba a menudo y Lucía apenas pensaba en lo extraño que era su matrimonio. Iba de médicos en médicos, sin molestar a Javi si podía evitarlo, porque nunca sabía con qué humor amanecería: a veces era el padre más volcado, y otras, ponía miles de pegas. Eso cansó tanto a Lucía que decidió arreglárselas por su cuenta. Su padre la ayudó a sacarse el carné y, cuando pudo, le compró un coche de segunda mano para que no dependiese de Javi.
El padre de Lucía ya lo había entendido todo sobre Javi hacía tiempo, pero no decía nada. Sólo una vez, cuando Daniel tenía dos años y llevaba varios días con fiebre alta, Lucía le dejó al niño dormido y cayó rendida en el suelo del salón. Cuando despertó, su padre le dijo:
– Lucía, no te voy a dar consejos ni a preguntar nada. Sólo quiero que recuerdes que no estás sola. ¿Vale?
– Lo sé, papá. Gracias. Pero de momento… no estoy lista para hablar de esto. Hasta que lo tenga claro, Javi sigue siendo mi marido.
Su padre la abrazó en silencio.
Durante todo ese tiempo, mientras Lucía pasaba por todo eso, Mateo siempre aparecía cuando hacía falta: comprando medicinas cuando Javi desaparecía, yendo al médico si el coche fallaba, llevándola al taller… Siempre estaba ahí. Y Lucía, por mucho que pensara que abusaba de su amistad, no podía evitarlo: era el único en quien confiaba al 100%.
Ahora, mirando la nieve caer por la ventana, Lucía pensó que Mateo volvía hoy de viaje y podría contar con él si tenía que llevar al médico a Daniel, ya que su coche había decidido dejarla tirada otra vez y la cosa pintaba fea. El dinero no iba bien. Javi decía que todo lo invertía en el negocio y su sueldo justo daba para subsistir, más con tantas bajas por cuidar a Daniel. Por suerte, vivían en casa de su padre, que prefirió irse a la casa del pueblo y dejarles el piso en Madrid.
Lucía comprobó la hora y llamó al centro de salud. Por suerte, la doctora volvió de vacaciones y pudo pedir médico para ese mismo día.
Guardó el móvil y se puso con el desayuno, cuando entró Javi, despeinado.
– ¿Otra vez? ¿No habéis parado en toda la noche?
– Daniel está malo dijo ella sin entrar en detalles.
– ¿Y por eso te tiras toda la noche haciendo ruido? Bueno, en fin, no he dormido nada, voy a ducharme. Dame el desayuno rápido que tengo mucho lío.
Lucía, sin responder, preparó la comida más por Daniel que por Javi. Cuando estaba malo, le gustaba la comida de enfermos y hoy eso significaban tortitas. A Javi también le encantaban.
– ¿Has hablado ya con tu padre?
– No.
– ¿A qué esperas?
– Ya he dicho que no pienso pedirle que ponga el piso a nuestro nombre.
– Tu cabezonería me pone de los nervios. ¡Siempre igual! Aquí, tirando dinero y siempre lo mismo: ¡que si para ti, que si para Daniel! Estoy harto: trabajo hasta tarde, hace un año que no me cojo vacaciones, ¿y así estamos?
Javi seguía hablando, pero Lucía había desconectado. De repente sintió, casi literalmente, cómo algo dentro de ella se rompía, como una cuerda que sostenía todo ese pasado: los primeros besos, las caricias, los días felices, la boda, el nacimiento de Daniel…
Dejó la espátula con la que hacía las tortitas y se giró calmada hacia Javi:
– Solo te lo voy a decir una vez, así que escúchame: Hoy coges tus cosas y te vas. Nos vamos a divorciar. No quiero seguir viviendo así, ni tú tampoco, aunque no lo quieras reconocer. No vamos a entrar en cuentas de quién pagó qué. Lo importante aquí es Daniel: vamos a hacerlo lo mejor posible por él, porque necesita a su padre, aunque vivas en otra casa.
Javi se quedó descolocado, luego intentó decir algo, pero al final sólo tiró el tenedor en la mesa.
– ¿Eso es todo? Piénsalo de aquí a la noche, anda. Cuando vuelva, espero que hayas entrado en razón.
– No lo has entendido: ya está decidido, Javi. ¿Cuánto tiempo llevas conociéndome? ¿Sabes lo que eso significa?
– Significa que se te ha ido la cabeza. Anda, piensa lo que dices. ¿Quién te va a querer, y encima con un crío? Si cambias de idea, ya sabes… voy a casa de mis padres.
– Como quieras.
Javi salió sin decir palabra. Al rato, Lucía escuchó la puerta del portal cerrándose. Se sentó y lloró en silencio, aprovechando que Daniel dormía. Cuando escuchó sus pasitos blanditos rumbo a la cocina, se secó las lágrimas y preparó la mesa.
– A ver, mi campeón, ¿vas a desayunar?
– No tengo mucha hambre, mamá. Ahora también me duele la cabeza.
– ¿Y si las tortitas te ayudan a la cabeza?
– ¡Sí! Daniel sonrió picaresco ¡Y con mermelada!
– ¡Eso está hecho!
Cuando la doctora recetó tratamiento, Lucía se levantó dispuesta a ir a la farmacia. Iba a llamar a su padre cuando sonaron unos golpecitos en la puerta. Solo Mateo llamaba así; nunca usaba el timbre, un código sólo entre ellos.
– ¿Hola!
– ¡Hola! ¿Cómo estáis? Mateo llevaba una caja de juguetes para Daniel. Lucía pensó que no recordaba la última vez que Javi le comprara un regalo al niño; siempre era ella quien se encargaba, mientras que Mateo nunca llegaba con las manos vacías.
– Daniel está otra vez pachucho. ¿Te quedas con él un rato? Tengo que ir a la farmacia.
– Claro, ¿quieres que vaya yo? ¿Tienes la lista?
Lucía sacó la receta del bolso y se la dio.
Nada más salir Mateo, el teléfono de Lucía sonó.
– ¿Lucía García?
– Sí, soy yo.
– Llamamos del hospital de La Paz. Su padre acaba de ingresar.
– ¿Qué ha pasado? apretó el teléfono tan fuerte que le dolía la mano.
– Ha sufrido un infarto. Su estado es grave.
– Voy para allá.
Empezó a dar vueltas sin saber ni qué coger. A su padre nunca le había dado problemas el corazón. Y en ese momento, se dio cuenta de lo rápido que todo podía cambiar y perder de golpe a la persona más imprescindible.
Llamó a Javi casi sin pensar.
– Javi…
– ¿Qué, ya has cambiado de idea? Ahora te toca esperar…
– Mi padre está en el hospital. Infarto.
– ¿Y…? ¿Qué quieres de mí? ¿No decías lo del divorcio?
Lucía miró el móvil incrédula y colgó.
Mateo, al volver de la farmacia, la encontró ya vestida.
– ¿Te vas?
– Mi padre, hospital, infarto.
No hizo falta decir más, Mateo salió a avisar a su madre, Carmen se quedó con Daniel y Lucía y él fueron juntos al hospital.
Pasaron allí todo el día, casi sin hablar. Al anochecer, Lucía se atrevió a romper el silencio:
– Gracias, Mateo Qué suerte tenerte cerca.
– Siempre estaré contigo…
– Lo sé, Mateo. Ahora sí que lo sé.
Al rato, el médico salió y vio a Lucía dormida, apoyada en el hombro de Mateo. Él la despertó despacio.
– Ya hemos podido pasarle a planta. Queda mucho aún, pero lo peor ha pasado. Podéis iros a casa. Preguntad los horarios mañana y podréis verle.
Lucía abrazó a Mateo en silencio y lloró, dejando que el dolor acumulado se fuese, por fin, con cada lágrima.




