La Jotica

Manzanita

¡Eres igualita que tu madre!

¿Igual, abuela? preguntó Almudena levantando instintivamente la barbilla, aunque se contuvo enseguida. ¿De quién cree que se está defendiendo?

¡De las que siempre van a lo suyo! Nunca escuchaba a nadie y tú igual, vaya herencia

¿Y a quién debería escuchar entonces?

¡A mí! ¡Tienes que escucharme a mí y respetarme! Soy mayor y sé más de la vida, ¿te queda claro?

Almudena observaba con asombro a la mujer, algo despeinada y colorada de ira, que le agitaba un dedo delante de la nariz.

Qué curioso, pensó. ¿Por qué necesita tanto que la escuchen? ¡Apareció y ya no se va!

Almudena jugueteó con los dedos, casi como si sintiera una goma de borrar en las manos. Si pudiera borrar el día, corregir las sombras aquí y darle más luz allá… No quería oscuridad, eso nunca, no le gustaban los gritos ni las discusiones ni los alborotos. Su madre jamás le había hablado así. Siempre le repetía que la gente decente sabe escuchar y entender.

¡Ábrete bien los oídos, Almudenita, y pon mucha atención, como un conejito! ¿Sabes por qué los conejos escuchan tan bien? Porque la zorra anda muy despacio. Si el conejito se distrae, no oye bien y… la zorra ¡zas!, se lo come.

¡No, mamá, no! la pequeña Almudena se quedaba muy quieta, mirando a su madre.

Por eso el conejito es listo, escucha todo con sus orejitas y corre muy rápido, ¡ninguna zorra lo atrapa!

Cuánto tiempo ha pasado. Almudena casi era ya una mujer, pero recordaba todas esas historias y consejos de su madre uno por uno.

Ahora lo comprendía de verdad. Cuando era pequeña, creía que su madre exageraba o se inventaba cosas, pero resulta que no, tenía razón en todo.

Por ejemplo, esta abuela. Hasta el año pasado, Almudena ni conocía a Encarnación. Vivía sola con su madre en una ciudad pequeña de la costa de Andalucía, iba al cole, se peleaba con Inés y Lucía y luego hacía las paces para ir corriendo a la heladería junto al puerto pequeñito. Después llegó el instituto, Samuel, los primeros besos al anochecer junto al mar…

Y estaba su madre.

Almudena, acostumbrada, apretó con los dedos una cuenta grande de su pulsera, que había hecho su madre con bolitas de falso turquesa.

¿Y qué si no es auténtico? ¡Mira qué bonito queda! le decía. A veces lo auténtico es amargo y complicado. Da igual lo que te esfuerces, que no te alegrará ni te dará calor. Pero una buena imitación, a veces, no está nada mal.

¿Cómo es eso, mamá?

Mira, ¿por qué os peleaste tú y Inés la otra semana?

Dijo que somos pobres, que por eso no tengo zapatillas originales sino unas de imitación, hechas por el tío Ricardo, que sabía que no eran marca.

Tenía razón, tus zapatillas no son de marca. Las hizo el tío Ricardo. Pero nadie dijo que fueran originales, ¿verdad?

No.

Pero son de buena piel, bonitas y hechas con cariño. Ya sabes que Ricardo así es. ¿Te gustan tus zapatillas?

Sí, mucho.

¿Y entonces qué más da la marca? Eso de los nombres es invento de la gente para creerse mejor. ¿Entiendes? Tengo este trapito y tú no, soy mejor. ¿Pero de verdad importa?

No.

Claro que no. Lo importante es que uno no sea falso por dentro. A algunos les importa la etiqueta, otros aprecian lo que tienen. Te aseguro que el que sabe que la vida no va de etiquetas, será mucho más feliz.

Almudena pensó mucho en eso. Hasta fregó su habitación y la de su madre. Luego fue a la cocina, donde su madre preparaba mermelada de albaricoque, su favorita, y preguntó:

Mamá, entonces… ¿Inés no es mi mejor amiga? Me dice cosas bonitas y luego zas, suelta una faena. Yo sé que en el fondo le gustan mis zapatillas, pero no lo admite.

¿Cómo lo sabes?

Me lo dijo Lucía. Que Inés montó una bronca en casa exigiendo a su madre que le comprara unas mejores que las mías.

¡Ay, Almudena! Isabel, su madre, apartó la cuchara de madera y la abrazó. No seas tan tajante. Inés es tan niña como tú…

¡No soy una niña!

Almudena se zafó de los brazos de su madre y levantó la cabeza, con ojos enfadados, aunque Isabel sabía que ese enfado era consigo misma, por hablar mal de su amiga.

Para mí aún eres mi niña dijo Isabel suavemente. Tú e Inés, y todos los niños que he conocido creciendo aquí. No es nada malo. Mi madre ya no está hace años y daría lo que fuera por volver a ser pequeña, solo un poco, para que me abrazara así

Se pusieron serias y su madre la besó en la cabeza.

Pero venga, que hablábamos de ti y de Inés. Dale tiempo. ¿Recuerdas cómo te trajo arrastrando a casa cuando te caíste del columpio? Ella se preocupó más por ti que por sus heridas. Lloraba tanto, que la enfermera en urgencias sugirió ponerle una inyección, a ver si así se calmaba. ¿Te acuerdas?

Sí…

¿Y cuando te llevó esos rotuladores nuevos que le trajo su padre? Como estabas enferma y yo no la dejaba entrar en casa, los dejó para que le pintaras el dibujo más bonito y lo colgaría en la pared, hasta que tú te pusieras buena. ¿Lo recuerdas?

¿Ves? Las zapatillas son lo de menos. Cuando crezcáis verás que esas cosas ni importan. Pero más te vale no perder lo que de verdad cuenta.

Ya vino a casa.

¿Para qué?

A pedir perdón.

¿Y tú?

Le dije que no quería verla y que no somos pobres.

¿Te enfadaste?

Mucho.

¿Y ahora?

Todavía, pero menos.

Pues espera un poco antes de hacer las paces, hasta que se te pase de verdad. Si vas ahora, te quedará el enfado dentro.

Si tanto necesitara a su madre ahora Ella sabría qué decir, qué hacer, ahora que la abuela está en casa.

La abuela apareció de improviso.

Almudena no supo nada, ni de que su madre se encontraba mal ni que había escrito a su antigua suegra para pedirle que viniera.

¡Vaya, Isabel! ¡No creí que volviera a verte! dijo la oronda y sonrosada mujer al cerrar la verja y apoyarse en ella para recuperar el aliento. ¡Menudo calor! ¡A ver cómo aguanto yo esto!

Encarnación, bienvenida.

Almudena miró a su madre extrañada por ese tono extraño en su voz.

¿Y esta es Almudena? Encarnación suspiró mientras la examinaba. Nada que ver con la familia. ¿Segura que es hija de Alejandro?

Tú no cambias ahora Isabel sonreía y eso tranquilizó a Almudena. No todo iba mal, quizá todo se arreglaría, como siempre decía su madre.

A la abuela no le cayó bien. Ruidosa, nerviosa, incontrolable. Enseguida llenó la casa de barullo y desorden.

¡Esto es un desastre! ¿Tanto cuesta recoger un poco, Isabel? Tienes una niña, y además, ¡una niña! Así aprende a ser mujer, ¿verdad? Como no espabile, su marido la echará a la calle el primer día, y bien merecido.

Almudena no entendía el silencio de su madre, tampoco su sonrisa escondida. Nada de discusiones ni pegas, solo la miraba a Encarnación correr por la casa alterando todo, pero no le decía ni media.

Hasta los gatos se asustaron tanto con esa energía que acabaron escondidos en los rincones, y Ron, el perro que le regaló el tío Ricardo a Almudena, dejó la casa por el jardín y se tumbó bajo la pérgola, gruñendo entre dientes cuando la abuela levantaba mucho la voz.

¡Aquí el único que tiene una pizca de sentido es el perro! Sabe que no encaja en esta casa. Los animales fuera, no dentro

Los gatos, al escucharla y ver la escoba en sus manos, huyeron corriendo al jardín.

Fue entonces cuando Almudena plantó cara. Agarró a su gordito Bollo y, muy seria, marchó con él bajo el brazo a su habitación.

¿Eso qué es, Almudena? el grito de Encarnación hizo que Ron se levantara en el patio.

¡A que no me quitas a los gatos! Y Ron tampoco. Ellos estaban aquí mucho antes que usted. ¿Que hay que poner orden? Pues así es el nuestro, y usted es invitada. Haga en su casa lo que quiera.

¡Almudena! Isabel se cubrió la boca, nunca la había visto hablar así a un adulto.

Pero, para sorpresa de Isabel, Encarnación ni se disgustó. Solo entornó los ojos, esbozó una sonrisilla y dijo:

De casta le viene al galgo ¡Manzanita debajo del manzano! Isabel, podías haber educado mejor a mi nieta.

Desde entonces, dejó en paz a los gatos. Si acaso, los apartaba con el pie, pero de echarlos ni hablar.

No era tiempo para preocuparse por los gatos. Todo giró tan rápido que Almudena miraba el reloj del salón como si pudiera detener las agujas.

¿Por qué el tiempo corría tan deprisa? ¡Su madre era joven, aún la necesitaba! No podía ser.

Pero el tiempo no se paró. No esperó.

Médicos, pastillas, hospital…

Isabel se fue una mañana de primavera.

La tarde anterior, Almudena abrió las ventanas de par en par y dejó que entrara la brisa del mar después del largo invierno:

Mamá, ¡ya van a salir las flores del cerezo, pronto!

Haré lo posible, Almudenita Quiero verlo florecer.

Cuando su madre se apagó, Almudena, furiosa, rompió la rama que asomaba junto a la ventana de la habitación. ¿Para qué allí si ya nadie la iba a mirar?

Encarnación no tuvo compasión. Tomó a Almudena entre sus enormes brazos, sacó un pañuelo que parecía una sábana y le ordenó:

Llora, grita, saca todo lo que te corroe. No te sirve de nada quedarte con eso dentro. No podías haber hecho nada Todos tenemos nuestro tiempo.

¿Cómo sabía lo que pasaba dentro de ella? Porque tenía razón: Almudena se sentía culpable, pensaba que la madre trabajó demasiado solo por ella, por su hija… Le habría gustado decirle que ya se estaba esforzando en los estudios, pero no llegó.

La carta que Isabel escribió a su hija, Encarnación se la entregó solo a los cuarenta días.

Toma, ya te pertenece. Léela, es el encargo de tu madre.

¿Por qué el sobre está abierto? Almudena giraba el sobre blanco, sin sello ni dirección, donde solo ponía Para Almudena con la letra inclinada de su madre.

¿Por quién me tomas? Lo que no soy es cotilla. Puedo caer fatal y te puedo gustar menos, pero nunca leería cartas ajenas. Anda, vete y déjame en paz, tengo limpieza para toda la tarde.

Almudena lo comprendió enseguida, al verla irse refunfuñando a la cocina, sin una bronca ni una discusión. Se sintió terriblemente pequeña. Apoyó la frente en el marco de la puerta, donde su madre marcó con lápiz cuánto había crecido año tras año.

¡Vaya tirón ha pegado Almudena, qué grande está!

La voz resonó tan nítida que Almudena se apartó de un brinco.

Grande, ya Si de verdad lo fuera, no haría daño a la gente que la quiere. A su madre eso no le habría gustado.

Cerró la puerta de su cuarto, se acomodó en el suelo con el sobre en el regazo, sin atreverse a abrirlo. Quería decirle tanto… y tanto le había quedado por escuchar…

El sobre, bien abultado, estaba lleno de hojas dobladas de cuadrícula, con letra apretada y familiar. Almudena abrazó a Bollo, que rondaba por allí, y leyó:

«Almudena, ya basta de llorar, ¿me oyes? Que eres fuerte, hija, y no quiero lágrimas. La vida es preciosa, está llena de cosas buenas; apréciala. No pierdas tu tiempo llorando por lo que no pudo ser. Dirás que tuvimos poco tiempo juntas, yo digo que fue muchísimo, y algún día entenderás cuánto más del que parece.

Empiezo… quizás cuando conocí a tu padre. Era diferente, me enamoré de inmediato. Mis amigas no lo entendían: pero si es pelirrojo, decían. ¡Qué tontería! Era como el sol, cálido, luminoso. Te pareces mucho a él: la nariz, los ojos, las pecas. El resto lo sacaste de mí. Cuando naciste, no podía dejar de mirarte. Soñaba con tus rizos como los de tu abuela, Encarnación.

Almudena, tu abuela es una gran mujer. No te tomes a la tremenda su forma de ser, siempre fue así: brutal, ruidosa, pero inquebrantable y generosa.

¿Quieres saber por qué no la conociste antes? Fue culpa mía. Fui joven, terca y orgullosa Lo siento.

Discutimos mucho cuando eras pequeña. Vivíamos bien con tu padre hasta que él… se enamoró de otra. Así ocurre, hija. No fue por falta de amor hacia ti ni hacia mí; simplemente, encontró a quien se volvió su mundo.

Mi mundo se desplomó, y justo entonces vino tu abuela, aunque yo no la entendí. Solo sabía gritar: ¿Quién pone orden aquí?. Yo estallé y entre nos dijimos cosas terribles, hasta le solté que tú no eras su nieta…

¡Qué necia fui! Qué fácil es equivocarse, y qué difícil admitirlo. Se me olvidó que, cuando los médicos decían que podías no nacer, ella dejó todo y vivió con nosotros un mes. Cocinaba lo único que podía comer y puso la casa patas arriba, pero la dejó perfecta. Solo se fue segura cuando supo que estaríamos bien.

No sabía que se reunió con esa otra mujer, la nueva pareja de tu padre, para intentar encajar y unificar a la familia. Lo consiguió, y los hijos de esa mujer son tus hermanos, Almudena. Si quieres, la abuela te los presentará. Lo hablamos antes de que me fuera. Es duro estar sola; cuantos más seas en familia, mejor.

Ahora, prométeme que aprenderás. Te quiero ver con futuro, pero elige tú, no dejes que nadie mande en tu vida. Tienes talento, hija. Úsalo. De lo poco que ahorré, algo tendrás para aguantarte uno o dos años. Lo demás lo sacarás trabajando, igual que hacías con los bolsos y cuadros que vendías a los turistas en Cádiz. En Madrid o Barcelona te irá mejor. No abandones tu sueño; quiero ver, aunque no esté, tu exposición en una galería. Sé que lo lograrás, mi valiente.

Nada de lágrimas, ¿oíste?

Mamá»

Almudena dejó la carta, la cabeza gacha, aguantando las lágrimas. Mamá decía que no llorara.

Bollo dormía acurrucado junto a la alfombra, pero Almudena seguía pensando en cómo avanzar.

La respuesta llegó cuando Encarnación entró, encendió la luz y zanjó:

¡Arriba, ya no más oscuridad! Ven, te hago un té y hablamos. Que aquí hay cosas que hacer, no dramas.

Lo de ser artista no le gustó nada a la abuela. Le soltó el sermón de las profesiones de verdad, pero Almudena no se dejó convencer. Así que la abuela, medio riendo, medio refunfuñando, terminó rindiéndose:

Eres tozuda como una mula. Igual que tu madre suspiró. Tantos años en silencio, y yo buscándoos, ¡sin saber que cambiasteis nombres y apellidos! Si no llega a ser por Ricardo, no te encuentro nunca.

No le regañes. Nos ayudó mucho.

Ya se las verá conmigo. No es forma de esconderme a mi nieta.

¡No quiero ofenderte, abuela! Pero yo quiero pintar, no llevar cuentas. Mamá te dejó mi dinero, en cuanto cumpla dieciocho, me darás lo mío y ya no me tendrás de carga. Ya me las apañaré.

La mujer se atragantó de la emoción, levantó el dedo para protestar, pero, tras mirarla, se sonrió irónicamente y formó con los dedos aquel gesto universal de que te den desde la guardería.

Pues ya está. Vámonos juntas y me aseguro de que seas artista como Dios manda. Le di mi palabra a tu madre de no dejarte sola, no hay más que hablar dijo, y le puso el plato delante. ¡Anda, come de una vez, que se enfría!

Años después, recorrerían juntas una pequeña galería en el centro de Madrid, acompañadas de un joven larguirucho y el hijito de Almudena en brazos.

¿Y qué? preguntó Almudena, mientras se prometía a sí misma no preguntar, pero no pudo evitarlo.

Encarnación la miraría con sus ojos cansados, le quitaría el niño, limpiaría los mocos al crío, lo recostaría en su hombro y solo entonces asentiría:

Bien. Los marcos bonitos, y en general Ya sabes que gastas mucha pintura, hija, ¿era necesario gastar tanto? Y pon orden en el estudio, que esta mañana casi ni entro. ¡Gabriel! gritaba al chico de las gafas. ¿A ti qué te parece?

¿Por qué, señora Encarnación?

¡Mírala cómo tiene las ojeras, está agotada! Hoy me llevo yo al peque, y vosotros a echaros la siesta, os ponéis guapos y luego venís de visita el finde, ¿me oísteis? Venga, vámonos, campeón.

Antes de salir, ella se pararía junto a Almudena, la acariciaría la mejilla y susurraría:

Tu madre está muy orgullosa de ti, hija. Y yo también. ¿Lo sabes, verdad? Bien, así me gusta. Eres mi manzanitaAlmudena asintió en silencio, tocándose la mejilla donde la mano cálida de Encarnación la había rozado. Afuera, el rumor de la ciudad quedaba ahogado por la risa del niño y el eco de las voces familiares. Se permitió cerrar los ojos un instante, sintiendo el olor tenue del aguarrás, las manzanas frescas y el perfume antiguo de la abuela.

Pensó en el cerezo que aquella primavera volvió a florecer, alto y cabezudo como ella, y comprendió que aunque las raíces se escondan bajo tierra, todo lo que importa busca siempre el modo de volver a la luz.

Cruzó la sala, repasando con los dedos cada cuadro colgado en la blanca pared, los colores vivos, los trazos rebeldes. Bajo uno, entre dos manzanas pintadas, una firma pequeña: Almudena Isabel.

Sonrió. La vida, pensó con un brillo tranquilo, tenía razón su madre: no va de etiquetas. Va de abrazar lo que queda, de escuchar con las orejas bien abiertas y correr más deprisa que las zorras. Va, sobre todo, de reír cuando toca y de atreverse a pintar el mundo de nuevo, incluso cuando parece borrado.

Y ese día, cuando la puerta de la galería se cerró detrás de todos, supo por fin que nada le estaba faltando. Ni madre, ni abuela, ni casa: solo futuro. Porque, a veces, las manzanitas también aprenden a echar raíces lejos del manzano, y aun así, nunca dejan de mirar hacia el sol.

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