Carmen, de verdad, otra vez has dejado la cazuela donde no es dijo Toñín, el joven pinche con manos siempre húmedas, señalando la estantería encima del fregadero. Aquí va lo limpio, lo sucio ahí.
Toñín, llevo tres meses aquí. Sé perfectamente qué va limpio y qué va sucio.
Pues mejor, entonces colócala bien.
Carmen cambió la cazuela de sitio en silencio. Para discutir ya no le quedaba fuerza; hacía tiempo que había agotado toda voluntad, igual que había perdido aquella otra vida de antes: la de la redacción, esa lámpara de pantalla verde de la que tanto le gustaba el reflejo y el estudio que había tenido que dejar a otros para poder pagar la residencia de su madre, las inyecciones, la cuidadora.
La noche en el restaurante Imperial transcurría como tantas otras. Al otro lado de la pared resonaba el bullicio del comedor, risas, voces, el tintineo de copas, aroma a solomillo con reducción de Rioja. Carmen, enfundada en su delantal mojado hasta la cintura, fregaba platos humeantes llenos de restos de una comida que ella no podría permitirse. Tenía las manos enrojecidas del agua caliente.
Y pensaba en el cuaderno. Lo guardaba en la taquilla del vestuario, pequeño, de tapas blandas, color de hierba seca. Lo compró en febrero con lo último del anticipo; necesitaba dibujar, aunque solo fuera para no olvidar quién era. No la fregaplatos de 57 años, no solo eso. Había una parte suya, por dentro, que seguía en otro sitio.
Por las noches, en el cuarto alquilado de la calle Atocha, con el radiador vibrando como un animal y los vecinos gritando al otro lado del tabique, Carmen encendía la flexo y dibujaba. Era para ella. Sus manos, agotadas de fregar, recuperaban precisión, obedecían. Dibujaba las calles, a los paseantes, a la vieja con su perro que siempre se sentaba a la puerta, una rama mojada por la escarcha, la cara amable y cansada de la cajera del súper. Las líneas salían solas, como si la mano recordara todo lo que la cabeza ya dudaba.
Durante casi veinte años, Carmen trabajó como ilustradora. Primero en una revistilla, luego en Ediciones Horizonte, donde hacían libros infantiles. Le encantaba eso: crear conejos y zorros que expresaban inquietudes humanas. Cuando le llegaban los ejemplares de autor y pasaba las páginas, podía decir: esto lo he dibujado yo.
Y entonces llegó la crisis. Primero redujeron la tirada, luego el equipo, después le soltaron el típico Carmen, te apreciamos mucho, pero…. Y ya. Con 44 años se encontró sin trabajo, sin ingresos fijos y como flotando en el aire.
Su matrimonio ya tambaleaba. Juan era buena persona pero flojo cuando las cosas se torcían. De generoso y simpático cuando había dinero pasó a estar irascible y luego ausente. Carmen quiso mantener la fe hasta el final, pero ya no pudo. Se separaron sin dramas, demasiado cansados para pelearse.
Y después, la madre cayó enferma. Ictus. El lado izquierdo. Hospital, casa, hospital otra vez. Los ahorros se escapaban en cuidadoras, medicinas, rehabilitación. Los encargos de ilustración llegaban a cuentagotas. El estudio se hizo lujo imposible y renunció a él. Buscó cualquier cosa con nómina fija y turnos diarios. Se agarró a lo primero que encontró.
La madre falleció en octubre. En silencio, como alguien que deja de pelear. Carmen se quedó sola: deudas, cuarto de alquiler y los platos del restaurante, cinco días por semana.
Así acabó aquí.
¡Carmen, otra pila por aquí! gritó Toñín desde el fondo de la cocina.
¡Voy!
Cogió la bandeja y la llevó al fregadero.
Aquella noche, la clientela habitual: señoras con vestido, señores en americana, algún grupo joven ruidoso y satisfecho, parejas de trabajo con el móvil siempre vigilante. Carmen no los veía, pero los escuchaba tras la puerta de acero. Voces, risas, golpes de platos. Y siempre, alguna queja alzando el tono.
Un cliente en particular venía casi todas las semanas. Carmen se enteró por Loli, la camarera, un día en el vestuario:
Ése de la mesa seis viene siempre solo. Pide lo mismo, come lento, nunca mira el móvil. Se queda mirando la calle. Qué raro es.
Estará solo, simplemente.
Bueno, yo también, pero al menos quedo con las amigas…
Carmen no discutió. Sabía que la soledad tiene muchas formas: puedes sentirte solo en medio de gente, si quienes realmente te escuchan ya no están.
El cliente de la mesa seis venía miércoles y viernes. Pedía cordero o ternera, copa de Rioja, a veces sopa. Dejaba propinas generosas pero sin aspavientos, cuidadosamente junto a la cuenta. Su nombre, más tarde lo supo Carmen, Ignacio Ortega. Pero en aquel momento, ella seguía fregando platos y pensando en su cuaderno.
Todo iba como siempre aquel viernes. Agua hirviente, Toñín enfrascado con su móvil en un rincón, la máquina de platos vibrando, el rumor constante del otro lado.
De pronto ese murmullo cambió. No fue de golpe, simplemente se coló algo diferente. Carmen lo sintió antes de entenderlo. Oyó un grito ahogado. Luego voces, nerviosas, otro grito.
Se limpió las manos y salió al pasillo.
La puerta metálica hacia el comedor estaba entornada. Empujó.
En la mesa seis, un hombre de espaldas anchas, más cerca de los sesenta que de los cincuenta, traje gris oscuro, estaba en apuros. No se desmayaba, pero tenía la cara rara, llevaba las manos a la garganta con movimientos que Carmen reconoció de inmediato: lo que le pasó al compañero de habitación de su madre.
Dos camareros le aporreaban la espalda, sin saber bien qué hacer. La jefa de sala tapaba la boca y decía llamad a emergencias, rápido. Algún cliente se levantó a mirar.
Carmen cruzó la sala casi sin pensar. Se colocó detrás del hombre, lo abrazó a la altura adecuada, apretando con el puño bajo el esternón, cubriéndolo con la otra mano. Empujó. Una vez. Otra. El hombre era corpulento, tuvo que colgarse de él, apoyando bien los pies. Otra vez. Tosió, algo salió despedido, empezó a respirar, primero ronco, luego más profundo, por fin normal.
Carmen se apartó un paso.
Silencio. Tres segundos. Y luego, estallido de voces. La jefa corrió a preguntar al cliente qué tal. Loli le trajo agua. Alguien de una mesa cercana rompió a aplaudir y otros siguieron.
Carmen quedó en medio, delantal empapado y las manos rojas sin saber qué hacer.
¿Es usted médico? preguntó la jefa.
No. Soy la que friega los platos.
Carmen volvió a la cocina.
Le temblaban un poco las manos al lavárselas. Toñín la miraba sin cerrar la boca.
¿Qué ha pasado?
Un hombre se atragantó. Ya está bien.
¿Le has salvado, tú?
Toñín, hay mucha vajilla por hacer.
Cogió la esponja y volvió al fregadero. Había mucho que lavar, en efecto.
Unos veinte minutos después, la puerta de la cocina se abrió cosa insólita para un cliente, y menos tras los avisos de la jefa. Era el hombre del traje gris. Entró, miró a su alrededor y preguntó:
Perdón, ¿la señora que me ha ayudado…?
Toñín señaló a Carmen sin ni abrir la boca.
El hombre se acercó al fregadero. Carmen terminaba una ensaladera y solo giró la cabeza cuando lo tuvo muy cerca. Moreno, algo encanecido, fuerte, expresión de cansancio hondo, de quien rara vez sonríe. Ojos grises, muy vivos. Parecía alguien que lo había pasado mal demasiados meses.
¿Carmen? Me han dicho…
Sí.
Se quedó callado un instante, incómodo. Y luego, sencillamente, dijo:
Quiero darle las gracias. No sé cómo. Gracias.
No hace falta. Fue un gesto.
No, sí hace falta. Podía haber… se atascó, se pasó la mano por la frente …si usted no llega a salir tan rápido…
Cualquiera hubiera salido. Solo era cuestión de saber qué hacer.
Pero salió usted. Y supo.
Carmen puso la ensaladera en la bandeja y cogió otro plato. Él no se marchaba.
¿Esto es tuyo? preguntó, mirando el cuaderno en la mesa auxiliar.
Sí.
¿Puedo?
Carmen encogió los hombros. Él abrió el cuaderno. En la primera hoja estaba la anciana con perro, la de la puerta. Carmen la había dibujado más de una noche: arrugas, botas pesadas, la manera floja de sujetar la correa.
El hombre pasó página. Otras más.
Allí había ramas heladas, un niño en un columpio inventado, un boceto del mercado de Antón Martín; manos y más manos, porque Carmen siempre dibujaba manos desde la escuela de artes.
El hombre miraba en silencio. Largo rato.
Eres artista afirmó.
Lo era. Ahora friego platos.
¿Por?
Muchas razones.
Él asintió. Se detuvo en la hoja del mercado, cerró el cuaderno y lo apoyó en la mesa. Carmen pensó que iba a despedirse y marcharse, pero dijo:
Me llamo Ignacio Ortega. Soy arquitecto. Tengo una propuesta para ti, pero antes: ¿no puedes trabajar de esto señalando el cuaderno profesionalmente?
Depende de lo que llames profesional.
Trabajar. Que te paguen por dibujar.
Ignacio, acabas de ahogarte casi, deberías irte a casa y descansar.
Descansaré, pero antes responde: ¿quieres trabajar, en serio, de lo tuyo?
Su tono era tan directo que Carmen no pudo ni decir que no enseguida. No era brusquedad, ni insistencia, solo sinceridad.
Depende del trabajo dijo Carmen.
Él sacó una tarjeta blanca, sencilla, con su nombre y teléfono.
Llámame mañana. O si prefieres, te llamo yo. No es por agradecimiento. De verdad necesito alguien con tu mirada.
¿Con cuál?
Él miró otra vez el cuaderno.
Con esa.
Casi se inclinó en señal de despedida y se fue. Toñín lo siguió con los ojos y soltó:
¡Qué fuerte!
A pelar patatas, Toñín.
Carmen guardó la tarjeta en el bolsillo del delantal. Las manos le volvieron a quedar húmedas. Al otro lado, el bullicio seguía como si nada hubiera pasado.
Esa noche, Carmen apenas pudo dormir. Miraba el techo, escuchando el radiador resoplando. Pensaba en el cuaderno. En cómo Ignacio había mirado los dibujos. Nadie los había visto así, con atención de verdad, sin elogio postizo. Él no la felicitó; solo miró, y algo en su cara iba cambiando mientras observaba.
La mañana del sábado repasó su tarjeta largo rato antes de llamar.
Contestó enseguida, como si esperara la llamada.
Buenos días, Carmen.
¿Cómo sabe mi segundo nombre?
Se lo pedí ayer a la jefa de sala. Cuéntame de ti, si quieres. Y yo te cuento del proyecto.
Carmen resumió: editorial, ilustraciones infantiles, crisis, la madre, el divorcio. Sin interrumpir, él escuchó, y luego habló.
Su estudio de arquitectura lo montó él mismo tras dejar una gran empresa. Eran pocas personas; aceptaban de todo, desde viviendas a espacios públicos. El año pasado ganaron un concurso de remodelación del parque junto al Manzanares, un proyecto gordo. Hicieron los planos, todo correcto y técnico, pero al mirarlo sobre la mesa, Ignacio sintió que le faltaba algo.
Los planos están muertos dijo. ¿Sabes lo que quiero decir? No hay vida, no salen las personas en ellos. Nos hacen falta ilustraciones vivas, que la comisión vea el parque como un sitio real: las abuelas sentadas, los niños jugando, alguien leyendo bajo un árbol. ¿Entiendes?
Perfectamente.
Tus dibujos, lo que vi ayer… tienes ese don.
Carmen lo meditó. Preguntó por plazos.
Cuatro semanas. Presentación ante la comisión de urbanismo. Si todo sale, el proyecto es real. Un parque de verdad. Personas de verdad.
Algo se le movió dentro. Se sorprendió del efecto de esas palabras.
Vale dijo. ¿Cuándo puedo ver los planos?
Esta misma tarde, si quieres.
La oficina de Ignacio estaba en un edificio antiguo del centro, tercer piso, escaleras de madera blanca. La sala espaciosa, los techos altos, las paredes llenas de planos, maquetas en las estanterías. Olía a papel, lápiz y un poco a café.
El equipo: Andrés, veinteañero con auriculares enormes; Pilar de unos cuarenta, cortísima de palabra y de pelo; don Esteban, mayor, encargado de maquetas; y otro joven, Javier, que llevaba la parte digital.
Ignacio mostró los planos del parque, extendiéndolos sobre la gran mesa, pesando las esquinas con reglas. Explicó sin tecnicismos: la avenida central, el estanque, la zona infantil, los bancos, los árboles proyectados.
Carmen intentaba visualizarlos con vida: a primera hora, un hombre mayor paseando perro, a mediodía una madre con carrito de bebé, los viernes una pareja sentada mirando el río.
¿Puedo ir allí? preguntó Carmen.
¿A la ribera? Claro, ¿quieres ahora?
Por favor.
Salieron andando juntos. El trayecto eran quince minutos sin hablar demasiado. Carmen llevaba su cuaderno, Ignacio caminaba con las manos en los bolsillos, con ese paso lento de quien observa.
La ribera del Manzanares estaba desnuda esa mañana de marzo. Árboles sin hojas, tierra húmeda, pero el río ya era agua viva. Pocos paseantes; el futuro parque era un descampado con dos bancos verdes y solo un par de árboles.
Carmen respiró hondo, sacó el cuaderno.
¿Vas a dibujar ahora? preguntó Ignacio.
Solo un boceto. Quiero recordar a qué huele.
Él la miró, sorprendido:
¿A qué huele?
Al río, a tierra húmeda, hojas muertas. Eso luego se nota en el dibujo, aunque no salga a propósito.
No dijo nada. Carmen garabateó líneas rápidas, fijando la memoria en la mano. La orilla, la silueta de los árboles contra el agua, el ciclista que pasaba, dos niños con su madre.
Ignacio la observó desde un metro, con ese aire pensativo de quien mira lejos.
¿A tu mujer le gustaban estos sitios? preguntó Carmen de pronto. Y se disculpó al instante.
No pasa nada. A ella le gustaba el mar. Decía que el río siempre la ponía triste, era muy lento. Se quedó callado. Murió hace ocho meses. Cáncer. Fue todo muy rápido.
Lo siento.
Gracias.
No insistieron en ese tema. Carmen siguió dibujando. Ignacio, al lado, con el viento frío del río con ese deje de primavera.
De vuelta al estudio, tomaron café. Ignacio mostró exactamente qué necesitaba: una serie de veinte láminas, diferentes zonas, distintas horas del día, la vida real. No eran ilustraciones de postal, sino casi como fotos espontáneas. La comisión tenía que imaginar el lugar como existente.
Lo he entendido dijo Carmen. Te traigo cinco bocetos en una semana.
Perfecto.
Volvió a su cuarto alquilado en Atocha. La taza de té seguía fría en la mesa. Puso el cuaderno sobre la mesa, cogió el lápiz y pensó por dónde empezar.
La primera lámina la hizo esa noche: la avenida al amanecer, vacía, un hombre mayor y su perra, una figura en la bruma, árboles con los primeros brotes, una mujer leyendo tranquila en un banco.
Al día siguiente, enseñó el boceto a Ignacio. Él miró despacio:
Esto. Justo esto.
Pilar, la mujer seria, se acercó, miró y dijo simplemente:
Muy bien.
Carmen sintió una satisfacción de las de verdad, como hacía años no sentía.
Las dos semanas siguientes fue rutina: paseo por la ribera cada mañana, sol o llovizna, a observar y bocetar, por la tarde trabajo limpio en casa o en el estudio. Ignacio pasaba a ver, a veces daba indicaciones ese banco cámbialo aquí, el plano dice, a veces solo miraba y callaba, que también era una respuesta.
Empezaron a charlar más. No solo de trabajo. A veces cruzaban la orilla juntos, Ignacio contaba cómo ideó el parque, por qué esa curva y esos bancos estaban así puestos, hablamos de espacios públicos con pasión auténtica.
¿Sabes qué distingue un buen espacio público de uno malo? le soltó una vez caminando.
¿Qué?
En uno bueno, la gente elige el sitio donde sentarse porque ahí le apetece. No por imposición, sino por preferencia. Si eligen la sombra, es buena señal. Significa que el sitio funciona.
¿Siempre has pensado así?
Desde tercero de arquitectura. Un profesor nos dijo una vez: La arquitectura no es de edificios, es de cómo uno se siente al lado de ellos. Lo apunté y no lo he olvidado.
Buen profesor.
Falleció hace años. Pero su voz la tengo grabada.
Las charlas fluían solas. Carmen le contó cómo empezó a dibujar para cuentos, que su personaje favorito fue un zorro de una fábula y lo echó tanto de menos que lo rehizo para sí, un retrato grande que se perdió en una mudanza. Ignacio escuchaba, y a veces sonreía cálido.
Tengo algo parecido dijo. Una casa pequeñita que hicimos hace quince años. Nada espectacular, pero quedó perfecta. La recuerdo mejor que los edificios grandes.
¿Por qué?
No lo sé. A veces lo pequeño acierta más que lo grandioso.
Un día, tras un paseo frío, entraron en una cafetería. Ignacio miró por la ventana, y de pronto le dijo:
Tú no tienes cara de disfrutar fregando platos.
Es que no disfruto.
¿Y por qué lo hacías? Podrías buscar de ilustradora.
Ese mundo no es estable. Hoy hay encargo, mañana no. Yo tenía deudas.
¿Aún?
Casi todas las he pagado.
Él asintió.
¿Y sabes que te has ido del Imperial?
He cogido vacaciones sin sueldo, hasta acabar este proyecto.
¿Y después?
Ya veremos. Quizá aparezca algo. Ahora sabes que sé dibujar.
Él volvió la cara a la ventana. Algo no dijo, Carmen lo notó, pero no preguntó.
Los dibujos crecían rápido. Carmen encontró un ritmo. Cada mañana, ribera; tarde, mesa y lápices. Dibujaba todo tipo de gente: pareja joven en un banco junto al agua, anciana dando de comer a las palomas, adolescentes en bici, grupo con perros, mujer con carrito bajo un almendro florido.
Ignacio miraba los bocetos y decía cosas como:
Esta mujer, mueve un poco hacia la fuente. Ahí hay un banco con mejor vista.
Vale.
Y aquí, hazlo al atardecer. Los faroles son especiales, cálidos.
Enséñame los faroles.
Él señalaba el plano. Carmen asentía. A veces discutían.
Esta avenida te ha salido demasiado recta decía Carmen. Si la gente camina en línea recta, ve lo mismo todo el tiempo. Un poco de curva humaniza.
No puede ser, por el servicio técnico hay que dejarla derecha.
Bueno, pero los árboles no tienen por qué estar en línea. ¿No?
Silencio. Ignacio consultó con Pilar. Después, se permitió cambiar los árboles. El resultado en el dibujo: avenida viva, sombras reales, sensación de que algo espera doblando la curva.
Esto sí dijo Ignacio mirando la lámina.
En el estudio, la acogieron despacio. Javier, el informático, un día observó cómo dibujaba:
¿Siempre a mano? ¿No usas tableta?
Sé usarla, pero el papel es diferente.
¿Diferente cómo?
La mano nota la hoja. Eso ayuda a pensar.
Reconoció con la cabeza, como memorizando.
Don Esteban, el de las maquetas, un día le dejó una taza de té al lado sin decir nada. Eso era más que cualquier halago.
Hubo líos. Tres láminas no salían de ninguna manera: la zona infantil quedaba sosa, rígida. Carmen las rehizo varias veces, hasta que vio que dibujaba niños genéricos, irreales.
Un sábado bajó a la plaza de su barrio y se sentó frente al parque infantil. Observó cómo jugaban, gritaban, se peleaban, las madres conversaban y, sin mirar, lo controlaban todo. Un niño con cubo y pala, muy serio, construía su mundo.
Eso dibujó: aquel niño, otro colgado del columpio, dos niñas saltando a la goma, una madre atrapando al pequeño y ambos riendo.
En dos tardes resolvió las láminas pendientes.
Al enseñarlas a Ignacio, él tardó aún más de lo habitual mirándolas.
¿Dónde encontraste a estos críos?
En el parque aquí al lado.
Se nota que son reales.
Es que lo son.
Quedaba la última semana. Las láminas casi acabadas, el estudio preparando la presentación final. Ignacio trabajaba hasta tarde, Carmen veía la luz desde su ventana cuando pasaba a eso de las diez.
Una de esas noches, los dos se quedaron hasta el final, solos. Ignacio siguiendo con planos, Carmen retocando el último dibujo. Se oían solo el suave rasgar del lápiz y algún suspiro pensativo de Ignacio.
¿Tuviste ocasión de enseñarle el parque a tu mujer? preguntó de pronto Carmen.
Él tardó antes de responder.
Vio los bocetos. Ganamos el concurso cuando ya estaba enferma. Se alegró mucho. Decía que iba a pasearlo. Pero no le dio tiempo.
¿Por eso estabas así, cenando solo tantas noches en el restaurante?
La miró.
¿Lo sabías?
Loli, la camarera, me lo contó. Se le partía un poco el corazón verte.
Él sonrió de lado.
No creí que se notara tanto.
A los que estamos solos nos parece que nadie nos ve. Pero nos ven todos.
¿Tú también estás sola?
Lo estuve. Ahora no sé. Ahora tengo este trabajo, y eso es mucho.
Mucho.
Guardaron silencio. Uno de esos que no pesan.
Cuando Gema se fue dijo él despacio, me quedé sin saber para qué servía nada. Todo era trabajar y posponer; luego nunca llegó. Perdí el sentido.
Te entiendo. Yo decía lo mismo. Con mi madre.
¿Cómo…?
El año pasado. También se fue.
Él asintió. No preguntó más. Simplemente entendió.
Aquella noche salieron juntos a la calle oscurosa de la ciudad. Carmen abrochó su abrigo.
¿Te vas andando?
Voy al autobús, está lejos.
Te acompaño a la parada.
Anduvieron callados. A medio camino, Ignacio dijo:
Carmen.
Sí.
Después de la presentación, salga como salga, quiero ofrecerte puesto fijo. No un trabajo puntual. El estudio va a coger más proyectos, necesitamos tu visión. Te lo propongo en serio.
Ella se paró.
¿No es por agradecimiento?
Si fuera agradecimiento, te regalaría flores. Es porque lo vales.
A Carmen le entró la risa, bajito pero auténtico.
Vale. Lo pensaré.
No tardes mucho.
Llegó el autobús, Carmen subió. Por la ventanilla trasera, vio cómo Ignacio la despedía con la mano.
El día de la comisión llegó un jueves.
Desde por la mañana el ambiente era tenso. Pilar repasaba cálculos, Javier armaba la presentación digital, don Esteban llevó la maqueta a escala con árboles de esponja verde. Ignacio deambulaba, sorbiendo café, apenas decía palabra.
Carmen repasaba sus veintidós láminas alineadas sobre la mesa. Todas juntas: el paseo al amanecer, la fuente al mediodía, niños jugando, el anochecer bajo farolas nuevas, el chico en el banco, los enamorados junto al río, la anciana y las palomas. Incluso lluvia bajo los soportales y ciclistas pasando.
¿Nerviosa? susurró Ignacio al pasar.
Un poco.
Van a gustar.
¿Las láminas o los de la comisión?
Las láminas.
Carmen sonrió levemente.
La comisión se reunió en un edificio noble, sala enorme, ventanales a la Plaza Mayor. Ocho miembros, mayoría hombres serios en americana gris. Ignacio expuso los planos; Pilar intervino en lo técnico. Luego Javier proyectó las visualizaciones digitales.
Entonces Ignacio dijo:
Queremos mostrar una serie de ilustraciones, hechas en el propio lugar.
Fue desgranando cada lámina de Carmen, una a una, ante la mesa.
Silencio absoluto.
Uno de los técnicos, con cejas frondosas, cogió la del paseo al alba, la examinó:
¿Esto es dibujo? ¿No foto?
Las ha hecho nuestra ilustradora. In situ.
Son muy vivas dijo el hombre, más para sí.
Vinieron más preguntas, todas técnicas, sobre dinero, plazos, normativas. Ignacio respondió, Pilar ayudó. Carmen no habló; no era su turno. Pero cuando la presidenta, una señora elegante de pelo canoso, pidió quedarse con la lámina de la señora y las palomas, no pudo evitar sonreír.
La resolución vino rápido: aprobado. Algunas observaciones de calendario, que Ignacio aceptó al instante.
En el pasillo, Pilar apretó la mano de Ignacio, luego hizo lo mismo con Carmen. Javier soltó un discreto ¡bien!. Don Esteban, desde el estudio, envió un mensaje: Enhorabuena.
Ignacio fue el último en acercarse a Carmen. Miraron juntos por el ventanal a la ciudad, las copas de los plátanos ya verdes, la gente paseando sin abrigo.
Pues ya está dijo él.
Ya está asintió ella.
¿Damos un paseo a la ribera?
¿Ahora?
Ahora. Quiero ir, después de todo esto.
Fueron andando. Madrid vibraba de primavera, ese olor a tierra húmeda y sol. Ignacio caminaba a su lado, despacio. Carmen llevaba su cuaderno.
En la ribera brillaba el sol; el agua del Manzanares relucía. Varias personas paseaban perros o se sentaban en los bancos. El solar del futuro parque seguía árido, con los dos árboles viejos, pero Carmen lo sentía íntimo; lo había dibujado tantas veces y en tantas luces…
Se detuvieron al borde del agua. El viento era fresco y Carmen se abrochó el abrigo.
Va a quedar bonito dijo ella.
Va, seguro afirmó Ignacio.
Guardaron silencio. Una madre pasó, móvil en mano detrás del carrito.
Carmen dijo él.
¿Sí?
Miraba el río.
He vivido rodeado de gente, de ruido, siempre trabajando, y aun así, por dentro, sentía vacío. ¿Sabes?
Lo sé.
Pero estas semanas… me ha vuelto la ilusión de venir cada día. No al trabajo, sino simplemente venir.
Carmen miraba el agua. Avanzaba lenta, oscura, indiferente a sus preocupaciones.
Dijiste que a Gema no le gustaban los ríos, los encontraba lentos.
Eso.
A mí sí me gustan. Siempre me gustó lo lento.
Él la miró. Carmen sintió que ese era un mirar de verdad, sin adornos.
Me alegro de que salieras aquella noche de la cocina.
Yo también. Aunque salí solo pensando en que te asfixiabas.
Lo sé. Por eso me alegro.
No entendió del todo a qué se refería. Luego sí. Hablaba no solo de aquel día.
Ignacio dijo, con cautela.
Sí.
No soy muy buena en estas conversaciones.
Yo tampoco.
Pues entonces estamos igual.
Él rio. Carmen era la primera vez que le oía reír de verdad: no por cortesía, sino desde dentro, cálido.
Carmen dijo tras reír.
¿Sí?
¿Te puedo invitar a cenar? No al Imperial. A un sitio normal.
En el Imperial la comida está bastante bien.
Sí, pero da apuro mirar a la jefa después de lo del otro día.
Carmen imaginó la cara de la jefa y asintió:
Justo.
Entonces, ¿aceptas?
Carmen abrió el cuaderno, buscó una página en blanco, miró a los árboles, la ribera, la gente en los bancos. Empezó a dibujar sin levantar la vista.
Acepto dijo.
Él no añadió nada. Solo se quedó a su lado.




