No te atrevas a cantar

No te atrevas a cantar.
Sonríes de manera rara.

A Inés no le quedó claro de inmediato que aquello iba para ella. Miraba sus manos, apoyadas sobre el regazo en el vestido azul marino, uno de esos que jamás hubiese elegido. Demasiado apretado en los hombros. Demasiado brillante. Demasiado ajeno.

Inés. Te he dicho que sonríes mal. Estás demasiado tensa. La gente lo nota.

Germán lo decía en voz baja, sin mirar en su dirección, con la vista perdida en el salón del hotel donde los invitados ya iban tomando asiento en la celebración del vigésimo aniversario de su empresa. Veinte años. Gran fiesta. Noche importante. Su papel esa velada estaba pactado de antemano, casi como sección de un contrato: sentarse a su lado, guardar la compostura, no abrir la boca de más, no beber más de una copa, ni atreverse a hablar con socios sin su permiso.

Perdona susurró ella.

No pidas perdón, corrígelo.

El restaurante era de esos lugares donde el dinero se intuye. No presume, ni brilla ostentoso; más bien, se siente. En el peso de los manteles, en la calidez de las lámparas bajas, en el modo casi etéreo en que los camareros se mueven, como si flotaran. Inés ya había venido alguna vez y siempre sentía lo mismo: que estaba fuera de sitio. No como mujer de un empresario de éxito, sino como alguien real, con una vida entera por detrás.

Contaba ya cincuenta y seis años, de los cuales veintiocho los había vivido casada con Germán Cortés. Se conocieron cuando Inés terminaba el conservatorio. Ella era luminosa, con voz poderosa, enamorada de Albéniz y Granados. Germán entonces era un joven empresario con un brillo feroz en los ojos y fe ciega en que el mundo era cosa de comprarlo o adaptarlo a su antojo. Al principio la miraba como si ella fuese ese mundo mismo; luego se vio que lo que quería, en realidad, era amoldarla a él.

Germán, ¿puedo ir a saludar a Carmen? Está ahí sola.

Carmen puede esperar. No tienes nada que hacer en la mesa de los Morales.

Pero la conozco desde hace veinte años.

Inés sin enojo, sólo cansancio. Esta noche es importante. Quédate y sonríe. Punto.

Ella sonrió. Con la sonrisa correcta. Según las reglas.

El salón se llenaba de gente elegantísima: socios, clientes, algún político, esposas de políticos, todos de punta en blanco, todos hablando de lo que se espera en eventos así. Inés escuchaba frases sueltas y no recordaba cuándo fue la última vez que conversó de algo que realmente le interesara. De música. De cómo funciona una fuga. De por qué el segundo concierto de Rachmaninov todavía la desarma, aun sólo oyéndolo en la radio.

En casa casi nunca ponían la radio. Germán no soportaba la música clásica; decía que le alteraba los nervios.

En una de las mesas próximas, una mujer de rojo reía franco, con voz ronca y viva. Inés se sorprendió mirándola con una pizca de envidia. No por el vestido, ni porque fuera más joven y guapa; envidiaba su derecho inapelable a reír. Sin pedirle permiso a nadie.

La cena siguió su curso: brindis, discursos, palmaditas. Felicitaciones por los veinte años y promesas de un futuro aún mejor. Germán alzó su copa, habló con contundencia. El salón entero aplaudió. Sabía cómo ganarse a la gente; de eso no cabía duda. Inés aplaudía y pensaba que ella antes también supo hacerlo. Sostener una sala entera. Cantar y atrapar la respiración de quienes escuchaban.

La última vez que cantó en público había sido veinticuatro años atrás, en un concierto del conservatorio al que Germán la llevó y de donde la sacó antes porque le llamaron por trabajo.

El maestro de ceremonias anunció un improvisado concurso de talentos tras el postre: quien quisiera podía subir unas escaleras y demostrar de qué era capaz. Un monólogo, un chiste, una canción… Germán frunció el ceño.

Vulgaridades masculló.

Inés guardó silencio. Miraba la tarima, el micrófono, al joven pianista tan amable que ya la había cautivado con su manera de mover la cabeza al compás, aunque tocase apenas un fondo musical.

Pasaron dos participantes: uno con un chiste, otro con armónica. Aplausos amables, nada más. El presentador volvió a animar a los presentes a participar y el salón se calló un poco, expectante.

Inés sintió algo moverse dentro. No como golpe, más como si una puerta atrancada cediera con un simple empujón. Dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó.

¿A dónde vas? dijo Germán.

Al baño.

Pero no fue al baño. Se acercó al presentador y le susurró al oído. Éste la miró sorprendido pero asintió. Se aproximó al pianista, le explicó su petición, y él aceptó, viendo en sus ojos algo que le intrigaba.

Al oír su nombre por el altavoz, Germán tardó en entender. Cuando lo asimiló, Inés ya cruzaba la sala rumbo al escenario. Mejor no mirar hacia él. Mejor mirar el micrófono.

Tres escalones la separaban de la tarima. Los subió despacio, luego miró a un público de desconocidos con vestidos caros y trajes de gama alta; algunos seguían charlando con desgana, otros velaban, esperando a ver qué pasa ahora.

Inés asintió y el pianista inició los primeros acordes. No era música popular ni ligera; era Rachmaninov, el Vocalise. Una de las obras más bellas y exigentes que había cantado el día de su graduación. Sin palabras, solo música y voz.

Cantó. Y se sorprendió al notar que aún tenía voz, que no había muerto ni se había secado durante años de silencio. Ahí estaba, algo más oscura, más densa, pero viva.

Al tercer compás la sala enmudeció. No fue un silencio gradual, sino rotundo: la conversación se detuvo, copas quedaron en el aire, las cabezas se giraron hacia la escena. Inés casi no lo notó; debía controlar el aire, no perder la línea, no pensar en Germán ni en lo que diría después. Ya daba igual. Solo importaba ese momento.

Al terminar todo quedó quieto dos segundos. Luego empezaron los aplausos, esta vez auténticos. La mujer de rojo gritó ¡bravo!. El pianista la miraba como si hubiera presenciado un milagro.

Bajó del escenario con las piernas temblorosas pero el corazón firme. Regresó a su mesa. Ya podía ver la expresión de Germán.

Él no aplaudía.

Siéntate ordenó.

Ella obedeció.

¿Sabes lo que acabas de hacer?

Cantar.

No te hagas la lista su voz era gélida, muy baja. Te has expuesto delante de todos mis invitados, sin mi permiso. ¿Sabes cómo se ve eso?

¿Cómo?

Como una esposa insatisfecha, hambrienta de atención. Cogió la copa y la dejó con cuidado. Nos vamos a casa en diez minutos.

Germán, aún están…

En diez minutos, Inés.

En ese lapso tres personas se acercaron: la mujer de rojo, Carmen, una conocida de toda la vida que la abrazó y un señor con barba blanca que sólo dijo: Magnífico. ¿Dónde estudiaste?. Carmen olía a colonia y a casa familiar e Inés casi llora.

¿Dónde has estado todos estos años? Dios mío, cómo cantas…

Carmen, nos marchamos interrumpió Germán, cogiendo a Inés del brazo con amabilidad. Lo siento, a Inés le duele mucho la cabeza.

En el coche, Germán no dijo nada, ni una palabra en todo el trayecto. Inés miraba el Madrid nocturno a través de la ventanilla, las farolas, los escaparates. Estaba en paz, ni contenta ni asustada; solo ese raro sosiego de quien ha recordado su propio nombre.

En casa, él colgó la chaqueta, se dio media vuelta:

Vamos a ver. Entiendo que estás aburrida. Pero debes comprender los límites. Hay cosas que no se hacen. Me has dejado mal delante de gente importante para mi empresa.

He cantado. Les ha gustado.

Has dado un espectáculo innecesario en un entorno profesional. ¿Te enteras de la diferencia?

No incluso ella misma se sorprendió de lo tranquila que sonó. Explícamela.

La miró largo rato.

Tienes de todo. Casa, comodidades, respeto. No entiendo qué más quieres y no pienso indagar más.

Te lo diré: me falto yo.

¿Eso qué significa?

Lo sabes de sobra.

Se encerró en el dormitorio sin desvestirse, tumbada mirando el techo blanco, impoluto como la fachada de su vida. Escuchó cómo Germán merodeaba, abría y cerraba armarios. Luego, nada.

No durmió esa noche. Repasó su vida, recordó cuando hace quince años aceptó dejar su puesto de profesora de canto. Germán se lo pidió: no era digno de su esposa, decía, el dinero era ridículo, no tenía sentido. Inés accedió, prometiéndose buscar algo más apropiado. Nunca llegó: siempre había una razón para que Germán lo desaconsejara.

Nunca le gritó ni le pegó. Simplemente, con voz firme, le decía lo que se podía y lo que no. Tantos años oyéndolo que dejó de escucharse a sí misma, ni siquiera en su cabeza.

Hasta aquella noche.

Al amanecer, mientras él se duchaba, cogió la vieja mochila del armario. Metió allí los papeles: DNI y diploma del conservatorio, encontrado al fondo de un cajón; algunas fotos, el móvil; algo de dinero en efectivo, reunido a escondidas en los últimos tres años por si acaso. No sabía para qué. Ahora ya lo sabía.

Se puso unos vaqueros, un jersey y una cazadora. Cuando Germán salió, la vio lista junto a la puerta.

¿Dónde vas?

Me voy.

Pausa eterna.

No digas tonterías.

No es ninguna tontería. Me voy.

Inés… exhaló desesperado. Estás nerviosa. Acuéstate. Lo hablamos por la tarde.

Ya está hablado.

No tienes dinero ni trabajo. ¿A dónde vas a ir?

Lo averiguaré.

Estás ridícula. Tienes cincuenta y cinco años…

Ella abrió la puerta y salió. Aún oía su voz apagada de fondo al cerrar el ascensor. Miró su reflejo borroso en las puertas metálicas. Casi sonrió.

Fue andando. Solo quería caminar y llenarse los pulmones. Era otoño, seco y frío. Olía a hojas caídas y a café a través del cristal de una cafetería. Entró, se pidió un café, se sentó junto a la ventana y llamó a la única persona a la que se atrevía a llamar así:

Carmen, necesito tu ayuda.

¿Qué ocurre?

He dejado a Germán.

Silencio. Y luego:

¿Dónde estás?

Carmen vivía sola en el barrio de Carabanchel, en un piso sencillo. Sus hijos hacía años que volaron, su marido falleció tiempo atrás. Al abrir la puerta y ver a Inés con una mochila, no preguntó nada, sólo se hizo a un lado:

Pasa. Te pongo una tila.

Charlaron hasta bien entrada la noche. Inés lo fue soltando todo, y Carmen sólo escuchaba, rellenando la taza cuando hacía falta. Cuando Inés por fin se calló, Carmen dijo:

Te has ido. Eso es lo importante. El resto tiene arreglo.

Germán va a bloquear mis cuentas. Seguro que ya lo ha hecho.

¿En serio?

Sí. Me lo dijo hace un año, tras una bronca: prueba a irte y verás.

Pues que lo intente sentenció Carmen, apretando los labios.

Y así fue: al poco, Inés comprobó que su tarjeta no funcionaba en el cajero. El dinerillo en efectivo se agotaba rápido. Carmen no aceptaba ni un euro a cambio del techo, pero eso no era solución a largo plazo.

A los tres días Germán hizo llegar sus cosas: dos hombres desconocidos llamaron con bolsas de ropa elegida al azar. Vestidos de verano en pleno octubre, tacones imposibles, objetos decorativos. Ni un jersey, ni un libro útil. Otro mensaje tácito de su parte.

Al día siguiente, la madre de Inés la llamó:

Ha venido Germán a verme. Muy preocupado… Dice que después de la fiesta te ha dado un arrebato, que necesitas ayuda.

Mamá, no me pasa nada.

Hija, él lo dice muy serio, que ayer te comportaste raro, que sería bueno que te viera un doctor…

Mamá, sólo canté. Salí al escenario y canté. No es ninguna locura.

Él dice que fue fuera de lugar, que le has dejado fatal…

Mamá. Estoy bien. Estoy con Carmen. Te llamo mañana.

Intentó sacar algo más en el banco. Tarjeta bloqueada. Y el dinero en metálico se esfumaba.

Pocos días después, Germán la difamaba por los círculos sociales: unos decían que Inés se había ido con un profesor mayor y raro, otros que estaba desequilibrada, que Germán había sido un santo y ya no pudo más. Según el oyente, la versión cambiaba, pero el final era siempre igual: ella era la loca y él, la víctima. Algunos conocidos lo compraron. Otros simplemente callaban.

Carmen le consiguió un espacio en el centro cultural del barrio para dar clases de canto a mayores. El sueldo era modesto, pero suyo. Iba tres tardes a la semana. Le encantaba: señoras de sesenta, setenta años, que cantaban por puro goce. Verlas era medicina.

A la semana siguiente, Inés abrió su antiguo diploma de canto, azul con letras doradas: Inés Alarcón Olmedo, especialidad en canto lírico. Hacía al menos quince años que no lo tenía entre manos. Se atrevió a llamar al viejo conservatorio. Quería preguntar por su maestro, don Matías Belmonte. Resultó que aún estaba allí, semiretirado, un mito vivo. Le facilitaron su número.

¿Don Matías? Soy Inés Alarcón. ¿Me recuerda?

Silencio.

¿Alarcón? ¿La de cuarto curso?

Sí.

Claro que me acuerdo. ¿Dónde se metió, Inés?

Me perdí, don Matías. Ahora vuelvo a necesitarle.

Se citaron dos días más tarde en una de las aulas del conservatorio, un tercer piso rezumando recuerdos. Él seguía igual: menudo, enjuto, con ojos fulgurantes y el gesto de entrelazar las manos en el regazo. Le miró con toda la vida en la mirada:

Has envejecido.

Usted también.

Es ley de vida rió. Vamos, canta.

¿Ya ahora?

¿A qué esperar?

Inés cantó. Dubitativa, sintiendo que los pulmones no respondían del todo, voz temblorosa arriba. Matías no la interrumpió. Cuando acabó, fue rotundo:

Hay voz murmuró. Técnica floja. Respiración olvidada. Pero voz hay, Inés. Eso es lo que cuenta. Lo demás se recupera.

¿En cuánto tiempo?

Depende de ti. Con constancia, en dos, tres meses podrías volver a nivel.

¿Por qué lo dejaste?

Me casé.

¿Se lo prohibió tu marido?

No. Simplemente… pasó. Poco a poco.

Poco a poco… Lo entiendo. Bueno, Alarcón, a trabajar.

Inés iba cada mañana al conservatorio y salía a media tarde. La voz volvería con esfuerzo, pero volvía. Matías era duro, ni una concesión a la edad: La voz no envejece, sólo la voluntad. Lo demás, excusas.

Por las tardes, en el centro cultural, veía otra cara de la vida: mujeres que solo querían cantar. Sin fama ni metas. Compensaba todo.

Germán mientras tanto seguía a lo suyo: a través de conocidos llegaban rumores de todo tipo. Algunos ni la saludaban; otros, con incomodidad. Su madre, tan alejada de otra época, apenas llamaba, siempre midiendo cada palabra.

Un día, al acabar clase, Matías le anunció:

Dentro de dos meses hay un concierto benéfico en el Teatro Real. Buscan solistas. Te recomiendo.

Inés palideció.

Hace 24 años que no me subo a un escenario.

No me asusta zanjó él. Es en serio. El concierto lo emite La 2, es para el hospital de niños. Es público exigente.

Lo pienso.

Hazlo rápido.

Al par de días aceptó. Matías sonrió: lo esperaba.

Las siguientes semanas fueron un torbellino. Arias de zarzuela, algún lied, y una pieza de Rachmaninov a petición de Matías, más compleja. Daba igual lo cansada que llegara a casa de Carmen, la fatiga era diferente: no era plomo, era vida.

A falta de tres semanas le llamó el organizador del concierto: Tenemos dudas sobre tu participación… Ha habido comentarios. Ella lo soltó a bocajarro:

¿Ha llamado Germán Cortés?

Silencio.

No puedo decir nada.

Ya. Lo entiendo.

Matías se encargó. Inés pudo seguir.

Pero no acabaron ahí los problemas. Dos días antes del concierto, Carmen la llamó preocupada:

Han venido dos hombres. Dicen que son de parte de Germán. Preguntaron si vivías aquí.

¿Qué les dijiste?

Que ni idea. Pero se han quedado por la zona. Ve con ojo.

Inés no sintió miedo, sino certeza: Germán no se rendía. No por dolor, sino por orgullo herido. No hay mayor ofensa para alguien así que perder lo suyo.

Se lo contó a Matías. Él limpió las gafas y dijo solo:

Querrá sabotearte el concierto.

Probablemente.

¿Tienes miedo?

Pensó honestamente.

Ya no. Se acabó el miedo.

Bien. Además, estará presente Víctor Salinas.

¿Quién?

Un gran productor, de Madrid, con salas por Europa. Lo invité. Oyó hablar de ti después de aquella cena; quiere verte. Así que tú canta.

Matías fue directo:

En cuarenta años con alumnos, sólo he escuchado tres voces de verdad. Una es famosa fuera, una se apagó temprano, y una se casó y desapareció. Me alegra que esta última haya vuelto.

Llegó el día. El teatro estaba a rebosar. Inés paseó sola por el escenario antes de que abrieran puertas, respirando la acústica del Real. En la mejor tradición, todo callaba antes del show.

Faltando un rato, el administrador se le acercó con cara venida a menos:

Inés Alarcón, hay dos personas fuera exigiendo verte. Dicen que vienen de parte de su marido. Hasta traen un papel médico para ingresarla.

No es mi marido. Y pueden decir lo que quieran: yo canto. Si quieren, que escuchen desde el patio de butacas.

Titubeó, pero Inés fue rotunda. Matías apareció y zanjó la pelea: Ella canta hoy, pase lo que pase.

Y así fue. Inés salió en tercer lugar, con un sencillo vestido oscuro. Su nombre lo eligió ella misma. Miró al teatro, a las cámaras apagadas. Y cantó.

La primera pieza, radiante; en la segunda, una nota peligrosa casi se le fue, pero remontó. En la tercera ya solo existía la música y lo que sentía; el resto desapareció. Su sitio era ese.

Durante la romanza de Rachmaninov, la sala entera quedó suspendida del aire. Ella sintió aquello que sienten quienes superan una larga fiebre: el mundo sigue, y el cielo sigue ahí, siempre esperando.

Acababa la última nota cuando, desde el lateral, Germán apareció en el pasillo, rojo, alterado, intentando acercarse al escenario. El encargado de producción, Salinas, salió a su encuentro, hablándole serenamente. Inés solo vio cómo el gesto de Germán se derrumbaba sigilosamente. Ya no era nadie allí. Era, por fin, invisible para todos.

Terminó la función en pie, ovación de verdad. Salinas fue a felicitarla:

Sabía de ti. Ahora te he escuchado. Debemos hablar.

¿De qué?

Un contrato. Giras. Aquí y en Europa. Tengo salas que buscan exactamente tu voz. Y prometo que nadie más te molestará.

A lo lejos, Matías le guiñaba discretamente. Nada más hacía falta decir.

La conversación más honesta con su madre llegó semanas después. Inés fue a verla, y tras un largo silencio en la cocina, su madre admitió:

Te vi en la tele. No sabía que cantabas así…

Me viste en el conservatorio.

Era distinto, entonces eras mi hija y me moría de miedo. Ahora te vi y pensé… por qué nunca hablé contigo de esto. Perdóname.

No tienes que hacerlo, mamá. Solo hiciste lo que sabías hacer.

Le creí más a él que a ti. Hablaba tan convencido… Y tú callabas. Pensé que si callabas, estabas bien. Ahora veo que no.

Inés tomó su mano.

No pasa nada, mamá. Lo importante es que ahora sí lo ves. No hay rencor.

Su madre lloró despacio. Inés entendió que perdonar no era olvidar, sino dejar marchar lo que no servía para seguir.

Pasó un año.

Inés vivía en Viena en un estudio pequeño. Contrato con Salinas, viajando por media Europa. A veces Matías la llamaba por videollamada para ensayar. Su madre a veces iba a ver mundo y a ver a su hija artista. De Germán, sólo rumores: que su empresa cayó algo en desgracia, que se volvió a casar con una chica callada y joven. Inés lo oyó y sólo sintió cansancio. Hay personas que no cambian; sólo buscan otro sitio donde sentirse poderosas.

Pobre de esa muchacha, pensó. Pero esa ya no era su historia.

La suya iba de recorrer ciudades sin idioma y encontrar en cada una una razón para cantar. De aplausos que, por fin, sabían a propios. De elegir ella sus vestidos y abrir ella sus puertas. De saber que nadie más la esperaba en casa para juzgar lo que está bien o está mal.

A veces pensaba en el pasado. Veintiocho años. Mucho. Podría haber sido otra, antes. Pero pensar y si… no sirve de nada. La vida era ahora. La voz era ahora. El escenario, aquí.

Una asistente asomó:

Inés, tres minutos.

Voy enseguida.

Inés ajustó su vestido sencillo, azul oscuro, respiró hondo, cerró un instante los ojos.

Por un segundo recordó a Germán en aquel restaurante madrileño: Sonríes mal. Aquella vez dijo perdona; ahora, por primera vez en décadas, sonrió sin preguntar. Porque así le daba la gana.

Salió al escenario.

El teatro calló.

Y ella cantó.

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MagistrUm
No te atrevas a cantar