El Artista

Ese gato es un demonio, Encarnita. ¡Hay que deshacerse de él! refunfuñó doña Pilar, torciendo la boca con repulsión al ver al gato atigrado y tuerto que se enroscaba en los pies de su hermana.

¿Pero qué dices, Pili? suspiró Encarnación, entre asustada y dolida. ¡Es un ser vivo!

¿Ser? ¡Eso precisamente! ¿No te parece, Encarnita, que se toma demasiadas libertades?

El gato, como si quisiera corroborar a la visitante, bufó inesperadamente, arqueando el lomo para después caminar de lado, con paso sigiloso, rumbo a la intrusa con aires de guerra.

¿Ves? doña Pilar se encogió de hombros y señaló con dedo triunfante al felino, reculando unos pasos. ¡Te lo advertí!

Encarnación soltó un ay, y llamó a su defensor:

¡Tramoyista, cielo, basta! Todo está bien.

El gato se volvió hacia su dueña, la miró con esos ojos dorados y, de repente, se serenó. Volvió a sus pies, empujó suavemente la pierna enferma de Encarnación y se sentó a su lado, esperando y vigilando.

¡Un bandido! dijo Pilar, rodeando al gato con temor. Y tú ¡le consientes!

Alguien debe hacerlo suspiró Encarnación.

Tramoyista entró en la vida de Encarnación hace tres años, cuando todo era gris y brumoso para ella. No había terminado de llorar al marido cuando se le murió el único hijo. Solo le quedaban su hermana y un par de amigas distantes. Nunca se le dieron bien las amistades.

Pilar, su hermana, era la mayor. La diferencia de edad era poca, pero en casa no dejaban de recalcar:

¡Pilarita es la mayor! ¡Una niña responsable, a la que se le puede confiar todo y jamás falla! ¡Y Encarnación Encarnación es un ángel! Un dulce consuelo para el alma. ¡Una niña milagro! Pero tan en las nubes ¡Una calamidad!

Así crecieron, seguras de sus papeles: Pilar, la estrella brillante; Encarnación, la torpe consentida.

¿Por qué te halagan tanto los padres? protestaba Pilar cuando Encarnación llevaba a casa el boletín plagado de buenas notas. ¡Estudiar bien es lo normal! ¡No hay que aplaudir por eso!

Pili, si yo no soy tan lista como tú Tus notas son siempre sobresalientes, yo apenas apruebo.

¡Exacto! ¡Y, aun así, te premian! Pilar enfurruñada, y Encarnación escondía la sonrisa para no enfadar más a su hermana.

Pilar, que terminó el instituto con honores, entró en la Universidad y casi no paraba ya por casa.

¿Qué tal, Pili? buscaba Encarnación la oportunidad de saber de su vida.

Ahí voy ¡Ojalá el día durara más!

¿No te da tiempo a estudiar?

¡Qué va! ¡No puedo ni encontrar un rato para ligar! ¿Quién va a enamorarse de una que parece bruja volando de un lado a otro, pensando solo en la carrera?

Ay, Pili Nunca pensé en eso

¿Tú piensas nunca, pequeña? reía Pilar sin reparar en el daño que hacían sus palabras. Esas cosas son de adultos. No para niñas como tú.

Encarnación se escabullía a tiempo, tragándose la herida, y se alegraba por los triunfos de su hermana. Que la estrella brillase. A ella le restaba mirar la luz de lejos.

Al terminar la universidad, Pilar seguía sola. Los chicos la evitaban, temerosos de su genio y lengua viperina. Ni los ruegos de la madre ablandaban su carácter.

Pero hija, ¡solo te pido ser un poco más dulce! decía su madre. Eso les gusta a los muchachos.

Ay, mamá. ¿Tú qué sabrás de lo que les gusta? ¡Si los tiempos han cambiado!

Quizá tengas razón, Pilar

El giro inesperado llegó cuando Encarnación, a quien repetían que la universidad era tontería y mejor aprender un oficio, trajo a casa a su prometido.

¡Os presento a mi Jaime!

Jaime gustó a los padres desde el principio: guapo, listo, con don de gentes. Era periodista y daba sus primeros pasos en la RTVE. Le iba bien y ya empezaba a sonar su nombre, aunque aún discretamente.

Pero lo esencial era que Jaime estaba ciegamente enamorado de Encarnación. Siendo tan sencilla y anodina para el juicio de todos menos Jaime, quien la encontraba única allí donde solo veían normalidad.

Encarnación siempre había soñado con coser. Eligió profesión de modista, para vestirse y vestir a los demás.

¿Cómo puede ser, Encarnación? ¿Modista? protestaba Pilar.

No soy tan lista como tú, pero un vestido bonito no lo hace cualquiera Me gusta imaginar a la gente bonita, alegre.

¡Menuda tontería! ¿Qué tienes en la cabeza, niña?

No sé, pero ese vestido que te cosí, creo que ha quedado bien.

¿Bien para quién?

Para ti. Para todos. ¡Que dirán qué guapa!

Vaya. Hay quien sueña con el espacio, y mi hermana ay, Encarnación

Encarnación nunca entendía por qué su hermana siempre parecía decepcionada. Sin embargo, Pilar llevaba con gusto aquellas prendas cosidas por su hermana, silenciosa y secretamente orgullosa, aunque nunca lo confesara a nadie.

Cuando alguien le preguntaba por los vestidos, Pilar evadía:

Eso es un secreto.

¿Tienes familia diplomática?

No diré nada, es un misterio, ¡y no mío!

Pero la llegada de Jaime fue un golpe para Pilar. ¿Cómo era posible que Encarnación, sin estudios ni belleza aparente, se casara antes que ella? En la boda, Pilar permaneció inexpresiva. Familiares y amigos al fin vieron a Encarnación brillar, con su vestido hecho a mano.

¡Vaya pareja! ¡Ella parece una reina!

Por primera vez Pilar supo lo que es la envidia. Esa bestia le anidó en el pecho, punzante, insidiosa, recordándole cada carencia suya.

La propia boda no la terminó: se marchó antes, lloró toda la noche boca abajo en la almohada, maldiciendo su suerte. Pero, con los días, volvió a la compostura.

Se casó seis meses después, casi con el primero que se le cruzó. Su marido era mayor, tan calvo como ingenioso y con gran visión para el acuerdo.

Te daré lo que buscas, pero será un pacto dijo él.

¿Condiciones?

Un hijo, o tal vez dos. Haz tu carrera, yo la financio. No habrá amantes, ni amenazas a tu salud. Solo te pido fidelidad absoluta, orden en casa y un hogar apacible. ¿Entendido?

Ni lo pensó:

Vale, trato hecho.

Y, de manera inesperada, el pacto funcionó. El matrimonio de Pilar era sólido, aunque sin ternura. A sus hijos los crió la niñera; el tiempo de los chavales estaba milimetrado por Pilar, que rara vez estaba en casa, perdida entre tesis, compromisos y fiestas donde deslumbraba, sin revelar jamás de dónde salían aquellos vestidos perfectos.

Encarnación no tenía prisas. En los confusos noventa cosía en casa. Las clientas, de voz en voz y en secreto, iban pasando su dirección:

¡Es la mejor modista de Madrid! Pero apenas toma clientas nuevas.

Entre sus clientas había senadoras, esposas de empresarios, actrices del Teatro Real. Encarnación jamás repetía modelo.

Cuando todo se asentó, abrió su propio taller, en un local modesto de un edificio histórico en Chamberí, que Pilar le encontró y acondicionó. Ella misma trajo máquinas y suministró un préstamo.

¡No te preocupes de euros, Encarnación! Ya arreglaremos cuentas.

A Pilar le importaba dar solidez a su hermana. Y se reprochaba la vieja envidia; con sus hijos sanos y fuertes, seguía preguntándose cómo la vida había castigado a Encarnación. Su único hijo nació enfermo. Cuando oyó a alguien llamarle Rayito, Pilar hizo suyo el mote, regalándole mimos, regalos y la promesa de doblar el mundo para verle feliz.

Encarnita, quieres más a mi Daniel que a tus propios hijos bromeaba Encarnación.

Él me espera, Encarnita respondía Pilar tocada por aquella sonrisa transparente.

Pero cuando Encarnación se iba quedando sola por la enfermedad y la muerte, Pilar fue quien buscó ayuda, quien arregló con médicos, quien insistió en que el niño estuviera bien cuidado, mientras impulsaba el taller y el ánimo de su hermana.

Tienes espacio y luz: monta un aula para Daniel allí. Contrata chicas, deja que yo me encargue de la niñera. Dirige. Así tendrás a tu hijo contigo y no te quedarás sola.

Pili, ¿qué haría yo sin ti?

¿Para qué están las hermanas, si no?

Pilar era el sostén incluso de su cuñado. Años después supo Encarnación el riesgo que corrió Jaime investigando un problema ajeno a ellos, pero siempre quedó entre las dos el lazo indestructible, sellado por la promesa de Pilar: Mientras yo viva, ni tú ni tu familia conoceréis la necesidad.

Cuando Jaime enfermó, fue Pilar quien sostuvo a Encarnación, y de nuevo cuando Daniel, su Rayito, partió. Esa tarde atravesaron Madrid a pie, sin hablar, las manos unidas, guardando el único secreto de la vida: cómo sobrevivir al abismo.

La camiseta amarilla y los tenis rojos…

Sí…

No necesitaban explicarse: despedían a su hijo como él hubiera querido.

El duelo fue largo. Encarnación, sumida en la inercia, delegó en las empleadas y apenas dibujaba.

Encarnita…

Solo un descanso, Pili… Un minuto…

¡Así no se puede!

Ya da igual… ya todo…

El quiebro ocurrió cuando el gato llegó.

Nadie supo de dónde salió, desgreñado, con la oreja rota; se tumbó en la escalinata, patas colgando, como una alfombra gastada. Nadie quería dejarle pasar. Cuando Encarnación lo encontró, sonrió después de mucho tiempo.

Menudo actor… Ved cómo finge… ¡Ni don Paco Martínez Soria! Bueno, venga: comida y mimos.

Lo alzó, lo inspeccionó con ternura y fue directa al veterinario.

En la consulta, Tramoyista toleró todo, protestando solo ante el pinchazo de la inyección. Comió paté real con dignidad y adoptó a Encarnación como su humana.

Nunca he tenido gato ¿Qué acuerdo sellamos, Tramoyista?

El gato, imperturbable, se quedó mirando las aceras, y Encarnación sonrió:

Bueno, ya nos entenderemos. Ahora, ¡a ver si Pili te aprueba!

Por supuesto, Pilar no aprobó al gato. Pero era solo parte del papel; en verdad, vigilaba cómo en los ojos de su hermana reaparecía el brillo. Encarnación tenía motivo para recordar a los suyos, y Pilar, de corazón, perdonaba a Tramoyista todo.

Hasta que llegó el día en que casi perdió a su hermana.

Fue un sábado cualquiera; Pilar se acercó al taller sin previo aviso y entró con sus llaves.

¡Encarnación! ¡Que estoy aquí!

Una sombra naranja le atajó el paso y, al verla, el gato saltó a sus pies, rompiendo las medias, con los ojos desorbitados.

¡Estás loco, Tramoyista!

El gato no era el mismo; desesperado, iba y venía entre Pilar y la puerta de la antigua habitación de Daniel, aún intacta.

¿Qué pasa? musitó Pilar. ¿Dónde está Encarnación?

Corrió, olvidando al gato, y halló a su hermana en el suelo, abrazada a una foto de Daniel.

¡Encarnita!

Ambulancia, hospital, horas eternas de UCI…

Pilar deambulaba los pasillos, rezando a su manera:

No me la quites… Déjala vivir…

Más tarde le contaron que Tramoyista tampoco paró de maullar, encerrado en la oficina, y no aceptó comida hasta el regreso de Encarnación.

Al darle el alta semanas después, lo primero que imploró Encarnación fue ir al taller.

A Tramoyista quiero verlo.

Subió titubeante las escaleras, y todos vieron a la llama naranja correr a envolverse en sus piernas, ronroneando tan fuerte que ni Pilar pudo disimular la emoción.

Ay, Tramoyista…

Encarnación lo alzó, acarició la oreja cicatrizada y susurró:

Me llamaba, Pili. Le oí… primero a él, luego a ti. Antes, cuando la clínica… y hasta allí…

¿Cómo puede ser?

No sé… sólo sé que su voz era la última antes de volver en mí.

Pilar guardó silencio; Tramoyista, como un oráculo peludo, tocó a su dueña en la barbilla y se acomodó en sus manos, ronroneando como si pudiera ahuyentar la tristeza, prometiendo paz.

Creo que acabo de ser admitida en la compañía sonrió Pilar sin saber bien por qué. No sé para qué. Pero lo estoy…

Tramoyista entornó sus ojos verdes y ronroneó aún más fuerte, arrojando fuera las penas. Y Encarnación volvió a sonreír, calentando por fin el corazón de su hermana.

Porque, al final, ¿qué se le pide a la vida? Que los tuyos estén cerca, y hallar un poco de paz en el alma.

Tan poco. Tanto.

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