La masa silenciosa
¿Carmen, eres consciente de quién vendrá el sábado? Javier estaba en el umbral de la cocina, mirándola como si de nuevo hubiera hecho algo mal. Simplemente, se quedaba ahí de pie, observando.
Carmen estaba traspasando la masa a la encimera. Las manos, llenas de harina hasta los codos.
Sí, Javier. Tus compañeros de trabajo y sus esposas. Me lo has dicho ya tres veces.
Te he dicho que no son solo compañeros. Es Gutiérrez con su mujer. Es socio de la empresa. Y también viene Llorente. ¿Sabes siquiera quién es Llorente?
Javier, estoy en la cocina. Hablamos luego.
Él entró, aunque nunca le gustaba pasar mucho rato allí. La cocina lo incomodaba, como si tuviera demasiada vida propia, olores, cazuelas y trapos húmedos.
No luego. Quiero que lo entiendas ahora. Gente que viaja por Europa, cuyas mujeres se visten de diseñadores, que cenan en restaurantes donde no hay carta de papel.
¿Y qué se supone que tengo que hacer con eso? Carmen lo miró a los ojos.
Pues que nada de tus empanadas de siempre. Encarga algo decente. Hay servicios de catering que lo traen como en los restaurantes, en cajas bonitas. Yo pago.
Carmen guardó silencio. Miró la masa y luego a él.
La masa ya está hecha.
Carmen.
Javier, la he hecho esta mañana. He madrugado a las seis, iré al mercado a por la carne. Todo saldrá bien, no te preocupes.
Él negó con la cabeza, como si Carmen estuviera diciendo tonterías.
No entiendes a esta gente dijo, y se fue.
Carmen se quedó un instante mirando por la ventana. Fuera, marzo estaba gris y húmedo; un gorrión se posaba en la rama y miraba a ningún sitio. Bajó la vista a la masa y siguió amasando.
***
Tenía cincuenta y dos años y llevaba veintiocho con Javier. Se conocieron en Valladolid, cuando trabajaba de contable en una empresa de reformas y él acababa de ser ascendido a jefe de sección, luciendo aún aquellas americanas anchas de los 90. Lo recordaba joven, torpe con las mujeres, con la manía de jugar con el botón del puño cuando se ponía nervioso. Y, paradójicamente, fue esa manía la que le hizo enamorarse de él: su humanidad sencilla.
Luego vinieron los traslados. Primero a Zaragoza, luego a Madrid. Cada vez ella empaquetaba la vida, se llevaba el gato, buscaba nuevas tiendas y centro de salud, conocía vecinos otra vez. Javier prosperaba en el trabajo y, con cada escalón, cambiaba algo en él; despacio, como la orilla de un río, irreversible pero inevitable.
Nunca llegaron los hijos. Los médicos decían una cosa, luego otra. Un día dejaron de hablar de ello y Carmen aprendió a aceptarlo. Convertía toda su energía materna en el hogar: en la cocina, el pequeño huerto del pueblo, las macetas, los niños de los vecinos que venían a merendar.
Las empanadas eran su lenguaje: así lo sentía, aunque nunca lo había dicho en voz alta. Cuando las palabras fallaban o no alcanzaban, iba a la cocina. Cuando sentía alegría, también. Conocía la masa mejor que cualquier receta, sabía cuándo estaba lista por la elasticidad bajo las manos, por el calor, por cómo cedía entre sus palmas.
Javier llevaba comiendo su comida veintiocho años. La comía en silencio. Solo ahora, Carmen entendía que había confundido el silencio con aceptación.
***
El viernes por la noche estuvo en pie hasta medianoche. Hizo una empanada de ternera y cebolla, según la receta de su abuela, con esa corteza dorada y crujiente que perfuma toda la escalera. Preparó croquetas de jamón, coció un guiso de rabo de toro que debía solidificarse para el día siguiente. Hizo ensalada de escarola con zanahoria y granada. Puso a asar codillo de cerdo con ajo y laurel.
Javier volvió a casa a las once, vio todo aquello y no dijo palabra. Directo al dormitorio.
Carmen recogió la cocina, colgó el delantal y se sentó un rato con una taza de manzanilla junto a la ventana. Mañana vendrían los invitados, sentarían a la mesa y ella les serviría lo mejor que sabía hacer. Le parecía sencillo y comprensible.
A la cama se fue a eso de la una y se quedó dormida enseguida.
***
A las siete llegaron los invitados. Seis: Gutiérrez con su esposa Teresa, Llorente con su esposa Marta, y un hombre más que Javier presentó como don Tomás, sin apellido ni cargo, pero con un tono que delataba su importancia.
Teresa Gutiérrez era una mujer delgada, unos cuarenta y cinco años, con un vestido negro que bien podía valer la pensión de Carmen. Entró, lo miró todo y enseguida pareció clasificar mentalmente la casa, los muebles, las cortinas, incluso a Carmen.
Marta Llorente, más joven, rubia oxigenada, perfumada, sonreía de modo exagerado, como si al entrar le hubieran activado un mecanismo.
Don Tomás, sesentón, corpulento, le dio la mano a Carmen:
¿La anfitriona? Un placer.
Carmen guió a todos al salón, donde la mesa estaba puesta con lo mejor que tenía, mantel de lino bordado, velas, cubertería bien dispuesta. Colocó el guiso frío en la fuente con perejil, las croquetas en montaña, la empanada ya cortada.
Los invitados se sentaron. Javier abrió un vino traído por Gutiérrez, algo francés con nombre largo.
Teresa miró la mesa y comentó, en voz no muy alta pero para que todos oyeran:
Oh, guiso frío. Hacía años que no veía esto.
En su tono había algo que Carmen detectó sin poder precisar; como el olor a gas, que uno percibe pero tarda en asociar con peligro.
Por favor, servíos ofreció Carmen. Empanada de carne, croquetas, codillo por aquí.
Codillo Marta miró a Teresa. Madre mía, hace siglos que no como eso. Es tan calórico.
Contundente apostilló Teresa, sonriendo con ironía. Esa risa que invita a mirarse los zapatos, por si uno pisa algo.
Los hombres probaron. Gutiérrez se sirvió guiso, lo asintió sin palabras. Llorente tomó un trozo de empanada. Don Tomás servía agua, mirando la mesa con reflexión.
Javier, ¿tú cocinas a veces? preguntó Marta, con su sonrisa encendida.
No, Carmen es la artista respondió Javier, en un tono que sonaba más a indulgencia que a admiración.
Carmen, ¿de familia pequeña? indagó Teresa mientras pinchaba ensalada. ¿Pueblo?
Nací en Valladolid contestó Carmen.
¡Eso! Allí sí se conserva lo de la comida casera, empanadas, guisos fríos… Es cosa de pueblo, sin ánimo de ofender. La gente de ciudad ya no hace eso. Lo dicen hasta los nutricionistas: la gelatina es malísima para las arterias.
Carmen la miró.
Bien preparada tiene colágeno, viene bien para las articulaciones replicó con serenidad.
Eso es de antes Teresa hizo un gesto. Llevamos tres años sin carne. Solo pescado y superfoods. Javier, deberías probar, tenemos un nutricionista fenomenal.
Javier soltó una risa vacía, casi de compromiso.
Carmen es muy tradicional dijo.
Esa palabra tradicional se le quedó grabada a Carmen, como una moneda caída en la mesa.
Luego Marta dijo que la masa estaba densa y que ya se cuidaba mucho a su edad. Teresa relató su última cena en un local de cocina molecular en Chueca. Empezaron a hablar de inversiones y propiedades. Carmen comprendió que era poco más que un decorado: la que pone la mesa y sonríe.
Ella sonreía, servía vino, llevaba platos, retiraba vacíos. Preguntaba si necesitaban algo. Nadie daba las gracias.
Cerca de las nueve, Teresa miró la empanada, casi intacta, y dijo:
Voy a ser sincera, porque estamos en confianza. Toda esta comida es muy… provincial. Sin ofensa, Carmen. Solo que, en ciertos círculos, no pega. Es otro nivel.
La estancia quedó en silencio. Carmen miró a su marido.
Javier hundía los ojos en la copa.
Bueno, cada uno con sus tradiciones zanjó don Tomás, con un tono que paró a Teresa.
Pero Javier ya intervenía:
Carmen, ya te dije que pidieras comida decente. Otra vez a tu manera.
Carmen se levantó, recogió algunos platos y fue a la cocina. Caminaba despacio, porque el peso era grande. Dejó las cosas en el fregadero. Miró la noche por la ventana, los faroles encendidos, la lluvia fina.
Escuchó cómo reían en el salón, el tintineo de copas.
Se quitó el delantal y lo colgó. Luego lo dobló cuidadosamente y lo dejó en la silla.
Regresó.
Perdonad, me duele la cabeza. Sirveos, está todo en la mesa.
A nadie le importó mucho.
***
Recogió todo a la una, los invitados ya se habían ido. Javier se acostó sin decir nada, encerrándose en el dormitorio.
Carmen guardó la empanada en una bandeja grande y la tapó. Las croquetas, a la cazuela. El guiso frío lo envolvió en papel. El codillo por separado.
Todo lo sacó a la calle pasada la una y media. Por suerte, el portal estaba al lado de una obra, y aún había luz entre los barracones.
Allí, tres obreros en monos tomaban té de un termo. Uno fumaba, los otros se calentaban las manos en las tazas.
Buenas noches dijo Carmen. Perdonad la hora. Traigo comida, si os apetece.
La miraron como si hubiera caído del cielo.
¿Qué trae? preguntó el del pitillo.
Empanada de carne. Croquetas. Codillo. Y guiso frío, aunque necesita nevera.
Se miraron.
¡Vaya! uno se levantó. Le echamos una mano.
Llevaron las bandejas y la cazuela a la mesa del barracón. El primero abrió la empanada, mordió y puso una cara tan satisfecha que Carmen sintió cómo le subía algo caliente por dentro.
Esto es casero dijo, masticando. Madre mía.
Como lo hacía mi madre apuntó el segundo, probando una croqueta. Igualito.
¿Es del bloque de ahí? ¿Celebraba algo?
Tuvimos invitados sonrió Carmen. No quisieron comer.
Ellos se lo pierden. Menuda comida.
Yo sé que sí dijo ella.
Se quedó mirando cómo comían, con naturalidad y gusto, sin postureos. Uno ya repetía.
Gracias dijo uno.
Gracias a vosotros contestó Carmen y regresó a casa.
***
Esa noche no durmió. Se tumbó en el sofá y miró el techo. En el dormitorio, Javier dormía plácidamente.
Pensó en que veintiocho años eran casi toda una vida adulta. En cómo él dijo Otra vez a tu manera. No tienes razón ni no estoy de acuerdo. A tu manera, como si tener una fuera poco decoroso.
Pensó en los obreros, comiendo callados y agradecidos. Dijeron buena comida como se dice la verdad, sin pensar si toca.
Pensó que ya no era bienvenida en su casa, no ella como persona, sino ella con su modo de hacer, su empanada, su receta de abuela, su mercado a las seis de la mañana, su lenguaje de cocina.
Ese espacio había cambiado hacía tiempo.
A las cuatro de la mañana, tomó una decisión. Silenciosa, sin drama, como quien por fin va al médico tras mucho posponerlo: ya toca.
***
Escribió una nota en una hoja de bloc, con su letra grande y clara, como siempre.
Javier. Me voy. No es por enfado. Es porque lo entendí. Gracias por los años. Las llaves están en la cómoda. Carmen.
Dejó ambas llaves ahí, la de la puerta y la del buzón.
Cogió una bolsa con lo imprescindible: documentos, muda, móvil, cargador y el dinero que tenía. No se llevó comida, lo cual enterraba una etapa: se marchaba sin su comida, dejando parte de sí atrás.
En la calle, sobre las cinco, el asfalto brillaba aún húmedo bajo los faroles. Paró un taxi y pidió ir a casa de su amiga Lourdes, en la otra punta de la ciudad.
Lourdes abrió aún en bata, despeinada. No preguntó nada, solo se hizo a un lado para dejarla pasar.
¿Te pongo un té?
Ponlo.
Tomaron el té casi en silencio. Lourdes la miraba a ratos, pero no presionaba. Era de esas pocas amigas que entienden el valor de estar calladas.
¿Te has ido? preguntó al final.
Me he ido.
¿Para siempre?
Carmen reflexionó.
Para siempre.
Lourdes asintió, rellenando la tetera.
***
Las primeras semanas fueron extrañas. Javier llamaba al principio. ¿Dónde estás, vuelve. Luego ¿podemos hablar?. Más tarde: ¿Eres consciente de lo que haces?. Finalmente, cesaron las llamadas.
Carmen convivía con Lourdes, desayunaban, veían series por la noche. Lourdes nunca la aconsejaba, y eso era lo más valioso.
A la tercera semana, Carmen se puso a gestionar papeles. Sabía de cuentas, así que hizo el papeleo del divorcio sin líos. El piso lo habían comprado juntos; Javier ofreció liquidar su parte y ella aceptó. No quería discutir por bienes.
El dinero entró en su cuenta. Veía la cifra pensando: son veintiocho años. ¿Mucho? ¿Poco? Solo sabía que era suficiente para empezar.
No buscó trabajo enseguida, necesitaba respirar. Paseaba por Madrid, entraba en cafeterías sencillas, tomaba café, observaba a la gente. Después de muchos años, con cincuenta y dos, sentía por fin que era ella misma, lo que quiera que eso significara.
Un día entró en un sencillo café de barrio. Se llamaba La Parada. Sin florituras, mesas de madera, menú en pizarra, tele sin sonido. Olía bien: a pan reciente y café.
Pidió té y una napolitana de chocolate. Estaba hecha con hojaldre industrial, lo notó al instante.
Tras la barra, una mujer de unos sesenta años, cara redonda y gesto cansado, con un delantal azul suave.
¿Está rico el bollo? preguntó.
Un poco seco respondió Carmen.
La mujer suspiró.
Ya, desde que se nos fue la panadera, tenemos que comprar bollería industrial en la panadería de al lado. Se nota.
Carmen calló.
¿Buscáis panadera?
La mujer la miró de arriba abajo.
¿Sabes?
Sé respondió Carmen.
***
Se llamaba Manuela, había montado el café ocho años atrás al jubilarse. Aquello era su pequeño mundo, su razón de salir de casa. Lo llevaba como podía, pero le costaba en los meses flojos. Manuela era de las que deciden confiando en la intuición.
Ven mañana temprano dijo. Lo probamos.
Al día siguiente, Carmen llegó a las siete. Se puso el delantal, recorrió la pequeña cocina. Todo, en su sitio.
Preparó empanadillas de patata y cebolla. Bollitos de canela. Puso a fermentar masa madre para una hogaza de manzana.
Manuela apareció a las ocho, la miró desde la puerta:
¿De dónde sales tú?
De la vida sonrió Carmen.
Poco después probaron los primeros clientes. Una señora compró dos empanadillas y volvió por una tercera. Un hombre de la obra se llevó toda una bolsa de bollitos: Madre mía. Un estudiante dudó hasta llevarse una napolitana y una empanadilla.
Manuela, detrás del mostrador, contaba monedas.
A la hora de la comida, hablaron de condiciones. Carmen aceptó trabajar de siete a tres, menos domingos. Era poco dinero, pero Manuela prometió mejorarlo si remontaban.
Y remontaron.
***
En tres meses, La Parada era conocida en varias manzanas del barrio. Sin publicidad, de boca en boca: Vete, las empanadas son como las de mi abuela.
Carmen ideó un menú semanal. Lunes: empanada gallega de atún. Martes: cocas de verduras. Miércoles: pan de masa madre, y la cola arrancaba a las ocho. Jueves: tortilla y crêpes; venían mujeres a charlar. Viernes: empanada de carne, siempre volaba antes de las doce.
El domingo, su único día libre, iba al mercado por gusto. Escogía manzanas, probaba quesos, charlaba con las vendedoras de toda la vida.
Vivía sola, alquiló un estudio cerca. Sencillo, con vistas a un patio tranquilo, muebles viejos pero firmes. Puso cortinas de lino y un tiesto de geranios. Se sentía a gusto.
Lourdes venía un par de veces al mes. Tomaban té.
Te veo mejor decía Lourdes.
Duermo bien.
Se te nota.
Por las tardes, a veces leía. O veía una película. O simplemente se sentaba junto a la ventana, escuchando los gorriones. Le parecía un lujo: poder no hacer nada para nadie.
***
A Genaro lo vio por primera vez en octubre. Entró un miércoles, día de pan, tarde, ya no quedaba nada.
¿Tarde? preguntó Manuela desde la barra.
Demasiado dijo él, resignado. ¿Mañana habrá?
Pan solo los miércoles. Mañana, empanadas.
Pidió café y empanadilla y se sentó junto a la ventana, leyendo un libro de tapas gastadas.
La semana siguiente vino a las ocho menos cuarto por dos hogazas, justo cuando Carmen sacaba bandejas.
Llegas a tiempo le dijo ella.
Genaro rió. Tenía rostro cansado, arrugado, con esas patas de gallo de quien ha andado mucho.
Tendré que acampar aquí desde el martes para no fallar.
Manuela no lo permite, cierra a las ocho.
Dormiré en las escaleras, entonces.
Así empezaron a hablar. Entre pan, bromas y cosas pequeñas pero auténticas.
Genaro tenía cincuenta y ocho años, era ingeniero en una empresa de proyectos, divorciado, dos hijos mayores. Sereno, sin prisas.
Fueron conversando: primero en la barra, luego se quedaba con el café. Un día ella salió en el descanso y pasearon juntos.
Él le preguntaba por su trabajo, de verdad. Carmen contaba secretos de la masa, las temperaturas, el porqué de la masa madre. Genaro escuchaba en silencio, pero con atención real.
Una tarde, Carmen dijo:
Alguien me dijo una vez que todo esto es anticuado: empanadas, guiso frío, cocina de hogar.
Genaro calló un instante.
Depende de qué sea anticuado. Para mí, anticuado es fingir. Eso sí.
Ella lo miró.
Bien dicho.
Hago lo que puedo sonrió él.
***
Las vidas de las mujeres no siguen líneas rectas. Carmen lo sabía. La felicidad no llega de golpe, sino gota a gota, como el agua de un pozo después de la lluvia: silenciosa, pero un día, si miras, ya hay ahí algo auténtico.
Comenzaron a verse en marzo, sin prisas, sin explicaciones. Un día él preguntó si querría ir al cine. Dijo que sí. Luego cenaron algo sencillo en un restaurante del barrio. Él pidió sopa y pan.
¿El pan es bueno? bromeó ella.
Probó un bocado, masticó.
No. No es como el tuyo.
No era adulación, era un dato.
Carmen sonrió suavemente. Se lo guardó.
El café ya cambiaba: Manuela amplió la carta, metió menú del día de mediodía. Contrató una ayudante. Hablaban de ampliar y poner mesas fuera en verano.
Carmen soñaba con su propio café. Pequeño, en una calle tranquila. Donde oliese a pan todo el día. De momento, era solo un sueño borroso, pero lo tenía.
Aprendió a no apresurarse.
***
Javier apareció a finales de abril.
Lo vio desde el ventanal. Parado en la acera, mirando el letrero. Al principio no lo reconoció. El corazón le dio un vuelco.
Entró.
Manuela estaba atrás. Unos clientes se tomaban café. Carmen estaba en la barra.
Hola dijo Javier.
Estaba envejecido. O simplemente ahora era evidente esa vejez. Más arrugas, una mirada menos firme.
Hola le respondió.
Lourdes me dijo que estabas aquí.
Aquí estoy.
Javier echó un vistazo: mesas de madera, la pizarra, el escaparate. Algo cruzó su cara, indefinible: quizás pena, quizás sorpresa.
¿Quieres café? preguntó Carmen.
Gracias.
Se lo sirvió. Él lo tomó, silencioso.
Dicen que esto te va bien.
Va bien.
Te recomiendan, dicen que no hay repostería más rica por aquí.
Me alegro.
Javier dejó la taza.
No me va bien últimamente. Estoy fuera de la empresa, restructuración En fin, complicado.
Carmen lo observó, sin rencor, como se contempla a un desconocido cansado.
Lo siento.
Querría que volvieras.
El local se volvió más silencioso. O lo pareció.
Podemos empezar de cero. Tengo ideas. Incluso marcharnos a otra ciudad. Comenzar otra vida.
Javier
Déjame terminar. Sé que lo hice mal. Lo he pensado mucho.
Me alegra que lo pienses.
Así que, ¿me escuchas?
Carmen juntó las manos sobre la barra.
Escucho. Pero dime: ¿recuerdas aquella noche, el sábado, cuando dijiste delante de todos: Otra vez a tu manera?
Javier calló.
Lo recuerdo.
No dijiste está bien ni la comida está rica. Dijiste a tu manera, con ese otra vez que llevaba dentro todos esos años.
Javier agachó la cabeza.
Estaba nervioso. Era gente importante. Quería que todo
Gente importante repitió Carmen. Lo recuerdo. Los obreros que comieron mi empanada esa noche también eran importantes. No los conocías, pero lo eran.
Él la miró.
A veces no te entiendo.
Lo sé respondió sin reproche. Esa es tu respuesta.
Por la barra sonaba la cafetera. Entraron dos clientes. Carmen se giró de modo acostumbrado.
Un momento dijo a los nuevos, y volvió a mirar a Javier. Tengo que trabajar.
Carmen.
Javier. No estoy enfadada. No guardo rencor. Pero no volveré. No porque esté dolida, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, estoy donde quiero estar.
Él la miró aún unos segundos y asintió. Con esa lentitud del que acepta lo inevitable.
De acuerdo.
Cogió la cazadora. Fue a la puerta. Se detuvo.
Te ves bien dijo. No intentaba arreglar nada, era solo un hecho.
Gracias respondió ella.
Se fue.
***
Despachó a los dos clientes. Uno compró pan y coca, el otro quiso saber por el menú del día. Explicó que hasta las doce no hay sopa.
Pasó a la cocina, se sirvió un vaso de agua. Miró el reloj: casi las once, hora de preparar la masa de mañana.
Midió la harina, sacó la masa madre viva y burbujeante, que alimentaba a diario como a un ser querido.
Las manos lo sabían todo.
***
Aquella tarde, Genaro llegó cerca de las tres, al acabar su turno. A veces venía así, sin avisar.
¿Qué tal el día? preguntó.
Especial dijo Carmen.
¿Me lo cuentas?
Salieron a la calle. Hacía buen tiempo, claro, con sombras largas de los plátanos. Pasearon.
Ha venido mi exmarido.
Genaro siguió andando.
¿Y?
Quería que volviera.
Le has dicho que no.
Sí.
Él calló un momento.
¿Te costó?
Carmen meditó.
Menos de lo que esperaba. Me dio hasta ternura. Parecía alguien que recorre un camino largo, y al llegar, está vacío.
Eligió ese camino.
Lo sé. Pero aún así me dio pena.
Genaro asintió. De esos gestos que dicen: Te comprendo y respeto tu sentir.
Sabes, quería decirte algo y nunca encuentro el momento.
Dímelo.
No conozco a nadie cuyas manos hagan lo que hacen las tuyas. No solo pan. Algo más. ¿Me entiendes?
Carmen lo miró de soslayo.
Creo que sí.
Bien. Solo quería que lo supieras.
Siguieron andando. Pasaron delante del parque, del bar, de un banco con jubilados, por patios llenos de vida. El cielo, azul pálido, apenas nubes.
Genaro dijo Carmen.
Sí.
He aprendido este año que pasé la vida esperando que otros me valorasen. Que dijeran bien, lo haces bien, y al dejar de esperarlo, todo fue más fácil.
La primera que debe valorarse es una misma.
Justo. Pero llegué tarde.
Nunca es tarde respondió él. Al menos tú llegaste.
Carmen rió, suave, para sí.
***
Con el verano, La Parada estaba en su mejor momento. Las mesas de fuera siempre llenas con buen tiempo. Manuela negociaba ampliar local; le propuso a Carmen entrar en el negocio. Carmen pidió pensar.
No tardó mucho: dijo sí.
Era la simple sabiduría que había descubierto: no temas lo que haces bien. No lo escondas. No te disculpes. Busca tu sitio y quédate ahí.
Y ella se quedó.
***
Una tarde de junio, con la ventana abierta y el aire tibio entrando, Carmen escribía en un cuaderno, no diario, más bien pensamientos sueltos, a veces recetas entre recuerdos.
El geranio lucía en la ventana. En la nevera, la masa madre esperaba la madrugada.
Escribió: Lo curioso de la vida es que lo mejor empieza cuando creías que todo había terminado.
Tachó la frase.
Puso: La empanada sale bien si no tienes prisa.
Sonrió. Cerró el cuaderno.
***
Lourdes llamó el domingo por la mañana.
¿Cómo va?
Bien. Duermo hasta las ocho.
¡Hasta las ocho! Me alegro tanto por ti.
Ven. He puesto empanada.
¿De qué?
Manzana y canela.
Voy dijo Lourdes, y colgó.
FINAbrió la puerta apenas con el delantal puesto cuando Lourdes llegó, ambas riendo ya antes de saludarse. El café recién hecho perfumaba la casa. Se sentaron en la mesa pequeña, junto al geranio, y Carmen sirvió dos generosas porciones de empanada aún tibia, la corteza dorada rompiéndose bajo el cuchillo.
Lourdes la probó y cerró los ojos.
Esto sabe a cosas que creí perdidas.
Carmen la miró, la amistad de los años entre las manos.
Nunca se pierden del todo dijo. A veces hay que ir a buscarlas donde no pensabas mirar.
Brindaron con el café, la ventana abierta, la ciudad murmurando lejos. El reloj marcaba las once. Nada urgente les reclamaba; sólo el sol deslizándose despacio por las baldosas, el rumor de una vida nueva empezando cada día, y el sabor cálido de la empanada bien hecha: sin prisa, con verdad.



